El panorama político de Colombia se encuentra en una fase de ebullición sin precedentes. A pocos días de una cita electoral que ha sido catalogada por analistas y ciudadanos como un “momento con la historia”, el cierre de campaña de Iván Cepeda ha dejado claro que el objetivo no es solo ganar una elección, sino sentar las bases de una transformación estructural que pretende ser irreversible. En medio de un ambiente cargado de simbolismo, emoción y una retórica confrontativa que no deja espacio para la neutralidad, el país observa cómo las fuerzas del progresismo intentan capitalizar el descontento social acumulado durante décadas.
El acto en la emblemática plaza de Bogotá no fue un cierre convencional. Fue, en esencia, un acto de reivindicación. Mientras el Pacto Histórico se prepara para lo que consideran será un triunfo contundente en primera vuelta, la narrativa se ha volcado hacia el conflicto ético y moral que define la contienda. Cepeda, en un discurso de alto impacto, no solo defendió la labor del presidente Gustavo Petro, sino que estableció una línea divisoria clara y punzante: el uribismo y la extrema derecha ya no son vistos por este sector como una oposición democrática más, sino como una ideología que, según el candi
dato, encarna el fascismo, el desprecio por la vida y la exclusión de los sectores más desfavorecidos.

Este nivel de confrontación verbal marca un hito en la política colombiana. La referencia directa a los crímenes de los “falsos positivos” y la persecución a las víctimas en Antioquia sirvió como recordatorio de que, para el sector progresista, la memoria histórica es el motor principal de su propuesta. La respuesta de la oposición y sus seguidores, caracterizada por la indignación y la vehemencia, subraya una polarización que ha dejado de ser meramente ideológica para convertirse en una lucha cultural por la identidad del país.
La ideología del desprecio vs. la ética del cuidado
Uno de los puntos centrales del discurso de Cepeda fue el ataque frontal contra lo que denominó “la ideología del desprecio”. Argumentó que el neoliberalismo no solo empobreció a millones, sino que permeó la conciencia colectiva, fomentando el individualismo y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Según su visión, el fascismo comienza allí donde se considera que algunos seres humanos son superiores a otros y que, por lo tanto, sus vidas son prescindibles.
Este es el eje sobre el cual el movimiento intenta consolidar su legitimidad: la idea de que la política, cuando se aleja de la sensibilidad popular y se encierra en la vanidad de los palacios, pierde su razón de ser. La promesa es regresar a la raíz: a la vereda, al barrio y a la comunidad. El programa de gobierno presentado no busca ser una simple asistencia caritativa, sino una estructura de “justicia social profunda”, donde la prioridad absoluta —siguiendo la máxima de “por el bien de todos, primero los pobres”— guíe cada decisión del Estado.
Un programa de transformaciones irreversibles
El paquete de medidas propuesto por el equipo de Cepeda es ambicioso y, según sus críticos, de una complejidad fiscal enorme, pero para sus bases es la única salida viable a la crisis de desigualdad. El fortalecimiento de programas sociales como “Colombia Mayor”, la “renta joven” y la “renta ciudadana” busca crear una red de seguridad que, en palabras del candidato, no debe confundirse con asistencialismo.
La propuesta incluye hitos clave:
Soberanía alimentaria: La compra directa de 6 billones de pesos en alimentos a los campesinos colombianos para fortalecer la economía rural y garantizar el suministro a las poblaciones más vulnerables.
Acceso a la educación: La construcción de universidades públicas en regiones rurales y periferias urbanas como herramienta de equidad.
Economía del cuidado: Garantías laborales dignas para las mujeres, reconociendo su rol fundamental en el tejido social.
Infraestructura comunitaria: Permitir que las juntas de acción comunal contraten directamente con el Estado para la construcción de vías terciarias, eliminando la intermediación que a menudo ha sido fuente de corrupción.
La logística de la victoria
Más allá del discurso, el despliegue organizativo es lo que realmente preocupa a la oposición. Con decenas de miles de testigos electorales preparados para vigilar el conteo de votos hasta el último segundo, el Pacto Histórico ha demostrado una capacidad de movilización que pocos partidos tradicionales han podido igualar en la historia reciente. El mensaje es claro: el triunfo debe ser protegido. La insistencia en la organización de los testigos y la movilización masiva del electorado sugiere una desconfianza profunda en los procesos institucionales y un llamado a la vigilancia ciudadana extrema.

Reflexión crítica y el futuro
A pesar de la retórica victoriosa, Cepeda hizo un llamado a la reflexión interna. Reconoció que el progresismo no está exento de los errores que criticó en el centro político y en otros sectores: la tentación de caer en la vanidad, la desconexión con la base social y la burocratización de la lucha. Este reconocimiento, aunque breve, intenta darle al movimiento una capa de honestidad intelectual necesaria para evitar el desgaste prematuro.
La promesa de una “segunda gran marcha” —la gran minga de las transformaciones sociales—, que comenzaría tras un homenaje nacional al presidente Petro el primero de junio, sitúa al movimiento no en el gobierno tradicional, sino en una posición de movilización permanente desde el Ejecutivo.
Conclusión: Una encrucijada sin retorno
Colombia se encuentra hoy en un punto de no retorno. La retórica de Iván Cepeda no busca un consenso moderado, sino una victoria total sobre lo que él considera una “época oscura” de autoritarismo y exclusión. La apuesta es alta: o el país se encamina hacia una transformación social radical que promete reparar décadas de neoliberalismo, o la confrontación política se profundizará hasta niveles que podrían poner a prueba la estabilidad democrática del país.

El 31 de mayo no solo se vota por un programa de gobierno; se vota por una forma de entender la nación. La memoria de las víctimas, el hambre en las periferias, el papel de las élites y el futuro de la democracia se concentrarán en las urnas. Para el Pacto Histórico, el triunfo ya está escrito en la voluntad popular. Para la oposición, se trata de la última oportunidad de detener un proyecto que califican de autoritario. En medio de esta guerra de visiones, el pueblo colombiano tiene la palabra final. La política en Colombia ya no es lo que era, y pase lo que pase, el país que despierte el primero de junio será, irremediablemente, otro.