En los años 70, Saritísima ya no era solo una actriz, era un mito viviente, la primera española que había conquistado Hollywood y se comportaba como tal las 24 horas del día. Su regreso a España no fue para mezclarse con el pueblo, sino para reinar desde las alturas. En una década donde el cine español se volvía crudo y realista, ella se negó a bajar de su pedestal.
Exigía ser iluminada de una manera específica, usando medias de seda sobre los objetivos de las cámaras para difuminar cualquier imperfección, creando una imagen etérea que nada tenía que ver con las mujeres reales de la época. Para Sara, el paso del tiempo era un insulto que no estaba dispuesta a tolerar, y su obsesión por su propia imagen rozaba lo patológico.
Su trato con el personal y con la prensa era el de una aristócrata de otra época atrapada en un mundo moderno que le desagradaba. Se cuenta que en las entrevistas imponía condiciones leoninas, prohibido preguntar sobre su edad, prohibido sacarla de su perfil malo y prohibido tratarla de tú. Mientras otras actrices del destape se desnudaban y conectaban con la liberación de la mujer española, Sara las miraba con desdén, considerando que eso era vulgar y de clase baja.
Ella vivía rodeada de un séquito de aduladores cuya única función era reafirmar su grandeza y protegerla de cualquier contacto con la vulgaridad de la vida cotidiana. Sus joyas, sus puros y sus mansiones eran una barrera infranqueable entre ella y el público que la había encumbrado. La humildad era una palabra que no existía en su diccionario.
En los eventos sociales de la Jetset Marbellí o madrileña, Sara llegaba tarde sistemáticamente, esperando que todos se levantaran a su paso. Si alguien no le rendía la pleitesía adecuada, era borrado de su lista de existencias. Su negativa aceptar papeles de mujer madura o abuela en el cine de los 70 demostraba su incapacidad para aceptar la realidad humana.
Ella quería ser eternamente la joven seductora y cualquiera que intentara decirle lo contrario se enfrentaba a la ira de una diva que creía sinceramente que estaba hecha de una materia diferente al resto de los mortales. Su amor no era para el pueblo, sino para el espejo. Salvador Dali. Si la arrogancia tuviera un rostro humano, llevaría un bigote encerado y miraría al mundo con unos ojos desorbitados que parecían ver más allá de la realidad mediocre.
Salvador Dale, en la década de los 70 ya no era solo un pintor surrealista, se había convertido en un monstruo mediático devorado por su propio personaje, un ser que despreciaba profundamente la normalidad y a la gente común a quienes consideraba simples carteras con patas destinadas a financiar sus caprichos. Su apodo Avida Dollars, anagrama de su nombre creado por André Bretón, nunca fue tan acertado como en esos años.
Dalí no ocultaba su amor desmedido por el dinero, al contrario, se jactaba de ello en la televisión pública, riéndose en la cara de una España que trabajaba de sol a sol. Para él, el público no merecía respeto, sino que era una masa maleable a la que se podía vender cualquier cosa, incluso humo, siempre que llevara su firma estampada.
Su residencia en Portligat funcionaba como una corte real absolutista donde él era el rey sol y el resto. Simples bufones. Para acceder a su círculo íntimo, las personas debían someterse a pruebas humillantes y caprichos estéticos que rozaban lo grotesco. Se rodeaba de una fauna de personajes extravagantes, transexuales y modelos a los que utilizaba como meros objetos decorativos vivientes.
Dal disfrutaba incomodando a sus visitas, organizando cenas donde la comida se servía de formas imposibles o donde se burlaba abiertamente de la ignorancia artística de los millonarios que venían a comprar sus obras. No buscaba conexión humana, buscaba adoración incondicional y su misión. Cuentan que cuando salía a cenar con grupos grandes a los mejores restaurantes, a la hora de pagar, sacaba un cheque, hacía un dibujo rápido en el reverso y se lo entregaba al dueño, sabiendo que nadie en su sano juicio cobraría ese cheque porque el dibujo
valía 1000 veces más que la cena. Era su forma de decir que las reglas de los mortales no se aplicaban a él. El desprecio por la autenticidad y por sus propios compradores alcanzó más delirantes a finales de la década se destapó el escándalo de las láminas en blanco. Dal firmaba miles de hojas de papel vacías durante horas como una máquina para que luego otros imprimieran lo que quisieran encima y lo vendieran como obra original.
