El silencio antes del final es, a menudo, el ruido más ensordecedor que un ser humano puede experimentar. En el vertiginoso mundo del entretenimiento, donde las luces de neón, los aplausos multitudes y el eco incesante de las redes sociales dictan el ritmo de la vida, el silencio es un lujo inalcanzable o, en los casos más trágicos, el preámbulo de una catástrofe. El nombre de Omar Montes había sido durante mucho tiempo sinónimo exacto de éxito arrollador, controversia calculada y una energía vital inagotable que parecía desafiar cualquier límite físico o humano. Durante años, su voz no solo resonó en cada rincón, club y radio de España, sino que traspasó fronteras, convirtiéndose en un fenómeno cultural masivo que trascendía la propia música. Era una fuerza de la naturaleza, un hombre que parecía invencible ante las adversidades, siempre con una sonrisa lista y una broma a flor de piel.
Sin embargo, lo que nadie imaginaba, lo que las cámaras jamás lograron captar y lo que sus millones de seguidores ignoraban por completo, era que detrás de esa fachada deslumbrante de luces y éxitos de platino, se estaba gestando una historia sumamente distinta. Una historia profundamente oscura, marcada por un desgaste corrosivo, una soledad abismal y una enfermedad silenciosa que avanzaba sin piedad, devorando lentamente al hombre detrás del personaje.
Cuatro minutos antes de que la noticia comenzara a circular como fuego en las redes sociales, paralizando el corazón de un país entero, nadie sospechaba que ese sería el último día de un hombre que, a los ojos del mundo, lo había tenido todo. La riqueza, la fama, la adoración de las masas; todo ello demostró ser un escudo inútil contra el colapso inminente de un alma exhausta.
El preludio de la tragedia no ocurrió de la noche a la mañana. Los días previos al fatal desenlace habían sido extraños, envueltos en una atmósfera de tensión invisible. Quienes lo conocían verdaderamente, aquellos que lograban ver más allá del personaje público, notaron cambios sutiles pero profundamente inquietantes en su comportamiento. Omar, el hombre siempre carismático, siempre dispuesto a animar a su equipo, había comenzado a mostrar una fatiga inusual, un cansancio que iba mucho más allá de lo físico. No era el simple agotamiento tras una gira intensa o una noche de grabación interminable; era algo más profundo, más arraigado, más oscuro.
Sus ojos, que antes brillaban con la chispa de la ambición y la alegría, parecían apagarse lentamente, como si una sombra se hubiera instalado permanentemente detrás de sus pupilas. En su círculo cercano, algunos intentaron restarle importancia, un mecanismo de defensa común cuando no se quiere enfrentar una realidad aterradora. “Está agotado, solo necesita descansar un par de días”, decían en voz alta, intentando convencerse a sí mismos más que a los demás. Pero otros, los más observadores, comenzaron a preocuparse seriamente. Había noches enteras en las que el artista apenas podía conciliar el sueño, víctima de un insomnio tortuoso, y días enteros en los que el simple acto de levantarse de la cama requería una fuerza de voluntad sobrehumana.
A pesar de las alarmas evidentes que su propio organismo emitía, él seguía adelante. Fiel a su naturaleza inquebrantable e incapaz de detenerse, continuaba empujando la pesada roca de sus compromisos cuesta arriba. ¿Por qué? Porque detenerse significaba enfrentarse a algo que no quería, o no estaba preparado, para aceptar. Significaba enfrentarse al vacío, a la vulnerabilidad, a la posibilidad de que la máquina perfecta que había construido estuviera fallando desde sus cimientos.
Pero el cuerpo humano tiene límites irrevocables, incluso cuando la mente, impulsada por el orgullo o el pánico, se niega a reconocerlos. Y Omar llevaba demasiado tiempo ignorando las señales de advertencia que su propia biología le lanzaba. Su agenda no era la de un ser humano, sino la de una corporación. Conciertos multitudinarios, entrevistas extenuantes, grabaciones en estudios de madrugada, colaboraciones con otros artistas, firmas de contratos, viajes constantes entre zonas horarias que desajustaban su reloj biológico. Vivía a un ritmo frenético, vertiginoso, un ritmo que muy pocos podrían soportar sin romperse. Ese estilo de vida, que durante años parecía ser el combustible que lo impulsaba hacia la cima, comenzó a cobrarle una factura con intereses mortales.
Los síntomas eran innegables. Dolores físicos persistentes, mareos repentinos y ocasionales que lo obligaban a sostenerse de las paredes, una sensación de debilidad generalizada que iba en aumento con cada amanecer. Todo estaba ahí, pintado con claridad brutal, pero él tomó la decisión de seguir. Quizá fue por orgullo, por no decepcionar a quienes dependían de él económicamente. Quizá fue por miedo a perder su lugar en una industria conocida por su memoria a corto plazo, donde un artista que se detiene es rápidamente reemplazado por la próxima sensación de internet. O quizá, en el fondo de su ser, sabía que si se detenía abruptamente, todo el castillo de naipes emocionales que había construido podría derrumbarse sobre él, aplastándolo bajo el peso de sus propios traumas y exigencias.
Hubo un momento específico, un instante congelado en el tiempo que marcó un punto de inflexión irreversible. Ocurrió una tarde cualquiera, mientras se preparaba para otra de sus interminables grabaciones. Omar se quedó en absoluto silencio, sentado inerte frente al espejo del camerino, observando su propio reflejo bajo las duras luces fluorescentes. Durante varios minutos, eternos y pesados, no articuló una sola palabra. Su mirada estaba fija, vacía, atravesando el cristal como si buscara al hombre que solía ser. Su equipo, acostumbrado a su energía explosiva, a sus bromas y a su vitalidad habitual, se quedó paralizado, sin saber cómo reaccionar ante esa repentina y escalofriante estatua de tristeza. “¿Estás bien, Omar?”, preguntó uno de ellos, rompiendo el hielo con una voz teñida de preocupación. Él tardó en responder, como si las palabras pesaran toneladas. “Sí, solo estoy cansado”, murmuró finalmente.
Pero no era verdad. Aquella afirmación era la mentira más grande que había pronunciado en su vida. Ese día, por primera vez en su meteórica carrera, Omar Montes sintió un miedo absoluto y paralizante.
A partir de ese momento, el deterioro fue progresivo, pero de una constancia demoledora. Lo que en un principio comenzó como fatiga crónica se transformó rápidamente en una debilidad física evidente, imposible de maquillar. Sus movimientos, antes ágiles y felinos sobre el escenario, se volvieron notablemente más lentos, torpes. Su voz, esa herramienta poderosa que dominaba multitudes, comenzó a sonar menos firme, más quebradiza. Incluso sus fans, siempre atentos y poseedores de un radar especial para las emociones de su ídolo, empezaron a notar que algo definitivamente no iba bien.
