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“Her children abandoned her, a penniless widow took her in and discovered her secret.”

Apriétala,  no la sueltes. Eso fue lo primero que escuchó. Tres palabras  dichas en voz muy baja, casi para nadie, por una mujer sentada en el lodo bajo la lluvia con los pies descalzos azules de frío y las manos aferradas a una bolsa de tela contra el pecho. Remedios no entendió ese día lo que significaban, pero no las olvidó.

 Antes de seguir, quiero pedirles algo muy sencillo. Si están viendo esto desde México, desde España, desde Argentina, desde Estados Unidos o desde cualquier rincón del mundo donde se habla español, cuéntenme aquí abajo en los comentarios. Díganme de dónde nos escuchan hoy. Solo eso, de dónde. Porque cada vez que leo esos comentarios, entiendo que estas historias no se quedan aquí.

 Viajan, llegan a casas, a cocinas, a cuartos donde alguien las necesitaba sin saber que las necesitaba. Y si esta historia les llega al corazón, si sienten que alguien que conocen necesita escucharla, compártanla. Sin más. Y si todavía no forman parte de esta familia, el botón de suscribirse está ahí, no para nosotros, sino para que la próxima historia también los encuentre. Ahora sí, sigamos.

 Su nombre era Remedios. Remedios Castillo, viuda de Ibarra, 34 años, dos hijas, una parcela seca en las afueras de San Isidro del Monte, que se empeñaba en dar lo justo para no morir, pero nunca lo suficiente para vivir tranquila. El nombre le había pesado toda la vida. remedios, como si desde el bautizo alguien hubiera decidido que su destino era remendar lo que otros rompían.

 Y así había sido. Remendó la infancia pobre cosiendo a los 12 años en casa de una señora del pueblo. Remendó el corazón cuando su madre se fue sin despedirse. Remendó el matrimonio dos veces antes de que Andrés, su marido, encontrara la manera de morirse sin avisar. Un miércoles de febrero, en la curva del camino federal, el camión de carga no frenó a tiempo.

 Andrés no sufrió, le dijeron. Se fue rápido, como si irse rápido fuera un regalo y no otra manera de decirte que no hubo tiempo ni de adiós. Eso fue 11 meses antes de ese jueves de octubre. 11 meses en los que remedios aprendió que la viudez no duele de golpe, duele en los bordes. Duele cuando abres el cajón y encuentras sus calcetines todavía enrollados de dos en dos.

 Duele cuando la niña chica te pregunta a qué hora llega papá y tú le dices pronto y las dos saben que es mentira. Duele cuando vas al banco y el señor de la ventanilla te mira con esa cara de quien ya sabe el final de tu historia antes de que tú lo sepas. La deuda era real. Andrés había comprado un pequeño terreno adicional con un crédito que parecía manejable cuando los dos trabajaban.

Ahora solo trabajaba ella y el banco había enviado cuatro cartas. La cuarta tenía un sello rojo en la esquina, 30 días para pagar o entregar la propiedad. Remedios tenía guardados 400 pesos en el fondo de una lata de café. La deuda era de 14,000. Los contó cuatro veces seguidas esos billetes viejos. El número no cambió.

Ese jueves salió temprano con sus dos hijas. Isabel de 8 años y Lucía de cinco, iban al pueblo a vender los últimos tres quesos que había hecho con la leche de su única cabra, una cabra vieja y flaca que se llamaba Consuelo y que cada semana producía un poco menos, como si también ella estuviera cansándose de dar.

 Vendió un queso y medio, el otro y medio se lo devolvieron. Con ese dinero compró harina, aceite y el jarabe para la tos de Lucía, que llevaba una semana con el pecho cargado. No alcanzó para los frijoles, no alcanzó para el pan, alcanzó justo para lo que alcanzó y la mirada del señor de la tienda que le contaba el cambio con esa lentitud de quien sabe que lo que le devuelve es casi nada.

regresaban por el camino de tierra cuando empezó a llover, sin avisar, sin truenos primero, solo agua de golpe, de esa que cae en octubre en la sierra, como si el cielo hubiera estado guardando algo durante meses y ya no pudiera más. Las niñas corrieron bajo el aguacate torcido de la mitad del camino. Remedios las siguió.

 Se quedaron las tres apretadas contra el tronco mojado, los guaraches hundiéndose en el lodo, la bolsa del mandado empapándose, y remedios pensando en los 29 días y en los 400 pesos y en cómo iba a decirles a las niñas si llegaba el día en que tuvieran que irse de esa casa. Fue entonces cuando lo vio al otro lado del camino un bulto, o eso pensó al principio, algo oscuro al borde de la cuneta donde el monte empieza, inmóvil bajo la lluvia.

Remedios lo miró y el bulto se movió muy despacio con ese movimiento que tienen las cosas vivas cuando ya casi no tienen fuerza para seguir siéndolo. Un movimiento que no sabes si significa que algo está llegando o que se está yendo para siempre. Mamá”, dijo Isabel en voz baja, “ya vi”, respondió remedios y cruzó el camino corriendo.

 No pensó en los 400 pesos, no pensó en los 29 días, no pensó en que ella misma estaba al borde de perderlo todo y que cruzar ese camino no iba a cambiar ninguno de sus números, solo cruzó. Era una mujer anciana sentada en el lodo con la espalda contra el talud de tierra roja, los pies descalzos azulados de frío, la cabeza caída, el cabello blanco suelto y pegado a la cara por la lluvia y las manos. Remedios.

 vio las manos antes que nada, unas manos viejas llenas de manchas del tiempo, aferradas a una bolsa de tela pequeña contra el pecho, apretándola con una fuerza que no parecía posible en un cuerpo tan cansado. Se arrodilló en el lodo. Señora, ¿me escucha? La anciana abrió los ojos negros, profundos, con ese tipo de cansancio que no viene de una noche mala, sino de años cargando algo que nadie más quiso cargar.

 La miró y dijo algo en voz muy baja, casi para sí misma. Apriétala, no la sueltes. Remedios no supo en ese momento si la anciana le hablaba a ella o a sí misma. No lo entendió ese día, pero no lo olvidó. La anciana se llamaba Consuelo. Consuelo Venegas, 78 años. Venía caminando desde el paradero del pueblo. Dijo, desde temprano, sin decir a dónde iba exactamente, sin decir de dónde venía exactamente.

 ¿Tiene familia aquí?, preguntó Remedios mientras la ayudaba a caminar. Tengo familia”, respondió doña Consuelo, “pero no aquí.” Había algo en esa respuesta que no cerraba bien, como una puerta que uno empuja y cede demasiado fácil y entonces uno sabe que algo está sosteniendo del otro lado. Llegaron a la casa empapadas las cuatro.

Remedios. Encendió la estufa de leña que Andrés había instalado el primer invierno del matrimonio. El fuego tomó rápido. El cuarto se llenó de ese calor naranja que tiene el fuego de madera. Ese calor que ningún calefactor de los caros ha podido copiar todavía. envolvió a la anciana en la cobija gruesa de lana, la sentó en la silla más cercana a la estufa, le quitó los pies mojados y los secó con una toalla con esa naturalidad que tienen las mujeres que aprendieron a cuidar desde chicas, como si no fuera nada extraordinario,

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