El año 2010 quedó grabado a fuego en la memoria colectiva de millones de personas. Si se hace la pregunta de dónde estaba cada uno el 11 de julio de aquel año, la inmensa mayoría sabrá responder con precisión milimétrica. Aquel verano, bajo el sonido incesante y ensordecedor de las vuvuzelas que resonaban en las gradas de Sudáfrica, y con el ritmo global marcado por Shakira, la selección española de fútbol completó la mayor obra de arte de su historia deportiva. Bajo la dirección del salmantino Vicente del Bosque, un grupo de futbolistas excepcionales no solo grabó la primera estrella en el pecho de la camiseta nacional, sino que redefinió la forma de entender y jugar al fútbol a nivel planetario.
Mantener el nivel de excelencia parecía una tarea casi imposible. Dos años antes, el equipo entonces dirigido por Luis Aragonés había conquistado la Eurocopa de 2008 desplegando un juego de toque y precisión que maravilló al continente. En el Mundial de 2010, con treinta y dos selecciones hambrientas de gloria persiguiendo el trofeo dorado, España cargaba con el cartel de favorita, una presión asfixiante que no tardó en pasar factura en el debut del torneo.
El estreno en la fase de grupos supuso un jarro de agua fría y un duro golpe de realidad. El partido contra Suiza se presentaba como un trámite asequible, pero el destino tenía preparado un guion cargado de suspense. A pesar del dominio absoluto del balón y de generar
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numerosas ocasiones de peligro, un gol de rebote del conjunto helvético sentenció el encuentro con un doloroso cero a uno. Las dudas aparecieron de inmediato en la prensa y en la afición. La sombra del fracaso histórico volvía a planear sobre el equipo, y la aventura sudafricana amenazaba con terminar antes de tiempo si no se producía una reacción inmediata y contundente.
Fue en ese momento de máxima tensión cuando emergieron las grandes figuras del vestuario para exhibir su calidad y templanza. El siguiente compromiso ante Honduras requería magia y efectividad. David “El Guaje” Villa asumió la responsabilidad con una jugada magistral repleta de cintura y potencia que abrió el marcador. El propio delantero asturiano se encargó de firmar el dos a cero definitivo, celebrando con un gesto torero que devolvía la confianza a todo un país. Quedaba sellar el pase a la siguiente fase frente a una rocosa selección de Chile. En ese encuentro, la lucidez y la sencillez de Andrés Iniesta relucieron con la nitidez de una pantalla de alta definición. El genio de Fuentealbilla colocó un pase ajustado a la red con una elegancia suprema. Aunque el conjunto chileno recortó distancias firmando el dos a uno, España sumó los tres puntos vitales para superar el bache y clasificarse como líder del competido Grupo H.
Los octavos de final emparejaron a España con la vecina Portugal, que contaba en sus filas con un Cristiano Ronaldo en la plenitud de su carrera. El duelo ibérico fue una batalla táctica de una igualdad tremenda, con ocasiones claras para ambos bandos. Del Bosque movió el banquillo con acierto introduciendo a Fernando Llorente, cuya presencia física y juego de espaldas potenció notablemente el ataque español. Sin embargo, el destino del partido volvió a estar en las botas del goleador del torneo. Tras dos intentos consecutivos que detuvo el guardameta luso, David Villa cazó el rechace para mandar el balón al fondo de la red. El uno a cero definitivo catapultó al equipo a la ronda de cuartos de final.
Históricamente, los cuartos de final representaban la gran maldición del fútbol español, una barrera psicológica e histórica que parecía insuperable. El rival para romper el maleficio fue Paraguay, en un partido que se transformó en un drama absoluto no apto para cardíacos. La segunda mitad del encuentro concentró una cantidad de emociones difícil de procesar. Un penalti en contra amenazó con destruir el sueño, pero emergió la figura monumental de Iker Casillas para detener el lanzamiento y mantener con vida a la selección. Instantes después, la locura se apoderó del estadio cuando el árbitro señaló un penalti a favor de España. Xabi Alonso convirtió el disparo, pero el colegiado ordenó repetirlo por invasión de área; en el segundo intento, el centrocampista vasco erró el tiro. El sufrimiento era extremo, hasta que una jugada iniciada por Iniesta terminó en las botas de Pedro, cuyo disparo se estrelló en el poste izquierdo. El rechace cayó en el lugar idóneo: David Villa recogió el esférico y su remate, tras golpear de manera agónica en ambos postes, terminó entrando en la portería. Otro uno a cero que rompía la maldición histórica.
Las semifinales depararon un enfrentamiento de época ante la poderosa Alemania. El conjunto germano llegaba lanzado, pero España completó el partido más serio e impecable del campeonato desde el punto de vista táctico. El balón fue propiedad exclusiva del centro del campo español, aunque el marcador se mantenía congelado y estancado en el empate a cero. La llave del encuentro llegó desde la pizarra estratégica. Xavi Hernández ejecutó un saque de esquina perfecto, medido y con música. Desde atrás, con una potencia descomunal y un salto que desafió a la gravedad, voló Carles Puyol para conectar un cabezazo memorable que rompió la red alemana. El delirio fue total. España, por primera vez en toda su historia, se clasificaba para la gran final de una Copa del Mundo.
El 11 de julio de 2010, Holanda esperaba en el estadio Soccer City de Johannesburgo. Dos estilos contrapuestos frente a frente por el trono del fútbol mundial. El partido fue de una dureza extrema, una batalla física e incómoda donde cada balón se disputaba como si fuera el último. Toda España permanecía en vilo, unida frente a los televisores en calles, plazas y hogares, conteniendo el aliento con cada aproximación rival. El momento cumbre de la angustia llegó cuando Arjen Robben encaró completamente solo a Iker Casillas en un mano a mano que parecía definitivo. En una fracción de segundo que duró una eternidad, el capitán de la selección española se estiró hacia el lado contrario, sacando la bota derecha en un acto de reflejo puro para desviar el balón al córner. Una parada milagrosa que valía un campeonato.
Sin goles en los noventa minutos, la final se adentró en la prórroga. El cansancio extremo y el miedo a la lotería de los penaltis agarrotaban los músculos de los veintidós futbolistas. Cuando solo restaban cuatro minutos para el final del tiempo suplementario, Jesús Navas inició una carrera eléctrica, el balón pasó por Fernando Torres, derivó en un rechace que controló Cesc Fàbregas y este habilitó a Andrés Iniesta. El centrocampista controló el esférico dentro del área, dejándolo botar lo justo para conectar una volea cruzada e inapelable que superó la estirada del guardameta Stekelenburg.
Aquel gol no solo rompió las mallas de la portería, sino que desató la mayor ola de euforia colectiva jamás vista en el país. España entera se convirtió en una fiesta interminable. Las celebraciones posteriores dejaron imágenes icónicas que forman parte de la cultura popular: Pepe Reina liderando el micrófono como el camarero oficial de la plantilla, la felicidad desbordante de un vestuario unido y el espontáneo beso de Iker Casillas a la periodista Sara Carbonero en plena entrevista en directo. El Mundial de 2010 fue, en definitiva, una obra maestra inolvidable, el momento cumbre de una generación irrepetible que demostró al planeta que el fútbol también se puede ganar jugando con el corazón y buscando la belleza en cada pase.