Un baile le robó 10 años de vida | El collar
—Matilde, mira lo que conseguí hoy —dijo Loisel entrando apresurado al pequeño apartamento, levantando un sobre con entusiasmo—. Me costó muchísimo obtenerlo.
—¿Qué es eso? —preguntó ella sin interés.
—Ábrelo.
Matilde rompió el sobre y leyó lentamente:
—“El ministro de Instrucción Pública y su esposa invitan al señor y la señora Loisel a la recepción del lunes 18 de enero…”
Ella dejó la invitación sobre la mesa con indiferencia.
—¿Y qué quieres que haga con esto?
—¿Cómo que qué? —respondió él sorprendido—. ¡Es una gran oportunidad! Todo el mundo quiere asistir. Nunca salimos. Pensé que te haría feliz.
Matilde lo miró con angustia.
—¿Y con qué vestido quieres que vaya?
Loisel parpadeó confundido.
—Pues… con el que usas cuando vamos al teatro. A mí me parece bonito.
Los ojos de Matilde se llenaron de lágrimas.
—¿Qué sucede? —preguntó él alarmado.
—Nada… —respondió ella secándose el rostro—. Solo que no tengo un vestido adecuado. Dale esa invitación a algún compañero cuya esposa tenga mejores ropas que yo.
—Vamos, Matilde… ¿Cuánto costaría un vestido decente?
Ella dudó antes de responder.
—No lo sé exactamente… quizá cuatrocientos francos.
El rostro de Loisel se tensó. Aquello era el dinero que había ahorrado para comprarse una escopeta.
Pero suspiró resignado.
—Está bien. Te los daré. Pero procura elegir algo hermoso.
Pasaron los días y, aunque el vestido estuvo listo, Matilde seguía inquieta.
—¿Ahora qué ocurre? —preguntó Loisel una noche.
—No tengo joyas. Ni una sola. Pareceré pobre entre todas esas mujeres elegantes.
—Puedes usar flores naturales —sugirió él—. Son muy bonitas.
—No —respondió ella con amargura—. No hay nada más humillante que parecer pobre rodeada de mujeres ricas.
Entonces Loisel tuvo una idea.
—¿Y tu amiga, la señora Forestier? Podrías pedirle prestada alguna joya.
Los ojos de Matilde brillaron.
—¡Es cierto! ¿Cómo no lo pensé antes?
Al día siguiente visitó a su amiga.
—Querida Juana —dijo Matilde nerviosa—, necesito pedirte un favor. Tengo una fiesta importante… y no tengo joyas.
La señora Forestier sonrió.
—Escoge lo que quieras.
Abrió un armario y sacó un cofre lleno de alhajas.
—Mira.
Matilde tomó primero unos brazaletes.
—Hermosos…
Luego probó un collar de perlas.
—También es precioso…
Pero seguía dudando.
—¿No tienes algo más?
—Claro, busca tranquila.
Entonces, dentro de una caja de raso negro, Matilde descubrió un magnífico collar de brillantes.
Su respiración se detuvo.
—¿Podrías… prestarme este?
—Por supuesto.
—¡Gracias, gracias! —exclamó abrazando a su amiga.
La noche del baile, Matilde estaba radiante.
Los hombres no dejaban de mirarla.
—¿Quién es esa mujer? —preguntaban.
—Es hermosa…
—¿Me concede este baile?
Incluso el ministro reparó en ella.
Matilde bailaba feliz, embriagada por las miradas y la admiración. Por primera vez se sentía exactamente como siempre había soñado: elegante, deseada, importante.
Cerca de las cuatro de la madrugada, Loisel se acercó bostezando.
—Matilde, debemos irnos.
—¿Ya?
—Sí. Tengo que trabajar mañana.
Él colocó sobre sus hombros el viejo abrigo que habían llevado.
Matilde se estremeció de vergüenza al ver las lujosas pieles de las otras mujeres.
—Rápido, salgamos —susurró.
Bajaron apresurados las escaleras y salieron a la calle helada.
—Esperemos un coche —dijo Loisel.
Pero ella caminaba desesperada para que nadie la viera así.