No le importaba el fraude ni el engaño al comprador final, ese ciudadano de a pie que ahorraba para tener un dalí en su salón. Solo le importaba que las pecetas siguieran fluyendo hacia sus arcas para mantener su estilo de vida faraónico en el hotel St. Regis de Nueva York o en su castillo de púbol.
Su actitud ante la prensa era igualmente despótica. Disfrutaba confundiendo a los periodistas con respuestas absurdas, hablando en un idioma inventado o simplemente ignorándolos mientras posaba con su bastón. Salvador Dalí vivió convencido de su divinidad, creyendo que su genialidad le daba derecho a pisotear la dignidad de cualquiera.
Murió en 1989, dejando un legado artístico innegable, pero también la imagen de un hombre que desde su pedestal de oro nunca bajó la vista para mirar a los ojos a la gente que lo hizo rico. Su vida fue la performance final de un ego que no cabía en este planeta. Rafael. Si hay alguien que definió el concepto de divismo faraónico en la música española, ese es el niño de Linares.
Rafael no era un cantante, era una religión monoteísta donde él era el único Dios verdadero. En la década de los 70 su éxito cruzó el océano y con cada disco de oro, su ego crecía hasta proporciones bíblicas. No hablaba de sí mismo como una persona normal. A menudo se refería a Rafael en tercera persona como si fuera una entidad superior separada del resto de los humanos que habitaban la Tierra.
Esta desconexión con la realidad lo llevó a creer que el público no iba a sus conciertos simplemente para divertirse, sino para rendirle pleitecía en una ceremonia sagrada donde él oficiaba de sumo sacerdote. Su comportamiento en los escenarios era el de un dictador de la emoción. Mientras otros artistas agradecían los aplausos con humildad, Rafael los exigía como un tributo obligatorio.
Era conocido por su tolerancia cero ante cualquier distracción humana. Si en medio de una de sus dramáticas baladas alguien tocía. Un bebé lloraba o un micrófono fallaba mínimamente, él era capaz de detener el espectáculo en seco. Fulminaba al culpable con una mirada de desprecio absoluto y regañaba a la audiencia masiva como si fueran niños maleducados que no sabían comportarse ante la realeza.
Para él, el público dejaba de ser respetable si no mantenía un silencio sepulcral ante su grandeza. No toleraba que la vida cotidiana interrumpiera su momento de gloria. Fuera de las tablas, la situación no mejoraba. Las entrevistas con Rafael eran monólogos teatrales donde la modestia brillaba por su ausencia. Se veía a sí mismo por encima del bien y del mal, ajeno a las modas y a los compañeros de profesión, a quienes a menudo miraba desde una cima inalcanzable.
No se mezclaba con la gente común en los bares o en las calles. Vivía blindado por un círculo de seguridad y asistentes que filtraban el mundo real para que no manchara su traje negro impoluto. En aquellos años 70, Rafael construyó un muro invisible entre él y el pueblo llano, convencido de que un artista de su talla no podía permitirse el lujo de ser cercano, porque la cercanía rompe el mito y él quería ser eterno, no humano.
Encarna Sánchez. Si el poder absoluto y el miedo tuvieran una voz en la España de la transición, esa sería inconfundiblemente la de Encarna Sánchez. A finales de los años 70 y durante toda la década siguiente, ella no fue simplemente una locutora de radio, fue una auténtica emperatriz de las ondas que gobernó la opinión pública con mano de hierro y un despotismo pocas veces visto.
Su arrogancia era una mezcla letal de autoridad moral y desprecio por la debilidad ajena. Encarna construyó su imperio presentándose como la defensora del pueblo llano, la voz de las amas de casa y de la gente sencilla. Pero la realidad que escondía tras las puertas cerradas de su estudio era la de una mujer que miraba a esa misma audiencia desde una altura inalcanzable, utilizándolos como simples herramientas para alimentar su ego colosal y su inmensa fortuna.
El trato que dispensaba a sus empleados y colaboradores rozaba la crueldad psicológica. En los pasillos de la emisora, el silencio se hacía espeso cuando ella llegaba. Todos sabían que un solo error, una mala mirada o un comentario inoportuno podían desencadenar una tormenta de gritos, humillaciones públicas y despidos fulminantes.
Se comportaba como una tirana feudal en pleno siglo XX, exigiendo una lealtad ciega y un sometimiento total. Mientras en antena impostaba un tono cercano y casi maternal, fuera del aire despreciaba profundamente la mediocridad y se rodeaba de un lujo excesivo en su mansión de la moraleja, un búnker dorado donde la realidad de la calle no tenía permiso para entrar.
