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Joan Sebastian: La ASQUEROSA Verdad detrás de los 3 HIJOS que perdió… Y México Nunca lo Entendió

Joan Sebastian: La ASQUEROSA Verdad detrás de los 3 HIJOS que perdió… Y México Nunca lo Entendió

Imagina que estás en un concierto en Texas, rodeado de miles de fans que te aplauden. Terminas de cantar, sales del escenario y afuera tu hijo te espera como siempre. Es tu coordinador de seguridad, la persona que cuida que llegues bien a casa cada noche. De repente, un fan molesto. Saca una pistola.

 Tu hijo se interpone para protegerte. Escuchas el disparo, lo ves caer y lo único que puedes hacer es sostenerlo en tus brazos mientras se desangra, rogando a Dios que no se vaya, sabiendo que cada segundo que pasa lo estás perdiendo más. Muere ahí en tus brazos con 27 años. 4 años después, el teléfono suena en medio de la noche.

 Tu segundo hijo fue asesinado afuera de un bar en Cuernavaca. dos balazos, cuello y abdomen. Esta vez ni siquiera pudiste despedirte. Lo enterraste junto a su hermano llorando sobre dos tumbas que nunca debieron existir. Y te preguntaste si algo habías hecho mal, si la fama te había maldecido, si Dios te estaba cobrando algo que no entendías.

 Y 8 años después de tu propia muerte, cuando pensabas que desde donde estuvieras podrías descansar, tu tercer hijo muere también. 27 años como el primero infarto fulminante. Un día antes había escrito en Instagram cuánto te extrañaba. Horas antes de morir le envió un mensaje desesperado a una amiga a las 4 de la mañana.

 Ella no respondió y a la mañana siguiente él ya no estaba. Si esto no te gustaría que te pasara ni en la peor de tus pesadillas, suscríbete al canal porque esta es la historia real de John Sebastian, un hombre que México adoró, pero que la vida castigó de la forma más cruel posible. Dale like si crees que hay algo más detrás de estas tres muertes que la familia nunca va a confesar.

 Y quédate hasta el final porque lo que vas a escuchar te va a romper el corazón. José Manuel Figueroa nació el 8 de abril de 1951 en Juliántla, Guerrero, en una familia tan pobre que el hambre era parte del menú diario. Su madre, Celia Figueroa, trabajaba lo que podía, pero nunca alcanzaba.

 El padre tampoco ayudaba mucho. Y cuando José Manuel tenía 8 años, lo mandaron interno a una escuela en Guanajuato, lejos de casa, lejos de todo lo que conocía. Ahí empezó a cantar, a componer, a modificar letras de canciones que escuchaba. La música se convirtió en la única forma de procesar la soledad de estar lejos de su familia, de sentirse abandonado, aunque supiera que era por necesidad.

 A los 12 años regresó, pero no por mucho tiempo. Lo internaron nuevamente, esta vez en un seminario en Morelos bajo el cuidado del padre David Salgado. Y ahí, entre rezos y misas, José Manuel descubrió que quería ser sacerdote. Se lo dijo a su padre esperando apoyo, pero la respuesta fue rotunda. Tú naciste para la música, no para la iglesia. La abuela lo apoyaba.

 Quería que su nieto dedicara su vida a Dios, pero el padre ganó la batalla y José Manuel dejó el seminario con un sueño religioso frustrado y otro artístico que apenas empezaba a formarse. Los primeros años en la música fueron brutales. Nadie quería contratarlo. Las disqueras rechazaban sus canciones.

 Muy regional. Decían, no es comercial. Pero José Manuel, que para entonces ya usaba el nombre artístico de John Sebastián, en honor a San Sebastián y a su pueblo natal Juliantla, no se rendía. Cantaba donde lo dejaran, en bares de mala muerte, en fiestas privadas, en cualquier lugar que le pagara lo suficiente para comer.

 Y lentamente, muy lentamente, México empezó a escucharlo. Las canciones que componía venían de experiencias reales, tatuajes. Hablaba de cicatrices emocionales que nunca se borran. Secreto de amor. Contaba historias de pasiones escondidas y México se identificaba con esas letras porque sonaban auténticas, porque Joan Sebastian cantaba como alguien que había vivido el dolor del que hablaba.

 El éxito llegó. Finalmente, después de años de lucha, los conciertos se llenaban, los discos vendían y el dinero empezó a fluir de maneras que el niño pobre de Juliantla nunca había imaginado. Con Teresa González tuvo sus primeros tres hijos, José Manuel, Juan Sebastián y Trigo de Jesús Figueroa González.

 Los tres crecieron cerca de su padre, queriendo seguir sus pasos en la música y en los jaripeos. José Manuel eventualmente se convertiría en cantante también, siguiendo el legado. Juan Sebastián y Trigo se involucraron directamente en el negocio familiar, ayudando con giras, organizando eventos, protegiendo a su padre.

 Eran una familia unida, o al menos eso parecía desde afuera. Después llegaron más hijos con diferentes parejas. Sarelea con María del Carmen Ocampo, Julián con Maribel Guardia, la actriz costarricense con quien Joan Sebastián tuvo un romance intenso y público que terminó en separación, pero dejó un hijo que ambos adoraban y luego Joana, Juliana y Dijave de otras relaciones.

 Ocho hijos en total, cada uno amado, cada uno parte del imperio que Joan Sebastian estaba construyendo. Pero el 27 de agosto de 2006 todo cambió para siempre. Joan Sebastian daba un concierto en Plaza del Valle, Texas. La presentación fue exitosa, como siempre. Miles de fans cantando cada canción, pidiendo más, vitoreando su nombre.

 Cuando terminó, salió del escenario rodeado de su equipo de seguridad. Trigo, su hijo de 27 años, era el coordinador de todo, el responsable de que su padre llegara sano y salvo a casa cada noche. Afuera, un grupo de aproximadamente 30 fans se aglomeró queriendo acercarse, pidiendo autógrafos, tocándolo. El equipo de seguridad hizo su trabajo, manteniendo distancia, protegiendo al artista.

 Tres de esos fans se enojaron. No querían esperar. No querían que les dijeran que no. Uno de ellos sacó una pistola y empezó a disparar. Trigo se interpuso entre el agresor y su padre. El primer balazo le dio en la cabeza. Cayó al suelo inmediatamente. Joan Sebastian se lanzó sobre él, sosteniéndolo, gritando por ayuda, mientras la sangre de su hijo manchaba sus manos.

Los paramédicos llegaron minutos después trasladándolo al Hospital Medical Center de McAlen. Lo llevaron directo a quirófano, intentando salvarle la vida, pero las heridas eran demasiado graves. Trigo murió en esa mesa de operaciones con su padre esperando afuera rezando milagros que nunca llegaron.

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