Pescador de Valencia Ahorra Moneda a Moneda y Su Mujer REGALA Todo el Dinero a un Falso Gurú de Internet
PARTE 1
La lluvia caía sobre Bilbao con esa mala leche típica del norte, horizontal, fría y persistente, como si el cielo estuviera escupiendo sobre la ciudad desde hacía siglos por puro resentimiento histórico. Las luces amarillas de la calle Autonomía temblaban en los charcos mientras los últimos bares empezaban a cerrar y los camareros levantaban las sillas con cara de funeral.
Aitor Garmendia llevaba catorce horas trabajando.
Catorce.
Las manos le olían a yeso húmedo, a hierro oxidado y a café barato de máquina. Tenía la espalda hecha polvo, una rodilla que crujía cada vez que subía un escalón y un hambre tan salvaje que habría mordido el respaldo del autobús si hubiera tenido salsa brava encima.
Pero aun así caminaba rápido.
Porque uno aguanta lo que sea cuando cree que al final del día le espera su casa.
Su hogar.
Su sofá viejo.
Una ducha caliente.
Y quizá, con un milagro de por medio, un plato de lentejas recalentadas.
Sacó las llaves mientras subía las escaleras del edificio. El ascensor llevaba roto tres semanas porque el presidente de la comunidad decía que “todavía aguantaba un poco más”, frase que en España sirve tanto para un ascensor como para un matrimonio.
Tercer piso.
Respiró hondo.
Y abrió la puerta.
Lo primero que escuchó fue una carcajada.
Luego música.
Luego vasos brindando.
Y después… un olor insoportable a perfume caro mezclado con marisco.
Aitor parpadeó confundido.
Había seis pares de zapatos en la entrada que no reconocía.
Tacones.
Botines.
Unas deportivas blancas impolutas que parecían no haber pisado jamás una acera real.
Y entonces apareció Maite.
Su esposa.
Con una copa de vino en la mano y una sonrisa falsa que ya conocía demasiado bien.
—Ah, ya has llegado.
No “hola”.
No “¿cómo estás?”.
No “pareces un cadáver”.
Nada.
Solo eso.
Como si hubiera llegado el repartidor del gas.
Aitor dejó la mochila lentamente.
—¿Qué pasa aquí?
Maite se acercó deprisa, hablando en voz baja.
—No montes un numerito, ¿vale?
—¿Un numerito? Acabo de entrar en mi casa y parece el Guggenheim en Nochevieja.
—Han venido mis amigos de Madrid.
—¿Tus amigos?
—Sí. Te lo dije.
—No me dijiste nada.
—Bueno, te mandé un audio.
Aitor cerró los ojos un segundo.
El famoso audio.
Maite enviaba audios eternos, de siete minutos, mientras él trabajaba colgado de andamios o manejando maquinaria. Audios imposibles de escuchar en medio del ruido.
—¿Y cuánta gente hay?
—Solo unos pocos.
En ese momento salió un hombre del salón con una bandeja de jamón.
Llevaba una camisa abierta hasta el pecho y el tipo de barba perfectamente descuidada que solo consiguen los que pagan treinta euros por arreglársela.
Miró a Aitor de arriba abajo.
—¡Hombre! El marido.
Aitor lo observó sin responder.
El hombre sonrió como si fueran colegas de toda la vida.
—Soy Sergio.
“Claro que eres Sergio”, pensó Aitor. “Tienes toda la cara de Sergio.”
—Ajá.
Sergio extendió la mano, pero Aitor seguía mojado, cansado y cubierto de polvo de obra.
—Estoy sucio.
—Nada, hombre, aquí somos familia.
“Eso me preocupa muchísimo”, pensó Aitor.
Desde el salón llegó una voz femenina:
—¡Maite! ¿Dónde dejamos el hummus?
Aitor giró lentamente la cabeza.
Hummus.
En su casa.
Él llevaba dos meses comparando precios de aceite de oliva como si fueran acciones de Wall Street y allí había gente preguntando por hummus.
Maite sonrió nerviosa.
—Cariño, escucha… ha surgido un pequeño problema con las habitaciones.
Aitor ya sintió el peligro antes de escuchar el resto.
Instinto de supervivencia matrimonial.
—¿Qué problema?
—Bueno… como vienen Clara y Sergio… y luego Nuria con el niño…
—¿Y?
—Pues hemos tenido que reorganizarnos.
Silencio.
Largo.
Peligroso.
Aitor dejó las llaves sobre el mueble de la entrada muy despacio.
—Maite.
—No te pongas así antes de escucharme.
—Maite.
—Solo son dos noches.
—Maite.
Ella tragó saliva.
—Necesito que duermas en el pasillo.
El mundo se quedó quieto.
Literalmente quieto.
Hasta la música parecía haberse apagado.
Aitor la miró fijamente.
