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El Apache del Cañón le dio 60 días de techo a la viuda… pero volvió el padrino del niño

 Era la cuna. Una cuna vacía en mitad del desierto siempre parecía una pregunta que nadie quería responder. Jacinta siguió avanzando hasta donde el sendero se abría hacia las tierras altas del cañón. Allí donde comenzaban los corrales de Matías Cruz, el apache al que toda la comarca nombraba en voz baja.

 Algunos lo llamaban el apache del cañón. Otros, con menos prudencia y más crueldad, lo llamaban el viudo de piedra, porque desde la muerte de su mujer casi nadie lo había visto sonreír. Vivía en una casa grande de adobe oscuro y vigas pesadas, levantada junto a un manantial escondido entre álamos y piedras. Tenía pocas visitas, menos amigos y una fama hecha de medias verdades, silencios largos y prejuicios del valle.

 Decían que era duro, decían que no toleraba mentiras. Decían también que cuando daba su palabra, ni el invierno más cruel conseguía doblársela. Jacinta no había llegado hasta allí por ignorancia. Sabía perfectamente quién era aquel hombre. En los últimos 15 días había escuchado su nombre demasiadas veces. Lo oyó en la fonda de Santa Aurelia, donde una mujer gorda y de ojos cansados le dijo que si de verdad buscaba techos sin pedir favores sucios.

Solo había un hombre en toda la región que aún respetaba el dolor ajeno. Lo oyó también en boca de un carretero que le advirtió que Matías aceptaba peones, no problemas, y lo oyó sobre todo de labios de madre Jacoba, la partera anciana que la encontró desvanecida junto al arroyo y la obligó a beber caldo durante dos noches.

 Fue aquella vieja de manos torcidas quien le habló con más claridad. No vayas al pueblo”, le dijo, “allí te van a oler la desgracia antes de darte un vaso de agua. Ve al cañón. Ese hombre carga su propia herida y por eso no se burla de las ajenas.” Jacinta no respondió entonces. Hacía días que hablaba poco. Desde aquella noche de septiembre en que la fiebre se llevó lo único que todavía le daba fuerzas para levantarse, su voz parecía haberse quedado detenida en algún rincón de la garganta.

 Su hijo, el pequeño Tomás, había vivido apenas 6 meses. 6 meses de respirar débil, de dormir sobre su pecho, de aferrarse con una mano diminuta a la tela de su vestido. 6 meses en los que ella, a pesar de la pobreza, había encontrado una razón para seguir soportando la humillación de depender de otros. Y luego nada, una madrugada, un cuerpo demasiado liviano, un silencio en la cuna que nunca volvió a abandonarla.

 Pero lo que terminó de romperla no fue solo la muerte del niño, sino lo que vino después. Porque Tomás no había muerto siendo un nadie, tenía padrino. Y aquel padrino, Anselmo Barragán, era un hombre con dinero, con tierras y con esa clase de autoridad que en los pueblos pequeños pesa más que la justicia.

 Había sido amigo del difunto esposo de Jacinta, o al menos eso decía. Cuando Julián Valdés murió aplastado por una viga en la hacienda de los Barragán, Anselmo prometió ayudar a la viuda. Prometió que no la dejaría sola. Prometió velar por el niño que venía en camino. Durante un tiempo, incluso pareció cumplir. Mandó maíz. Envió medicinas.

 Cuando el pequeño enfermó por primera vez, pagó el bautizo y sostuvo al bebé en brazos frente al altar. como si de veras lo quisiera, pero la bondad de ciertos hombres no tarda en mostrar el precio escondido. Cuando Tomás murió, Jacinta estaba demasiado rota para sospechar lo que se movía a su alrededor. Creyó que Anselmo había ido a verla por compasión. Lo dejó entrar.

 Lo dejó sentarse en la única silla de la cocina. Lo dejó hablar de entierros, de gastos, de lo difícil que sería para una mujer sola sostener la casita donde vivía. Solo entendió la verdad cuando él puso la mano sobre la cuna vacía y le dijo con una suavidad que le heló la sangre, que una viuda sin hijo ni marido debía aprender a agradecer la protección que aún se le ofrecía.

 Jacinta se quedó inmóvil aquel día, no por docilidad, sino por horror. Anselmo no volvió a levantar la voz. No hizo falta. Le habló de una pieza al fondo de su casa. Le habló de seguridad, le habló de compañía, le habló, sin nombrarlo de frente, del lugar vergonzoso que esperaba a una mujer sin respaldo, si se empeñaba en fingir dignidad.

 Cuando ella reunió fuerzas para echarlo, él sonríó, no con rabia, sino con esa paciencia de los hombres acostumbrados a ganar tarde o temprano. Antes de irse, dejó unas monedas sobre la mesa y una frase que no dejó de perseguirla en el camino. Vas a volver sola, Jacinta, y cuando vuelvas será peor.

 No volvió, ni pensaba hacerlo. Vendió lo poco que tenía. cambió dos sábanas por avena para el caballo. Guardó la ropa del niño, pero no fue capaz de abandonar la cuna. Muchos habrían pensado que era una locura cargar con aquel mueble pequeño por caminos tan duros. Para ella, en cambio, era lo único que impedía que el mundo fingiera que Tomás nunca había existido.

 La cuna vacía era su pena, sí, pero también su prueba, su manera de decirse que no estaba inventando el hueco que llevaba dentro. Cuando por fin alcanzó la entrada del rancho de Matías Cruz, el sol ya empezaba a caer detrás de los farallones. Las sombras largas de los álamos se estiraban sobre el suelo y el aire olía a tierra fresca por la cercanía del manantial.

 Jacinta detuvo la carreta frente a una cerca de madera oscura. Más allá se veía la casa, ancha, sobria, sin adornos, con un corredor profundo y dos lámparas aún apagadas colgando de las vigas. También se veía un corral bien cuidado, un gallinero, un cobertizo y a cierta distancia tres cruces viejas en un rincón del terreno rodeadas por piedras blancas.

 Aquello fue lo primero que la hizo estremecer. No sabía a quiénes pertenecían esas cruces, pero comprendió que en aquella casa también se había llorado. Antes de que pudiera decidir si bajar o no de la carreta, la puerta principal se abrió. Matías apareció en el umbral como si hubiera sentido su presencia mucho antes de verla.

 Era un hombre alto, de hombros anchos, cabello oscuro, sujeto atrás y rostro endurecido por el sol, y por años de callar más de lo que decía. Llevaba una camisa sencilla, arremangada hasta los antebrazos, y en su manera de quedarse quieto había algo más intimidante que la violencia. Control. Su mirada no fue primero al rostro de Jacinta, fue a la cuna.

 Después al caballo agotado, después a las manos de ella aferradas al borde de la carreta con una fuerza que delataba miedo, aunque su cara intentara ocultarlo. Jacinta quiso hablar, pero la garganta volvió a traicionarla. Bajó de la carreta con torpeza. Sus piernas, entumecidas por tantas horas, casi no la sostuvieron.

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