Posted in

LUPE PINTOR : CONFESÓ LA TRAGEDIA QUE VIVE , ES MUY TRISTE  s

LUPE PINTOR : CONFESÓ LA TRAGEDIA QUE VIVE , ES MUY TRISTE  s

Todo México conoce a Lupe Pintor. Nadie conoce lo que pasa cuando cierra los ojos. Al final de este documental vas a entender algo que nadie te dijo. El hombre al que Lupe Pintor mató en el ring lleva 44 años apareciendo en sus sueños. No como víctima, como ángel guardián. Y eso cambia todo lo que creías saber de esta historia.

Revisé cuatro décadas de archivos y el libro que el propio Lupe escribió para traerte esto. Lo que está en juego no es un campeonato. Es la pregunta más pesada que puede cargar un ser humano. ¿Puede un hombre vivir en paz con lo que hicieron sus manos? 44 años. Lupe Pintor todavía no tiene la respuesta completa.

Todo el mundo sabe que Lupe mató a Johnny Owen en el ring, pero nadie te contó lo que hizo la familia después. No lo demandaron, no lo odiaron. Lo llamaron desde Gales. Lo invitaron a cruzar el océano y lo abrazaron frente a la estatua de su hijo muerto. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nadie te contó.

 Primera, lo que pasó en el ring la noche del 19 de septiembre de 1980. Round por round, golpe por golpe y lo que Lupe sintió cuando levantó los brazos y miró al suelo. Segunda, lo que pasó en los 46 días que Johnny Owen luchó por su vida, lo que Lupe hacía cada mañana, lo que no podía comer, lo que no podía dormir.

 Tercera, la llamada que llegó desde Gales. lo que dijo la familia de Owen, lo que Lupe respondió y el viaje que ningún campeón del mundo había hecho antes. Y la cuarta, el sueño que se repite desde hace 44 años. Un cerro, un hombre perdido y Johnny Owen jalándolo de la mano y mostrándole el camino.

 Si te vas antes del final, te pierdes esto. Lupe Pintor dice que Johnny Owen es uno de sus ángeles guardianes, el hombre que mató, su ángel. Eso es lo que este documental viene a explicar. Cuajimalpa, Ciudad de México, 1955, las afueras de la capital. Casas de blog sin acabar, calles sin pavimento, familias que comían lo que alcanzaba. José Guadalupe, pintor Guzmán, nació ahí el 13 de abril, el grillo de Cuajimalpa.

Aunque todavía nadie lo sabía, su padre era un hombre violento, no había otra manera de decirlo. Violento con la madre, violento con los hijos, violento con todo lo que se moviera dentro de esa casa. Lupe aguantó hasta los 12 años. Un día su padre lo golpeó de una manera que fue diferente. No fue más fuerte que las otras veces, fue diferente.

Lupe recogió lo poco que tenía, salió por la puerta y no volvió. 12 años solo en las calles de la Ciudad de México. Esas calles no tienen piedad con los niños solos. Pero las calles también enseñan cosas que ninguna escuela enseña. Enseñan a leer a las personas antes de que abran la boca. Enseñan a calcular distancias y reacciones.

Enseñan cuándo atacar y cuándo correr. Todo eso que las calles le enseñaron a Lupe Pintor acabó siendo años después exactamente lo que necesita un boxeador para sobrevivir en un ring. Pero eso todavía estaba lejos. Primero había que comer. Lupe fue bolero, limpió parabrisas, cargó cosas en el mercado, hizo lo que había que hacer.

Y un día alguien lo llevó a un gimnasio. No era un gimnasio de lujo, era un cuarto con costales colgados y un ring improvisado. Olía a sudor viejo y cuero. Lupe entró, miró el ring y algo dentro de él reconoció ese lugar. No el lugar físico, el concepto, un espacio donde las reglas son claras, donde el que gana lo gana con sus manos, donde nadie puede entrar a golpearte por sorpresa desde atrás.

Las calles no tienen reglas, el ring sí. Para un niño que había crecido con la violencia sin reglas de su padre, eso importaba. Empezó a entrenar. No tenía dinero para guantes propios al principio, prestados. viejos, rotos, no importaba. Lo que importaba era que cada vez que entraba al ring era él contra el otro, nada más.

Sin padres, sin pobreza, sin calles, solo él y lo que sabía hacer. Debutó como profesional en 1974. Tenía 19 años. En los 5 años que siguieron, construyó algo sólido, no espectacular, sólido. Perdió algunas peleas, las procesó, volvió al gimnasio, mejoró. Así funciona el boxeo de verdad, no el que venden las promociones, el de verdad.

Para 1978 tenía récord suficiente para pedir una oportunidad de campeonato mundial y la oportunidad llegó frente a Carlos Sarate. Carlos Sarate. Hay que entender quién era ese hombre para entender lo que significó lo que pasó. Sarate era de Tepito, el barrio más bravo de la Ciudad de México. Boxeador desde niño, campeón mundial desde 1976, récord de 54 victorias, solo una derrota.

51 knockouts. El hombre que golpeaba como si quisiera atravesar al rival. El favorito de México, el favorito de Las Vegas, el favorito de todo el mundo que sabía de boxeo y del otro lado, Lupe Pintor, el grillo de Cuajimalpa, el que nadie esperaba que ganara. 3 de junio de 1979, Keisar Palace, Las Vegas.

 Sarate cayó en el cuarto round, se levantó, siguió peleando. Lupe aguantó. respondió, no se rindió. 15 rounds, decisión dividida. Los jueces levantaron la mano de Lupe Pintor, el niño que huyó de su padre a los 12 años, el que limpió parabrisas en las calles de la capital, el que entrenó con guantes prestados, campeón mundial.

Pero hay algo que nadie recuerda de esa noche. Lupe no celebró de la manera que celebran los campeones en las películas. Un periodista le preguntó cómo se sentía. Lupe lo miró y dijo algo que sorprendió. Bien, pero mañana tengo que volver al gimnasio. El periodista se rió. Pensó que era humildad de campeón. No era humildad.

Era la verdad de un hombre que entendía que el título era solo el principio, que alguien ya estaba entrenando para quitárselo, que siempre hay alguien entrenando para quitártelo. Pero hay algo que nadie te cuenta de esa noche de Sárate. La pelea de 1979 no fue solo el inicio del campeonato de Lupe, fue el inicio del fin de Carlos Sarate y eso también pesa.

Read More