Esperando la risa.
La cámara oculta.
El “es broma”.
Pero no llegó.
Detrás de Maite, alguien gritó:
—¡Quién quiere otra de gambas!
Y de fondo sonó una carcajada.
Aitor volvió a mirarla.
—¿Qué has dicho?
—Es temporal.
—¿Que duerma dónde?
—En el pasillo. He puesto un colchón.
—¿En el pasillo del piso?
—Aitor, por favor, no hagas drama.
Él soltó una risa seca.
Una de esas risas peligrosas.
—¿Drama?
—Mis amigos han venido desde Madrid.
—¿Y yo qué soy? ¿El portero?
—No exageres.
—Trabajo catorce horas al día.
—Y yo organizo esta casa.
—¡La casa que pago yo!
El salón quedó en silencio.
Ahora sí.
Todas las conversaciones habían parado.
Una mujer apareció sosteniendo una copa de vino.
Rubia, elegantísima y claramente incómoda.
—Creo que deberíamos irnos…
Maite levantó una mano.
—No, no, está todo bien.
—No está todo bien —dijo Aitor.
Sergio apareció otra vez mascando jamón.
—Tío, tampoco hace falta ponerse así por dormir fuera un par de noches.
Aitor giró hacia él lentamente.
Muy lentamente.
—¿Tú quién coño eres?
—Eh, tranquilidad.
—No, pregunto en serio. ¿Quién eres tú para decirme dónde duermo en mi casa?
Sergio levantó las manos.
—Solo intento ayudar.
—Pues ayuda desapareciendo.
Maite explotó entonces.
—¡Ya está bien, Aitor! ¡Siempre igual! ¡Todo tiene que girar alrededor de ti!
Él la miró incrédulo.
—¿Alrededor de mí? Trabajo como un animal para pagar este piso.
—¡Y eso te crees que te da derecho a comportarte como un cavernícola!
—¿Cavernícola? ¡Me estás echando de mi cama!
—¡Es solo un colchón en el pasillo!
—¡SOY TU MARIDO!
Silencio otra vez.
El niño pequeño de Nuria apareció comiendo patatas fritas.
—Mamá… el señor da miedo.
Nuria agarró al niño y desapareció.
Sergio murmuró:
—Hostia…
Aitor respiraba fuerte.
Tenía las manos temblando.
No solo de rabia.
De humillación.
De cansancio.
De esa sensación insoportable de descubrir que el único lugar donde uno debería sentirse respetado… ya no existe.
Maite cruzó los brazos.
—Mira, si vas a ponerte agresivo, mejor sal a dar una vuelta.
Eso fue peor.
Mucho peor.
Porque Aitor entendió algo en ese instante.
No era una discusión improvisada.
Ella ya había decidido.
Ya había hablado con todos.
Ya lo había convertido en el marido incómodo.
El bruto.
El problema.
Él era el intruso en su propia casa.
Y los demás lo miraban exactamente así.
Entonces vio el colchón.
Al fondo del pasillo.
Fino.
Torcido.
Con una manta vieja encima.
Parecía la cama improvisada para un perro anciano.
Aitor caminó hacia allí lentamente.
Todos observándolo.
Se agachó.
Tocó el colchón.
Luego miró hacia el dormitorio principal.
La puerta estaba cerrada.
Su habitación ocupada.
Su espacio tomado.
Su vida desplazada al pasillo como un mueble viejo.
Y algo dentro de él empezó a romperse.
Pero no explotó.
No todavía.
Lo peor de Aitor Garmendia no era cuando gritaba.
Era cuando se quedaba callado.
Se incorporó lentamente.
Miró a Maite.
Luego a Sergio.
Luego al resto.
Y sonrió.
Eso asustó más que cualquier grito.
—Perfecto —dijo con calma.
Maite frunció el ceño.
—¿Perfecto?
—Claro. Vuestros invitados estarán cómodos.
—Gracias por entenderlo.
Aitor asintió despacio.
—Sí. Creo que esta noche voy a entender muchas cosas.
Y sin añadir nada más, caminó hacia la cocina.
Abrió la nevera.
Vacía.
Bueno, no vacía del todo.
Había vino.
Quesos caros.
Unas aceitunas gourmet ridículas.
Y una botella de agua con pepino dentro como si vivieran en un hotel de Ibiza.
Aitor cerró la puerta lentamente.
Desde el salón seguían observándolo.
Nadie se atrevía a hablar.
Entonces abrió un armario.
Sacó una sartén.
La dejó sobre la encimera.
CLANG.
Luego otra.
CLANG.
Después una olla enorme.
CLANG.
Maite apareció alarmada.
—¿Qué haces?
Aitor la miró con absoluta tranquilidad.
—La cena.
—Pero ya hemos cenado.
—Vosotros sí.
Cogió seis huevos.
