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La cambiaron por una mula y llegó al rancho del Apache con una jaula vacía: la verdad de 3 noches

 Molía el maíz antes del amanecer, remendaba ropa ajena, cargaba cántaros desde el pozo y cuidaba a los niños de Bernarda sin recibir jamás una caricia que no viniera por error. No era una muchacha fea. tenía el cabello oscuro, espeso, casi azul bajo la luz de la tarde y unos ojos grandes color avellana en los que todavía quedaban restos de una bondad que la vida no había conseguido arrancarle del todo.

 Pero en San Lorenzo no bastaba con ser buena, había que ser útil, obediente y, sobre todo silenciosa. Y Jacinta, aunque callaba casi siempre, conservaba algo que irritaba profundamente a Bernarda, una dignidad tranquila que no terminaba de quebrarse. “Mírala nada más”, decía la madrastra cuando venían vecinas a desgranar elotes al patio. “Parece que una le debe reverencia, ni marido consiguió, ni dote tiene, ni gracia le dejó Dios y aún así camina como si fuera señora.

” Las mujeres reían con esa risa pequeña y filosa que duele más porque pretende no hacer daño. Jacinta seguía con las manos hundidas en la tina o inclinada sobre la lumbre sin responder. Había descubierto hacía años que algunas humillaciones crecen cuando una las mira de frente. Su único consuelo verdadero era una jaula de madera liviana que colgaba junto a la ventana de su cuarto.

 Estaba vacía desde hacía meses, pero aún así ella la limpiaba cada semana con un cuidado casi sagrado. Antes había guardado allí un censontle herido que encontró una mañana entre los matorrales, temblando bajo la lluvia. Lo curó con migas de tortilla y paciencia, le hablaba en voz baja mientras cosía. Y el pájaro poco a poco volvió a cantar.

 Cuando por fin estuvo fuerte, Jacinta abrió la puerta de la jaula al amanecer y lo dejó ir. Bernarda se burló durante días. Tanta ternura para un pájaro cuando ni para ti misma sirve. Pero Jacinta no contestó. Había algo en aquella jaula vacía que le dolía y la acompañaba al mismo tiempo. Tal vez porque le recordaba que incluso lo que ha sido herido puede volver a alzar vuelo.

 Tal vez porque en el fondo sentía que ella misma se parecía demasiado a ese animalito que había aprendido a callar dentro de un espacio demasiado pequeño. El problema comenzó a volverse visible cuando Eusebio perdió la última bestia de carga en una barranca al regreso del molino. La mula era vieja. Sí, pero seguía siendo necesaria. Sin ella no podían llevar costales, ni traer leña en cantidad, ni cumplir con ciertos encargos del patrón de la región, don Laureano Becerra, un hombre de barriga generosa y misericordia escasa.

 La deuda empezó a crecer como crecen las malas hierbas, en silencio y con una obstinación que asfixia. Durante dos semanas, la tensión se instaló en la casa como un animal agazapado. Eusebio comía poco. Bernarda murmuraba más de lo habitual y los niños, aún sin entender, bajaron la voz en los rincones. Jacinta vio venir la tormenta antes de que nadie la nombrara.

 Lo supo por la manera en que su padre evitaba mirarla. Lo supo por las conversaciones que se interrumpían cuando ella entraba. lo supo por una frase que escuchó una tarde detrás de la pared del corral mientras colgaba ropa húmeda. “El apche necesita quien cocine y mantenga el rancho en orden”, decía Bernarda con esa suavidad venenosa que reservaba para los planes crueles.

 Dicen que vive solo desde que se le murió la mujer. Si la muchacha se va, nosotros salimos de la deuda y todavía nos dan la mula. Hubo un silencio pesado. Luego la voz de Eusebio cansada. más cobarde que dura. Es mi hija y también es una boca, replicó Bernarda, una boca que no trae nada. O prefieres que laureano nos quite el terreno porque la pase ya aceptó el trato.

 Una mula joven fuerte y además tres fanegas de maíz. Más no vamos a conseguir por ella. Por ella. No por un trabajo. No por un acuerdo de servicio, no por un matrimonio hablado con respeto. Por ella. Jacinta sintió que el aire se le volvía piedra dentro del pecho. No lloró, no en ese momento. Apretó con tanta fuerza la sábana mojada entre las manos que el agua le escurrió por los brazos hasta los codos.

 El sol estaba alto, el patio seguía igual. Una gallina escarvaba cerca del fogón, como si nada en el mundo acabara de romperse. Y sin embargo, todo había cambiado. Aquella noche nadie le dijo nada. Cenaron frijoles aguados en silencio. Bernarda repartió tortillas. Eusebio mantuvo la vista fija en la mesa. Los niños se quedaron dormidos temprano.

 Jacinta esperó. Tal vez una parte de ella, la más pequeña y necia todavía quería creer que había entendido mal, que su padre iba a entrar a su cuarto y decirle que no, que nadie la entregaría como si fuera parte del corral. Pero fue Bernarda quien abrió la puerta. Llevaba un quinqué en una mano y en la otra una falda de lana más gruesa que la que Jacinta usaba a diario.

 “Al amanecer te vas”, dijo sin rodeos. “Más te vale no hacer escándalo. Don Laureano vendrá con la mula y con el hombre que te llevará al rancho.” Jacinta estaba sentada en el borde del catre con la jaula vacía sobre las rodillas. Levantó la mirada despacio. En sus ojos no había súplica todavía había incredulidad.

 Mi padre aceptó. Bernarda soltó el aire por la nariz como si la pregunta le pareciera una pérdida de tiempo. Tu padre hizo lo que tenía que hacer un hombre de esta casa. La joven bajó la vista hacia la jaula, pasó un dedo por una de las varillas de madera. ¿Y yo qué tengo que hacer? Lo mismo que has hecho siempre, respondió la madrastra.

 Aguantar y obedecer. Cuando Bernarda salió, Jacinta se quedó sola con el rumor del viento contra la ventana y el crujido del techo. Entonces sí lloró, no con estruendo, no con rebeldía. Lloró como lloran las almas que han sido traicionadas por la única mesa a la que pertenecían. Apretó la jaula contra el pecho y se dobló sobre ella como si el vacío liviano de aquella madera pudiera sostenerla.

 Antes del alba oyó pasos afuera. Pensó que era Bernarda, pero cuando la puerta se abrió fue Eusebio quien entró. Su padre parecía más viejo que la noche anterior. Tenía la barba sin arreglar, los hombros vencidos y una vergüenza tan visible que casi daba rabia mirarlo. Se quedó junto a la puerta sin atreverse a acercarse. Cinta. Ella alzó la cara.

 Las lágrimas ya se habían secado. Eso le dolió más a él que si la hubiera encontrado deshecha. No vengo a pelear”, dijo ella, y su voz era tan serena que parecía venir de muy lejos. “Solo quiero saber si de verdad va a dejar que me cambien por una mula.” Eusebio cerró los ojos un instante. “No lo entiendes. Entonces explíqueme.

” Pero él no pudo, porque hay actos tan miserables que no soportan la luz de una explicación honesta. dio un paso al frente, vio la jaula entre las manos de su hija y frunció el seño. ¿Te vas a llevar eso? Racinta miró la madera vacía, los alambres finos, la puertecita abierta. Sí, para qué. Ella tardó un momento en responder para no olvidar lo que se siente cuando algo vivo logra salir. Su padre tragó saliva.

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