En las trincheras de las redes sociales, los comentarios comenzaron a multiplicarse: “Se le ve diferente”, “Ya no parece el mismo de antes”, “Su mirada está triste”, “¿Alguien más nota que parece enfermo?”. Pero en el mundo de la fama, las especulaciones de internet rara vez logran penetrar el muro de contención de las relaciones públicas. Las dudas nunca llegaron a convertirse en una verdad oficial. Omar se negaba a hablar de ello. Su equipo de manejo evitaba el tema. Nadie lo hacía. El silencio se convirtió no solo en su refugio principal, sino en su prisión de máxima seguridad, una celda sin barrotes de la que no sabía cómo escapar sin perderlo todo.
Las noches, según relatarían posteriormente fuentes cercanas, eran, con diferencia, lo peor del calvario. Mientras el resto del mundo dormía y la maquinaria del espectáculo se apagaba por unas horas, él permanecía despierto, con los ojos muy abiertos en la oscuridad, atrapado en el laberinto sofocante de sus propios pensamientos. El éxito colosal, la fama desmedida, las cuentas bancarias rebosantes; todo ello le parecía súbitamente irrelevante, frívolo y vacío frente a la inmensa sensación de desolación que lo consumía por dentro. Había momentos en los que simplemente se quedaba mirando fijamente al techo de su habitación, rodeado de lujos, pero sintiéndose más pobre que nunca, intentando desesperadamente encontrar respuestas a preguntas existenciales que nunca llegaban.
Recordaba con nostalgia lacerante sus inicios, aquellos tiempos en los que todo era muchísimo más simple. Cuando cantar frente a un micrófono era un sueño puro, una pasión arrolladora, y no una obligación contractual. Recordaba cuando la felicidad de crear música no dependía de algoritmos, de números de reproducciones, de cláusulas en contratos millonarios o de las expectativas inalcanzables de millones de personas desconocidas. Pero esos días prístinos ya no existían; habían sido devorados por la misma bestia del éxito que él había alimentado con tanto ahínco.
Su entorno, ante el evidente declive, comenzó a fracturarse, dividiéndose en dos frentes opuestos. Algunos de sus seres queridos más genuinos le rogaban, casi entre lágrimas, que debía parar de inmediato, que cancelara la gira, que pospusiera los compromisos y acudiera a especialistas médicos para internarse y recuperarse. Otros, sin embargo —generalmente aquellos cuyos ingresos dependían directamente de su maquinaria—, presionaban de manera sutil pero constante para que continuara. El argumento siempre era el mismo: “Hay demasiado en juego”. Proyectos millonarios ya financiados, patrocinadores esperando retornos, una reputación forjada a base de sudor que no podía mostrar signos de debilidad. Y Omar, trágicamente atrapado en medio de esas dos realidades contradictorias, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros, tomó la decisión que terminaría definiendo su oscuro destino final: eligió seguir adelante hasta que el cuerpo dijera basta.
El día final amaneció como cualquier otro, o al menos eso parecía en la superficie. Sin embargo, para él, la mañana fue una batalla campal. Se despertó con una dificultad extrema, sintiendo un peso inusual y aplastante en el cuerpo, como si la gravedad se hubiera multiplicado durante la noche. Cada movimiento, desde destapar las sábanas hasta caminar hacia el baño, requería un esfuerzo titánico. Pero, como había hecho tantas veces antes, recurrió a sus reservas más profundas de adrenalina y se obligó a levantarse. Su mantra interno resonaba con crueldad: tenía compromisos ineludibles, responsabilidades hacia su equipo, no podía fallarles. No ahora, no después de todo lo que había sacrificado y construido a lo largo de los años.
A medida que avanzaban las implacables horas de aquel día, su estado físico y mental empeoraba de forma alarmante. Había momentos en los que parecía perder completamente la concentración, quedándose con la mirada vacía, como si su mente se desconectara del plano de la realidad por breves pero aterradores segundos. A su alrededor, nadie lograba entender exactamente qué estaba ocurriendo en el interior de su organismo, pero la preocupación en el ambiente era densa, casi cortante. “Deberías descansar, te ves terrible”, le sugirieron varias veces distintos miembros del equipo, notando el sudor frío y la extraña cadencia de sus palabras. Pero él, esclavo de su propio personaje de guerrero indestructible, negó con la cabeza obstinadamente. “No pasa nada, estoy bien”, respondió. Esa frase, repetida una y otra vez a lo largo del día, se convirtió en un eco lúgubre y trágico en la memoria de todos los presentes.
Al caer la tarde, cuando las sombras comenzaron a alargarse, algo en la atmósfera cambió drásticamente. El ambiente en el set se volvió tenso, sofocantemente pesado. Omar ya no poseía las fuerzas necesarias para ocultar su estado crítico. Su respiración se había vuelto irregular, errática, y su piel había adoptado una palidez cenicienta que alarmaba a simple vista. Por primera vez en meses de estoica negación, aceptó la derrota temporal: se sentó pesadamente, dejando caer sus brazos, obligado finalmente a dejar de moverse.
Fue en ese preciso instante cuando el silencio en la sala se hizo absoluto. Los teléfonos dejaron de sonar, las conversaciones se apagaron. Nadie articulaba palabra. Todos los presentes sabían, en lo más recóndito de su ser, que algo gravísimo estaba ocurriendo frente a sus ojos. Cuatro minutos antes de que el telón de su vida cayera definitivamente, Omar cerró los ojos. En ese recinto ya no había flashes de cámaras deslumbrantes, no había un público coreando su nombre, no había música que ahogara el sonido de su respiración entrecortada. Solo quedaba un hombre solitario, despojado de todos sus disfraces de superestrella, enfrentando el momento más íntimo, difícil y aterrador de su existencia. En esos instantes finales, su gigantesca historia dejó de ser la de una celebridad intocable de las revistas de corazón y se convirtió en algo profundamente visceral, humano, infinitamente vulnerable, frágil y dolorosamente real.
La devastadora noticia no tardó en filtrarse y difundirse con la velocidad despiadada que caracteriza a la era digital. “Hace 4 minutos: El trágico final de Omar Montes”. Las redes sociales, plataformas de noticias y foros de internet explosionaron simultáneamente. Fans desconsolados, medios de comunicación internacionales, figuras públicas y colegas de la industria; absolutamente todos reaccionaban con una mezcla de horror e incredulidad. Nadie, en ninguna parte del globo, estaba verdaderamente preparado para recibir esa confirmación, porque en el imaginario y en la mente colectiva de la sociedad, alguien con su vitalidad parecía invencible. Y sin embargo, la fría y dura realidad demostraba que no lo era.
