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Fue compañero de clase de Carlo Acutis… y él le dijo 5 cosas de su futuro 3 días antes de morir

No le pegaba ni le robaba sus cosas. Mi crueldad era más sutil, más psicológica. Cuando Carlo hablaba en clase sobre algún tema relacionado con valores o ética, yo levantaba la mano y decía, “Pero, profesor, ¿no deberíamos basar nuestras opiniones en hechos y no en creencias religiosas?” Mirando directamente a Carlo, cuando él sacaba su Biblia en el recreo para leer durante los descansos, yo pasaba junto a él y decía en voz alta, “Increíble que en pleno siglo XXI todavía haya gente que cree en cuentos de hadas.” Una vez en la

clase de ciencias, cuando el profesor habló sobre la evolución, yo hice un comentario burlón. Espero que todos aquí entiendan que esto es un hecho científico, no una opinión que pueda rechazar por creencias personales. De nuevo, mirando a Carlo. Él nunca respondía con enojo. Nunca. Lo que más me frustraba de Carlo era su reacción ante mis burlas o mejor dicho, su falta de reacción.

Cada vez que yo decía algo cruel, cada vez que trataba de avergonzarlo frente a otros, él solo me miraba con esos ojos cafés tranquilos y sonreía. No era una sonrisa sarcástica ni condescendiente, era genuina, como siera lástima por mí. Un día, en mayo del 2006, lo confronté directamente. Fue durante el recreo. Carlos estaba en el patio del colegio, sentado bajo un árbol trabajando en su laptop.

Me acerqué con mis amigos. ¿Qué haces, Carlos? Le pregunté con tono burlón. trabajando en mi sitio web, respondió sin levantar la vista. Es sobre milagros eucarísticos. Mis amigos se rieron. Milagros, dije yo. Carlo, ¿de verdad crees en eso? En serio, ¿piensas que un pedazo de pan se convierte en el cuerpo de una persona que murió hace 2000 años? Finalmente levantó la vista, me miró directamente a los ojos y dijo algo que me dejó sin palabras por un momento.

Santiago, tú no crees porque tienes miedo. ¿Miedo de qué? Les peté miedo de cuentos de hadas, miedo de que sea verdad. Respondió con calma, porque si es verdad, entonces tendrías que cambiar tu vida y eso da miedo. Sus palabras me persiguieron durante días, pero yo las rechacé. No me dije a mí mismo. Él es el que tiene miedo.

Miedo de la muerte, miedo de la insignificancia. Por eso necesita creer en un Dios imaginario. Pero entonces llegó agosto del 2006 y todo cambió. Las vacaciones de verano comenzaron en junio. Yo me fui con mi familia a España, a la casa de verano que teníamos en la Costa Brava. Pasé julio y agosto nadando en el Mediterráneo, saliendo con amigos, olvidándome completamente del colegio y de Carlo.

Cuando regresamos a Milán, a finales de agosto, mi mamá me compró todo el material escolar nuevo. Estaba emocionado por comenzar el tercer año de Eliseo. Teníamos 15 años, ya nos sentíamos casi adultos. El primer día de clases fue el 4 de septiembre del 2006. Llegué al salón con mis amigos hablando sobre el último videojuego de FIFA que habíamos jugado durante el verano.

Pero cuando entré al aula noté que algo era diferente. El escritorio de Carlo estaba vacío. ¿Dónde está el fanático? Preguntó uno de mis amigos en voz alta refiriéndose a Carlo. Nadie respondió. La profesora de literatura italiana, la señora Rosini, entró al salón con una expresión seria. Buenos días, Ragazzi”, nos dijo.

Antes de comenzar la clase tengo que darles una noticia sobre su compañero Carlo Acutis. Mi corazón comenzó a latir más rápido. No sabía por qué, pero algo en el tono de voz de la profesora me puso nervioso. “Carlo ha sido diagnosticado con leucemia”, dijo la señora Rosini con voz suave pero clara. Leucemia mieloide aguda tipo M3.

Está hospitalizado en el Hospital San Gerardo de Monza. La familia ha pedido privacidad, pero quieren que sus compañeros sepan que Carlos los tiene en sus oraciones. El salón se quedó en silencio absoluto. Yo sentí algo extraño en mi estómago. ¿Culpa, miedo? No estaba seguro. Uno de los amigos cercanos de Carlo, un chico llamado Mateo, levantó la mano con lágrimas en los ojos.

¿Cuál es el pronóstico, profesora? La señora Rosini vaciló antes de responder. Los médicos están haciendo todo lo posible, pero es una forma agresiva de leucemia. Carlo y su familia tienen fe en que Dios tiene un plan. Tan pronto como dijo eso, escuché a uno de mis amigos murmurar, claro, siempre con lo mismo de Dios.

Y yo, siendo el idiota insensible que era, dije en voz apenas audible, pero suficientemente alta para que algunos escucharan. ¿Y dónde está su Dios ahora? Varios estudiantes voltearon a verme con expresiones de shock y desaprobación. La profesora me fulminó con la mirada. Señor Reyes, a mi oficina ahora, pero el daño estaba hecho.

La profesora me dio una advertencia severa ese día. Me dijo que mi comentario había sido cruel e inapropiado, que sin importar mis creencias personales, debía tener respeto por un compañero que estaba luchando por su vida. Yo asentí”, murmuré una disculpa, pero por dentro seguía pensando lo mismo. “Si su Dios existiera, ¿por qué permitiría que un chico de 15 años, que supuestamente lo amaba tanto, se enfermara de cáncer? Para mí era otra prueba más de que la religión era una mentira.

Durante las siguientes semanas, el salón se sentía vacío sin Carlo. Su escritorio permanecía allí como un recordatorio silencioso. Algunos de sus amigos católicos organizaron una cadena de oración. Colocaron una foto de Carlo en un pequeño altar improvisado en el pasillo del colegio con velas y mensajes de, “Regresa pronto, Carlo.

” Yo pasaba junto a ese altar todos los días y no sentía nada, o al menos eso me decía a mí mismo. Pero la verdad es que algo había cambiado en mí. Cada noche, cuando me acostaba en mi cama, pensaba en Carlo. Pensaba en todas las veces que me había burlado de él. Pensaba en su sonrisa tranquila, en su respuesta amable, incluso cuando yo era cruel.

Y por primera vez en mi vida me pregunté, “¿Y si yo estoy equivocado?” Ese pensamiento me aterrorizaba, porque si yo estaba equivocado sobre Dios, entonces estaba equivocado sobre todo. Toda mi identidad se basaba en ser el chico racional, el escéptico, el que no se dejaba engañar por supersticiones. Si Dios existía, entonces mi papá estaba equivocado, mi mamá estaba equivocada, yo estaba equivocado y eso era inaceptable, así que lo rechacé.

“Dable mis esfuerzos en leer libros de ateos famosos.” Leí El espejismo de Dios de Richard Dawkins. Leí Dios no es bueno de Christopher Hitchens. Leí todo lo que podía encontrar que confirmara mis creencias. Pero las dudas no desaparecían, especialmente cuando mis compañeros comenzaron a compartir noticias sobre Carlo.

“Mi mamá habló con la mamá de Carl”, dijo Mateo un día en octubre. Dice que Carlo está sufriendo mucho con la quimioterapia, pero que nunca se queja, que sigue orando por todos nosotros, que incluso desde el hospital sigue trabajando en su sitio web de milagros. Otro compañero agregó, “Mi hermana es voluntaria en el hospital.” Dice que las enfermeras están asombradas porque Carlos siempre está sonriendo, siempre preguntándoles cómo están ellas, si puede orar por sus familias.

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