Posted in

EL CASO QUE CONGELÓ ECUADOR: UNA PROMESA DE AMOR, UN MOMENTO SOÑADO Y UNA DESAPARICIÓN REPENTINA

 Mateo había prestado atención a ese comentario, lo había guardado en su memoria porque esa era su forma de amar. Atento a los detalles, cuidadoso con las preferencias de Sofía, siempre buscando hacerla feliz. Sofía Velasco, de 29 años, trabajaba como diseñadora gráfica freelance desde su departamento en el sector de la floresta, un barrio bohemio de Quito, conocido por sus cafés artesanales, galerías de arte y restaurantes vegetarianos.

 Era una mujer creativa, espontánea, con un sentido del humor que había cautivado a Mateo desde su primer encuentro en una exposición de arte contemporáneo en el centro de arte contemporáneo de Quito. Ella era todo lo que él no era, desestructurada, impulsiva, apasionada, y quizás por eso funcionaban tan bien juntos, porque se complementaban, porque cada uno aportaba lo que al otro le faltaba.

 La relación había comenzado como muchas relaciones modernas con maches en una aplicación de citas, seguidos de conversaciones por WhatsApp que duraban hasta las 3 de la madrugada, luego citas en cafés del centro histórico donde hablaban durante horas sobre arte, política, viajes y sueños futuros. Mateo recordaba perfectamente su primera cita real en el café mosaico con vistas panorámicas a todo Quito.

 Ella había llegado 15 minutos tarde, como llegaría a todas sus citas durante los siguientes 3 años, con el cabello mojado por la llovizna típica de la ciudad y una sonrisa que le iluminaba todo el rostro. Ese día, Mateo supo que se había enamorado. Durante los primeros dos años la relación fue lo que ambos describían como perfecta.

 Viajes de fin de semana a Otavalo para comprar artesanías en el mercado indígena, escapadas románticas a baños de agua santa para hacer canopy y relajarse en las aguas termales. Cenas en restaurantes nuevos que Sofía descubría constantemente y compartía emocionada en su Instagram. Las fotografías de la pareja eran frecuentes en redes sociales, abrazados frente a la basílica del voto nacional, sonriendo en el teleférico de Quito, con la ciudad extendiéndose debajo de ellos.

 brindando con canelazo en algún bar del centro histórico. Para sus amigos y familiares eran la definición de una pareja moderna y enamorada. Pero durante el último año algo había comenzado a cambiar. No era nada dramático, no eran peleas constantes ni discusiones violentas, sino algo más sutil y, por eso mismo preocupante.

 Mateo había comenzado a notar que Sofía se mostraba más distante, más absorta en su trabajo, pasaba más tiempo frente a su computadora en proyectos que nunca terminaba de explicarle claramente. Cuando él preguntaba sobre estos proyectos, ella respondía con vaguedades. un cliente nuevo, un diseño para una empresa, nada importante, solo trabajo.

 Él no insistía porque confiaba en ella, porque creía que si había algo importante que él necesitara saber, ella se lo diría. Las cenas juntos se habían vuelto menos frecuentes. Antes comían juntos, al menos cuatro veces por semana, ahora con suerte dos. Sofía siempre tenía entregas urgentes, reuniones virtuales con clientes, deadlines que cumplir. Mateo entendía.

 o al menos trataba de entender porque él también tenía su trabajo, sus responsabilidades, sus propios momentos de estrés laboral. Pero algo en su instinto le decía que no era solo trabajo, había algo más, algo que ella no compartía. Los padres de Mateo, don Carlos y doña Patricia habían notado el cambio.

 También vivían en el sector de Cumbayá, un valle al este de Quito, donde la temperatura es más cálida y las casas tienen jardines amplios. Durante los almuerzos dominicales, que eran una tradición familiar inquebrantable, doña Patricia observaba a Sofía con preocupación maternal. “Se ve cansada”, le comentaba a su esposo cuando Sofía y Mateo se iban.

 “¿Crees que todo esté bien entre ellos?” Don Carlos, menos propenso a preocuparse por dinámicas relacionales, respondía que los jóvenes de hoy trabajaban demasiado y que probablemente solo era estrés. Los amigos cercanos de la pareja también habían notado cambios. Andrea Morales, mejor amiga de Sofía desde la universidad, le había preguntado directamente hace dos meses si todo estaba bien con Mateo.

 Estaban tomando café en un lugar de la floresta cuando Andrea finalmente se atrevió a decir lo que venía pensando hace tiempo. Te veo diferente, Sofi. No sé. como si estuvieras, no sé cómo decirlo, como si estuvieras guardando algo importante y no supieras cómo decirlo. Sofía había desviado la mirada hacia la ventana, observando la lluvia ligera que caía sobre la avenida González Suárez, y había respondido, “Estoy bien, Andy, solo un poco cansada del trabajo, nada más, pero su voz no sonaba convincente, ni siquiera para ella misma. Ese viernes

por la mañana, Mateo llegó a su oficina con el anillo guardado en el bolsillo interior de su chaqueta de vestir. Lo había llevado consigo porque no quería dejarlo en casa. No confiaba en olvidarlo en el momento crucial. Pesaba poco físicamente, pero muchísimo emocionalmente. Cada vez que cambiaba de posición en su silla de oficina, podía sentir la pequeña caja presionando contra su pecho, recordándole que en pocas horas su vida cambiaría para siempre.

 Sus compañeros de trabajo sabían que hoy era el gran día. Varios le habían palmado la espalda al llegar, deseándole suerte, haciendo bromas sobre el último día de libertad. Mateo sonreía y seguía la corriente, pero por dentro estaba genuinamente nervioso. Y si ella decía que no. ¿Y si no estaba lista? ¿Y si había malinterpretado las señales? Y ella no quería casarse todavía.

 Estos pensamientos lo habían atormentado durante semanas, pero siempre llegaba a la misma conclusión. Sofía lo amaba. Él la amaba. Llevaban más de 3 años juntos. Era el momento lógico para dar el siguiente paso. Lo que Mateo no sabía era que Sofía también estaba nerviosa esa mañana. Pero por razones completamente diferentes.

 En su departamento de la floresta, ella miraba su teléfono celular con una expresión de ansiedad que hubiera alarmado a cualquiera que la conociera bien. Había recibido un mensaje de texto temprano en la mañana de un número que no tenía guardado en sus contactos. El mensaje decía simplemente, “Necesitamos hablar antes de esta noche. Es urgente.

 No puedes seguir posponiendo esto.” Ella había borrado el mensaje inmediatamente, como había borrado docenas de mensajes similares en las últimas semanas, pero el nerviosismo permanecía. Sofía también tenía algo que decirle a Mateo esa noche, algo importante, algo que había estado posponiendo durante semanas, porque no sabía cómo abordarlo, porque temía su reacción, porque una vez que lo dijera no habría vuelta atrás.

 había planeado decírselo durante la cena en ese restaurante elegante que Mateo había reservado con tanta anticipación. Ella sabía que había reservado porque él no podía guardar secretos. Siempre terminaba dando pistas involuntarias y ella sospechaba que posiblemente le pediría matrimonio esa noche, lo cual hacía todo infinitamente más complicado.

Read More