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Cuestioné a mi pastor por qué hay miles de iglesias evangélicas y su excusa fue mi adiós.

 No pide que sus discípulos sean famosos o exitosos. pide que sean uno, para que todos sean uno, así como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Leí eso y me quedé [música] quieto, porque afuera de mi ventana, en ese mismo barrio, había por lo menos 20 grupos cristianos diferentes. 20. Y eso solo en mi zona, [música] cada uno con su nombre, su pastor, su interpretación, su forma de bautizar, su forma de celebrar la cena, su visión del fin del mundo, sus reglas sobre lo que se puede [música] o no se puede hacer como cristiano. Algunos se

toleraban, otros se ignoraban y algunos, francamente se miraban con desconfianza. [música] Y todos, absolutamente todos, decían que seguían la misma Biblia. Esa tarde no pude terminar mis apuntes. Me quedé mirando ese versículo durante mucho tiempo para que todos sean uno. Y pensé, uno como uno dónde, uno cuándo.

Porque lo que yo veía todos los días no era unidad, era fragmentación. Era cada grupo reinventando el cristianismo a su manera, con la Biblia en la mano [música] y la certeza absoluta de que ellos sí lo habían entendido bien. Y eso no cuadraba, no cuadraba con esa oración de Jesús, no cuadraba con nada.

 Guardé mis apuntes y decidí que al día siguiente le haría esa pregunta al pastor, no para confrontarlo, no para crear problema, sino porque genuinamente necesitaba entender. Yo enseñaba la Biblia, yo no podía enseñar algo que yo mismo no entendía. [música] El pastor era un hombre bueno. Eso quiero dejarlo claro desde el principio.

Era un hombre que amaba a Dios, que servía a su comunidad, que visitaba a los enfermos y consolaba a los que lloraban. No tengo nada malo que decir de él como persona. Lo respeto y precisamente por eso lo que pasó al día siguiente me afectó tanto. Le pregunté con respeto, [música] le dije, “Pastor, estoy preparando la clase sobre Juan 17:21 [música] y me quedo pensando, si la unidad es un mandato de Cristo, ¿por qué nosotros estamos divididos [música] en miles de grupos y la Iglesia Católica lleva 2000 años siendo una, visible,

continua, sin interrupciones?” Él me miró, sonríó con esa sonrisa tranquila que tenía para todo y me respondió algo que yo guardé en mi memoria, palabra por palabra. [música] Me dijo, “Samuel, la unidad evangélica es espiritual, es invisible. Los católicos se unen en una institución, pero perdieron la libertad del espíritu.

Lo que Dios mira es el corazón, no la estructura. Y eso fue todo. Yo asentí, le di las gracias, me fui a casa, pero algo dentro de mí no quedó en paz, no porque él fuera mala persona, [música] sino porque esa respuesta, por más sincera que fuera, no respondía mi pregunta. La esquivaba. Ponía un nombre bonito a algo que yo no podía dejar de ver como un problema real.

 Si la unidad es invisible, ¿por qué Jesús la pidió como algo que el mundo pudiera ver? Él [música] dijo literalmente, “Para que el mundo crea que tú me enviaste.” Es decir, la unidad tenía que ser visible, tenía que poder ser reconocida, tenía que decirle algo al mundo que miraba desde afuera, una unidad [música] que nadie puede ver, no le dice nada a nadie. Y ahí empezó todo.

Volví a casa y abrí un cuaderno, uno de esos cuadernos espirales baratos que uno [música] compra sin pensar. y empecé a escribir no teorías, no teología, solo hechos, [música] hechos concretos sobre la historia de mi propia congregación en los últimos 10 años. Lo que escribí esa noche me sacudió más de lo que esperaba.

 En 10 años, mi iglesia había cambiado de nombre tres veces. Había tenido dos divisiones internas [música] por motivos que, mirándolos desde afuera, eran secundarios. Un grupo se fue porque no estaba de acuerdo con el estilo de adoración. Otro grupo se separó por una diferencia de interpretación sobre los dones del Espíritu.

 Y en cada caso los que se iban decían lo mismo. Nosotros seguimos la Biblia. Los que se quedan se alejaron de la verdad. ¿Cuál verdad? Eso era lo que yo no podía entender. Si todos tienen la misma Biblia, si todos oran al mismo Dios, si todos dicen seguir a Cristo, ¿por qué la historia de cada comunidad es tan diferente? ¿Por qué lo que es verdad es error allá? ¿Por qué el bautismo que salva en este grupo no salva en el otro? ¿Por qué la cena es simbólica para unos [música] y literal para otros? Yo había crecido creyendo que bastaba con leer la Biblia honestamente para

encontrar la verdad. Pero lo que la historia me mostraba [música] era que miles y miles de personas, todas leyendo la misma Biblia, honestamente, llegaban a conclusiones completamente opuestas. Eso no podía ser un problema de corazón, era un problema de método. Y por primera vez en mi vida me permití dudar de ese método.

Esa fue la noche en que algo cambió [música] en mí. No de manera dramática, no fue un sueño ni una visión, fue simplemente esto, el momento [música] en que un hombre honesto deja de defender lo que cree y empieza a preguntarse si lo que cree es verdad. Eso me costó el sueño esa noche. Me levanté a las 3 de la mañana, caminé por la sala oscura de mi casa y le hablé a Dios con una honestidad que hacía mucho tiempo no le tenía.

 Le dije, “Señor, no sé qué estoy buscando, pero si hay algo que me estás queriendo mostrar, [música] no me lo escondas, aunque me cueste.” No hubo respuesta inmediata, [música] no hubo voz ni señal, solo silencio. Pero ese silencio se sintió diferente, se sintió como el comienzo de algo. Y yo tenía razón porque lo que vino después cambiaría cada parte de mi vida.

 Mi [música] identidad, mi comunidad, mi forma de leer la Biblia. Mi forma de entender a Cristo, mi forma de entender a la iglesia, todo. Pero esa noche todavía no lo sabía. Esa noche solo era un maestro de escuela dominical con un cuaderno barato, una pregunta sin respuesta y el presentimiento extraño de que estaba a punto de encontrar algo que nunca había buscado.

 Nadie me avisó que buscar la verdad de esa manera tiene un precio. Nadie me dijo que hay respuestas que no te liberan de inmediato, que primero te desorientan, que primero te hacen sentir que el suelo se mueve bajo tus pies, que primero te quitan cosas antes de darte otras. Pero también nadie me dijo que al final lo que se encuentra vale cada momento de incertidumbre.

Eso lo entendí mucho después. Por ahora solo había una pregunta y una respuesta que no me bastó y un camino que todavía no sabía que iba a recorrer. El cuaderno seguía sobre la mesa cuando me desperté al día siguiente. Lo miré desde lejos, como si tuviera miedo de abrirlo, porque la noche anterior había escrito cosas que no podía desescribir.

 Hechos, fechas, nombres, la historia real de una comunidad que yo amaba. y que [música] vista en papel contaba una historia diferente a la que yo siempre me había repetido. Me serví un café, me senté y lo abrí. Releí todo lo que había anotado, las tres veces que cambiamos de nombre, [música] las dos divisiones, los grupos que se fueron, las razones que cada uno dio y debajo de todo eso, una pregunta que yo mismo había escrito con letra grande al final de la página, como si mi mano la hubiera puesto ahí sin pedirme permiso. Si todos tienen el

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