Se creía intocable, una especie de deidad mediática con el poder de decidir quién vivía y quién moría socialmente en el mundo del espectáculo. Su soberbia la llevó a pensar que estaba por encima del bien y del mal, utilizando su micrófono como un arma para destruir a cualquiera que no le rindiera pleitecía, famosos, políticos y artistas temblaban ante su lengua afilada, sabiendo que Encarna no perdonaba y que su rencor era eterno.
No buscaba informar ni entretener, buscaba dominar. Esa desconexión con la humanidad la aisló progresivamente, rodeándose de una corte de interesados que solo buscaban su dinero. Al final, la mujer que decía hablar por el pueblo terminó sus días sola, devorada por su propia desconfianza y amargura, dejando el recuerdo de una estrella que brilló con fuerza, pero que nunca tuvo el coraje de bajar de su pedestal para mirar a los ojos a la gente que la hizo grande. Julio Iglesias.
Si existe un hombre que encarnó la fantasía del éxito inalcanzable y la desconexión total con la realidad del ciudadano medio, ese es Julio Iglesias. Durante la década de los 70, mientras España transitaba penosamente de una dictadura a una democracia llena de incertidumbres y crisis económicas, Julio decidió que el país se le había quedado pequeño.
No quería ser un cantante popular, quería ser una leyenda global, un aristócrata de la canción que miraba al mundo desde la ventanilla de su avión privado. Su arrogancia no era ruidosa ni violenta, era fría, calculadora y profundamente elitista. construyó un personaje de galán internacional, el Truhan y Señor, que vivía en un verano eterno de Yatz, mansiones en Miami y fiestas exclusivas donde la entrada estaba vetada para el 99% de los mortales.
Para Julio, la gente común eran los que compraban sus discos, pero no con los que él se mezclaba. Su obsesión por la imagen rozaba lo enfermizo y demostraba un ego colosal. Era conocido por su tiranía con los fotógrafos. Nadie podía retratarlo desde su perfil izquierdo. Y pobre de aquel periodista que osara publicar una imagen donde no saliera perfecto, bronceado y divino.
Controlaba cada aspecto de su entorno con una rigidez militar, exigiendo vinos de cosechas imposibles y sábanas de hilos específicos en los hoteles de cinco estrellas donde se alojaba. Trataba a las mujeres como trofeos de casa, alimentando el mito de las 3000 conquistas. una cifra que cierta o no, revelaba una visión deshumanizada de las relaciones donde las personas eran meros números para engordar su leyenda de macho alfa.
La decisión de mudarse a Florida a finales de los 70 fue el golpe definitivo de su soberbia. Mientras sus compatriotas luchaban por levantar el país, él se instaló en una burbuja de cristal en Indian Creek, la isla de los Millonarios, alejándose de los impuestos y de los problemas de la gente normal. Desde allí venía a España de visita como un rey que baja a saludar a sus súbditos, siempre rodeado de un séquito impenetrable que lo aislaba de cualquier contacto real.
Julio Iglesias no odiaba al pueblo, simplemente dejó de verlo. Para él, el mundo se dividía en dos. Él en la cima del Olimpo bebiendo champá y el resto allá abajo aplaudiendo su sombra dorada. Su vida se convirtió en una portada de revista inmaculada donde no había espacio para la suciedad, el dolor o la simpleza de la vida cotidiana. Camilo VI.
Si la perfección musical tuviera un nombre en los años 70, ese sería Camilo VI. Pero desgraciadamente esa búsqueda obsesiva de lo sublime lo llevó a despreciar profundamente la realidad imperfecta de los seres humanos que lo adoraban. Tras el éxito apoteósico de Jesucristo Superstar en el año 1975, Camilo dejó de pisar el suelo para levitar en una esfera de cristal inalcanzable.
No era solo timidez, era una altivez silenciosa. Se construyó una fortaleza en Torrelodones, un chalet museo lleno de antigüedades y obras de arte, donde él era la pieza más valiosa, aislándose deliberadamente de un mundo que consideraba vulgar y sucio. Para Camilo, el contacto físico con las masas se convirtió en una fobia.
Le aterraba que la gente corriente pudiera contagiarle no solo gérmenes, sino su mediocridad. Su comportamiento en las distancias cortas era el de un aristócrata extraviado en un tiempo equivocado. Viajaba con un séquito que impedía cualquier acercamiento no autorizado y sus exigencias en los hoteles rozaban la locura.