El último día de Omar Montes fue inconmensurablemente triste. Pero la verdadera tristeza no radicaba en la fama que se esfumaba repentinamente, ni en los lucrativos proyectos que quedarían eternamente inconclusos. La tristeza más profunda residía en todo aquello que nunca se atrevió a decir, en todas las conversaciones íntimas que quedaron pendientes, en los desesperados gritos de auxilio mudos, en las señales físicas y emocionales que fueron sistemáticamente ignoradas por un entorno ciego, y sobre todo, en el silencio brutal. Ese silencio cómplice, esa verdad lacerante que nadie quiso ver a tiempo por conveniencia o por miedo.
La repentina muerte de Omar Montes no fue tratada como una simple noticia de obituario; se transformó en un terremoto, una sacudida emocional de proporciones tectónicas que atravesó el corazón de millones de personas en cuestión de escasos minutos. Lo que en un primer instante comenzó como un rumor confuso, caótico y morboso en las redes sociales de tendencia, mutó rápidamente hacia una confirmación institucional devastadora. Los titulares de los periódicos y portales digitales eran unánimes, directos, casi brutales en su falta de piedad: “Hace 4 minutos, el trágico final de Omar Montes”.
Pero detrás de esa tipografía negrita y de esas palabras gélidas, se ocultaba una verdad muchísimo más compleja y laberíntica. Una verdad incómoda que, durante un largo y agónico periodo de tiempo, la maquinaria de la industria y la sociedad en general prefirieron no observar.
Las primeras horas tras la confirmación oficial de su fallecimiento estuvieron marcadas por un caos indescriptible. Las salas de redacción de los medios de comunicación competían ferozmente, casi sin escrúpulos, por obtener cualquier fragmento de información exclusiva, el último detalle macabro o la reacción del entorno más cercano. Simultáneamente, los fans, sumidos en un mar de lágrimas digitales, inundaban internet intentando procesar lo impensable. ¿Cómo era lógica o humanamente posible que alguien tan extraordinariamente joven, tan hiperactivo, tan omnipresente en la vida pública y cultural del país, desapareciera de la faz de la tierra de una manera tan repentina y trágica?
Como suele suceder cuando la tragedia golpea sin previo aviso, las teorías de la conspiración y las especulaciones no tardaron en aflorar, llenando el vacío dejado por la falta de respuestas oficiales. Algunos pseudo-expertos y comentaristas hablaban de un fallo cardíaco fulminante provocado directamente por el exceso de trabajo y el consumo de bebidas energéticas. Otros insinuaban, con cierta malicia, la existencia de graves problemas de salud preexistentes y deliberadamente ocultados para no afectar el valor de su marca personal. Incluso hubo sectores de la prensa que mencionaron, rozando la verdad, la influencia de factores psicológicos y emocionales; una presión interna que habría ido acumulándose y creciendo como una olla a presión sin válvula de escape a lo largo del tiempo. Pero la realidad desnuda, como tristemente suele suceder en estas historias, era infinitamente más incómoda, mundana y dolorosa que cualquier especulación cinematográfica.
En el seno de su entorno más íntimo y protector, el espeso muro de silencio comenzó a agrietarse y a romperse lentamente bajo el peso abrumador de la culpa y el duelo. Un miembro de su equipo de producción, destrozado por la pérdida y que prefirió mantener su identidad en el más estricto anonimato por respeto y temor, confesó a un periodista algo que dejó a la opinión pública sin respiración: “Todos en el equipo sabíamos que no estaba bien. Lo veíamos apagarse a diario. Pero nadie, absolutamente nadie, imaginó que la situación llegaría a este punto de no retorno”.
Esa sola frase, pronunciada con un hilo de voz tembloroso, resumía la tragedia en su totalidad. Porque las señales habían estado presentes, brillando como luces de emergencia rojas en medio de la oscuridad. Siempre estuvieron ahí, frente a los ojos de quienes compartían su cotidianidad. Durante interminables meses, Omar había mostrado una sintomatología clara y alarmante de agotamiento extremo, un declive que no era exclusivamente físico, sino profundamente mental y espiritual. Su cuerpo, sabio en su diseño pero llevado al límite, le suplicaba a gritos un descanso reparador, pero la inercia de su vida hiper-conectada no le permitía el lujo de detenerse. Cada jornada se había convertido en una maratón agónica, una carrera de obstáculos contra las agujas del reloj, una lucha cuerpo a cuerpo para cumplir con expectativas externas que eran, a todas luces, inhumanas e imposibles de satisfacer a largo plazo.
La industria del entretenimiento, esa bestia insaciable que devora talento, no se detiene por nadie, y lamentablemente, quienes logran alcanzar la cima y sentarse en el trono, muchas veces sienten que tampoco tienen el derecho a detenerse sin perderlo todo.
Uno de los descubrimientos periodísticos más impactantes y dolorosos que salieron a la luz en los días posteriores a la tragedia fue enterarse de que, apenas un par de semanas antes de su colapso final, Omar había cancelado en absoluto secreto una serie de consultas médicas y chequeos de vital importancia. Tenía citas programadas con especialistas, revisiones urgentes que su propio médico de cabecera había exigido tras revisar unos análisis preliminares preocupantes. Pero, en el último minuto, el artista decidió no asistir, excusándose en compromisos de agenda inexistentes.
¿Por qué cometería un acto que raya en el autosabotaje? La respuesta a esa incógnita es tan frágilmente humana como profundamente trágica: el miedo. Un miedo visceral, primitivo y paralizante a escuchar de boca de un experto médico algo que él ya intuía pero que se negaba a aceptar. Miedo a enfrentar un diagnóstico que le obligara a frenar en seco la maquinaria de su vida. Miedo a confirmar que, detrás de la ilusión de invencibilidad, algo dentro de él realmente estaba roto de manera irreparable.
Su círculo íntimo, tras conocerse este detalle, se vio obligado a enfrentar su propia avalancha de remordimientos y culpas no resueltas. Amigos de la infancia, familiares directos, mánagers y colaboradores; todos y cada uno de ellos comenzaron a cuestionarse internamente si pudieron haber hecho más para evitar la catástrofe. ¿Debieron haber insistido con mayor vehemencia? ¿Deberían haberlo presionado hasta el límite, obligándolo físicamente a cancelar la gira y buscar tratamiento, incluso si eso significaba ganarse su enemistad momentánea? La culpa del superviviente es una carga pesada, pero la cruda realidad psicológica dicta que nadie puede salvar verdaderamente a alguien que, cegado por su propio abismo, no desea o no se cree digno de ser salvado. Y Omar, enfrascado en su solitaria y silenciosa lucha interna, tomó la decisión consciente de apretar los dientes y seguir marchando hacia el precipicio.
Las redes sociales, esas mismas plataformas que durante años dorados habían servido como su escenario virtual, su altavoz y su barómetro de popularidad, se transmutaron de un día para otro en un monumental espacio de duelo colectivo, una plaza pública de lágrimas cibernéticas. Millones de mensajes, provenientes de todos los husos horarios del planeta, inundaron las autopistas de internet. Compartían recuerdos entrañables, homenajes improvisados, collages de fotografías y palabras de un amor póstumo que el artista ya no podría leer.
