Hombres como Camel Nasf Borge, conocido como el rey de la mezclilla, uno de los magnates textiles más ricos del sureste mexicano, dueño de fábricas en Puebla y Cancún, y Jean Sucarkuri, un empresario de origen libanés con inversiones inmobiliarias y hoteleras en la Riviera Maya, que a la vista del público era simplemente un hombre de negocios exitoso.
La relación entre estos tres hombres, Marín, Nasf y Sucarcuri, era la base de todo lo que vendría después, porque lo que unía a estos empresarios no eran solo negocios legítimos, no eran solo las fábricas de mezclilla def en Puebla, que generaban miles de empleos y millones en impuestos. No eran solo las inversiones inmobiliarias de su carcuri en la Riviera Maya que movían dinero por todo el sureste.
Lo que los unía era un pacto tácito. Tú proteges mis negocios, yo financio tu carrera política y los dos miramos para otro lado cuando haya que mirar para otro lado. Un pacto viejo como la política mexicana. Un pacto que funcionaba perfectamente mientras nadie hiciera preguntas. estaban involucrados en algo que iba a sacudir los cimientos del país entero, algo que una periodista de Cancún llevaba años investigando, documentando, recopilando testimonios directos de las víctimas con una tenacidad que rayaba en lo temerario.
Y cuando esa investigación viera la luz, Mario Marín tendría que elegir entre la justicia y sus amigos, entre hacer lo correcto y proteger lo que no debía protegerse. Elegió a sus amigos. eligió la lealtad del poder sobre la humana más elemental y al hacerlo eligió su propia destrucción.
Solo que en ese momento no lo sabía. En ese momento creía que estaba tomando la decisión inteligente, la decisión que tomaban todos los gobernadores, proteger a los que te protegen. En 2004, la periodista Lidia Cacho publicó un libro que le había costado años de trabajo, Amenazas de muerte y noches sin dormir. Se llamaba Los demonios del Edén y lo que contenía era dinamita pura.
documentaba, con testimonios directos de víctimas, una red de explotación de menores operada por J. Sucarkuri en Cancún, niños y niñas que habían sido sometidos a un infierno que ningún ser humano debería experimentar jamás. Cacho había pasado meses entrevistando a las víctimas, ganándose su confianza, convenciéndolas de que contar su historia era la única forma de que alguien las escuchara.
Había recopilado documentos, facturas, fotografías, registros telefónicos. Había armado un rompecabezas que conectaba al empresario libanés con una red más amplia de lo que nadie imaginaba. Pero el libro no se quedaba en Cancún. Tiraba de los hilos hasta llegar a Camel Nasf. Y de Nasfilos llegaban al poder político de Puebla, a Mario Marín.
Suark Curry ya había sido detenido en febrero de 2003 en Arizona, Estados Unidos. Gracias precisamente al trabajo de denuncia de Cacho, fue extraditado a México. Las pruebas en su contra eran aplastantes, pero Nasif seguía libre y Nasif tenía un amigo en la gubernatura de Puebla que iba a hacer lo que fuera necesario para proteger lo que quedaba de ese círculo.
El 16 de diciembre de 2005 a 9 días de la Navidad, cuando todo el país estaba pensando en posadas, regalos y cenas familiares, cinco agentes de la policía judicial de Puebla viajaron hasta Cancún, Quintana Ro, cruzaron más de 100 km y detuvieron a Lidia Cacho en su domicilio. La acusación formal era difamación y calumnia por lo que había escrito en su libro, pero lo que vino después no tenía nada de legal ni de formal.
La subieron a un vehículo que, según las investigaciones posteriores, era propiedad del propio Camel Nasf. Cinco judiciales armados rodeándola y la trasladaron de Cancún a Puebla por carretera. 100 km, cinco estados, 20 horas. 20 horas en las que Lidia Cacho fue sometida a un trato que la Suprema Corte de Justicia de la Nación calificaría después como tortura.
Le negaron acceso a un abogado desde el primer momento. Cacho pidió llamar a su defensor y los judiciales le dijeron que no. Pidió comunicarse con su familia y le dijeron que no. Pidió saber exactamente a dónde la llevaban y por qué la trasladaban por carretera cuando había vuelos comerciales de Cancún a Puebla todos los días y nadie le respondió.
Durante 20 horas encerrada en un vehículo con cinco hombres armados, Cacho fue sometida a amenazas constantes. Le insinuaron lo que podían hacerle. Le describieron lo que les pasaba a las mujeres que se metían donde no debían. La hicieron sentir que en cualquier momento podían detenerse en una carretera vacía y que nadie iba a saber qué había pasado.