Los lanzó a la sartén.
Uno explotó fuera.
Le daba igual.
El aceite empezó a chisporrotear violentamente.
CLAC.
CLAC.
CLAC.
Cada ruido retumbaba por todo el piso.
Sergio asomó la cabeza.
—Tío, son casi las doce…
—Y yo llevo sin comer desde las seis de la mañana.
Maite apretó los dientes.
—No hace falta hacer tanto ruido.
Aitor sonrió sin mirarla.
—Claro que hace falta.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
quería que todos escucharan exactamente cómo sonaba un hombre empezando a cansarse de ser invisible.
La lluvia en Bilbao no caía. Castigaba.
Golpeaba las persianas, reventaba contra los charcos de la acera y convertía la calle en una sopa gris llena de paraguas torcidos y gente malhumorada. A las once y veinte de la noche, el último autobús soltó un gemido metálico delante de la plaza de Zabalburu y de él bajó Martín Aguirre con la espalda hecha polvo y las botas llenas de cemento seco.
Treinta y nueve años. Albañil desde los diecisiete. Ojeras permanentes. Nudillos como piedras.
Y una bolsa de supermercado con dos yogures, una barra de pan y un paquete de jamón cocido aplastado.
Porque incluso después de doce horas levantando tabiques bajo la lluvia, seguía pensando en llevar algo a casa.
Subió la cuesta hacia el edificio respirando fuerte. Cada escalón le dolía en las rodillas. Tenía el hombro derecho dormido desde la mañana y el casco le había dejado una marca roja en la frente.
—Mañana no me levanto ni aunque venga el Papa —murmuró.
El portero automático no funcionaba otra vez.
“Perfecto.”
Empujó la puerta del portal con el pie y entró al calor rancio del edificio. Olía a humedad, a sopa y a colonia barata. El ascensor estaba averiado.
Otra vez.
Martín levantó la vista hacia el quinto piso y soltó una carcajada vacía.
—Claro que sí. Maravilloso. Ya solo falta que me atraque una cabra.
Subió los escalones arrastrándose, agarrado a la barandilla. En el tercero escuchó una televisión a todo volumen. En el cuarto, una pareja gritándose por dinero. Lo normal.
Pero al llegar al quinto, algo le hizo fruncir el ceño.
Risas.
Muchas risas.
Música.
Copas chocando.
Se quedó quieto delante de la puerta de su casa.
Su casa.
La hipoteca la pagaba él desde hacía nueve años.
Sacó las llaves lentamente.
Y entonces oyó la voz de su mujer al otro lado.
—¡No, no, dejad las chaquetas ahí! ¡Pero cuidado con el pasillo!
Martín parpadeó.
¿Pasillo?
Abrió.
El calor le golpeó en la cara junto con olor a tortilla, vino y perfume caro.
Había gente.
Demasiada gente.
Tres parejas en el salón. Un hombre desconocido sentado en SU sillón. Dos adolescentes comiendo patatas en el suelo. Música sonando desde un altavoz. Una mujer que no había visto en su vida usando SU manta.
Y en medio de todo aquello, su esposa.
Lorena.
Perfectamente peinada, labios rojos, blusa nueva.
Como si fueran las cuatro de la tarde y no casi medianoche.
Ella lo vio entrar y durante medio segundo pareció incómoda.
Solo medio.
Luego sonrió como si nada.
—¡Ay, ya llegó Martín!
Nadie respondió.
Porque literalmente nadie sabía quién demonios era Martín.
Un tipo gordo levantó la copa.
—¡Hombre! El marido.
Martín cerró la puerta despacio.
—¿Qué… es esto?
Lorena se acercó rápido.
—Habla bajito.
—¿Habla bajito? ¿Qué pasa aquí?
—Vinieron mi prima Silvia y los chicos desde Valencia. Y también están los amigos de Rubén porque mañana van al concierto…
Martín miró alrededor otra vez.
Había una maleta abierta junto al televisor.
Otra en el pasillo.
Y una almohada en el suelo.
Su almohada.
—¿Cuánta gente va a dormir aquí?
Lorena evitó mirarlo directamente.
Mala señal.
—Pues… nosotros, Silvia, Rubén, los niños y dos amigos.
Martín hizo un cálculo rápido.
Luego otro.
Porque no le salían las cuentas ni usando magia negra.
—Pero si aquí solo hay dos habitaciones.
—Ya, bueno… nos organizamos.
“Nos organizamos.”
Esa frase siempre significaba que el que se jodía era él.
Un hombre alto apareció con una cerveza.
—Oye, ¿el baño pequeño pierde agua o es imaginación mía?
Martín lo miró sin responder.
El hombre sonrió incómodo.
—Vale. Igual no era el momento.
Lorena agarró a Martín del brazo y lo llevó hacia la cocina.
—No pongas esa cara, por favor.