Después de mucho buscar, encontraron una vieja berlina y regresaron a casa.
Ya en el apartamento, Matilde se acercó al espejo para contemplarse una última vez.
De pronto lanzó un grito.
—¿Qué pasa? —preguntó Loisel alarmado.
Ella se llevó las manos al cuello.
—¡El collar! ¡No está!
—¿Qué?
Buscaron entre los pliegues del vestido, los bolsillos, el abrigo.
Nada.
—¿Estás segura de que lo tenías al salir del baile?
—Sí… lo toqué en el vestíbulo.
—Entonces quizá cayó en el coche.
—¡Dios mío!
Loisel se vistió apresuradamente.
—Voy a recorrer todo el camino.
Salió corriendo.
Matilde permaneció inmóvil, temblando de miedo.
Al amanecer, Loisel regresó agotado.
—No encontré nada.
—¿Qué vamos a hacer?
—Escribe a tu amiga. Dile que el broche del collar se rompió y que lo mandaste a reparar. Eso nos dará tiempo.
Durante una semana buscaron desesperadamente.
Finalmente, Loisel dijo con voz grave:
—Debemos reemplazarlo.
Recorrieron joyería tras joyería hasta encontrar uno idéntico.
—Treinta y seis mil francos —dijo el joyero.
Matilde sintió que el mundo se derrumbaba.
Loisel reunió la herencia de su padre y pidió dinero prestado a todo el que pudo.
Firmó pagarés, aceptó intereses terribles y contrajo deudas enormes.
Cuando tuvieron el collar, Matilde fue a devolverlo.
—Aquí está, querida —dijo intentando sonreír.
La señora Forestier respondió fríamente:
—Debiste traerlo antes. Podría haberlo necesitado.
Ni siquiera abrió el estuche.
Matilde respiró aliviada.
Entonces comenzó su verdadera desgracia.
Despidieron a la criada.
Se mudaron a una miserable buhardilla.
Matilde lavaba platos hasta dejar sus manos rojas y ásperas.
—Debemos ahorrar cada centavo —repetía Loisel.
Ella iba al mercado regateando humillada.
—¡Eso cuesta demasiado! —discutía con los vendedores.
Por las noches, Loisel copiaba documentos extra para ganar unas monedas más.
Pasaron diez años.
Diez años de pobreza, cansancio y sacrificios.
Finalmente terminaron de pagar toda la deuda.
Una tarde, mientras paseaba por los Campos Elíseos, Matilde vio a una mujer elegante caminando con un niño.
Era la señora Forestier.
Matilde dudó un instante y luego se acercó.
—Buenos días, Juana.
La otra la observó confundida.
—Perdón… creo que se equivoca.
—Soy Matilde Loisel.
—¡Oh, Dios mío! ¡Matilde! ¡Qué cambiada estás!
Matilde sonrió tristemente.
—He pasado años muy duros… todo por ti.
—¿Por mí?
—Sí. ¿Recuerdas el collar que me prestaste para el baile?
—Claro.
—Lo perdí.
La señora Forestier abrió los ojos.
—¿Qué dices?
—Compramos otro igual para reemplazarlo. Tardamos diez años en pagarlo.
La señora Forestier quedó paralizada.
—¿Compraron otro collar de diamantes?
—Sí… ¿No notaste la diferencia?
La mujer tomó las manos de Matilde conmovida.
—¡Oh, pobre Matilde! ¡Pero si mi collar era falso! ¡Valía apenas quinientos francos!
Guide Mopazón, El Collar. Amigos, suscríbanse al canal y escriban en los comentarios desde qué ciudad nos escuchan. Nos interesa mucho saber de dónde son. Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote y no tenía esperanzas de cambiar de posición.
No disponía de ningún medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido. Y aceptó entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública. No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde.
Porque las mujeres no tienen casta ni raza. Pues su belleza, su atractivo y su encanto le sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes señoras. Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos.
sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignación. La vista de la muchacha bretona que le servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes en sueños.