“Él siempre nos hacía sonreír cuando más lo necesitábamos”, escribía un fan desconsolado desde México. “No puedo creerlo. Me niego a aceptarlo. Ayer mismo estuve viendo uno de sus videos riendo a carcajadas. Esto no puede ser real, tiene que ser una mala broma”, publicaba otra seguidora desde España. La incredulidad era un manto universal que cubría todas las demografías.
Pero, conforme pasaban las vertiginosas 48 horas iniciales, la tristeza pura y paralizante comenzó a transformarse gradualmente en otra emoción mucho más activa: la indignación y la necesidad de buscar respuestas. La red se llenó de preguntas incómodas y dolorosas. “¿Qué mecanismo de protección había fallado estrepitosamente?”, “¿Cómo pudo llegar un talento de su magnitud a ese punto crítico de quiebre sin que ninguna autoridad de su equipo o institución interviniera drásticamente?”. La pregunta que más eco resonaba en los foros de debate era: “¿Es este el verdadero, tétrico e invisible precio del éxito en el siglo XXI?”.
De repente, la conversación superó el ámbito de la prensa del corazón. Expertos en salud mental, psiquiatras de renombre y médicos especialistas en medicina ocupacional comenzaron a pronunciarse en televisión y prensa escrita, analizando el fenómeno desde una perspectiva clínica. Muchos de estos profesionales coincidían en un diagnóstico retrospectivo y sumamente inquietante: el caso de Omar Montes no era un suceso aislado ni una rareza estadística. El síndrome de agotamiento extremo, clínicamente tipificado y popularmente conocido como ‘Burnout’, se ha metamorfoseado en una auténtica y silenciosa epidemia global.
Esta patología azota con especial virulencia en los denominados entornos de alta presión, y muy particularmente en la implacable industria del entretenimiento. En este submundo de glamour aparente, las jornadas laborales son literalmente interminables, la exposición mediática es una constante que pulveriza la privacidad, y la falta de descanso físico y mental de calidad es la norma, no la excepción. Todos estos factores tóxicos contribuyen, como un goteo ácido, a un deterioro neurobiológico y psicológico progresivo que, si no se detecta y detiene a tiempo mediante intervención profesional, puede derivar en consecuencias cardiovasculares, neurológicas y emocionales fatales.
Pero el problema estructural es mucho más vasto y profundo que la simple mala gestión del tiempo de un artista. A nivel sociológico, habitamos en una cultura occidental hipercapitalista que ha sacralizado y glorificado el concepto del “esfuerzo sin límites”, la famosa “cultura del hustling”. Un sistema implacable que premia con estatus y dinero la productividad incesante, que aplaude a quien sacrifica el sueño por el trabajo, y que, sistemáticamente, minimiza, patologiza o ignora la importancia vital del bienestar personal, el ocio reparador y la salud mental. Omar fue, en toda regla, una víctima colateral de ese sistema devorador; pero también, en cierta y paradójica medida, fue un perpetuador y un engranaje más de la misma máquina que terminó por triturarlo.
Uno de los momentos periodísticos más reveladores, y a la vez más desgarradores, de toda esta tragedia moderna ocurrió a los pocos días, cuando un medio de comunicación de investigación filtró un archivo de audio privado. Había sido grabado por el propio Omar apenas unas semanas antes de su prematura muerte, presuntamente enviado a un amigo de extremada confianza que, abrumado por el peso del secreto, decidió entregarlo a la prensa para que el mundo comprendiera la magnitud del sufrimiento del artista.
En ese breve pero letal mensaje de voz, su tono habitual de chulería y seguridad había desaparecido por completo. Su voz sonaba irreconociblemente distinta: áspera, temblorosa, extremadamente débil y cargada de una vulnerabilidad que helaba la sangre del oyente. Tras un largo suspiro, se le escuchaba decir: “Hermano… no sé cuánto más puedo seguir aguantando así”.
Esa simple frase, desprovista de adornos literarios, directa y devastadora, se convirtió instantáneamente en el poderoso símbolo de todo el océano de dolor que había estado ocultando tras su perenne sonrisa mediática. Aquel audio no era una simple queja por un mal día de trabajo; era un aullido existencial, un grito de ayuda desesperado lanzado al vacío que, trágicamente, nadie supo o pudo interpretar y escuchar a tiempo para salvarle la vida.
En este contexto, el análisis de la presión mediática jugó un papel preponderante. La prensa sensacionalista y el escrutinio masivo de las redes sociales tampoco ayudaron a crear un entorno seguro para su recuperación. Cada paso que daba Omar era minuciosamente analizado bajo un microscopio de juicios morales, cada palabra que pronunciaba en una entrevista era interpretada y tergiversada para generar clics, cada momento de silencio o ausencia temporal era cuestionado con teorías conspirativas. En la cárcel de cristal de la super-fama, simplemente no había espacio físico ni margen social para mostrar debilidad, para cometer errores de juicio o, paradójicamente, para pedir un merecido descanso sin ser tildado de “fracasado” o “divo”.
Ser “Omar Montes”, el ícono, el personaje, significaba contractualmente estar obligado a ser fuerte, blindado y brillante las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Y la más elemental psiquiatría nos enseña que ningún ser humano, sin importar su fortaleza de carácter, puede sostener semejante farsa emocional para siempre sin terminar fragmentándose en mil pedazos.
A medida que las hojas del calendario iban cayendo, la narrativa mediática colectiva comenzó a experimentar una transformación necesaria. El morbo inicial por los detalles de su muerte se fue disipando, y los debates ya no se centraban exclusivamente en el “cómo” y el “dónde” de su fallecimiento, sino que comenzaron a abarcar la totalidad de su vida, la magnitud de lo que había logrado con sus propios méritos y, sobre todo, la profundidad de lo que había sufrido en las sombras. Varios medios de comunicación de prestigio, haciendo autocrítica de su propio papel en la maquinaria trituradora de la fama, comenzaron a publicar extensos reportajes con un enfoque mucho más profundo, investigativo y humano.
Estas nuevas historias publicadas ya no buscaban mostrar a Omar como una deidad del pop o una máquina de generar titulares escandalosos, sino como una persona tridimensional. Mostraban la imagen de un hombre común que, atrapado detrás de la deslumbrante armadura de la fama, se encontraba enfrentando sus propias y aterradoras batallas contra demonios internos y externos. Un hombre que, en términos sencillos y desoladores, simplemente se cansó de luchar la guerra de otros.