Sábanas de seda, vajillas específicas y una limpieza quirúrgica, como si el aire que respiraba el resto de los españoles fuera tóxico para sus cuerdas vocales divinas. Mientras sus baladas hablaban de amor y pasión desmedida, en su vida real levantaba muros de hielo. Miraba con desdén el envejecimiento y la fealdad, sometiéndose a retoques estéticos desde muy joven para no parecerse a esos rostros curtidos por el trabajo que llenaban sus conciertos.

Él quería ser un ángel eterno y los ángeles no se mezclan con el barro de la humanidad. Esa desconexión se hizo patente en su trato con la prensa, a la que castigaba con silencios largos o respuestas crípticas, sintiendo que nadie tenía el nivel intelectual o espiritual para comprender su arte. No vivía en España, vivía en Camilolandia, un universo paralelo donde solo existía su voz y su espejo.
A medida que avanzaba la década y llegaban los 80, su reclusión se volvió legendaria. No iba a fiestas, no se dejaba ver en los bares de moda de la movida. Él estaba por encima de esa frivolidad. Su arrogancia no era agresiva, era pasiva y dolorosa. Simplemente decidió que el mundo exterior no era lo suficientemente bueno para él y prefirió encerrarse con sus fantasmas de grandeza antes que compartir su vida con el pueblo que le había dado todo.
Murió siendo un mito, pero un mito que nunca permitió que nadie le tocara la mano de verdad. Francisco Umbral. Si la arrogancia intelectual tuviera una forma humana, vestiría con abrigo largo, gafas de pasta y una bufanda eterna que utilizaba como barrera entre su genialidad y la vulgaridad del resto de los mortales. Francisco Umbral no era un simple periodista o escritor durante la transición española.
era un dandy castizo que miraba a la sociedad desde una atalaya de desprecio absoluto. Para él, la España de los años 70 y 80 que intentaba sacudirse el polvo de la dictadura estaba llena de mediocridad y él se encargó de recordárselo a todo el mundo con una pluma tan brillante como venenosa.
No escribía para el pueblo, aunque el pueblo lo leía, escribía para demostrar que él estaba por encima de todos, cultivando un personaje antipático, borde y profundamente elitista, que consideraba que la amabilidad era un síntoma de debilidad mental. Su trato con la gente de a pie era legendario por su rudeza. Umbral no soportaba las interrupciones de los admiradores, a los que a menudo despachaba con frases cortantes o ignoraba deliberadamente, como si fueran moscas molestas zumbando alrededor de un león. En las tertulias literarias y en
las noches del café Jijón se comportaba como un emperador de las letras, rodeado de acólitos, pero manteniendo siempre una distancia higiénica. detestaba lo que él llamaba el paletismo español, esa falta de refinamiento que veía en todas partes, desde los políticos hasta los camareros.
Su misantropía no era un secreto, era su marca personal. Se jactaba de no tener paciencia para las tonterías de la vida cotidiana y de vivir consagrado únicamente a su yo literario, una entidad que él consideraba sagrada e intocable. Esa soberbia alcanzó cotas máximas en su relación con la prensa y la televisión. Mientras otros mataban por un minuto de gloria, Umbral acudía a los plató con aire de astío, dejando claro que estaba haciéndole un favor al programa y a la audiencia con su mera presencia.
Sus enfados monumentales cuando sentía que no se le estaba dando la importancia de vida a su obra son parte de la historia negra de la televisión. No toleraba que el foco se desviara de su persona ni un milímetro. Francisco Umbral vivió convencido de que estaba rodeado de ignorantes que no merecían su tiempo y murió sin bajar jamás la guardia, encerrado en su torre de marfil, escribiendo obras maestras con una mano y apartando a la humanidad con la otra.
Fue el gran snob de las letras españolas, el hombre que amaba las palabras, pero odiaba a la gente que las usaba. Luis Miguel Dominguín. Si el machismo y la altivez de la vieja guardia española tuvieran un rostro tallado en piedra, ese sería el de Luis Miguel Dominguín. En la década de los 70, aunque ya estaba retirado de los ruedos, su figura seguía proyectando una sombra alargada de superioridad sobre la vida social del país.