Pensaba en las antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de bronce y en los dos puncros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones perfumados, dispuestos para hablar 5 horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres. Cuando a
las horas de comer se sentaba delante de una mesa redonda cubierta por un mantel de tres días frente a su esposo que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacción, “¡Ah, qué buen caldo, no hay nada para mí tan excelente como esto.” Pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves extrañas dentro de un bosque fantástico.
Pensaba en los exquisitos y selectos manjares ofrecidos en fuentes maravillosas, en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán. No poseía galas femeninas, ni una joya, nada absolutamente y solo aquello de que carecía le gustaba.
No se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada. Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena, de pesar, de desesperación.
Una mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en la mano un ancho sobre. Mira, mujer, dijo, “Aquí tienes una cosa para ti.” Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía, “El ministro de instrucción pública y señora, ruegan al Señor y la señora de Loael les hagan el honor de pasar la velada de lunes 18 de enero en el hotel del ministerio.
” En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tiró la invitación sobre la mesa, murmurando con desprecio, “¿Qué haré yo con eso? Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción. Sales tan poco y es tan oportuna la ocasión que hoy se te presenta. Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitación.
Todos las buscan, las persiguen, son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Verás allí a todo el mundo oficial. Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia, “¿Qué quieres que me ponga para ir allá?” No se había preocupado él de semejante cosa y balbució. Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro me parece muy bonito.
Se cayó estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos lentamente para rodar por sus mejillas. El hombre murmuró, “¿Qué te sucede? ¿Pero qué te sucede?” Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas.
Nada, que no tengo vestido para ir a esa fiesta. da la invitación a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo. Él estaba desolado y dijo, “Vamos a ver, Matilde, ¿cuánto te costaría un traje decente que pudiera servirte en otras ocasiones? Un traje sencillito. Ella meditó unos segundos haciendo sus cuentas y pensando a sí mismo en la suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de asombro del empleadillo.
Respondió al fin titubeando. No lo sé con seguridad, pero creo que con 400 francos me arreglaría. El marido palideció, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de casa en verano a la llanura de Nanterre con algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.
dijo, “No obstante, bien, te doy los 400 francos, pero trata de que tu vestido luzca lo más posible, ya que hacemos el sacrificio.” El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loacel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche, “¿Qué te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.
Y ella respondió, me disgusta no tener ni una alaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré de todos modos una miserable. Casi casi me gustaría más no ir a ese baile. Ponte unas cuantas flores naturales, replicó él. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo. Y por 10 francos encontrarás dos o tres rosas magníficas. Ella no quería convencerse.
No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas. Pero su marido exclamó, “¡Qué tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te preste unas alajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad. La mujer dejó escapar un grito de alegría. Tienes razón.
No había pensado en ello. Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apudo. La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo a la señora de Loasel, Escoge, querida. Primero vio brazaletes, luego un collar de perlas. Luego una cruz veneciana de oro y pedrería primorosamente construida.
Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar. No tienes ninguna otra. Sí, mujer, dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría. De repente descubrió en una caja de raso negro un soberbio collar de brillantes y su corazón empezó a latir de un modo inmoderado.
Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso rodeando con él su cuello y permaneció en éxtasis contemplando su imagen. Luego preguntó vacilante, llena de angustia, “¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.” Sí, mujer. Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo y luego escapó con su tesoro. Llegó el día de la fiesta.
La señora de Luasel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El ministro reparó en su hermosura. Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya en nada más que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por
todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer. Se fue hacia las 4 de la madrugada. Su marido desde medianoche dormía en un saloncito vacío junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían mucho.
Él le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles. Loisel la retuvo diciendo, “Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida.
Iré a buscar un coche.” Pero ella no le oía y bajó rápidamente la escalera. Cuando estuvieron en la calle, no encontraron coche y se pusieron a buscar dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos. Anduvieron hacia el Sena, desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas betustas berlinas que solo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día.
Los llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los mártires y entraron tristemente en el portal. Pensaba el hombre, a pesado, en que a las 10 había de ir a la oficina. La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros delante del espejo, a fin de contemplarse aún una vez más ricamente alajada.
Pero de repente dejó escapar un grito. Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó, “¿Qué tienes?” Ella volvió hacia él acongojada. “Tengo tengo, balbució, que no encuentro el collar de la señora de Forestier. Él se irguió sobrecogido. Eh, ¿cómo no es posible? Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.
