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Asi FUE la LUJOSA VIDA de CORNELIO REYNA – Autos Clasicos, lujos y su rancho discreto

Hay canciones que sobreviven a quienes las compusieron. Hay voces que el tiempo no puede borrar, aunque el hombre que las produjo ya no esté en el mundo. Y hay historias que el público conoce a medias, las del éxito visible, las de las canciones que bailó en las ferias del norte y en los bares de Reyosa, pero que nunca vio completa porque la parte más importante, la del origen, la del dinero, la del costo humano de construir algo que dura.

Esa parte nunca se contó con la precisión que merece. ¿Cómo construyó Cornelio Reina, el hombre que trabajó en una fábrica de ladrillos en Reinosa, Tamaulipas, mientras aprendía a tocar el Bajo Sexto, el patrimonio que le permitió grabar 60 álbumes, actuar en aproximadamente 30 películas y recorrer México, Estados Unidos, Centroamérica y Sudamérica durante una carrera que se extendió por más de tres décadas.

¿Qué tenía ese hombre del rancho de notillas, municipio de Parras, Coahuila, que no tenían los demás cantantes del norteño que intentaron lo mismo en los años 60 y que no llegaron ni a la mitad de donde llegó él? ¿Cómo se convierte un muchacho de campo en el compositor principal de los relámpagos del norte? El grupo que junto a Ramón Ayala estableció el sonido que definiría a la música norteña para las décadas siguientes y que después de separarse de Ayala en 1971 logró reinventarse como figura del mariachi, hasta el punto de que su

canción Me caí de la nube generó contratos en cinco países simultáneamente. ¿Y qué queda hoy de todo lo que Cornelio Reina construyó? No en términos de canciones, que esas siguen siendo reproducidas en las radios del noreste mexicano y en los bares tejanos donde la música de los relámpagos sigue siendo el idioma natural de las noches de fin de semana, sino en términos de los hombres que dejó en el mundo, un hijo que heredó la voz y el apellido, y que murió también a los 50 años, y un nieto que en 2026 sigue tocando el norteño con el apellido reina

como bandera y como peso al mismo tiempo. Hoy vamos a recorrer la vida de Cornelio Reina con la profundidad que esa historia merece. No la versión abreviada de los homenajes televisivos, la versión del hombre que salió de un rancho en Coahuila y llegó a la plaza Garibaldi en la Ciudad de México, que construyó algo grande y que lo vio empezar a desmoronarse cuando Vicente Fernández y Antonio Aguilar se convirtieron en los gigantes que él nunca pudo alcanzar del todo, que hizo su última gira en el año 96 durante 6 meses recorriendo ciudades de

Estados Unidos y que murió menos de un mes después de completarla, como si el cuerpo hubiera esperado a terminar el trabajo antes de rendirse. Quédate hasta el final porque esta historia tiene capas que ningún corrido ha podido contar completo. Para entender lo que Cornelio Reina construyó, hay que entender primero de dónde venía.

Y el origen es tan alejado del mundo del espectáculo que la distancia entre ese punto de partida y el punto al que llegó es en sí misma la historia más interesante. Nació en el Rancho de Notillas en el municipio de Parras, Coahuila. Parras es uno de esos municipios del norte de México que el turismo descubrió tarde y que los coahuilenses conocieron siempre como tierra de viñedos, de trabajo duro y de una cultura que valora la sobriedad sobre el espectáculo.

No es Monterrey ni es la frontera texana, es el interior del norte con su propio ritmo, con su propia relación con el trabajo y con la tierra que formó a Cornelio Reina antes de que ningún micrófono lo cambiara. Sus padres se separaron cuando él era todavía un bebé de apenas unos meses. Creció con un padre ausente al que no reencuentra hasta ya entrada la adultez en sus veintitantos años.

Su único hermano Pedro también tenía pasta de compositor, pero la educación formal fue limitada para los dos. Coahuila en esos años carecía de sistema escolar formal extendido en las zonas rurales y los dos chicos solo llegaron al tercer grado juntos. antes de que las circunstancias lo separaran, de adolescente se mudó a Monterrey.

Trabajó de albañil, luego se fue a Reyosa, Tamaulipas, la ciudad fronteriza que en los años 50 era ya un punto de conexión entre la cultura musical del noreste mexicano y la de los mexicanos del otro lado del Río Bravo. En Reinosa trabajó en una fábrica de ladrillos. Es el trabajo más físico del mundo de la construcción.

el que requiere más fuerza y más resistencia y que paga menos, porque la oferta de quienes pueden hacerlo es enorme. Cornelio Reina hacía ese trabajo mientras aprendía a tocar el bajo sexto con la seriedad de quien sabe que ese instrumento es el pasaporte a un territorio diferente al de los ladrillos.

A los 16 años comenzó a tocar el bajo sexto de manera formal. En 1957, impulsado por su amor a la música, se unió a Juan Peña para formar el dúo Carta Blanca. Encontraron su lugar en el bar Cadilac de Reyosa, un popular punto de encuentro para la región norte de Tamaulipas y el sur de Texas. Ahí tocaban regularmente, ahí construyeron su primera audiencia, ahí desarrollaron el sonido que más tarde definiría a los relámpagos del norte.

El encuentro con Ramón Ayala en ese mismo bar Cadilac en 1961 fue el momento que cambió todo. Ramón llegó buscando trabajo como lustrador de zapatos. Tenía una habilidad extraordinaria con el acordeón. Cornelio y Juan Peña lo escucharon y entendieron que ahí había algo que su dúo necesitaba. Cuando Juan Peña decidió retirarse, Ramón ocupó su lugar y con ese cambio nació uno de los dúos más influyentes de la historia de la música norteña, los relámpagos del norte.

El nombre tenía la energía de lo que eran rápidos, eléctricos, con una combinación de bajo sexto y acordeón que producía un sonido diferente al de cualquier otra cosa que se estuviera haciendo en el norteño mexicano en esa época. En 1963, un representante de Bego Records les ofreció grabar su primer álbum. La canción Ya no llores fue el éxito inicial que los consolidó en el norte de México y el Valle de Texas.

Después vinieron hay ojitos, la tinta de mi sangre, mi tesoro, vida truncada, capullito de rosa. Canciones que definen un sonido y que 40 años después de haber sido grabadas siguen siendo reproducidas en los bares del norte como si el tiempo no hubiera pasado. Lo que construyeron Cornelio Reina y Ramón Ayala con los relámpagos del norte no fue solo un éxito comercial, fue un estándar.

El ritmo que ellos inventaron o refinaron o popularizaron, dependiendo de con quién se hable, se convirtió en la base de lo que docenas de grupos y solistas norteños harían después. La voz distintiva de Cornelio, combinada con el acordeón rápido de Ramón, estableció una fórmula que la industria copió durante generaciones sin que los que la copiaban siempre supieran exactamente a quiénes estaban imitando.

Ahora bien, hay que ser precisos sobre lo que ese éxito significaba en términos económicos en el México de los años 60. La industria de la música norteña en ese periodo no tenía la escala comercial que tendría en las décadas siguientes. Los contratos discográficos de sellos como Bego Records para artistas regionales mexicanos en los años 60 generaban ingresos modestos en términos de adelantos y regalías.

Las regalías del disco se calculaban sobre un porcentaje del precio de venta al público, que podía ir del 5 al 12% dependiendo del contrato. Y los tirajes de los primeros álbumes de grupos regionales del norte eran típicamente de entre 10,000 y 50,000 copias en el mercado doméstico. Un disco que se vendía en 25 pesos en ese periodo y que vendía 30.

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