Le negaron comida, le negaron agua, le negaron ir al baño con un mínimo de dignidad. Le dijeron que nadie sabía dónde estaba, que nadie iba a venir a buscarla, que sus amigos periodistas no tenían ningún poder real y que si ella creía que un libro iba a protegerla, estaba muy equivocada. 20 horas de terror psicológico diseñado, no para llevarla ante un juez, sino para destruirla emocionalmente, para que entendiera el mensaje, “No te metas con nosotros.
” para que cuando finalmente la soltaran, si la soltaban, tuviera tanto miedo que nunca volviera a escribir una sola línea sobre su carcuri, sobre nasi, sobre nadie que tuviera poder en este país. Lo que los judiciales no sabían, lo que ni Mario Marín ni Camel Nasif habían calculado, es que Lidia Cacho no era la clase de persona que se rompe con amenazas.
Había pasado años investigando a hombres peligrosos. había entrevistado a víctimas que le contaron lo peor que un ser humano puede contar. se había enfrentado al miedo muchas veces antes y durante esas 20 horas en el vehículo, en medio del terror hizo algo que cambiaría todo. Memorizó cada detalle, cada nombre, cada amenaza, cada parada, cada comentario.
Guardó todo en su memoria con la precisión de una periodista que sabe que lo que está viviendo es la prueba de un delito. Y todo, absolutamente todo, porque había escrito un libro que incomodaba a los amigos del gobernador de Puebla. Cuando finalmente llegó a Puebla tras ese viaje interminable, fue presentada ante un juez que ya tenía todo preparado.
Le fijaron una fianza por difamación, la dejaron en libertad condicional y el gobierno de Marín presentó la operación ante los medios como un procedimiento legal rutinario, un trámite judicial como cualquier otro. Nada que ver aquí. Circulen. Una periodista difamó a un empresario respetable y la justicia actuó conforme a derecho.
Pero Lidia Cacho no se quedó callada, nunca se queda callada. Salió de ese juzgado y denunció todo lo que le habían hecho durante esas 20 horas. Describió cada amenaza. Describió a cada uno de los cinco judiciales. Describió el vehículo propiedad de Camel Nasf. Describió el terror calculado al que fue sometida. dio entrevistas en todos los medios que quisieron escucharla y la opinión pública empezó a hacer la pregunta que Mario Marín no quería que nadie hiciera.
¿Quién dio la orden? La respuesta llegó dos meses después de la manera más brutal posible. El 14 de febrero de 2006, día de San Valentín, la periodista Carmen Aristegui y la corresponsal Blanch Petrich de la Jornada publicaron un audio que detonaría la carrera política de Mario Marín para siempre. Era una conversación telefónica entre el gobernador y Camel Nasf.
Y en esa conversación se escuchaba a Nasif agradecer a Marín por haber mandado detener a Cacho. Marín se reía, bromeaba, le decía a Ncizif que le había dado un coscorrón a la periodista. Nzif lo llamaba Miober precioso. Los dos hombres se reían como si estuvieran celebrando un gol en un partido de fútbol, como si la tortura de una mujer fuera un chiste entre amigos.
Mi Gover precioso. Esas tres palabras se convirtieron en el apodo que perseguiría a Mario Marín por el resto de su vida. Los medios las repitieron durante semanas. Las redes sociales que en 2006 apenas empezaban las convirtieron en meme antes de que existiera la palabra meme. La gente en la calle le gritaba gober precioso a cualquier político corrupto.
El audio no solo reveló la verdad, le puso nombre, voz y risas a la impunidad. Y ahora viene lo que muchos no recuerdan, porque lo lógico habría sido que Mario Marín renunciara, que el PRI lo expulsara, que un tribunal lo procesara de inmediato, que la presión social, que fue enorme, brutal, implacable, lo obligara a dar un paso atrás y enfrentar las consecuencias de lo que había hecho.
En cualquier democracia funcional, un gobernador atrapado en un audio riéndose de la tortura de una periodista habría durado horas en el cargo. Pero México no era y en muchos sentidos sigue sin ser una democracia funcional cuando se trata de castigar a los poderosos. Así que no pasó nada de eso. Marí dio una conferencia de prensa al día siguiente del escándalo.
Salió con traje, corbata y expresión de ofendido. Miró a las cámaras y dijo que el audio era falso, que estaba manipulado, que era un montaje de sus enemigos políticos para desestabilizar al gobierno de Puebla. dijo que él jamás había ordenado la detención de nadie y que la periodista había sido procesada conforme a la ley por los delitos de difamación y calumnia que había cometido contra un empresario respetable.
La audacia de esa conferencia todavía se estudia en cursos de comunicación política en México. Porque Marín no solo negó el audio, mintió mirando a los ojos de millones de mexicanos que lo habían escuchado con sus propias orejas. Había periódicos que publicaban la transcripción completa, había periodistas que habían verificado las voces con peritos.