Él preguntaba, “¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?” Sí, lo toqué al cruzar el vestíbulo del ministerio. Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer. Debe estar en el coche. Sí, es probable. ¿Te fijaste qué número tenía? No. ¿Y tú no lo miraste? No. Contempláronse aterrados. Loel se vistió por fin.
Voy,” dijo, “a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.” Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida. Su marido volvió hacia las 7. No había encontrado nada.
fue a la prefectura de policía a las redacciones de los periódicos para publicar un anuncio ofreciendo una gratificación por el hallazgo. Fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrecérsele alguna esperanza. Ella le aguardó todo el día con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.
Loasel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido. No había podido averiguar nada. Es menester dijo, “que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.” Ella escribió lo que su marido le decía. Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.
Ilasel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima 5 años, manifestó, es necesario hacer lo posible por reemplazar esa laja por otra semejante. Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero, cuyo nombre se leía en su interior. El comerciante, después de consultar sus libros respondió, “Señora, ¿no salió de mi casa collar alguno en este estuche que vendí vacío para complacer a un cliente?” Anduvieron de joyería en joyería buscando una laja semejante a la perdida, recordándola, describiéndola,
tristes y angustiosos. Encontraron en una tienda del palé royal un collar de brillantes que les pareció idéntico al que buscaban. Valía 40,000 francos y regateándolo consiguieron que se lo dejaran en 36,000. rogaron al joyero que se lo reservase por tr días, poniendo por condición que les daría por él 34,000 francos y se lo devolvían porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.
Lo poseía 18,000 que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto y efectivamente tomó 1000 francos de uno, 500 de otro, cinco luises aquí, tres allá. hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas, se comprometió para toda la vida. Firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar y espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales,
fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante 36,000 francos. Cuando la señora de Luasel devolvió una joya a su amiga, esta le dijo un tanto displicente, “Debiste devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.” No abrió siquiera el estuche y eso lo juzgó la otra una suerte.
Si notara la sustitución, ¿qué supondría? No era posible que imaginara que lo habían cambiado de intento. La señora de Loasel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían. Despidieron a la criada.
Buscaron una habitación más económica, una buerdilla. Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. fregó los platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños que ponía secar en una cuerda. Bajó a la calle todas las mañanas la basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento.
Y vestida como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a céntimo su dinero escasísimo. Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar tiempo.
El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante y a veces escribía 25 céntimos la hoja y vivieron así 10 años. Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo. Capital e intereses multiplicados por las renovaciones usurarias. La señora Albasel parecía entonces una vieja.
habíase transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres, mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el ministerio, sentábase junto a la ventana pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan festejada.
¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente si no hubiera perdido el collar? ¿Quién sabe? ¿Quién sabe qué mudanzas tan singulares ofrece la vida? ¿Qué poco hace falta para perderse o para salvarse. Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los campos eliseos para descansar de las fatigas de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba con un niño cogido de la mano.
Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Locel sintió un escalofrío. Se decidiría a detenerla y saludarla. ¿Por qué no? Habiéndolo pagado ya todo, podía confesar casi con orgullo su desdicha. Se puso frente a ella y dijo, “Buenos días, Juana.” La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. balbució.
Pero señora, no sé, usted debe de confundirse. No, soy Matilde Locel. Su amiga lanzó un grito de sorpresa. Oh, mi pobre Matilde, qué cambiada estás. Sí, muy malos días he pasado desde que no te veo y además bastantes miserias. Todo por ti. Por mí. ¿Cómo es eso? ¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del ministerio? Sí, pero pues bien, lo perdí.
¿Cómo? Si me lo devolviste. Te devolví otro semejante y hemos tenido que sacrificarnos 10 años para pagarlo. Comprenderás que representaba una fortuna para nosotros, que solo teníamos el sueldo. En fin. A lo hecho pecho y estoy muy satisfecha. La señora de Forestier se había detenido. ¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío? Sí.
No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos. Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente impresionada, cogióle ambas manos. Oh, mi pobre Matilde.