El nombre de Roberto Carlos Braga evoca de inmediato las páginas más gloriosas, románticas y emotivas de la música en toda América Latina. Conocido universalmente como “El Rey”, el cantautor brasileño ha sido durante más de seis décadas la banda sonora de los romances, los desamores y las grandes amistades de millones de personas a nivel global. Sus impresionantes cifras hablan por sí solas: más de 100 millones de discos vendidos, galardonado con múltiples premios Grammy, honrado como Persona del Año por la Academia Latina de la Grabación y poseedor de un catálogo musical que supera las 250 canciones memorables emitidas masivamente en la radio. Su prestigio es tan inmenso que el mismísimo Frank Sinatra llegó a elogiar de forma pública la extraordinaria calidad de su orquesta y su interpretación.
Sin embargo, detrás de los focos resplandecientes, los estadios abarrotados y los aplausos ensordecedores se esconde un hombre cuya existencia ha estado profundamente marcada por la tragedia, el dolor crónico y una batalla constante por mantener a flote su salud mental. A sus 83 años, el legendario intérprete de clásicos inolvidables como “Amigo”, “Detalles” y “Cama y mesa” ha decidido romper un prolongado silencio para compartir detalles profundamente íntimos y desgarra
dores sobre su vida personal y profesional, provocando una oleada de conmoción y empatía en todo el mundo.
Para comprender la magnitud de su resiliencia, es necesario retroceder a los orígenes de su caminar. Su infancia, en la localidad de Cachoeiro de Itapemirim, estuvo marcada por un suceso que alteraría su destino físico para siempre. Siendo un niño sumamente tímido y retraído de apenas seis años, sufrió un gravísimo accidente en la estación de tren de su pueblo natal, donde fue atropellado por una locomotora a vapor. La gravedad de las heridas obligó a los médicos a tomar la drástica decisión de amputar su pierna derecha. Este hecho lo forzó a depender de muletas durante un tiempo y, posteriormente, a utilizar una prótesis de forma permanente. Aunque a lo largo de su carrera Roberto Carlos ha preferido no referirse públicamente a este trágico evento, siempre ha sostenido que su condición física jamás se convirtió en un complejo insuperable. De hecho, demostrando una fortaleza admirable, tan solo tres años después del accidente, a los nueve años, ya cantaba con soltura en una estación de radio local, iniciando un viaje artístico sin retorno.
A los 17 años, su traslado a Río de Janeiro le permitió cruzarse en el camino de Erasmo Carlos, quien se convertiría en su hermano del alma y su socio compositivo más importante, conformando una dupla musical tan prolífica y bien sincronizada que muchos críticos de la época no dudaban en comparar con la de John Lennon y Paul McCartney. De hecho, la célebre canción “Amigo”, que en 1979 daría la vuelta al mundo al ser interpretada por un coro de niños para recibir al Papa Juan Pablo II en México, fue compuesta originalmente por Roberto Carlos como un tributo sincero a esa lealtad indestructible que lo unía a Erasmo.
A pesar de que el éxito comercial y el reconocimiento internacional no tardaron en llegar tras su triunfal paso por el prestigioso Festival de San Remo en Italia en 1968, la vida personal del astro brasileño comenzó a ser azotada por una oscura y persistente sombra de pérdidas familiares afectivas. Roberto Carlos parece haber sido perseguido por una trágica falta de fortuna en el terreno del amor estable. Su primer gran golpe emocional ocurrió en el entorno de sus relaciones familiares íntimas. A los 25 años tuvo un romance con María Lucila Torres, madre de su primer hijo; no obstante, el cantante no reconoció legalmente la paternidad del menor sino hasta el año 1991, tras una demanda legal y escasos días antes de que Lucila falleciera trágicamente a causa de un agresivo cáncer.
Esta devastadora enfermedad se ensañaría de forma recurrente con el entorno más íntimo del Rey. Su primera esposa, Cleonice Rossi Martinelli, con quien compartió doce años de matrimonio y construyó un hogar, falleció víctima de un avanzado cáncer de seno en el año 1990. La tragedia golpearía con una fuerza aún más demoledora unos años más tarde, cuando el verdadero amor de su vida, la profesora María Rita Simões, falleció a la temprana edad de 38 años debido a la misma enfermedad. Esta pérdida sumió al cantautor en una depresión tan honda y asfixiante que estuvo a punto de tomar la firme decisión de retirarse definitivamente de la música y no volver a pisar un escenario.
El dolor acumulado por tantas ausencias significativas actuó como el detonante definitivo para el desarrollo de un severo Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), una condición mental con la que Roberto Carlos convive y lucha de manera cotidiana. En su reciente y valiente declaración, el intérprete admitió que este trastorno domina gran parte de sus rutinas diarias a través de estrictas y rígidas supersticiones que no puede evadir. Entre sus manías más conocidas y respetadas por su equipo de trabajo se encuentra la prohibición absoluta de utilizar ropa de color marrón o rojo, vistiendo de manera exclusiva prendas de color blanco y azul. Asimismo, el artista evita de forma categórica firmar cualquier tipo de contrato comercial durante la fase de luna menguante y se niega rotundamente a ofrecer conciertos durante el mes de agosto.
Su nivel de inquietud y meticulosidad ha llegado a extremos verdaderamente asombrosos. El cantante recordó una presentación en Uruguay en la que obligó a retrasar el inicio del concierto para evitar comenzar a cantar en la noche de un viernes 13, aguardando pacientemente detrás del escenario hasta que el reloj marcó la medianoche para salir a cantar ya siendo día 14. Además, el Rey exige que tanto los miembros de su personal técnico como los periodistas que soliciten entrevistarlo vistan únicamente de azul y blanco, y ha llegado a eliminar o modificar palabras específicas de sus composiciones musicales clásicas porque le generan una profunda incomodidad psicológica. “Sé que mi trastorno obsesivo compulsivo no tiene mucho sentido, pero así es como lo manejo”, confesó con notable honestidad. Afortunadamente, con el apoyo constante de una psicóloga profesional, ha logrado canalizar esta condición hacia su arte, asegurando que el TOC también le ha enseñado a ser un profesional sumamente paciente, meticuloso y exigente con la calidad final de sus producciones.
Lamentablemente, cuando parecía que el veterano artista gozaba de una relativa estabilidad emocional, la vida le deparó los golpes más antinaturales y dolorosos que un ser humano puede soportar: la muerte de sus propios hijos. En el año 2011, su hija Ana Paula Rossi Braga falleció repentinamente debido a un inesperado paro cardíaco. Años más tarde, la tragedia se repitió con el fallecimiento de su hijo Dudu Braga, quien perdió la vida a los 52 años tras una larga y heróica batalla contra un agresivo cáncer de peritoneo. El propio Roberto Carlos ha confesado que la partida de Dudu lo ha sumido en una tristeza infinitamente mayor a cualquier dolor que hubiese sido capaz de imaginar en el pasado.
A sus 83 años de edad, Roberto Carlos se presenta ante su público no solo como el indiscutible Rey de la canción romántica y una leyenda viviente de la cultura latinoamericana, sino como un símbolo viviente de pura resiliencia humana. A diferencia de muchos otros artistas contemporáneos de su época cuyas carreras se han desvanecido con el paso del tiempo, sus canciones continúan vigentes, conmoviendo y uniendo a distintas generaciones en todo el planeta. Su voz sigue resonando con la misma intensidad emotiva de siempre, demostrando de forma contundente que, aunque el cuerpo y el alma lleven las profundas cicatrices de las batallas más duras de la vida, la música posee el maravilloso y divino poder de sanar, resistir y trascender más allá del dolor físico y mental.