Había un país entero que sabía que esa grabación era real. Y ahí estaba el gobernador de Puebla, parado frente a un micrófono diciendo que no había pasado nada, que todo era un complot. La estrategia no era convencer a nadie de que era inocente. La estrategia era demostrar que podía mentir en público y seguir gobernando. Y funcionó.
Durante años funcionó y el PRI lo respaldó sin fisuras, sin disidencias internas, sin un solo diputado local que se atreviera a pedir una investigación. Los diputados cerraron filas. El aparato político del Estado blindó a su gobernador con la disciplina que solo el viejo PRI sabía imponer.
Los empresarios de Puebla, que dependían de contratos gubernamentales, guardaron silencio porque hablar significaba perder contratos, perder licitaciones, perder el acceso al poder que les daba de comer. Los medios locales que recibían publicidad oficial bajaron el tono de sus coberturas porque en el Puebla de Marín criticar al gobernador significaba que la publicidad institucional se cortaba de un día para otro y el medio se quedaba sin ingresos.
Y Mario Marín siguió gobernando como si el audio no existiera, como si millones de mexicanos no lo hubieran escuchado reírse, como si las palabras mi gover precioso no estuvieran pintadas con aerosol en las bardas de medio país. Pero Lidia Cacho llevó el caso a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la más alta instancia judicial del país, pidió que investigaran a Marín por violación a sus garantías individuales.
pidió lo que parecía obvio, que el máximo tribunal de México determinara que un gobernador no puede ordenar la detención ilegal y la tortura de una periodista y salir impune. Y aquí viene uno de los capítulos más dolorosos de esta historia, porque la Suprema Corte sí investigó, formó una comisión, analizó el audio y en noviembre de 2007 la mayoría de los ministros determinó que sí hubo violación a los derechos de Cacho, que la detención fue ilegal, que existía una red de complicidades, pero y esto es lo que duele, determinaron que
no tenían facultades para sancionar directamente al gobernador. Seis votos contra cinco. El ministro Genaro Góngora Pimentel presentó un proyecto que proponía investigar y sancionar a fondo. No alcanzó la mayoría. Marín se salvó por un voto y así, con la bendición involuntaria del máximo tribunal del país, Mario Marín siguió siendo gobernador hasta 2011.
Terminó su sexenio completo, inauguró obras, cortó listones, dio discursos, entregó el cargo a su sucesor como si fuera un gobernador más, como si no hubiera un audio donde se reía de la tortura de una mujer. Y cuando dejó el gobierno, se retiró a vivir tranquilamente con el dinero que había acumulado durante décadas de servicio público.
Y durante casi 10 años después de dejar la gubernatura, Mario Marín vivió como un hombre libre. No se escondió, no se fue del país, no cambió de nombre, no hizo nada que sugiriera que se sentía perseguido o amenazado. Al contrario, siguió apareciendo en eventos del PRI, siguió manteniendo relaciones con empresarios y políticos.
Siguió moviéndose por México con total normalidad, como si el audio de la llamada nunca hubiera existido, como si Lidia Cacho nunca hubiera sido torturada. Como si la Suprema Corte nunca hubiera determinado que sus derechos fueron violados. libre mientras las víctimas de su carcuri intentaban reconstruir sus vidas destrozadas.
libre mientras Lidia Cacho dormía con escoltas porque las amenazas de muerte no paraban, porque cada cierto tiempo alguien le dejaba un mensaje, una nota, un recordatorio de que había gente que quería verla muerta libre mientras suarkuri se pudría en un penal de Cancún cumpliendo 94 años de condena, 10 años en los que cualquier observador razonable habría concluido que Mario Marín nunca iba a pisar una cárcel, que la impunidad había ganado otra vez, que el sistema había funcionado exactamente como estaba diseñado para funcionar en México, para proteger a los poderosos y
olvidar a las víctimas. Pero entonces llegó 2019 y todo empezó a desmoronarse. En noviembre de 2019, un juez federal en Quintana Ró emitió una orden de apreensión contra Mario Marín por su participación en la detención ilegal y tortura de Lidia Cacho, 14 años después de los hechos. 14 años en los que Marín había vivido en completa libertad.
Había viajado por México y por el extranjero. Había hecho negocios. Había asistido a reuniones políticas. Había cenado en restaurantes caros. Había dormido en su cama cada noche sin que nadie viniera a buscarlo. Y cuando le notificaron la orden de apreensón, Mario Marín hizo lo que ningún inocente haría. Desapareció.
se volvió prófugo. El exgobernador de Puebla, el hombre que había controlado la policía de un estado con 5 millones de habitantes, que había ordenado la detención de una periodista a 100 km de distancia, que había llamado a Camel Ncif para reírse del coscorrón, se escondió como un delincuente común, abandonó su domicilio conocido, dejó de usar sus cuentas bancarias, cortó comunicación con la mayoría de sus contactos políticos y sociales.