La complejidad de la verdad finalmente comenzó a emerger a la superficie. Los expertos y periodistas concluyeron que no hubo un solo y único factor desencadenante, no existió una única causa patológica aislada que provocara el desastre. La muerte de Omar fue el resultado trágico de una suma letal de factores: agotamiento fisiológico llevado al límite de la falla orgánica, una presión emocional crónica e insoportable derivada del mantenimiento de su estatus público, una serie de pésimas decisiones personales al evitar la ayuda profesional, y el mantenimiento de silencios prolongados en un entorno cómplice. Fue, en la definición más exacta del término, la tormenta perfecta.
Y en el ojo huracanado de toda esa devastación mediática, quedó flotando una lección tremendamente incómoda para la sociedad, pero de absoluta y vital necesidad. Una moraleja que escuece en la conciencia colectiva: a veces, en nuestra ceguera diaria y nuestra obsesión por el éxito superficial, las señales de auxilio más críticas y determinantes son aquellas que elegimos conscientemente ignorar. A veces, la ausencia de quejas y el silencio estoico resultan ser amenazas mucho más mortíferas y peligrosas que el grito más ruidoso.
Y entonces, inevitablemente, llegaron las lágrimas. Pero fueron unas lágrimas que, impregnadas de un sabor amargo a culpa y remordimiento, llegaron demasiado tarde para cambiar el destino. El mundo globalizado continuaba hablando incansablemente de Omar Montes, su nombre seguía copando el primer lugar en los motores de búsqueda y en las tendencias de Twitter, pero el tono de la conversación había mutado de forma radical. La adrenalina de la sorpresa inicial, ese shock que paraliza, había dado paso a una melancolía pesada, espesa y casi tangible, una tristeza plúmbea que parecía instalarse en el oxígeno de cada rincón del país donde alguna de sus canciones sonaba en la radio. Las horas frenéticas de la primicia se convirtieron en días lentos, y los días se diluyeron en una interminable y dolorosa sucesión de retrospectivas y recuerdos fotográficos.
El evento de su velatorio se erigió como un momento histórico, un hito de luto popular que quedaría grabado a fuego en la memoria de la nación y que absolutamente nadie que lo presenciara olvidaría jamás. Desde las primeras luces de la madrugada, mucho antes de que las puertas de la capilla ardiente se abrieran, una marea humana incalculable comenzó a congregarse en los alrededores del recinto. Era una multitud heterogénea y sobrecogedora: fans devotos de todas las edades, estratos sociales y procedencias. Algunos de ellos, incapaces de contener el dolor, sollozaban desconsoladamente abrazados a desconocidos; otros permanecían clavados en el asfalto en un silencio reverencial y absoluto, sosteniendo contra su pecho fotografías arrugadas, camisetas de giras pasadas, ramos de flores blancas y todo tipo de recuerdos tangibles que los conectaran con su ídolo perdido.
Para esa vasta multitud que aguardaba a la intemperie, Omar no representaba únicamente a un artista comercial exitoso. Él era el arquitecto de la banda sonora de sus propias vidas; sus melodías habían acompañado sus momentos más eufóricos, sus historias personales de superación, sus noches de fiesta inmortales y sus primeros amores. El ambiente en la calle era extraordinariamente extraño; el aire no solo estaba cargado de una tristeza infinita, sino de una pesada capa de incredulidad. Ver el féretro era la prueba física que sus mentes se resistían a asimilar.
Mientras tanto, en el interior del recinto, resguardado de los flashes cegadores y de la muchedumbre, el círculo más cercano al cantante vivía su particular descenso al infierno. Sus familiares directos, los amigos de la infancia que conocieron al chico de barrio antes de la fama mundial, y los compañeros más íntimos de su equipo de trabajo, compartían todos un mismo rasgo desolador: una mirada completamente perdida y vidriosa, vaciada de cualquier atisbo de comprensión, como si en lo más profundo de sus mentes traumatizadas aún conservaran la remota e infantil esperanza de despertar de súbito de aquella pesadilla asfixiante. Pero las coronas de flores y el frío del ambiente confirmaban que no era un mal sueño inducido por el estrés; era la realidad más cortante, cruel y dolorosamente innegociable.
Durante la vigilia privada, se produjo uno de los momentos más impactantes y reveladores, un instante que quedaría registrado en las crónicas de los periodistas presentes. En medio de la penumbra y los murmullos respetuosos, un familiar muy cercano a Omar, con la voz completamente quebrada por el llanto y la culpa, se inclinó hacia un allegado y susurró una confesión desgarradora que resumía la ceguera de todos: “Él… él siempre nos miraba a los ojos y nos juraba que estaba bien. Y nosotros, porque era más fácil, elegimos creerle”.
Esa simple y honesta frase cayó sobre la conciencia de todos los presentes como una pesada losa de plomo insoportable. Porque todos los reunidos en aquella habitación sabían en el fondo de sus corazones, con una certeza punzante, que no era cierto. Sabían que las ojeras marcadas, la pérdida de peso repentina y las sonrisas forzadas contaban una historia de terror que decidieron ignorar para no perturbar el flujo de la vida. Las cámaras de los medios gráficos, parapetadas en las entradas, captaron cada gesto de dolor, cada lágrima derramada y cada abrazo de consuelo de las decenas de celebridades que asistían, pero ninguna imagen en alta resolución podía siquiera acercarse a reflejar el abismo de desolación que realmente se respiraba en el interior de aquel lugar.
El silencio reinaba de nuevo. Y era precisamente ese mismo silencio espeso y asfixiante que lo había acompañado a lo largo de su calvario en vida, el que ahora envolvía, como un sudario compasivo, su despedida final.
Entre la constelación de asistentes al servicio conmemorativo, decenas de figuras públicas de alto nivel, políticos, actores y músicos internacionales acudieron para rendir sus respetos y presentar sus condolencias a la familia destruida. Muchos de ellos, acostumbrados a la contención emocional que exige la vida pública, fueron incapaces de mantener la fachada frente a los micrófonos de la prensa apostada a la salida. Uno de sus amigos y colegas más cercanos en el mundo de la música, secándose las lágrimas con rabia, declaró ante los reporteros una verdad que sacudiría a la opinión pública: “El Omar que ustedes veían brillar en televisión era solo la punta del iceberg. Era un ser humano de una profundidad inmensa, muchísimo más complejo que sus canciones. El problema es que nunca… nunca tuvimos la empatía suficiente para detenernos a preguntarle cuánto le estaba doliendo sostener al personaje. Nunca supimos realmente cuánto estaba sufriendo en esa maldita soledad”.
Sus sentidas palabras resonaron con una fuerza atronadora en todos los noticieros vespertinos, porque ponían sobre la mesa una revelación existencial aterradora sobre la naturaleza de las relaciones modernas: nadie, ni siquiera quienes aseguran amarte, te conoce de forma absoluta y completa.