No era un simple torero. Se consideraba un dios pagano que había bajado a la tierra para dominar a las bestias y a los hombres por igual. Su ego era tan colosal que en una ocasión, tras una faena memorable, se autoproclamó el número uno, levantando el dedo índice al cielo, un gesto que definía perfectamente su filosofía vital.
Él estaba arriba y el resto de la humanidad estaba abajo aplaudiendo. Su desprecio por el pueblo llano no era ruidoso, sino estructural. se comportaba como un señor feudal, dueño de vidas y haciendas, mirando a la gente trabajadora como si fueran parte del decorado de su propia leyenda. Su trato con las mujeres y con la prensa en aquellos años de destape y cambio social fue el de un hombre que se negaba a aceptar que el mundo estaba cambiando.
Acostumbrado a seducir a estrellas de Hollywood como Aba Gardner, miraba a las mujeres españolas de la época con una condescendencia insultante, tratándolas como trofeos de casa que debían sentirse agradecidas por su atención. En las entrevistas, Dominguí no conversaba, dictaba sentencia.
Sus respuestas eran secas, cargadas de una ironía hiriente que buscaba dejar en ridículo al periodista de turno, demostrando que nadie tenía la altura intelectual o vital para cuestionarlo. Vivía en una burbuja de privilegios, rodeado de terratenientes y figuras del régimen anterior, blindado ante la realidad de una España que luchaba por la igualdad y que a él le parecía vulgar y ruidosa.
La humildad era un concepto que le provocaba alergia. Se cuenta que en las fiestas de la alta sociedad madrileña o en sus fincas de casa, trataba al servicio y a los subordinados con una frialdad que helaba la sangre, sin dignarse siquiera a aprender sus nombres. Para Luis Miguel existían dos tipos de personas, los elegidos, entre los que él era el líder indiscutible, y la masa anónima, cuya única función era admirar su estampa y callar.
murió en 1996, llevándose a la tumba la certeza absoluta de que estaba hecho de una pasta diferente a la del resto de los mortales, sin haber pedido perdón jamás por mirar al mundo siempre por encima del hombro. Fue el último gran soberbio de una época en la que ser famoso significaba ser intocable, Camilo José Cela.

Para cerrar este desfile de egos desmedidos, no podíamos dejar fuera a la cumbre de la arrogancia intelectual y la mala educación institucionalizada. Camilo José Sela, Premio Nobel de Literatura, no fue solo un escritor brillante, fue un personaje que hizo del desprecio al prójimo una forma de vida durante la transición española. En los años 70, ya convertido en una vaca sagrada de las letras, Cela miraba a la sociedad española con una mezcla de asco y superioridad que no se molestaba en ocultar.
Para él, el ciudadano medio era un ser intelectualmente inferior, parte de una masa ignorante que no merecía ni su tiempo ni su cortesía. Su actitud era la de un señor feudal que se ve obligado a convivir con la pleve y su respuesta ante cualquier interacción no deseada era el insulto, el grito o la grosería más absoluta.
Su comportamiento con la prensa y con los admiradores es material de leyenda negra. Camilo no tenía filtros. Si un periodista le hacía una pregunta que él consideraba estúpida, lo humillaba públicamente sin pestañar, utilizando un vocabulario so y agresivo que dejaba a todos paralizados. Se sentía intocable, protegido por su genio literario y por sus conexiones con las altas esferas del poder.
En las recepciones oficiales o en las cenas de gala se comportaba como un elefante en una cacharrería, jactándose de sus capacidades físicas más escatológicas o durmiéndose ostentosamente si la conversación le aburría, demostrando que las normas de educación básica no se aplicaban a una mente superior como la suya.
El dinero y el estatus eran sus verdaderos motores. A pesar de escribir sobre la España profunda y miserable en obras como La colmena, en su vida personal era un elitista consumado que adoraba el lujo y detestaba la pobreza. Se movía en Rolls-Royce, coleccionaba relojes caros y vivía obsesionado con cobrar hasta la última peseta por sus apariciones.
Su desdén por la vulgaridad del pueblo era irónico, dado que él mismo era el más vulgar de todos en sus formas. Pero esa era su prerrogativa de divo. Él podía ser grosero porque era un genio. Los demás, si lo eran, simplemente eran maleducados. Murió en 2002, rico y consagrado, pero recordado tanto por su pluma magistral como por ser un hombre que nunca tuvo una palabra amable para nadie que no fuera él mismo.
Fue el último gran tirano de la cultura, alguien que nos miró a todos por encima del hombro hasta el final de sus días. M.