Se movió entre casas de amigos, entre estados, siempre un paso adelante de las autoridades. Estuvo prófugo casi dos años completos, casi dos años viviendo en la clandestinidad. Y durante esos 2 años vivió la paradoja más cruel de su vida. Tenía libertad física, pero había perdido todo lo demás. No podía mostrarse en público, no podía usar su nombre real en ningún lado, no podía ir a un hospital si se enfermaba.
Y a los 65 años los cuerpos empiezan a fallar de maneras que no pueden ignorarse. No podía ver a su familia sin ponerlos en riesgo de ser localizados. No podía hacer una llamada telefónica sin miedo a que estuviera intervenida. No podía quedarse más de unas semanas en el mismo lugar. Vivía como una sombra de lo que había sido.
Un exgobernador convertido en fantasma. Un hombre que durante 30 años había sido parte del poder ahora. Era un fugitivo que dormía en casas ajenas y pagaba con efectivo para no dejar rastro. Y en noviembre de 2019, pocas semanas después de que se emitiera la orden de aprensión, su padre falleció en Puebla.
Crescencio Marín, el hombre que lo había criado en Nativitas Cuautempan, el padre de 11 hijos, murió y Mario Marín no fue al funeral, no pudo ir, porque presentarse en un acto público, aunque fuera el entierro de su propio padre, significaba que lo detendrían. El hombre que había sido el más poderoso de Puebla durante 6 años, no pudo despedirse de su padre.
tuvo que elegir entre la libertad y el último adiós, y eligió la libertad o lo que quedaba de ella hasta que en febrero de 2021 la suerte se le terminó. Las autoridades federales habían estado siguiendo el rastro de Marín durante meses, cruzando información bancaria, rastreando movimientos de sus familiares, monitoreando comunicaciones de personas cercanas a él.
Y finalmente lo localizaron en Acapulco, Guerrero. Estaba escondido en una casa en una zona residencial lejos del centro, tratando de pasar desapercibido en una ciudad que en ese momento estaba devastada por la violencia del narcotráfico y donde nadie se fijaba en un hombre mayor más. Agentes federales llegaron a la casa un día de febrero, tocaron la puerta y cuando Mario Marín abrió supo que se había acabado todo. No hubo resistencia.
No hubo persecución cinematográfica, no hubo negociación dramática, solo un hombre de 66 años cansado de huir, abriendo la puerta de una casa que no era suya en una ciudad que no era la suya. Las fotografías de su detención circularon por todos los medios esa misma tarde. Un hombre canoso, con mascarilla por la pandemia, con la mirada de alguien que sabe que se le terminó la carrera.
No había nada del político seguro de sí mismo que había gobernado Puebla. Solo quedaba un fugitivo que ya no tenía a dónde correr. Mario Plutarco Marín Torres, exgobnador constitucional de Puebla, el GER Precioso, fue esposado y trasladado al penal de Cancún Quintana Ro, donde se radicaba el proceso federal en su contra.
Y ahí empieza otro capítulo de esta historia. Porque uno pensaría que un hombre que acaba de ser capturado después de casi dos años como prófugo llegaría a la cárcel con la cabeza agachada, consciente de que se le acabaron las opciones, dispuesto a aceptar su situación y a esperar el veredicto en silencio. Pero Mario Marín no es ese tipo de hombre.
Mario Marín es el tipo de hombre que llega a la cárcel y cree que la cárcel es suya, pero la cárcel no domesticó a Mario Marín. Lo que pasó dentro del penal de Cancún es quizás la parte más reveladora de toda esta historia, porque demuestra algo fundamental sobre este hombre. Nunca dejó de creerse gobernador, nunca aceptó que ya no mandaba, nunca entendió o nunca quiso entender que el mundo había cambiado y que él ya no tenía poder sobre nadie.
Según los informes que los custodios del penal presentaron ante la Dirección General de Ejecución de Penas, informes oficiales firmados, sellados como operaciones que los custodios del penal, que después serían citados textualmente por el Tribunal Colegiado de Apelación en sus resoluciones. Mario Marín se comportó desde el primer día como si el penal de Cancún fuera una extensión de su gobierno.
se apropió de espacios comunes. Decidía dónde se sentaba él y dónde se sentaban los demás en el comedor. Otros internos empezaron a llamarlo el patrón, no con ironía, no como burla, con respeto genuino, con miedo, porque Marín les prometía cosas. Les decía que cuando él saliera porque iba a salir, eso se los dejaba claro.
Se iba a acordar de quién le había sido leal y de quién no. Les prometía dinero, les prometía que sus familias iban a recibir ayuda, les prometía protección legal. Y a cambio los internos le hacían mandados, le cedían privilegios, le guardaban el lugar, le mantenían informado de lo que pasaba en cada rincón del penal.
