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El hija del Millonario solo gateaba — hasta que la limpiadora hizo algo que nadie imaginó allí.

Esa mujer que había decidido que la maternidad interfería demasiado con su libertad y los había abandonado hace casi un año. El sonido de un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos. Adelante, dijo recuperando la compostura mientras guardaba la fotografía en el cajón superior. Dolores.

 El ama de llaves que había estado con la familia Fuentes desde antes del nacimiento de Isabella, entró con una carpeta en las manos. Señor, sobre el asunto del personal comenzó con cautela. La agencia ha enviado los perfiles para reemplazar a Raquel, pero ninguno parece adecuado. Todos piden condiciones imposibles o tienen poca experiencia.

 Ricardo se levantó de su silla y caminó hacia el ventanal que daba al jardín trasero. Desde allí podía ver la zona de juegos que había mandado construir para Isabella, un área que su hija apenas utilizaba porque solo sabía gatear a pesar de su edad. Los especialistas le habían dicho que no había ningún problema físico, simplemente nadie la había estimulado lo suficiente.

¿Qué hay de las entrevistas de hoy?, preguntó sin apartar la mirada del columpio vacío que se mecía suavemente con la brisa matutina. Tres cancelaron esta mañana. Dolores ajustó sus gafas con nerviosismo. Su reputación, señor. Bueno, dicen que es usted muy exigente. Ricardo se giró bruscamente. Exigente por querer lo mejor para mi hija. Su voz subió de tono.

 Isabella merece atención de calidad, no improvisaciones. Dolores bajo la mirada, acostumbrada a estos arranques desde que la señora había abandonado el hogar. Hay otro asunto”, añadió el ama de llaves. “La nueva limpiadora ha llegado. Está esperando en la cocina.” Ricardo frunció el seño. Había olvidado por completo que también debían reemplazar a la empleada de limpieza que se había jubilado la semana anterior.

Que empiece con sus labores. No tengo tiempo para conocer a todo el personal de servicio, respondió volviendo a su escritorio. Tengo una videoconferencia en 5 minutos con los inversionistas de Dubai. Como diga, señor Dolores se dirigió a la puerta, pero se detuvo antes de salir. ¿Quiere que lleve a Isabella a su oficina? Ha estado inquieta toda la mañana.

 Ricardo consultó su reloj y negó con la cabeza. Que Raquel se encargue. Para eso le pagó al menos hasta que se vaya. Cuando Dolores cerró la puerta, Ricardo se quedó solo con el peso de sus responsabilidades. Las empresas fuentes requerían toda su atención. Especialmente desde que había asumido el control completo tras el divorcio.

 Su exesposa, Carla, había sido clara. Quería la mitad de todo, pero ninguna responsabilidad sobre la niña. Nunca pedí ser madre, le había dicho durante la última audiencia, palabras que todavía le quemaban por dentro. En la cocina, Paulina Moreno esperaba pacientemente con las manos entrelazadas sobre su falda sencilla. A sus años había trabajado en diversas casas, pero nunca en una mansión como la de los fuentes.

Necesitaba desesperadamente este empleo. Su madre enferma dependía de los medicamentos que apenas podían costear. “El señor está ocupado,”, anunció Dolores al entrar a la cocina. Te mostraré la casa y tus obligaciones. Comenzarás hoy mismo. Paulina asintió, absorbiendo cada detalle mientras recorrían las numerosas habitaciones.

La mansión era impresionante, con sus techos altos y decoración elegante, pero lo que más le llamó la atención fue lo silenciosa que resultaba para tener una niña pequeña. ¿Y la bebé? preguntó con curiosidad cuando pasaron frente a una habitación con la puerta entreabierta, decorada con motivos infantiles. Dolores se detuvo y la miró con severidad.

Isabella no es tu responsabilidad. La niña tiene su niñera, al menos por esta semana. Tu trabajo es limpiar, no interactuar con la familia. Paulina asintió, aunque algo en su interior se inquietó. Había trabajado anteriormente con niños. De hecho, había estudiado 2 años de educación preescolar antes de que los problemas económicos la obligaran a abandonar la universidad.

Mientras Dolores continuaba explicando las rutinas de limpieza, un llanto suave llegó desde el cuarto de la niña. La mujer mayor suspiró con cansancio. “Raquel debe estar ocupada con sus preparativos para irse”, murmuró. “Más para sí misma que para Paulina. Tendré que ver qué le pasa a Isabella.” “Yo podría, comenzó Paulina.

 Pero la mirada de advertencia de Dolores la detuvo. “Tu trabajo es limpiar”, repitió el ama de llaves. “El señor Fuentes es muy estricto respecto a quien se acerca a su hija.” Paulina bajó la mirada y asintió. Necesitaba este trabajo y no podía arriesgarse a perderlo el primer día. Sin embargo, mientras Dolores se alejaba hacia la habitación de la niña, no pudo evitar notar un detalle revelador.

 En toda la mansión, con sus lujos y comodidades, no había visto un solo juguete fuera de lugar, ni marcas de manitas en los cristales, ni esa alegre desorganización que caracteriza los hogares donde los niños son realmente niños. La tristeza que sintió al comprenderlo fue instantánea. Isabella Fuentes podía tenerlo todo materialmente, pero le faltaba lo esencial, alguien que realmente se interesara por ella, más allá de mantenerla limpia y alimentada.

Las horas pasaron mientras Paulina se familiarizaba con sus tareas. La mansión era enorme y mantenerla impecable requeriría un esfuerzo considerable. Al mediodía, mientras limpiaba uno de los baños principales, escuchó una conmoción en el pasillo. Raquel, ¿dónde estás? La voz de Ricardo Fuente sonaba alterada.

 La videoconferencia se canceló y necesito que alguien se ocupe de Isabella mientras reviso unos documentos. Paulina se asomó discretamente y vio al imponente empresario con la niña en brazos. Isabella lloraba desconsoladamente mientras su padre intentaba, sin mucho éxito, calmarla. La señorita Raquel salió a hacer unos trámites.

 “Señor”, explicó Dolores apareciendo desde el otro extremo del pasillo. “Y yo debo ir al mercado para la cena de esta noche.” Ricardo parecía desconcertado, como si sostener a su propia hija fuera una tarea para la que no estaba preparado. “¿No hay nadie más que pueda cuidarla? Tengo que terminar estos informes antes de las 3.

 Su tono revelaba más incomodidad que enojo. Fue entonces cuando Paulina, sin pensarlo demasiado, dio un paso adelante. Yo podría cuidarla, señor Fuentes, ofreció con voz suave pero firme. Si me lo permite. Ricardo la miró por primera vez como si acabara de notar su presencia en la casa. Sus ojos oscuros la estudiaron con una mezcla de sorpresa y desconfianza.

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