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Pedro Infante Fue Llamado “Payaso” por Jorge Negrete – Le Dio la Mano y Se Fue Sin Decir Nada

 El ídolo  de los pobres. Jorge lo mira y algo oscuro nace en su pecho. Algo que el alcohol despierta. Algo venenoso. Celos, miedo, rabia.  Porque Jorge sabe algo que nadie más sabe todavía. Pedro Infante está creciendo. Las taquillas lo demuestran.  Nosotros los pobres. Rompió récords. Ustedes los ricos.

 Hizo llorar a medio México. Pedro ya no es solo el cantante de barrios. Está cruzando la línea, está llegando a lugares que Jorge creía solo suyos y Jorge no puede soportarlo. Camina hacia Pedro. Tambalea ligeramente, pero camina con determinación, como un toro herido que todavía puede envestir. La  gente se calla, las conversaciones mueren, todos saben, algo va a pasar.

 Jorge se detiene frente al sofá, mira a Pedro de arriba a abajo. Las palabras salen arrastrándose, cargadas de desprecio. Pedro  infante. Jorge escupe el nombre como si fuera veneno. Pedro levanta la mirada, sonríe con esa tranquilidad que lo caracteriza. Jorge, qué gusto verte.

 Felicidades  por la película Está rompiendo récords. Récords. Jorge ríe. Una risa falsa, metálica, que suena como vidrio quebrándose.  ¿Sabes que eres tú, Pedro? El salón se congela. Ni siquiera la orquesta se atreve a seguir tocando. Eres el cantante de las criadas, el actor de los pobres, el héroe de los que nunca podrán sentarse donde estás sentado ahora.

  Las palabras caen como cuchillos. Pedro no se mueve.  Sus manos descansan tranquilas sobre sus rodillas. Su rostro permanece sereno. Mira este lugar, Pedro. Jorge abre los brazos abarcando el salón.  Mira a esta gente. Emilio Azcárraga, dueño de imperios,  el gobernador de Jalisco.

 Familias con apellidos que construyeron catedrales. Esta no es tu  gente. Tu gente está afuera. limpiando pisos, esperando camiones, comprando boletos de 50 centavos  para verte en pantallas sucias. Ellos son tu público, Pedro. Los nacos, los jodidos, los que nunca entrarán a lugares como este. Jorge se acerca más. Su aliento apesta a alcohol.

 ¿Sabes quién soy yo? Se golpea el pecho.  Yo soy la voz de México. Yo lleno el palacio de bellas artes. Yo canto para presidentes, para empresarios,  para gente que importa. Tú cantas para sirvientas que lloran mientras lavan platos. Tú actúas en películas que solo ven en cines de tercera.

  Yo hago cine de oro. Tú haces cine de lata. La diferencia entre tú y yo es la diferencia entre un caballo  pura sangre y un burro de carga. Los dos sirven, pero uno tiene clase. El otro solo carga El silencio  que sigue es absoluto. Nadie respira. El insulto flota en el aire como humo tóxico. Todos esperan.

 Esperan que Pedro responda,  que grite, que devuelva el golpe. Pero Pedro Infante hace algo que nadie espera. Se levanta despacio, muy despacio, como si no quisiera asustar a un animal herido. Se para frente a Jorge. Los dos hombres se miran. Jorge es más alto, más corpulento, más imponente, pero en este  momento Pedro parece más grande.

 Pedro extiende su mano lentamente con dignidad  intacta. Fue un honor conocerte mejor esta noche, Jorge. La voz de Pedro es suave, firme,  sin temblor. De verdad, lo que has logrado es admirable. México está orgulloso de ti. Jorge mira la mano extendida, no la toma.  Sus ojos inyectados de sangre se clavan en los ojos tranquilos de Pedro.

 Eso es todo. ¿No vas a defenderte? Pedro sonríe. Una sonrisa triste, sabia, llena de algo que Jorge no puede entender. ¿Defenderme de qué, Jorge? De lo que te dije. Te llamé el cantante de las criadas. Te  insulté frente a todos y Pedro se encoge de hombros suavemente. Es tu opinión. La respeto. Jorge parpadea confundido.

 El alcohol nubla su mente, pero algo no cuadra. Esperaba gritos, esperaba humillación,  esperaba pelea y lo único que recibe es calma. Mira, Jorge. Pedro baja la mano, pero no la mirada. Tú vienes de un mundo, yo vengo de otro. Ninguno  es mejor, solo diferentes. Si mi trabajo es solo para pobres, está bien, no me avergüenza.

Mi madre lavaba ropa ajena en Mazatlán. Se levantaba a las 4 de la mañana, tallaba hasta que las manos le sangraban. Mi padre era carpintero. Yo aprendí el oficio porque necesitaba comer. Me hice conocido cantando en radios de pueblo, en carpas. No nací en cuna de oro, Jorge. Nací en una casa humilde.  Y la gente que me ve en esos cines de 50 centavos, esa gente es mi gente.

  Son como mi madre, como mi padre, como yo era antes de todo esto. Pedro señala el salón, las luces, el lujo. Así que si canto para ellos, si actúo para ellos,  me siento honrado porque ellos me dieron todo. Me dieron su cariño cuando no tenía nada. No los voy a traicionar ahora que tengo algo. La voz de Pedro se vuelve más firme, no agresiva, solo firme.

 La diferencia entre tú y yo,  Jorge, no es que tú seas mejor, es que tú olvidaste de dónde vienes, porque tú también empezaste abajo. También cantaste en lugares humildes, también te rompiste trabajando, pero en algún momento decidiste que eso te hacía menos y yo decidí  que eso me hacía más. Jorge abre la boca, pero no salen palabras.

 Algo en las palabras de Pedro lo golpea más fuerte que cualquier insulto. Así que no te guardo rencor, Jorge. Pedro le da una palmada en el hombro. Estás borracho. Estás celebrando. Acabas de estrenar una película  increíble. Así que voy a olvidar lo que dijiste y espero que mañana cuando estés sobrio,  tú también lo olvides, porque esto no es quién eres, es el alcohol hablando.

  El verdadero Jorge Negrete es mejor que esto. Que disfrutes tu triunfo, Jorge.  México está orgulloso de ti. Yo estoy orgulloso de ti. Y sin esperar respuesta, Pedro Infante camina hacia la puerta con la cabeza en alto, con la dignidad  intacta, sin mirar atrás, la gente se aparta, nadie dice nada.

 Pedro baja las escaleras de mármol, sale a la noche, se va. Jorge  se queda parado solo con la mano que nunca estrechó colgando en el aire, con las palabras  que escupió flotando como acusaciones, con el silencio sepulcral de 50 personas que acaban de ver a un hombre destruir su propia grandeza. Alguien le ofrece otra copa.

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