Con los custodios fue todavía más agresivo. Les alardeaba de sus contactos políticos sin ningún tipo de pudor. Les decía nombres. Les decía que un solo teléfono suyo podía cambiarles la vida, que él seguía teniendo amigos en el gobierno federal, en el gobierno estatal, en el Congreso, que ellos simples custodios con sueldos miserables no tenían idea de con quién estaban tratando.
Y un día cruzó la línea de lo que cualquier sistema penitenciario puede tolerar. les dijo directamente a los custodios a la cara, mirándolos a los ojos sin ningún tipo de disimulo ni ambigüedad, que si él quería, podía organizar un motín dentro del penal que las autoridades no iban a poder controlar. Así, literal, si yo quiero, armo un motín y ustedes no lo paran.
No fue una sugerencia velada, no fue un comentario que pudiera interpretarse de otra manera, fue una amenaza directa y explícita del exgobnador de un estado al personal de seguridad de un penal federal. Los custodios documentaron todo, fecha, hora, testigos, palabras exactas. presentaron informes formales ante sus superiores y esos informes subieron por la cadena burocrática hasta llegar a los magistrados del Tribunal Colegiado de Apelación de Quintana Ro.

Dos de los tres magistrados determinaron, con base en esa evidencia documentada, que Mario Marín representaba un peligro activo y real dentro del sistema penitenciario. Lo declararon oficialmente preso peligroso. Esas dos palabras preso peligroso cambiaron todo para Marín. Porque una vez que un tribunal te etiqueta así, las opciones legales se reducen dramáticamente, los beneficios penitenciarios se complican, las solicitudes de libertad anticipadas se vuelven casi imposibles y lo más importante, justifican tu traslado a un
penal de máxima seguridad. Y así fue como Mario Marín llegó al altiplano, el penal federal de máxima seguridad más célebre de México. Por sus celdas han pasado el Chapo Guzmán, Ociel Cárdenas Guillén, Miguel Ángel Félix Gallardo, los hombres más peligrosos que ha producido este país. Es una fortaleza diseñada específicamente para que nadie mande, excepto el sistema penitenciario.
Las celdas son pequeñas y gélidas. La meseta de Almoloya de Juárez está a 2600 m sobre el nivel del mar. En invierno las temperaturas bajan cerca de los 0 gr. No hay calefacción personal. La cobija que te dan es la cobija que tienes. La vigilancia es permanente. Las 24 horas del día, los 365 días del año.
Las comunicaciones están intervenidas. Cada llamada telefónica es grabada, monitoreada y archivada. No hay celulares, no hay internet, no hay contacto con el exterior que no pase por un filtro institucional. No hay patrones en el altiplano, solo hay presos. para un hombre que llevaba 50 años acostumbrado a dar órdenes, a que la gente se cuadrara cuando él pasaba por un pasillo, a que cada puerta se abriera con solo decir su nombre, a que siempre hubiera alguien esperándolo con café y una sonrisa cuando él llegaba. El
altiplano fue el final de la fantasía. Aquí no podía amenazar a nadie porque los custodios del altiplano están entrenados para manejar a los hombres más peligrosos del país. Aquí no podía controlar a otros internos porque la vigilancia es tan estrecha que cualquier intento de generar liderazgos informales se detecta y se sanciona.
No podía llamar a sus contactos políticos sin que cada sílaba, cada pausa, cada suspiro quedara grabado en una cinta que después podía usarse en su contra ante un juez. No podía prometer nada a nadie, porque en el altiplano las promesas no valen, solo vale el reloj, y el reloj avanza despacio.
Se levantaba cada día a la hora que le indicaban, comía lo que le servían, salía al patio cuando se lo permitían, regresaba a su celda cuando se lo ordenaban, dormía con una cobija delgada en una meseta donde las noches de invierno bajan a temperaturas cercanas a 0 ºC. y pensaba mucho, porque en el altiplano no hay nada que hacer, excepto pensar.
Y para un hombre como Mario Marín, pensar en lo que perdió debe ser la peor tortura que existe. Pensaba en los banquetes que organizaba en la residencia oficial del gobierno de Puebla, en los platos que le servían sus cocineros, en el vino que elegía de la caba, en la ropa a medida que le traían de la Ciudad de México, en los viajes que hacía al extranjero con pasaporte diplomático y comitiva de asistentes, en los hoteles de cinco estrellas donde firmaba la cuenta sin mirarla.
En todo lo que daba por sentado cuando era el hombre más poderoso de un estado con 5 millones de habitantes y ahora estaba aquí en una celda de 3 m por 4 con un catre de metal, con una cobija que olía a detergente barato, con un foco que se encendía y se apagaba cuando otros decidían, con un baño que compartía con hombres que nunca habían escuchado la palabra secretario particular, ni habían visto un restaurante con mantel de tela.