—¿Qué cara?
—Esa cara de funeral vasco.
—Lorena, vengo reventado de trabajar y me encuentro media España metida en casa.
—Solo son unos días.
—¿UNOS DÍAS?
—Shhh.
Martín dejó la bolsa sobre la encimera.
—¿Y dónde se supone que voy a dormir yo?
Lorena tardó dos segundos en responder.
Dos segundos demasiado largos.
—En el pasillo.
Silencio.
Un silencio tan denso que hasta la nevera parecía haber dejado de zumbar.
Martín pestañeó.
—¿Cómo?
—He puesto un colchón.
—¿En el pasillo?
—Es amplio.
—Lorena, el pasillo mide lo mismo que un ataúd.
—No exageres.
Martín soltó una risa seca.
—No. Claro. Perdona. Dormir al lado del zapatero como un perro seguramente es una experiencia de lujo.
Lorena cruzó los brazos.
—No empieces.
—¿Que no empiece qué?
—A hacer drama delante de la gente.
Martín la miró fijamente.
Aquello dolió más que cualquier otra cosa.
Porque no era cansancio.
No era el colchón.
Era la manera.
La facilidad con la que ella había decidido que él sobraba en su propia casa.
Desde el salón llegó una carcajada enorme.
—¡Lorena! ¿Dónde están más hielos?
Ella levantó la voz.
—¡En el congelador!
Luego volvió a mirar a Martín.
—Haz el favor de comportarte.
—¿Comportarme?
—Sí. Porque siempre haces lo mismo cuando viene mi familia.
Martín abrió la nevera buscando agua fría.
Vacía.
Solo había vino, refrescos y un táper sospechoso.
—Claro. Mi culpa también.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Se bebió medio vaso de agua del grifo.
Sentía el corazón latiéndole fuerte en las sienes.
No era la primera humillación.
Pero quizá sí la primera tan descarada.
Lorena suspiró.
—Mira, de verdad, no tengo energía para discutir ahora.
—Curioso. Yo tampoco. Porque llevo desde las seis levantando ladrillos bajo la lluvia.
—Ya estamos otra vez con el trabajo.
—¿Cómo que “ya estamos”? ¡Es mi trabajo el que paga esta casa!
Ella bajó la voz inmediatamente.
—¿Quieres dejar de decir eso delante de todos?
—¿Y quieres dejar de tratarme como si fuera un invitado?
Silencio otra vez.
Tenso.
Feo.
Y entonces apareció una niña pequeña en la cocina chupando un polo.
—Mamá dice que si hay más Coca-Cola.
Lorena sonrió dulcemente.
—Claro, cariño.
La niña miró a Martín.
—¿Tú quién eres?
Aquello entró como una puñalada.
Lorena se rio nerviosa.
—Es Martín.
—Ah.
La niña se fue sin más.
Martín se quedó quieto mirando la puerta de la cocina.
Luego habló muy despacio.
—Ni saben quién soy.
—No seas exagerado.
—Estoy viviendo en mi propia casa como si fuera el fontanero.
—Porque llegas con esa cara de asesino.
Martín la miró incrédulo.
—¿Sabes qué? Da igual.
Cogió la bolsa del supermercado y empezó a sacar las cosas.
Los yogures desaparecieron enseguida.
Un adolescente pasó por detrás y agarró uno.
—Gracias, jefe.
Martín ni respondió.
Lorena intentó tocarle el brazo.
—No te pongas así.
Él apartó la mano.
Y por primera vez en mucho tiempo, ella pareció sorprendida.
Martín salió al pasillo.
Y ahí estaba.
El colchón.
Estrecho. Fino. Ridículo.
Pegado a la pared entre el armario y el baño.
Había incluso una mantita doblada encima.
Como si aquello fuera normal.
Como si fuera perfectamente razonable mandar al hombre que pagaba la casa a dormir junto a los zapatos y la escobilla del váter.
Desde el salón llegó otra carcajada.
Alguien gritó:
—¡Pon música de los ochenta!
Martín observó el colchón sin moverse.
Y algo empezó a romperse dentro de él.
No de golpe.
Despacio.
Como una cuerda demasiado tensa después de años soportando peso.
Entonces escuchó detrás la voz de Lorena.
—No hagas un numerito, por favor.
Él giró lentamente.
—¿Tú me estás viendo ahora mismo?
—¿Qué significa eso?
—Que si de verdad me estás viendo.
Ella resopló.
—Martín, estoy cansada.
—Yo también.
—Pues duerme y ya está.
Él señaló el colchón.
—Ahí.
—Solo son unos días.
Martín sonrió.
Pero fue una sonrisa rara.
Vacía.
Peligrosa.
—Claro. Solo unos días.
Luego agarró la almohada.
Y caminó hacia el pasillo mientras en el salón seguía la fiesta.
