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El Dueño le Dijo: Esta Guitarra Era de Camilo Sesto — Pero Aquel Hombre Era…

 No vendía guitarras para principiantes ni partituras de regalo. Era un lugar para gente que entendía que ciertos objetos valían más por lo que habían vivido que por lo que podían hacer todavía. Tium Ernesto había empezado como road manager en los años 60. Había viajado con artistas por toda España y parte de Europa.

 Había estado en camerinos y en salas de ensayo, y había desarrollado un ojo para los objetos que cargaban historia. Cuando decidió dejar los viajes, abrió la tienda con lo que había ido acumulando durante años. En las paredes de la sala principal colgaban guitarras de artistas que ya no estaban. En los estantes, discos con dedicatorias escritas a mano.

 En vitrinas cerradas, partituras con anotaciones originales, cada objeto con su etiqueta, cada etiqueta con su historia. Entre sus piezas más preciadas estaba una partitura manuscrita de un compositor andaluz del siglo XIX, un tambor que había pertenecido a una banda militar de la guerra de Cuba y varios instrumentos de artistas que ya no estaban, cada uno con su historia documentada, cada uno con su certificado.

 Ernesto no vendía mentiras, era su principio más firme. Si no podía verificar la procedencia de algo, no lo vendía con historia, lo vendía como instrumento y punto. Y en la sala del fondo, las piezas más especiales, las que Ernesto no mostraba a todo el mundo. Sí, las que guardaba como prueba de que había estado en los lugares correctos, en los momentos correctos.

 Esa mañana alguien había llamado preguntando por la guitarra de Rafael Méndez. Ernesto había dicho que sí, que la tenía, que si quería venir a verla era bienvenido. Lo que Ernesto no sabía era que el hombre que había entrado a comprar esa guitarra estaba inmune a punto de ver algo que le paralizaría el corazón.

 El hombre había llegado a las 5 de la tarde. Gafas oscuras que no eran de sol, sino de quien no quiere que le reconozcan. Ropa sin marca visible, una chaqueta oscura que podría ser de cualquiera. El tipo de invisibilidad cuidadosa que no se consigue sin práctica. Era 1984. Camilo VI tenía 38 años y llevaba más de una década siendo uno de los artistas más reconocidos de España.

 Salir a la calle sin preparación significaba parar cada 10 met. Pero Madrid era su ciudad y había aprendido que con las gafas correctas y la ropa correcta podía caminar por ciertas calles a ciertas horas y ser simplemente un hombre más. Rafael Méndez había sido uno de sus guitarristas favoritos desde siempre y no como influencia directa, sino como ejemplo de lo que la técnica podía hacer cuando se ponía al servicio de algo verdadero.

 Cuando un amigo le mencionó que Ernesto Valverde tenía una guitarra del maestro y que podría estar dispuesto a venderla, Camilo había tomado el teléfono esa misma tarde. No había dicho quién era. Había preguntado si podía venir a verla. Ernesto había dicho que sí. Ernesto lo recibió con la cortesía profesional de alguien, acostumbrado a tratar con coleccionistas serios.

 Le ofreció asiento, le hizo esperar lo justo, Chimpi, y luego le llevó a la sala del fondo. Ernesto lo llevó a la sala de instrumentos raros y fue entonces cuando ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba. La guitarra de Rafael Méndez estaba en el centro de la pared principal. Era una pieza extraordinaria.

 Ernesto la explicó con el orgullo tranquilo de quien ha guardado algo bueno durante mucho tiempo. La procedencia, las fechas, los conciertos en los que el maestro la había usado, el nombre del coleccionista al que se la había comprado. Camilo escuchaba, miraba la guitarra, asentía. Y luego, sin que Ernesto terminara la frase, Camilo se giró hacia el rincón izquierdo.

 Allí, entre un bajo eléctrico con una pegatina de una banda inglesa y una bandurria que, según la etiqueta, había pertenecido a un músico del siglo anterior. Colgaba una guitarra española pequeña, sin ningún atractivo especial. A primera Spacy y la primera vista, la madera oscurecida por los años, las cuerdas cambiadas, pero el clavijero original.

 Camilo caminó hacia ella sin decir nada. Ernesto dejó de hablar a mitad y la mitad de frase. Había aprendido a reconocer ese tipo de atención en los coleccionistas serios. Cuando alguien veía algo que le importaba de verdad, el resto del mundo desaparecía, se detuvo delante, la miró durante unos segundos y luego se agachó levemente para ver mejor el punto donde el mástil se unía a la caja.

 Había una marca, un arañazo profundo que recorría la madera en diagonal, justo debajo del borde de la boca. No era un daño reciente, era de años, de décadas. Camilo puso la mano sobre la guitarra. y supo exactamente lo que era. “Boy y esta”, dijo Camilo, la voz completamente controlada. Ernesto se animó. Esta era una de sus piezas favoritas, no la más valiosa monetariamente, pero sí la que más historia tenía.

 Esta es la guitarra con la que Camilo VI empezó, la que usó en sus primeras actuaciones antes de ser famoso, cuando tocaba en bares y en bodas por Alcoy y por Valencia. Camilo no dijo nada. La conseguí hace unos 10 años de un músico que me aseguró que se leñía dado el propio Camilo y que eran amigos de la época de los Dayson y que Camilo se la había dejado cuando se fue a Madrid.

Camilo miró la etiqueta pequeña que colgaba del clavijero, escrita a mano con la letra ordenada de Ernesto. Guitarra española. Camilo V. Primeras actuaciones. 1963 a 1966. ¿Cómo sabe que es auténtica? preguntó Camilo por las iniciales. Ernesto señaló el mástil. Están grabadas en la madera. Cebilo Blanes, su nombre real.

 Camilo miró el mástil. Las dos letras estaban casi borradas. Tip, pero estaban CB. El mismo las había grabado con una navaja. Una tarde de 1963 en Alcoy. Tenía 17 años. Pensaba que poner sus iniciales en el mástil. hacía que la guitarra fuera más suya. Camilo escuchó toda la historia sin decir una sola palabra porque conocía esa guitarra mejor que nadie en el mundo.

 Lo que había pasado realmente era esto. Era 1967. Los estaban disolviendo. Camilo estaba a punto de empezar su carrera en solitario y necesitaba dinero para los primeros meses en Madrid. Chidin, cada peseta contaba. Cada objeto que no era imprescindible era un lujo que no podía permitirse. Tomás Carrasco era músico como él.

 Habían tocado juntos en algunas fechas de los DON. Una persona de fiar, creía Camilo. Entonces, alguien que entendía lo que era un instrumento para un músico. Solo dos semanas, había dicho Tomás, necesito grabar unas maquetas y mi guitarra está en el taller. Te la devuelvo en cuanto la tenga de vuelta. Camilo había dicho que sí.

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