El contraste era tan brutal que probablemente se sentía como un sueño del que no podía despertar. Pero su equipo legal no se rindió. Desde afuera, sus abogados siguieron trabajando sin descanso. Presentaron amparos, apelaciones, recursos de todo tipo. Buscaron cualquier resquicio legal que les permitiera sacar a su cliente de esa fortaleza.
Y en agosto de 2024, después de años de litigio, lograron algo que parecía absolutamente imposible. La jueza federal Angélica del Carmen Ortuño Suárez le concedió prisión domiciliaria. El argumento fue que Marín llevaba más de 2 años sin sentencia firme, una violación al debido proceso, según sus abogados, y que padecía problemas de salud que no podían atenderse adecuadamente dentro del penal.
La jueza le impuso una multa de 100,000 pesos, una cantidad tan ridícula para un exgobnador que resultaba casi ofensiva y le permitió irse a cumplir su proceso desde su casa en Puebla. Piensa en lo que eso significó para Mario Marín. Después de meses durmiendo en una celda helada del altiplano, de repente estaba de vuelta en su casa, en su cama, con su cocina, con su jardín.
Podía abrir la ventana y sentir el aire. Podía caminar descalso por el piso de su sala. podía comer lo que le diera la gana a la hora que le diera la gana. Seguía siendo un procesado técnicamente, pero estaba en su casa. Y eso para un hombre que había probado el altiplano era como salir del infierno.
El presidente López Obrador calificó la decisión como un sabadazo porque se emitió un sábado por la tarde cuando los juzgados están. Los periodistas están descansando y nadie vigila lo que firman los jueces. Lidia Cacho denunció públicamente que era una burla a todas las víctimas. Que un hombre declarado peligroso por un tribunal federal estuviera en su casa tomando café era una bofetada al sistema de justicia.
Y durante 7 meses, 7 meses completos, Mario Marín vivió en su casa, en Puebla, casi libre, mientras su proceso judicial seguía abierto, mientras las víctimas seguían esperando justicia, mientras Lidia Cacho seguía viviendo con escoltas. Pero 7 meses fue todo lo que duró, porque Cacho no se quedó callada, nunca se queda callada. Apeló la decisión de la jueza ante el Tribunal Colegiado de Apelación de Quintana Ro.
Presentó toda la evidencia documentada, los informes del penal de Cancún sobre las amenazas a custodios, el control que Marín ejercía sobre otros reos, la amenaza explícita de Motín. argumentó riesgo de fuga. Un argumento difícil de rebatir cuando se trata de un hombre que ya había sido prófugo durante casi dos años.
Argumentó peligro concreto para las víctimas y los testigos del caso, y los magistrados le dieron la razón. Unánimente, el 2 de abril de 2025, el Tribunal colegiado revocó la prisión domiciliaria, determinó riesgo de fuga, determinó peligro para la víctima, ratificó la declaración de preso peligroso y ordenó el reingreso inmediato de Mario Marín al penal del altiplano.
Esa misma tarde, la Guardia Nacional llegó a la casa de Marín en Puebla. Tocaron la puerta, lo esposaron, lo subieron a un vehículo blindado y lo devolvieron al altiplano. El gover precioso volvió a la misma celda fría que había dejado 7 meses atrás. La misma cobija delgada, la misma meseta helada de Almoloya a 2600 m de altitud, el mismo silencio roto solo por el metal de las puertas cerrándose.
Y esta vez, esta vez todo indica que de ahí no sale. Y mientras Mario Marín entraba de nuevo al altiplano en abril de 2025, el hombre que él había protegido ya llevaba casi un año muerto. Jean Serkury falleció el 14 de junio de 2024. en un hospital de Cancún. Tenía 79 años.
Cumplía una condena de 94 años por los delitos que Lidia Cacho había documentado en Los demonios del Edén, 94 años. Una condena tan larga que ni siquiera pretendía ser realista. pretendía ser un mensaje. Y Suarkuri recibió ese mensaje de la peor manera posible, muriendo encerrado, con desnutrición severa, insuficiencia cardíaca y un deterioro físico que los médicos describieron como irreversible, solo sin que nadie lo reclamara, sin que nadie lo llorara, sin que nadie fuera a recoger su cuerpo como si reclamara algo que le pertenecía. Es difícil imaginar
una muerte más solitaria que la de Jin Sukarkuri, un hombre que durante décadas se había rodeado de dinero, de propiedades, de influencias, de contactos políticos que lo protegían de cualquier consecuencia. Un hombre que había usado su riqueza para hacer cosas que ningún ser humano debería hacer jamás, y que al final murió en la misma soledad absoluta que él les había impuesto a sus víctimas durante años, sin nadie, sin nada.
Solo un cuerpo deteriorado en una cama de hospital dentro de un penal, esperando que alguien lo sacara de ahí en una bolsa negra. Lidia Cacho habló con algunas de las víctimas de su carcuri después de su muerte. Personas que habían sufrido cuando eran apenas niños, personas que habían cargado con ese peso durante toda su vida adulta.