Nadie dejó de hablar.
Nadie bajó la música.
Nadie pensó que quizá aquello era una barbaridad.
Y mientras Martín se tumbaba vestido sobre aquel colchón miserable, escuchando pasos pasar a veinte centímetros de su cabeza camino del baño, comprendió una cosa terrible.
En esa casa ya no era un marido.
Ni siquiera era una persona.
Era espacio sobrante.
La lluvia en Bilbao no caía. Castigaba.
Golpeaba las persianas, reventaba contra los charcos de la acera y convertía la calle en una sopa gris llena de paraguas torcidos y gente malhumorada. A las once y veinte de la noche, el último autobús soltó un gemido metálico delante de la plaza de Zabalburu y de él bajó Martín Aguirre con la espalda hecha polvo y las botas llenas de cemento seco.
Treinta y nueve años. Albañil desde los diecisiete. Ojeras permanentes. Nudillos como piedras.
Y una bolsa de supermercado con dos yogures, una barra de pan y un paquete de jamón cocido aplastado.
Porque incluso después de doce horas levantando tabiques bajo la lluvia, seguía pensando en llevar algo a casa.
Subió la cuesta hacia el edificio respirando fuerte. Cada escalón le dolía en las rodillas. Tenía el hombro derecho dormido desde la mañana y el casco le había dejado una marca roja en la frente.
—Mañana no me levanto ni aunque venga el Papa —murmuró.
El portero automático no funcionaba otra vez.
“Perfecto.”
Empujó la puerta del portal con el pie y entró al calor rancio del edificio. Olía a humedad, a sopa y a colonia barata. El ascensor estaba averiado.
Otra vez.
Martín levantó la vista hacia el quinto piso y soltó una carcajada vacía.
—Claro que sí. Maravilloso. Ya solo falta que me atraque una cabra.
Subió los escalones arrastrándose, agarrado a la barandilla. En el tercero escuchó una televisión a todo volumen. En el cuarto, una pareja gritándose por dinero. Lo normal.
Pero al llegar al quinto, algo le hizo fruncir el ceño.
Risas.
Muchas risas.
Música.
Copas chocando.
Se quedó quieto delante de la puerta de su casa.
Su casa.
La hipoteca la pagaba él desde hacía nueve años.
Sacó las llaves lentamente.
Y entonces oyó la voz de su mujer al otro lado.
—¡No, no, dejad las chaquetas ahí! ¡Pero cuidado con el pasillo!
Martín parpadeó.
¿Pasillo?
Abrió.
El calor le golpeó en la cara junto con olor a tortilla, vino y perfume caro.
Había gente.
Demasiada gente.
Tres parejas en el salón. Un hombre desconocido sentado en SU sillón. Dos adolescentes comiendo patatas en el suelo. Música sonando desde un altavoz. Una mujer que no había visto en su vida usando SU manta.
Y en medio de todo aquello, su esposa.
Lorena.
Perfectamente peinada, labios rojos, blusa nueva.
Como si fueran las cuatro de la tarde y no casi medianoche.
Ella lo vio entrar y durante medio segundo pareció incómoda.
Solo medio.
Luego sonrió como si nada.
—¡Ay, ya llegó Martín!
Nadie respondió.
Porque literalmente nadie sabía quién demonios era Martín.
Un tipo gordo levantó la copa.
—¡Hombre! El marido.
Martín cerró la puerta despacio.
—¿Qué… es esto?
Lorena se acercó rápido.
—Habla bajito.
—¿Habla bajito? ¿Qué pasa aquí?
—Vinieron mi prima Silvia y los chicos desde Valencia. Y también están los amigos de Rubén porque mañana van al concierto…
Martín miró alrededor otra vez.
Había una maleta abierta junto al televisor.
Otra en el pasillo.
Y una almohada en el suelo.
Su almohada.
—¿Cuánta gente va a dormir aquí?
Lorena evitó mirarlo directamente.
Mala señal.
—Pues… nosotros, Silvia, Rubén, los niños y dos amigos.
Martín hizo un cálculo rápido.
Luego otro.
Porque no le salían las cuentas ni usando magia negra.
—Pero si aquí solo hay dos habitaciones.
—Ya, bueno… nos organizamos.
“Nos organizamos.”
Esa frase siempre significaba que el que se jodía era él.
Un hombre alto apareció con una cerveza.
—Oye, ¿el baño pequeño pierde agua o es imaginación mía?
Martín lo miró sin responder.
El hombre sonrió incómodo.
—Vale. Igual no era el momento.
Lorena agarró a Martín del brazo y lo llevó hacia la cocina.
—No pongas esa cara, por favor.
—¿Qué cara?
—Esa cara de funeral vasco.
—Lorena, vengo reventado de trabajar y me encuentro media España metida en casa.
—Solo son unos días.
—¿UNOS DÍAS?
