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Un pastor rompió una imagen de la Virgen… ¡y lo que pasó después hizo llorar a todos!

 

Pero a Samuel ese gesto le parecía inútil. Desde niño veía a su madre llorar frente a aquella imagen y sentía una mezcla de enojo e impotencia. Cuando cumplió 12 años, un vecino llamado pastor Iván lo invitó a asistir a la iglesia evangélica. Allí encontró algo que no había sentido en casa, un grupo de jóvenes que lo trataban como a un hermano, un sentido de pertenencia que lo abrazó con fuerza.

Pronto empezó a asistir cada semana a leer la Biblia bajo la interpretación estricta de la congregación y a absorber, casi sin darse cuenta, la desconfianza hacia todo lo que fuera católico, especialmente hacia la Virgen María. La relación con su madre comenzó a deteriorarse. Doña Teresa, aunque sufría por verlo alejarse de la fe en la que ella lo había criado, jamás dejó de rezar por él.

 Pero Samuel interpretaba esos rezos como una ofensa personal. Perder el tiempo con estatuas no te va a traer de vuelta. A papá le había dicho más de una vez provocando lágrimas silenciosas en la mujer. Con los años Samuel se convirtió en un orador apasionado. A los 25 ya era pastor evangélico y su misión, según él mismo afirmaba, era liberar a la gente de la idolatría.

Su discurso estaba cargado de citas bíblicas y advertencias contra lo que consideraba engaños de Roma. No se limitaba a predicar dentro de su iglesia. organizaba charlas en la plaza, repartía folletos en las ferias y aprovechaba cualquier oportunidad para señalar lo que él veía como errores de la fe católica.

Su momento más recordado y más polémico ocurrió una Semana Santa cuando frente a decenas de personas rompió una pequeña imagen de la Virgen María que había sido colocada en un altar callejero. Lo hizo con un martillo mientras citaba versículos y acusaba a los presentes de adorar a dioses falsos. El eco de ese acto se extendió por todo el pueblo.

 Para algunos fue un acto de valentía, para otros una blasfemia imperdonable. A pesar de la tensión que generaba Samuel, estaba convencido de que hacía lo correcto. Sus feligreses lo admiraban por su determinación y su capacidad de enfrentarse a la tradición dominante del pueblo. Incluso llegó a ser invitado a conferencias en otras ciudades donde repetía su discurso con la misma vehemencia.

 Pero lo que nadie sabía era que detrás de esa imagen de seguridad y firmeza había un hombre marcado por heridas profundas. Samuel llevaba en el fondo un resentimiento contra Dios por haber permitido la muerte de su padre y en su mente había asociado a la Virgen María con ese dolor. No lo decía en voz alta, pero cada vez que veía una imagen de ella, sentía que las lágrimas de su madre, las noches de hambre y el vacío en su casa, se agolpaban en su pecho como una espina.

La relación con su hermano menor también se enfrió. Mientras Samuel crecía en su ministerio, su hermano tomó un camino distinto, migrando a la capital y alejándose de las disputas religiosas del pueblo. Con el tiempo, apenas se hablaban, Samuel se quedó solo con su madre, pero las conversaciones eran cada vez más tensas y cortas.

Doña Teresa no discutía, simplemente encendía sus velas y murmuraba oraciones por su hijo. A nivel económico, la vida de Samuel tampoco era holgada. Vivía modestamente en una pequeña casa anexa al templo. Dependía en gran parte de las donaciones de la congregación. Y aunque tenía cierta influencia en la comunidad evangélica, su entorno seguía marcado por la pobreza y las carencias.

Aún así, en su interior, él se sentía un guerrero de la fe. Creía que su vida estaba destinada a luchar contra lo que consideraba supersticiones y falsos cultos. Cada vez que alguien mencionaba a la Virgen, él respondía con ironías o con largos discursos, convencido de que estaba salvando almas.

 Lo que Samuel no imaginaba era que aquella figura a la que tanto despreciaba sería un día la única que se interpondría entre él y la muerte. Los años pasaban y Samuel Ortega se afianzaba como una figura influyente dentro de su congregación evangélica. Su voz ya no solo resonaba entre las paredes de su templo, sino que se extendía a través de reuniones comunitarias, debates públicos y programas radiales locales.

Muchos lo escuchaban por respeto, otros por curiosidad y no pocos por el morvo de ver cómo se enfrentaba sin miedo a las tradiciones católicas que dominaban el pueblo. Santa Rosa del Norte no era un lugar grande, pero sí estaba profundamente dividido. Por un lado, la parroquia de San Miguel Arcángel reunía a la mayoría de los fieles católicos con sus misas llenas en Navidad y Semana Santa y procesiones donde la imagen de la Virgen María recorría las calles empedradas entre cantos y flores.

Por otro lado, el templo evangélico donde Samuel predicaba se convertía en un bastión para quienes desconfiaban de esas manifestaciones, viéndolas como prácticas alejadas de la verdadera fe. Cada festividad religiosa se transformaba en un campo de tensión. Bastaba que el párroco organizara una procesión para que Samuel en su sermón del domingo advirtiera sobre la idolatría y los peligros de adorar a la criatura en vez del creador.

Sus palabras cargadas de citas bíblicas y ejemplos dramáticos encontraban eco en sus seguidores, que veían en él un líder dispuesto a desafiar la corriente principal. La rivalidad alcanzó su punto más alto en un episodio que todos en el pueblo recordaban. Era el mes de mayo y los católicos celebraban el mes dedicado a la Virgen.

 Frente a la plaza, un pequeño altar callejero había sido adornado con flores blancas y velas encendidas. Durante su prédica al aire libre, Samuel se detuvo frente a ese altar y con voz firme declaró, “Esto no es fe, esto es idolatría. Y el pueblo de Dios debe apartarse de estas prácticas. Con un gesto brusco retiró una de las velas y apartó algunas flores.

Aunque no llegó a destruir la imagen, el acto fue suficiente para que varios presentes lo acusaran de faltar al respeto. Entre la multitud, su propia madre observaba en silencio, con los ojos humedecidos, pero sin pronunciar palabra. Aquella noche en su casa, doña Teresa encendió más velas de lo habitual y rezó más tiempo que nunca.

 La tensión no era solo religiosa, también tenía tintes sociales. Las familias se dividían, las amistades se enfriaban y los eventos comunitarios quedaban marcados por miradas de desconfianza. Incluso en el mercado las conversaciones se cargaban de indirectas. Un vendedor al ver pasar a Samuel murmuraba: “Ahí va el que se cree más santo que todos.

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