Para ellas, la muerte del empresario fue, en sus propias palabras el fin de una pesadilla, pero una pesadilla que no termina del todo porque las cicatrices no se van con la muerte del verdugo. Se quedan, se transforman, se heredan. Una pesadilla que Mario Marín ayudó a proteger desde la gubernatura de Puebla. Una pesadilla que él pudo haber detenido con una sola decisión, negarse a intervenir cuando Nazif le pidió que actuara contra Cacho y que en lugar de detener alimentó con todo el poder del estado.
Pero la pesadilla de Marín no terminó con la muerte de sucuri. Apenas está entrando en su capítulo más largo y más desesperado. Porque hay algo que vuelve la situación legal de Marín particularmente angustiante, algo que lo distingue incluso dentro de un penal donde todos los presos esperan algo. Mario Marín lleva más de 4 años encerrado y todavía no tiene sentencia firme.
4 años sin que un juez haya dictado una sentencia definitiva, sin saber si le van a dar 10 años, 20 años o si por algún milagro legal lo van a dejar libre, 4 años en el limbo. Según reportes de la revista Proceso publicados en enero de 2026, Mario Marín está desesperado. Sus abogados presentaron escritos urgentes urgentes, así los calificaron ellos mismos ante el tercer tribunal colegiado de Quintana Ro, pidiendo que se resuelvan cuatro amparos que están pendientes desde hace meses.
Cuatro amparos que podrían, en teoría abrir la puerta a una nueva solicitud de prisión domiciliaria, a una modificación de los cargos o a algún tipo de beneficio procesal. Los magistrados del tribunal respondieron con la frase más devastadora que un preso puede escuchar. Respondieron que el caso es complejo, que la carga de trabajo del tribunal es grande, que tienen muchos expedientes pendientes, que van a resolver lo antes posible.
Lo antes posible. Esas tres palabras suenan completamente diferentes dependiendo de dónde las escuches. Desde una oficina con aire acondicionado, escritorio de madera y café caliente lo antes posible, suena razonable, profesional, prudente. Desde una celda del altiplano donde las paredes sudan humedad en verano y se cubren de escarcha en invierno, lo antes posible suena a eternidad.
Para los magistrados, resolver lo antes posible significa cuando la agenda lo permita. Para Marín, cada día sin resolución es un día más encerrado sin saber si le quedan meses o décadas. Y esa incertidumbre, la incertidumbre de no saber cuándo termina tu encierro, es, según expertos penitenciarios, una de las formas más crueles de castigo psicológico que existen.
Aunque en el caso de Marín cuesta sentir lástima y mientras espera, el tiempo le pasa factura de maneras que ningún abogado puede apelar. Ya no es el hombre de traje oscuro, corbata de seda y dientes perfectos que sonreía en los mítines del PRI mientras miles de personas coreaban su nombre. Tiene 67 años, lleva más de cuatro preso.
Ha pasado por tres penales distintos. Cancún, donde se creía patrón, su casa en Puebla, brevemente, y el altiplano, donde no es nadie. Su salud se ha deteriorado, su aspecto ha cambiado, su red de contactos políticos se ha ido desvaneciendo como humo. Los políticos que antes le contestaban el teléfono al primer timbrazo, ahora ni siquiera quieren que los asocien públicamente con su nombre.
En la política mexicana, pocas cosas son tan contagiosas como la caída en desgracia. Y hay algo más que hace esta historia todavía más inquietante, algo que demuestra que las redes de poder nunca mueren del todo, solo cambian de forma. Solo se hacen más discretas, más sigilosas, más desesperadas. Mientras Marín suplica desde el altiplano que alguien resuelva sus amparos, Camel Ncif, el rey de la mezclilla, el hombre de la llamada, Sha, el que le dijo, “Mi Gover precioso, mientras se reían juntos de la tortura de una mujer, fue visto en
Puebla en abril de 2025. Nasif, que durante años había permanecido fuera del radar público, que muchos daban por desaparecido del panorama político, que la mayoría de los mexicanos ya habían olvidado, de repente estaba ahí en Puebla, caminando por la misma ciudad donde 20 años antes había conspirado con el gobernador para detener a una periodista.