—Shhh.
Martín dejó la bolsa sobre la encimera.
—¿Y dónde se supone que voy a dormir yo?
Lorena tardó dos segundos en responder.
Dos segundos demasiado largos.
—En el pasillo.
Silencio.
Un silencio tan denso que hasta la nevera parecía haber dejado de zumbar.
Martín pestañeó.
—¿Cómo?
—He puesto un colchón.
—¿En el pasillo?
—Es amplio.
—Lorena, el pasillo mide lo mismo que un ataúd.
—No exageres.
Martín soltó una risa seca.
—No. Claro. Perdona. Dormir al lado del zapatero como un perro seguramente es una experiencia de lujo.
Lorena cruzó los brazos.
—No empieces.
—¿Que no empiece qué?
—A hacer drama delante de la gente.
Martín la miró fijamente.
Aquello dolió más que cualquier otra cosa.
Porque no era cansancio.
No era el colchón.
Era la manera.
La facilidad con la que ella había decidido que él sobraba en su propia casa.
Desde el salón llegó una carcajada enorme.
—¡Lorena! ¿Dónde están más hielos?
Ella levantó la voz.
—¡En el congelador!
Luego volvió a mirar a Martín.
—Haz el favor de comportarte.
—¿Comportarme?
—Sí. Porque siempre haces lo mismo cuando viene mi familia.
Martín abrió la nevera buscando agua fría.
Vacía.
Solo había vino, refrescos y un táper sospechoso.
—Claro. Mi culpa también.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Se bebió medio vaso de agua del grifo.
Sentía el corazón latiéndole fuerte en las sienes.
No era la primera humillación.
Pero quizá sí la primera tan descarada.
Lorena suspiró.
—Mira, de verdad, no tengo energía para discutir ahora.
—Curioso. Yo tampoco. Porque llevo desde las seis levantando ladrillos bajo la lluvia.
—Ya estamos otra vez con el trabajo.
—¿Cómo que “ya estamos”? ¡Es mi trabajo el que paga esta casa!
Ella bajó la voz inmediatamente.
—¿Quieres dejar de decir eso delante de todos?
—¿Y quieres dejar de tratarme como si fuera un invitado?
Silencio otra vez.
Tenso.
Feo.
Y entonces apareció una niña pequeña en la cocina chupando un polo.
—Mamá dice que si hay más Coca-Cola.
Lorena sonrió dulcemente.
—Claro, cariño.
La niña miró a Martín.
—¿Tú quién eres?
Aquello entró como una puñalada.
Lorena se rio nerviosa.
—Es Martín.
—Ah.
La niña se fue sin más.
Martín se quedó quieto mirando la puerta de la cocina.
Luego habló muy despacio.
—Ni saben quién soy.
—No seas exagerado.
—Estoy viviendo en mi propia casa como si fuera el fontanero.
—Porque llegas con esa cara de asesino.
Martín la miró incrédulo.
—¿Sabes qué? Da igual.
Cogió la bolsa del supermercado y empezó a sacar las cosas.
Los yogures desaparecieron enseguida.
Un adolescente pasó por detrás y agarró uno.
—Gracias, jefe.
Martín ni respondió.
Lorena intentó tocarle el brazo.
—No te pongas así.
Él apartó la mano.
Y por primera vez en mucho tiempo, ella pareció sorprendida.
Martín salió al pasillo.
Y ahí estaba.
El colchón.
Estrecho. Fino. Ridículo.
Pegado a la pared entre el armario y el baño.
Había incluso una mantita doblada encima.
Como si aquello fuera normal.
Como si fuera perfectamente razonable mandar al hombre que pagaba la casa a dormir junto a los zapatos y la escobilla del váter.
Desde el salón llegó otra carcajada.
Alguien gritó:
—¡Pon música de los ochenta!
Martín observó el colchón sin moverse.
Y algo empezó a romperse dentro de él.
No de golpe.
Despacio.
Como una cuerda demasiado tensa después de años soportando peso.
Entonces escuchó detrás la voz de Lorena.
—No hagas un numerito, por favor.
Él giró lentamente.
—¿Tú me estás viendo ahora mismo?
—¿Qué significa eso?
—Que si de verdad me estás viendo.
Ella resopló.
—Martín, estoy cansada.
—Yo también.
—Pues duerme y ya está.
Él señaló el colchón.
—Ahí.
—Solo son unos días.
Martín sonrió.
Pero fue una sonrisa rara.
Vacía.
Peligrosa.
—Claro. Solo unos días.
Luego agarró la almohada.
Y caminó hacia el pasillo mientras en el salón seguía la fiesta.
Nadie dejó de hablar.
Nadie bajó la música.
Nadie pensó que quizá aquello era una barbaridad.
