Necesitamos recordar de dónde viene Neymar y lo que lleva cargando desde que era un adolescente flaco que hacía cosas imposibles con un balón en las canchas de San corría el año 2009. Brasil observaba con asombro a un chico de 17 años que acababa de debutar en el Santos Fútbol Club. Era delgado como un junco y cuando tocaba el balón parecía que la física dejaba de existir.
No era simplemente rápido, no era simplemente habilidoso, era algo completamente diferente a todo lo que el fútbol había visto en año. Era como si alguien hubiera tomado la alegría del fútbol de la calle, esa libertad sin reglas de las canchas de tierra del interior de Brasil y la hubiera puesto dentro de un ser humano capaz de competir al máximo nivel.

Los defensas no sabían qué hacer con él porque hacía cosas que ningún entrenador había enseñado jamás. Eran improvisaciones del alma. Era el lenguaje secreto de un genio hablando con un balón. En dos años, Neymar se convirtió en el jugador más deseado del planeta. El Real Madrid llamó, el Barcelona llamó y Brasil respiró aliviada porque por fin después de Ronaldinho y Ronaldo fenómeno llegaba el siguiente elegido.
El siguiente encargar con el peso dorado e insoportable de ser el mejor del mundo. Cuando Neymar llegó al Barcelona en 2013, llegó a la sombra del mejor jugador de la historia. Messi ya había ganado cuatro balones de oro consecutivo y sin embargo, algo extraordinario sucedió. Neymar no se achicó, se convirtió en su compañero de danza.
Junto a Luis Suárez, formaron el tridente más devastador que el fútbol europeo ha visto en década, el MSN. Tres letras que todavía hacen temblar la memoria de porteros y defensas que tuvieron la desgracia de enfrentarse a ellos. Pero en 2017 todo cambió. El PSG se lo llevó por 222 millones de EUR, el fichaje más caro de la historia.
Neymar decidió ser el número uno, no el número dos. Decidió salir de la sombra de Messi y construir su propia luz. Tenía todo el talento para lograr. El problema fue lo que vino después. Las lesiones llegaron como oleadas cruel. El metatarso, el tobillo, la rodilla. Cada vez que Neymar estaba a punto de encender la mecha, el cuerpo lo traicionaba.
Y en el fútbol modern, donde los mundiales son cada 4 años y las ventanas de oportunidad se cierran con crueldad matemática, cada lesión no era solo dolor físico, era un pedazo de historia que se perdía para siempre. El mundial de 2014 fue una herida que todavía sangre. Brasil era la tierra prometida.
Neymar era el hombre destinado a levantar la copa en el Maracán. Y entonces llegó el rodillazo de Zúñiga en cuartos ante Colón, la vértebra fracturada, el abandono forzoso y luego, como si el universo quisiera ensañarse con un Brasil ya roto, llegó el 7 a 1 ante Alemán. El Mineirazo, la humillación más grande en la historia del fútbol brasileño.
Y Neymar lo vio desde una cama de hospital inmovilizado, llorando porque no podía ayudar a su país. Qatar 2022 fue la noche más hermosa y más cruel de su carrera al mismo tiempo ante Croacia. En la prórroga de cuartos de final, Neymar marcó un golazo histórico que en ese instante lo igualó con Pelé como máximo goleador de Brasil en toda la historia.
Fue el momento en que el universo entero parecía rendirse a sus pies, pero Croacia empató, no alcanzó. Y cuando el árbitro pitó el final, la cámara encontró a Neymar tirado en el suelo del vestuario, llorando solo con la camiseta sobre la cara, absolutamente destrozado. Y entonces llegó el golpe más grande de todo.
En octubre de 2023 ante Uruguay, Neymar cayó al suelo y no se levantó. Rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda. La lesión que los futbolistas temen más que ninguna otra. Y como si eso no fuera suficiente, en septiembre de 2025 llegó un desgarro de grado dos en el cuádricep derecho y meses después problemas en el menisco que requirieron artroscopia.
Tres golpes físicos en menos de 2 años que habrían retirado a cualquier otro jugador del mundo. Pero Neymar regresó al S, el club donde todo empezó con una declaración que debería estar grabada en la memoria del fútbol mundial. Sus palabras exactas. Será mi última misión. Voy a por este trofeo del mundial como pueda. No si el cuerpo responde perfectamente, no si las condiciones son ideales como pueda, con lo que haya, con los huesos y el alma si es necesario.
Y entonces sucedió algo que hace un mes parecía imposible. Carlo Ancelotti, el técnico más ganador de la historia del fútbol de club, el hombre que ha ganado cinco Champions League, incluyó a Neymar en la lista de los 26 convocados de Brasil para el mundial 2026. No fue una decisión sentimental. Anchelotti no hace sentimentalismo.
Fue la decisión de un hombre que reconoce el talento, aunque venga envuelto en vendas y cicatriz. Brasil entera lloró cuando se anunció la convocatoria y entonces dos días después de esa celebración, el médico del Santos confirmó una nueva lesión, un edema en la pantorrilla derecha y el mundo conto. El aliento porque esta vez todo el mundo entiende lo que está en juego.
Neymar llega al Mundial 2026 como el máximo goleador histórico de la selección de Brasil. 79 gol, superó a Pelé, superó al Rey con 128 partidos disputados y llega a su cuarto mundial consecutivo, igualando a Pelé y Cafu como los únicos brasileños en conseguir. De todos los brasileños que han llegado a cuatro mundiales, solo Neymar no ha levantado la copa.
Esa estadística no es un dato curioso, es una llaga abierta. Es el motor de todo lo que está por venir. Los seleccionadores ya están llenando pizarras con flechas y círculos intentando resolver el problema Neymar. Diseñan sistemas para achicarle los spas, para fatigarlo en los momentos clave. Y aún así, en el fondo de la sala, cuando el técnico pregunta en qué porcentaje confían en que su plan funcione, la respuesta nunca es 100, nunca es 90.
Porque con Neymar siempre existe ese margen de incertidumbre, ese porcentaje de posibilidad de que en un momento que nadie puede predecir haga algo que nadie puede defender. Y en un mundial ese porcentaje es suficiente para eliminar selecciones enteras. Eso es lo que hace temblar al mundo. No es el Neymar estadística, no es el Neymar Récord, es el Neymar posibilidad.
Es el Neymar que puede cambiar un partido con un toque, con una finta, con un disparo desde un ángulo imposible que ningún portero estudia, porque ningún portero estudia lo imposible y él lo sabe. Eso es lo más peligroso de todo. Neymar sabe exactamente lo que puede hacer. Sabe que el 13 de junio, cuando Brasil salte al campo ante Marruecos, el reloj de su historia estará marcando los últimos minutos.