Lidia Cacho lo denunció públicamente. Dijo que Nasf estaba en la ciudad haciendo negociaciones políticas para intentar liberar a Marín, que el exgobernador mantiene vínculos activos con políticos de varios partidos, ya no solo del PRI, sino de otros partidos también, porque en la política mexicana las lealtades cambian de color, pero nunca de naturaleza.
que la red de protección que construyó durante décadas de priismo poblano sigue operando, aunque sea en las sombras, aunque sea con menos fuerza, aunque sea con la desesperación de quien sabe que el tiempo se acaba, que el pacto entre Marín y Nasf, el pacto que empezó con fábricas de mezclilla y terminó con la tortura de una periodista, sigue vivo.
solo que ahora, en lugar de operar desde un palacio de gobierno, opera desde una celda del altiplano a través de mensajes, de intermediarios, de favores que se cobran a escondidas. Y eso es quizás lo más perturbador de toda esta historia, porque después de todo lo que ha pasado, la tortura de una periodista, el audio donde se reía del coscorrón, los años de impunidad, la fuga de casi 2 años, la detención en Acapulco, las amenazas de motín en Cancún, la declaración de preso peligroso, el traslado al altiplano, los 7 meses de
prisión domiciliaria arrancados con un sabadazo y revocados por un tribunal. Después de todo eso, Mario Marín sigue haciendo exactamente lo mismo que hacía cuando era gobernador. Sigue usando sus contactos, sigue moviendo fichas, sigue intentando que el sistema funcione a su favor, sigue creyendo que hay una llamada, un favor, una negociación que puede sacarlo de ahí.
La única diferencia es que antes lo hacía desde un palacio de gobierno con alfombras rojas, oficinas enormes y escoltas armados esperándolo en la puerta. Y ahora lo hace desde una celda de 3 m por 4 con una cobija delgada, un catre de metal y un teléfono que sabe intervenido. Mario Marín tiene 67 años, preso desde febrero de 2021, tres penales distintos, declarado oficialmente preso peligroso por un tribunal federal sin sentencia firme, esperando que tres magistrados en Quintan Ro decidan su futuro cuando la agenda se los permita. El hijo de
Crescencio y Blandina, el muchacho que salió de nativitas Cuautempan con la ambición de ser alguien, llegó a ser el hombre más poderoso de Puebla y terminó encerrado en la misma prisión donde estuvo el Chapo Guzmán. Lydia Cacho tiene 63 años, más de 20 años peleando contra esta red, detenida ilegalmente, torturada durante 20 horas en un vehículo que cruzó cinco estados.
Amenazada de muerte en más ocasiones de las que ella misma puede contar, obligada a exiliarse temporalmente para proteger su vida, traicionada por un sistema judicial que en 2007 la dejó sin justicia por un voto. Le robaron su casa en Cancún, le mataron a sus mascotas como mensaje intimidatorio, le hackearon sus dispositivos, le siguieron por la calle, le mandaron fotografías de sus movimientos para que supiera que la vigilaban.
Le hicieron todo lo que se le puede hacer a una persona para que se calle y no se cayó. Nunca se cayó. Sigue de pie. Sigue denunciando, sigue publicando. Sigue apareciendo ante las cámaras con la misma firmeza con la que apareció el día que salió de aquel juzgado en Puebla hace más de 20 años. Y cada vez que aparece, cada vez que habla, cada vez que escribe Mario Marín pierde un poco más.
Porque la existencia misma de Lidia Cacho es la prueba viva de que él fracasó. usó todo el poder de un estado para destruirla y no pudo. La diferencia entre estos dos seres humanos es la diferencia entre el poder y la verdad. Marín tuvo todo el poder del estado de Puebla a su disposición. Policías, jueces, empresarios, partidos políticos, medios de comunicación, presupuestos millonarios y usó todo ese poder para intentar destruir a una mujer que había cometido el imperdonable delito de decir la verdad.
Pero el poder se gasta, se desgasta con cada año que pasa. Se revoca cuando un tribunal te declara peligroso. Se pierde cuando los políticos que antes te aplaudían ahora cruzan de acera para no saludarte. La verdad no se gasta. La verdad no se revoca. La verdad no cruza de acera, la verdad se queda. El 14 de febrero de 2006, Camel Nasf llamó a Mario Marín, mi precioso, en una llamada telefónica.
que nunca debió hacerse pública. 20 años después de esa llamada, la periodista a la que le dieron un coscorrón sigue siendo libre, sigue publicando, sigue denunciando, sigue ganando. Y el gobernador que ordenó el coscorrón lleva 4 años encerrado en el altiplano, sin sentencia firme, sin futuro claro, sin nadie que le conteste el teléfono cuando más lo necesita.
A veces la justicia llega tarde, a veces llega incompleta, a veces llega de una manera que nadie esperaba, a veces llega en forma de una celda fría en el penal más duro de México, mientras afuera la mujer que intentaste destruir sigue caminando libre bajo el sol, pero llega, siempre llega. Si esta historia te reveló algo que no sabías sobre lo que hizo el Gover precioso dentro de la cárcel, sobre las amenazas de Motín o sobre la mujer que lleva dos décadas enfrentando al poder sin rendirse ni un solo día, suscríbete al canal y dale click al video que
aparece en pantalla. Porque hay más historias de hombres que creyeron que eran intocables hasta que dejaron de serlo.