Y mientras Martín se tumbaba vestido sobre aquel colchón miserable, escuchando pasos pasar a veinte centímetros de su cabeza camino del baño, comprendió una cosa terrible.
En esa casa ya no era un marido.
Ni siquiera era una persona.
Era espacio sobrante.
La lluvia en Bilbao no caía. Castigaba.
Golpeaba las persianas, reventaba contra los charcos de la acera y convertía la calle en una sopa gris llena de paraguas torcidos y gente malhumorada. A las once y veinte de la noche, el último autobús soltó un gemido metálico delante de la plaza de Zabalburu y de él bajó Martín Aguirre con la espalda hecha polvo y las botas llenas de cemento seco.
Treinta y nueve años. Albañil desde los diecisiete. Ojeras permanentes. Nudillos como piedras.
Y una bolsa de supermercado con dos yogures, una barra de pan y un paquete de jamón cocido aplastado.
Porque incluso después de doce horas levantando tabiques bajo la lluvia, seguía pensando en llevar algo a casa.
Subió la cuesta hacia el edificio respirando fuerte. Cada escalón le dolía en las rodillas. Tenía el hombro derecho dormido desde la mañana y el casco le había dejado una marca roja en la frente.
—Mañana no me levanto ni aunque venga el Papa —murmuró.
El portero automático no funcionaba otra vez.
“Perfecto.”
Empujó la puerta del portal con el pie y entró al calor rancio del edificio. Olía a humedad, a sopa y a colonia barata. El ascensor estaba averiado.
Otra vez.
Martín levantó la vista hacia el quinto piso y soltó una carcajada vacía.
—Claro que sí. Maravilloso. Ya solo falta que me atraque una cabra.
Subió los escalones arrastrándose, agarrado a la barandilla. En el tercero escuchó una televisión a todo volumen. En el cuarto, una pareja gritándose por dinero. Lo normal.
Pero al llegar al quinto, algo le hizo fruncir el ceño.
Risas.
Muchas risas.
Música.
Copas chocando.
Se quedó quieto delante de la puerta de su casa.
Su casa.
La hipoteca la pagaba él desde hacía nueve años.
Sacó las llaves lentamente.
Y entonces oyó la voz de su mujer al otro lado.
—¡No, no, dejad las chaquetas ahí! ¡Pero cuidado con el pasillo!
Martín parpadeó.
¿Pasillo?
Abrió.
El calor le golpeó en la cara junto con olor a tortilla, vino y perfume caro.
Había gente.
Demasiada gente.
Tres parejas en el salón. Un hombre desconocido sentado en SU sillón. Dos adolescentes comiendo patatas en el suelo. Música sonando desde un altavoz. Una mujer que no había visto en su vida usando SU manta.
Y en medio de todo aquello, su esposa.
Lorena.
Perfectamente peinada, labios rojos, blusa nueva.
Como si fueran las cuatro de la tarde y no casi medianoche.
Ella lo vio entrar y durante medio segundo pareció incómoda.
Solo medio.
Luego sonrió como si nada.
—¡Ay, ya llegó Martín!
Nadie respondió.
Porque literalmente nadie sabía quién demonios era Martín.
Un tipo gordo levantó la copa.
—¡Hombre! El marido.
Martín cerró la puerta despacio.
—¿Qué… es esto?
Lorena se acercó rápido.
—Habla bajito.
—¿Habla bajito? ¿Qué pasa aquí?
—Vinieron mi prima Silvia y los chicos desde Valencia. Y también están los amigos de Rubén porque mañana van al concierto…
Martín miró alrededor otra vez.
Había una maleta abierta junto al televisor.
Otra en el pasillo.
Y una almohada en el suelo.
Su almohada.
—¿Cuánta gente va a dormir aquí?
Lorena evitó mirarlo directamente.
Mala señal.
—Pues… nosotros, Silvia, Rubén, los niños y dos amigos.
Martín hizo un cálculo rápido.
Luego otro.
Porque no le salían las cuentas ni usando magia negra.
—Pero si aquí solo hay dos habitaciones.
—Ya, bueno… nos organizamos.
“Nos organizamos.”
Esa frase siempre significaba que el que se jodía era él.
Un hombre alto apareció con una cerveza.
—Oye, ¿el baño pequeño pierde agua o es imaginación mía?
Martín lo miró sin responder.
El hombre sonrió incómodo.
—Vale. Igual no era el momento.
Lorena agarró a Martín del brazo y lo llevó hacia la cocina.
—No pongas esa cara, por favor.
—¿Qué cara?
—Esa cara de funeral vasco.
—Lorena, vengo reventado de trabajar y me encuentro media España metida en casa.
—Solo son unos días.
—¿UNOS DÍAS?
—Shhh.
Martín dejó la bolsa sobre la encimera.
—¿Y dónde se supone que voy a dormir yo?
Lorena tardó dos segundos en responder.
Dos segundos demasiado largos.