En paralelo, el luto se trasladó al ciberespacio, donde las redes sociales se transformaron en un vasto e interminable memorial global. Los algoritmos comenzaron a impulsar material de archivo: decenas de miles de vídeos antiguos, fragmentos de entrevistas olvidadas, directos de Instagram donde interactuaba con sus seguidores y momentos espontáneos detrás de cámaras. Todo este material volvía a circular a velocidades de vértigo, como si el mundo digital intentara desesperadamente, en un acto de nigromancia tecnológica, resucitarlo reconstruyendo su historia, píxel por píxel, pieza por pieza.
Pero este ejercicio de memoria colectiva tenía un efecto colateral perverso. A la luz de la tragedia, cada sonrisa capturada por las cámaras de televisión adquiría ahora un matiz infinitamente más doloroso, oscuro y significativo. Lo que antes se interpretaba como alegría desbordante, ahora era analizado minuciosamente buscando las micro-expresiones de un hombre exhausto suplicando piedad. “Siempre parecía tan increíblemente feliz”. Ese era, sin duda, el comentario más repetido por el gran público en Twitter y Facebook, y trágicamente, también el más engañoso de todos los espejismos de Hollywood.
La imagen pública de Omar había sido una obra maestra de la arquitectura de las relaciones públicas, meticulosamente construida y pulida por asesores de imagen durante años. Había sido diseñado para proyectar la imagen del arquetipo triunfador moderno: inquebrantablemente fuerte, perpetuamente divertido, económicamente próspero y absolutamente imparable frente a la adversidad. Pero esa coraza reluciente, como sucede con muchas otras construcciones de marketing en el implacable mundo del espectáculo, ocultaba una realidad interna desoladora, oscura y muchísimo más compleja. Aquella tragedia nos demostraba de la manera más cruel posible que la felicidad proyectada en la pantalla del teléfono móvil no siempre es un reflejo fidedigno de la paz interior, y que, con aterradora frecuencia, el dolor psicológico más agudo y el sufrimiento más insoportable se atrincheran detrás del muro de la sonrisa más brillante, ensayada y encantadora.
Durante las semanas y meses posteriores a su sepelio, el dique de contención se rompió por completo y comenzaron a surgir docenas de testimonios de personas satélite en su vida, pintando un retrato póstumo muchísimo más íntimo, crudo y humanizado del artista. Un antiguo colaborador musical suyo, un productor que había trabajado en sus primeros grandes éxitos, recordó con un nudo en la garganta una reveladora conversación nocturna que habían mantenido en la intimidad de un estudio de grabación apenas unos meses antes de su fatídico desenlace.
“Me confesó, mientras mirábamos la ciudad por la ventana, que estaba mortalmente cansado”, relató el productor a una importante revista cultural. “Pero me aclaró que no se refería a un cansancio físico por no dormir. Estaba exhausto del alma. Estaba harto de todo: de la presión corporativa, de las altísimas expectativas financieras que recaían sobre sus hombros, y por encima de todo, estaba aterrorizado por no poder recordar cómo ser él mismo sin que hubiera una cámara grabando. Sentía que el personaje había asesinado a la persona”.
Ese vago concepto de estar harto de “todo” era un resumen abstracto y difícil de diseccionar psicológicamente, pero en su inmensidad lo abarcaba absolutamente todo; era la radiografía del alma de un hombre al borde del precipicio existencial.
Su núcleo familiar, totalmente devastado por el trauma y necesitado de un largo periodo de sanación, tomó la comprensible y prudente decisión de erigir un muro y mantener una distancia sanitaria de los buitres mediáticos que exigían entrevistas morbosas en exclusiva. Sin embargo, conscientes del inmenso amor que el público sentía por Omar, emitieron, a través de sus abogados y representantes de prensa, un breve y medido comunicado oficial. Ese texto de apenas unos párrafos contenía un mensaje tan desgarradoramente honesto que terminó conmoviendo hasta las lágrimas a la opinión pública, traspasando cualquier barrera de cinismo.
La declaración oficial sentenciaba en su párrafo final: “Nuestro querido Omar fue un guerrero que luchó una batalla encarnizada y en absoluto silencio contra monstruos que nadie podía ver. Fue increíblemente valiente y fuerte hasta su último aliento. Pero queremos que el mundo entienda algo hoy: absolutamente nadie debería verse en la necesidad de luchar completamente solo”.
Esa última frase lapidaria —“Nadie debería tener que luchar solo”— no tardó en emanciparse del comunicado para convertirse en un lema nacional, un eslogan reivindicativo que retumbó como un eco constante en las calles, en la televisión y en la conversación pública de los ciudadanos de a pie. A medida que el inmenso dolor y el shock colectivo maduraban y crecían en las semanas posteriores al luto inicial, también lo hacía la necesidad de un debate profundo y de una reflexión autocrítica como sociedad. Intelectuales, periodistas sociólogos y ciudadanos comunes comenzaron a cuestionar severamente la forma tóxica y alienante en la que el sistema moderno eleva, trata, exprime y finalmente descarta a sus ídolos pop y figuras públicas.
Se debatió abiertamente sobre los peligros mortales que conlleva someter a individuos a una presión escénica y mediática ininterrumpida. Se condenó la sistemática falta de derecho a la privacidad que sufren las personas famosas a manos de los paparazzis y los trolls de internet, y se puso en la picota la inhumana e inalcanzable exigencia de perfección constante que imponen las marcas publicitarias y la base de fans hiperconectada. Los sociólogos señalaron acertadamente que todo ese ecosistema mediático enfermo crea, por diseño, un entorno altamente hostil donde la vulnerabilidad y la flaqueza humana simplemente no tienen espacio geográfico ni conceptual para existir. Y la lógica preventiva es tan cruel como irrefutable: en un mundo donde está prohibido mostrar debilidad, es matemáticamente imposible levantar la mano para pedir ayuda antes de ahogarse.
El funeral oficial y los actos de sepultura marcaron el necesario cierre burocrático y ceremonial de una etapa de luto agudo, pero bajo ningún concepto significaron el final de la historia. De manera casi mística, aunque el receptáculo físico de su cuerpo ya no estuviera presente entre nosotros, la densidad de su ausencia se percibía en cada espacio, foro o estadio donde alguna vez su magnetismo estuvo presente. En la cadencia de cada una de sus viejas canciones que sonaban en las listas de reproducción, en las transcripciones de cada entrevista en las que dejó pistas veladas de su sufrimiento, y en cada recuerdo atesorado por aquellos que tuvieron la fortuna de compartir unos minutos a su lado; en todos esos lugares inmateriales, Omar Montes ya no respiraba, pero la fuerza abrumadora de su historia, convertida ahora en parábola, seguía más viva y vigente que nunca.
Durante los emotivos actos del velatorio, se produjo uno de los momentos de mayor catarsis emocional colectiva. Justo cuando finalizaba la ceremonia religiosa y los operarios se preparaban para desalojar a la masiva concurrencia de la plaza adyacente a la capilla, una persona anónima entre la densa multitud, armada únicamente con un pequeño altavoz portátil y su teléfono celular, rompió el sepulcral y lúgubre silencio. De pronto, los primeros y reconocibles acordes de la balada más famosa e íntima de Omar comenzaron a flotar en el aire gélido de la mañana.
