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Alejandra Guzmán: Lo que le Hizo a Thalía cuando Nadie Miraba… y el Rencor que Sobrevivió  s

Alejandra Guzmán: Lo que le Hizo a Thalía cuando Nadie Miraba… y el Rencor que Sobrevivió  s

3 de marzo de 1990, Ciudad de México. Talía firmó los papeles del contrato con Fonovisa a las 11 de la mañana en una oficina del piso 14 de un edificio en Polanco. Tenía 18 años recién cumplidos y llevaba ocho dentro de Timbiriche. Afuera, el tráfico de reforma sonaba como siempre, como ruido de fondo de una ciudad que nunca para.

 La chica que había entrado al grupo siendo una niña de 10 años salía de ese edificio convertida en solista, lista para entrar al mercado que nadie le había prometido que la recibiría bien. A 30 cuadras de ahí, en los estudios de grabación de Emy sobre Insurgentes, Alejandra Guzmán escuchaba en Playback las mezclas de lo que sería su tercer álbum.

 Llevaba dos años como solista y la industria ya la medía diferente, no porque tuviera el apellido, aunque el apellido pesaba, sino porque cada vez que subía a un escenario ocurría algo que la gente en primera fila podía sentir en el pecho. Alejandra Guzmán tenía 22 años y ya era la mujer que mandaba en el rock mexicano.

 Ese mismo día, sin saberlo, las dos mujeres que dominarían la siguiente década de la música popular en México acababan de quedar en el mismo carril. Lo que el público vería durante los siguientes años era dos reinas sin competencia directa. La prensa la separaba con comodidad. Alejandra en el rock, Talía en el pop. Dos géneros, dos públicos, dos reinados paralelos que supuestamente no necesitaban tocarse.

Esa era la narrativa oficial. La repetían los conductores de televisión, la sostenían los directores de las disqueras y ambas la confirmaban en entrevistas con sonrisas entrenadas. Era una versión cómoda para todos, pero dentro de la industria, los que estaban en las salas de juntas y en los pasillos de los estudios sabían que esa división limpia era una ficción.

 Los presupuestos se disputaban, los productores se disputaban, el espacio en las telenovelas y los premios, sobre todo los premios. ¿Cuánto tiempo puede durar una rivalidad cuando dos personas nunca la nombran en voz alta? ¿Qué queda después de décadas de éxitos acumulados en carriles que supuestamente no se cruzaban? ¿Puede el rencor sobrevivir más que las canciones? ¿Y puede una decisión tomada en privado cuando nadie miraba definir la relación entre dos mujeres durante 30 años? Guarda este nombre. Luis de Llano Macedo, productor.

El hombre que construyó Timbiriche desde cero, que descubrió a Talía cuando era una niña de 10 años, que conocía mejor que nadie los cables que conectaban a estas dos mujeres con el poder real de la industria mexicana. Había trabajado con ambas familias en distintos momentos y en distintas capacidades.

 Su nombre va a aparecer más adelante en esta historia en un contexto que cambia el peso de todo lo demás. Guárdalo bien. En este video vas a descubrir cuatro cosas que rara vez aparecen juntas en el mismo lugar. La primera, ¿qué pasó exactamente durante los años 90 que sembró entre estas dos carreras? una tensión que ninguna de las dos ha sabido enterrar del todo.

 La segunda, ¿cuál fue el momento preciso en que Alejandra Guzmán tomó una decisión que afectó directamente la trayectoria de Talía cuando Talía todavía estaba construyendo su nombre? La tercera. ¿Cómo reaccionó Talía? ¿Qué dijo? ¿Que cayó? ¿Y qué dejan ver esos silencios cuando los lees juntos? Y la cuarta, la que más gente ignora y la que cambia el sentido de las otras tres.

 ¿Qué hay detrás del rencor que sobrevivió décadas? Dos continentes y dos vidas completamente distintas. Si te vas antes del final, la cuarta te la pierdes y es la que explica todo lo demás. Voy a avisarte cuando lleguemos a cada una, pero para entender dónde llegaron, hay que ver de dónde venían. Porque las historias de tensión entre mujeres que empiezan con competencia y terminan con silencio frío casi siempre tienen raíces que nadie busca en el lugar correcto.

 Y en este caso, las raíces son dos infancias que no podrían haber sido más distintas. Alejandra Guzmán Pinal nació el 9 de febrero de 1968 en Ciudad de México. Hija de Enrique Guzmán, el ídolo del rock mexicano de los 60 y de Silvia Pinal, la actriz más importante de su generación. La musa de Buñuel, la estrella de Viridiana, la mujer cuya cara había aparecido en portadas en tres idiomas.

Alejandra llegó al mundo en el centro de ese poder. Creció entre camerinos, entre aplausos que no eran para ella, entre conversaciones de adultos que hablaban de contratos y de fama mientras ella escuchaba desde el umbral de las puertas. Piensa en eso un momento. Una niña de 5 años en los pasillos del Teatro Blanquita esperando que su padre terminara el concierto, viendo desde los bastidores como 10,000 personas se levantaban cuando él tocaba la primera nota, aprendiendo antes de saber leer que el mundo tenía dos mitades, los que

estaban en el escenario y los que miraban, y que su familia pertenecía sin discusión al primer grupo. Eso deja una marca, no siempre visible, pero deja una marca. Lo que nadie podía calcular entonces es que esa marca también tenía un peso. Alejandra heredó un apellido que en México abría todas las puertas, pero también heredó la obligación silenciosa de no decepcionar ese apellido.

 Enrique Guzmán tenía fans que lo adoraban con una devoción que rozaba lo religioso. Silvia Pinal tenía una carrera que ninguna actriz de su generación había logrado igualar. Ser hija de los dos significaba una cosa concreta. Tenías que ser tan buena que nadie pudiera decir que llegaste solo por el apellido. Tenías que ser mejor. Guarda esa presión.

 Va a aparecer después. La infancia de Alejandra en Polanco, en la casa familiar de la calle Anatol Franz tenía todos los marcadores externos del privilegio. Colegio privado, veranos fuera del país, marcas que la mayoría de los niños mexicanos de esa época no podían ni pronunciar. Pero el privilegio externo y la estabilidad emocional no van siempre de la mano y en esa casa los dos no siempre coincidieron.

 Enrique Guzmán y Silvia Pinal se separaron cuando Alejandra tenía 6 años. La separación fue lo que las separaciones en familias famosas suelen ser en México en los 70. pública, comentada, fotografiada y en privado mucho más complicada de lo que cualquier revista se atrevía a imprimir. Alejandra creció entre dos casas, dos atmósferas y dos formas distintas de entender qué significa vivir bajo la atención permanente de un país que te conoce sin haberte elegido.

 Su madre reconstruyó su vida y su carrera. Su padre hizo lo mismo. Ella aprendió a moverse entre los dos mundos con la soltura de quien no tiene otra opción. Lo que Alejandra construyó con esa infancia fragmentada y cómo esa construcción la llevó a tomar decisiones que pocos entendieron desde afuera, es lo que este video va a mostrar con nombres y fechas exactas.

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