—En el pasillo.
Silencio.
Un silencio tan denso que hasta la nevera parecía haber dejado de zumbar.
Martín pestañeó.
—¿Cómo?
—He puesto un colchón.
—¿En el pasillo?
—Es amplio.
—Lorena, el pasillo mide lo mismo que un ataúd.
—No exageres.
Martín soltó una risa seca.
—No. Claro. Perdona. Dormir al lado del zapatero como un perro seguramente es una experiencia de lujo.
Lorena cruzó los brazos.
—No empieces.
—¿Que no empiece qué?
—A hacer drama delante de la gente.
Martín la miró fijamente.
Aquello dolió más que cualquier otra cosa.
Porque no era cansancio.
No era el colchón.
Era la manera.
La facilidad con la que ella había decidido que él sobraba en su propia casa.
Desde el salón llegó una carcajada enorme.
—¡Lorena! ¿Dónde están más hielos?
Ella levantó la voz.
—¡En el congelador!
Luego volvió a mirar a Martín.
—Haz el favor de comportarte.
—¿Comportarme?
—Sí. Porque siempre haces lo mismo cuando viene mi familia.
Martín abrió la nevera buscando agua fría.
Vacía.
Solo había vino, refrescos y un táper sospechoso.
—Claro. Mi culpa también.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Se bebió medio vaso de agua del grifo.
Sentía el corazón latiéndole fuerte en las sienes.
No era la primera humillación.
Pero quizá sí la primera tan descarada.
Lorena suspiró.
—Mira, de verdad, no tengo energía para discutir ahora.
—Curioso. Yo tampoco. Porque llevo desde las seis levantando ladrillos bajo la lluvia.
—Ya estamos otra vez con el trabajo.
—¿Cómo que “ya estamos”? ¡Es mi trabajo el que paga esta casa!
Ella bajó la voz inmediatamente.
—¿Quieres dejar de decir eso delante de todos?
—¿Y quieres dejar de tratarme como si fuera un invitado?
Silencio otra vez.
Tenso.
Feo.
Y entonces apareció una niña pequeña en la cocina chupando un polo.
—Mamá dice que si hay más Coca-Cola.
Lorena sonrió dulcemente.
—Claro, cariño.
La niña miró a Martín.
—¿Tú quién eres?
Aquello entró como una puñalada.
Lorena se rio nerviosa.
—Es Martín.
—Ah.
La niña se fue sin más.
Martín se quedó quieto mirando la puerta de la cocina.
Luego habló muy despacio.
—Ni saben quién soy.
—No seas exagerado.
—Estoy viviendo en mi propia casa como si fuera el fontanero.
—Porque llegas con esa cara de asesino.
Martín la miró incrédulo.
—¿Sabes qué? Da igual.
Cogió la bolsa del supermercado y empezó a sacar las cosas.
Los yogures desaparecieron enseguida.
Un adolescente pasó por detrás y agarró uno.
—Gracias, jefe.
Martín ni respondió.
Lorena intentó tocarle el brazo.
—No te pongas así.
Él apartó la mano.
Y por primera vez en mucho tiempo, ella pareció sorprendida.
Martín salió al pasillo.
Y ahí estaba.
El colchón.
Estrecho. Fino. Ridículo.
Pegado a la pared entre el armario y el baño.
Había incluso una mantita doblada encima.
Como si aquello fuera normal.
Como si fuera perfectamente razonable mandar al hombre que pagaba la casa a dormir junto a los zapatos y la escobilla del váter.
Desde el salón llegó otra carcajada.
Alguien gritó:
—¡Pon música de los ochenta!
Martín observó el colchón sin moverse.
Y algo empezó a romperse dentro de él.
No de golpe.
Despacio.
Como una cuerda demasiado tensa después de años soportando peso.
Entonces escuchó detrás la voz de Lorena.
—No hagas un numerito, por favor.
Él giró lentamente.
—¿Tú me estás viendo ahora mismo?
—¿Qué significa eso?
—Que si de verdad me estás viendo.
Ella resopló.
—Martín, estoy cansada.
—Yo también.
—Pues duerme y ya está.
Él señaló el colchón.
—Ahí.
—Solo son unos días.
Martín sonrió.
Pero fue una sonrisa rara.
Vacía.
Peligrosa.
—Claro. Solo unos días.
Luego agarró la almohada.
Y caminó hacia el pasillo mientras en el salón seguía la fiesta.
Nadie dejó de hablar.
Nadie bajó la música.
Nadie pensó que quizá aquello era una barbaridad.
Y mientras Martín se tumbaba vestido sobre aquel colchón miserable, escuchando pasos pasar a veinte centímetros de su cabeza camino del baño, comprendió una cosa terrible.
En esa casa ya no era un marido.
Ni siquiera era una persona.
Era espacio sobrante.