En un principio fue un acto tímido, solitario, casi considerado inapropiado para un funeral solemne. Pero la magia de la empatía humana operó en cuestión de milisegundos. Poco a poco, con voces temblorosas y ahogadas por el llanto, docenas de gargantas tímidas se unieron a la letra reproduciendo la melodía. Y luego, como un incendio forestal impulsado por el viento, en cuestión de pocos minutos, cientos, miles de personas allí congregadas, sin distinción de clases o edades, cantaban la canción al unísono, a pleno pulmón, elevando sus voces hacia el cielo encapotado.
Aquello ya no era un simple tributo musical improvisado de un club de fans; había mutado en un acto de comunión sagrada. No era un concierto póstumo, era una desgarradora forma colectiva de intentar decirle un último adiós a alguien que partió demasiado pronto, sin previo aviso y sin dejar manual de instrucciones para sobrellevar el vacío.
En aquella plaza abarrotada, las lágrimas fluían de los rostros de los asistentes sin ningún tipo de control o pudor, lavando maquillajes y empañando gafas de sol. Pero entre los sollozos descontrolados, también palpitaba algo más elevado y trascendental; nacía una especie de conexión psíquica, un entendimiento colectivo telepático. Parecía como si, sumergidos de lleno en las turbulentas aguas del dolor y la pérdida incomprensible, absolutamente todos los presentes hubieran logrado interiorizar una profunda y revolucionaria lección vital de manera simultánea.
Y es que, en última instancia, comprendieron que la biografía de Omar Montes no era exclusivamente el relato trágico de la caída en desgracia de un artista famoso aplastado por el peso de una fama que nunca pidió. Su biografía era, en realidad, un espejo aterradoramente exacto de la condición humana moderna. Era la historia universal de cualquier ciudadano, del oficinista, del estudiante, de la madre soltera, de cualquier individuo que en algún momento aciago de su existencia fue obligado a sonreír y a responder “estoy perfectamente bien” frente a sus seres queridos, mientras por dentro, sus cimientos emocionales se caían a pedazos por la ansiedad o la depresión. Era la odisea silenciosa de todos aquellos guerreros invisibles que batallan enfermedades mentales o estrés crónico en la más absoluta clandestinidad, ocultando su calvario por el terrible temor cerval a ser señalados como personas débiles, incompetentes o “rotas” por una sociedad implacable. Era, en definitiva, el relato universal de millones de almas que aprendieron el triste arte de sonreír resplandecientemente frente a la lente de una cámara o frente a sus jefes, mientras sus espíritus se astillan y desangran en el interior, carcomidos por un vacío infinito.
Aquélla mañana fría frente a la funeraria, frente al ataúd del ídolo caído, las lágrimas de España y del mundo entero afloraron masivamente, empañando miradas y empapando pañuelos. Pero aquellas lágrimas redentoras que lavaban las mejillas de los presentes, lamentablemente, habían llegado con un inmenso y fatal retraso. Llegaron tarde. Demasiado tarde para detener el imparable y oscuro tren del destino final de Omar; demasiado tarde para retroceder las manecillas del reloj y obligarlo a cancelar las giras; demasiado tarde para tomar su mano y suplicarle encarecidamente que, por amor de Dios, descansara y respirara aire puro lejos del envenenado circuito del show business.
Y precisamente, en ese instante de doloroso y amargo reconocimiento de culpa comunitaria frente al abismo de lo irremediable, germinó una aterradora interrogante que ya ninguna persona con un mínimo de empatía podía atreverse a ignorar impunemente: ¿Acaso cuántas miles de historias anónimas como el espeluznante calvario de Omar continúan desarrollándose a nuestro alrededor, en el cubículo de al lado en la oficina o en la habitación contigua de nuestra propia casa, a diario y frente a nuestras cegadas narices, sin que absolutamente nadie las perciba antes de leer el trágico obituario en el periódico de la mañana?
El despiadado e inexorable paso del tiempo comenzó a avanzar, empujado por la indiferencia habitual con la que el universo suele contemplar el minúsculo sufrimiento de la humanidad. El planeta no dejó de rotar sobre su eje, las mareas continuaron su ciclo lunar y los grandes bloques de noticias pasaron a cubrir otras guerras, otros desastres y otros escándalos efímeros. Sin embargo, para aquella inmensa legión de seguidores acérrimos que habían acompañado de cerca, casi religiosamente, la fulgurante y espectacular trayectoria ascendente de Omar Montes, algo fundamental en su visión del mundo se había fracturado de manera irreparable. Ya no se trataba simplemente de digerir la pérdida prematura de un vocalista talentoso que encabezaba los rankings de Spotify; para ellos, el fallecimiento representaba una lacerante herida abierta en la psique cultural, un profundo trauma que se negaba a cicatrizar con el silencio.
Las tortuosas semanas que siguieron al lúgubre entierro estuvieron teñidas de una atmósfera densa, dominada por innumerables homenajes póstumos, galas benéficas en su nombre, apresurados documentales biográficos de producción improvisada y ruidosos programas especiales de prime-time televisivo. Estas transmisiones, con mayor o menor grado de sensacionalismo ético, trataban denodadamente de reconstruir cronológicamente el complejo tapiz de su vida.
En los platós, cada gesto, cada fotografía borrosa del pasado, cada anécdota irrelevante y cada detalle mundano de su biografía eran desmenuzados y analizados bajo un potente microscopio mediático. Era un frenesí retrospectivo llevado a cabo con una intensidad casi histérica y desesperada; una búsqueda colectiva, compulsiva e irracional de respuestas lógicas a un suceso que escapaba a toda razón. Sin embargo, todos en el fondo de sus almas sabían, con una certeza paralizante, que desenterrar los motivos últimos de su colapso no tenía el poder mágico de alterar la realidad. Ningún análisis forense o psicológico televisado, por brillante o revelador que fuese, poseía la capacidad de reescribir el guion del pasado ni podía retroceder el implacable reloj para resucitar al hombre y traerlo de vuelta a casa.
Pero quizás, en el sustrato más profundo y noble de aquel inmenso dolor colectivo, la sociedad no buscaba egoístamente comprender los pormenores mecánicos o patológicos de su lamentable fallecimiento para saciar un apetito morboso. Lo que el mundo intentaba, en un acto de supervivencia emocional ante la tragedia, era dotar de sentido y significado a su prematura muerte. Convertir el absurdo de la pérdida en un faro que iluminara el camino para evitar futuras catástrofes similares.
Como fenómeno paralelo e inevitable, el poderoso legado de su obra artística experimentó una resurrección masiva. Su extenso catálogo musical volvió a reproducirse y a copar las ondas hertzianas de las radios y de las principales plataformas de streaming digital con una fuerza y virulencia nunca antes registrada, destrozando todos los récords métricos de audiencia que él mismo había establecido en vida. Canciones emblemáticas de su discografía, que en épocas pasadas eran celebradas superficialmente por la energía electrizante, el pegadizo ritmo reggaetonero y la vibrante aura festiva que emanaban en las pistas de baile de discotecas, de repente, adquirían a la luz de los recientes acontecimientos un barniz oscuro, denso y escalofriante.
Escuchadas desde el doloroso prisma de la ausencia física, las líricas de aquellas canciones se revelaban ahora ante los oídos de sus oyentes bajo una dimensión inexplorada, inmensamente más profunda, íntima, y dolorosamente introspectiva, adquiriendo matices que rozaban lo inquietantemente profético. Estrofas, frases cortas y aparentes recursos poéticos que en su día habían pasado total y absolutamente inadvertidos, sepultados bajo las pesadas y ruidosas bases de producción del rap y el trap comercial urbano, eran ahora examinados minuciosamente. El público, sobrecogido y con el corazón en un puño, las interpretaba retroactivamente como gigantescas y evidentes señales de emergencia; como flagrantes y evidentes pistas literarias de un sufrimiento atroz, de una depresión encubierta que el propio artista había encriptado magistralmente a plena vista en sus composiciones musicales. El lamento poético había estado camuflado hábilmente bajo la estructura de rimas de un éxito bailable de verano.
“¿Cómo, en el nombre de Dios, estuvimos tan ciegos y sordos para no identificar los indicios que estaban presentes desde el principio?”. Esa angustiosa y lacerante pregunta, nacida de la frustración por no poder viajar al pasado para alterar el desenlace, se convirtió en una sombra constante y pesada que perseguía tenazmente las conciencias de familiares, fanáticos, mánagers y especialistas de la prensa del entretenimiento.
Consecuentemente, los medios de comunicación y las grandes agencias de prensa escrita, impulsados por la presión social, comenzaron lenta pero significativamente a rotar y reestructurar el enfoque y la narrativa imperante. Ya no bastaba, no era ética ni moralmente aceptable, publicar únicamente fríos, sombríos o impactantes titulares sensacionalistas orientados a fomentar el infame ‘clickbait’ cibernético sobre los morbosos pormenores físicos de los instantes postreros de la agonía del músico. El nivel de debate exigido por la sociedad afectada reclamaba un compromiso cualitativo y periodístico inmensamente superior.
Ahora, los editoriales dominicales, las columnas de opinión y los programas de televisión dedicaban extensos segmentos informativos de alta calidad a abordar frontalmente, y sin eufemismos perjudiciales ni estigmas anacrónicos, la enorme y urgente importancia de salvaguardar proactivamente la salud mental de la población; a discutir en profundidad acerca de las devastadoras consecuencias neurológicas y biológicas del síndrome de agotamiento profesional extremo (burnout); y a visibilizar y cuantificar la insostenible y brutal presión que deben enfrentar diariamente las celebridades, influencers y demás figuras del escaparate público y digital. Reputados psiquiatras forenses, médicos especialistas en estrés crónico y sociólogos mediáticos acudían a los principales platós de televisión coincidiendo categóricamente en un veredicto fundamental que se erigía como la gran lección del luto: el estremecedor caso clínico y humano de Omar no debía, bajo ninguna circunstancia o excusa imaginable, volver a repetirse en la industria.
Bajo este nuevo y revelador paradigma de conciencia social emergente, se invirtieron cuantiosos fondos, tanto del sector público como corporativo, para iniciar masivas y poderosas campañas estratégicas de concienciación sobre el autocuidado mental. Se promovieron e impulsaron intensamente potentes mensajes institucionales que hacían un llamado a la sociedad y al entorno de las corporaciones artísticas a practicar la empatía, a escuchar de forma activa y genuina a sus seres queridos, a erradicar de raíz la tendencia de juzgar impulsivamente los problemas ajenos desde el privilegio y, de manera primordial y urgente, a desarrollar la sensibilidad necesaria para aprender a detectar y decodificar a tiempo aquellas pequeñas, sutiles y casi invisibles señales de socorro psicológico antes de que la depresión o la desesperación empujen a la víctima a consumar decisiones irreversibles.
La vida y obra de Omar, tras la avalancha mediática, se convirtió indiscutiblemente en el punto cero de inflexión; en la bandera, en la piedra angular y en el principal caso de estudio de esta moderna revolución por la empatía corporativa en España y Latinoamérica. Se erigió en un contundente y pavoroso recordatorio permanente para la sociedad: el dictamen irrevocable de que, independientemente de lo blindados, exultantes, radiantes e imperturbables que puedan proyectarse los individuos desde el otro lado de las pantallas de alta resolución de las redes sociales, muy en lo profundo de la soledad de sus mentes y de su espíritu fragmentado, bien podrían estar librando encarnizadas batallas de vida o muerte contra abismales, silenciadas y aterradoras miserias internas.
Sin embargo, a pesar de las loables iniciativas terapéuticas y el giro en la cobertura mediática que inundaron el debate nacional, existía un poso de amarga y cortante ironía sociológica innegable impregnado en el ambiente generalizado. Todo aquel fenomenal, loable, incalculable e inmenso esfuerzo colectivo por proteger el bienestar mental de los artistas, todas esas exhaustivas horas de televisión dedicadas por la sociedad a pregonar sobre la necesidad absoluta de abrazar la vulnerabilidad de las estrellas pop y de priorizar la terapia sobre la recaudación taquillera, toda aquella genuina preocupación humanitaria… habían llegado de manera frustrante, desgarradora y dolorosamente tardía. Llegaron dramáticamente a destiempo, a “toro pasado”, de forma completamente ineficaz e inútil para salvar la propia existencia de Omar Montes, convirtiéndose en lecciones valiosas aprendidas, paradójica e irónicamente, a costa de la pérdida irreparable de su vida vital y de su irrecuperable aliento.
Mientras el circo mediático, movido por intereses y rentabilidades fluctuantes, comenzaba lenta pero inexorablemente a girar su enorme maquinaria industrial hacia el surgimiento del próximo escándalo estacional o de la emergente nueva sensación mediática juvenil que monopolizara efímeramente las visualizaciones y las discusiones masivas; el círculo primario de su familia biológica, en los días posteriores a la finalización de los funerales públicos, tomó una arrojada, noble y altruista determinación de un valor incalculable.
Comenzaron de forma muy cuidadosa, dosificada y selectiva a desclasificar y a compartir a través de los diversos canales mediáticos oficiales y redes sociales, microscópicos, inestimables y muy selectos fragmentos audiovisuales y epistolares de su hermética vida privada familiar y pre-estrellato. Esta iniciativa tan dolorosa de ejecutar por sus allegados no fue concebida en lo absoluto bajo oscuras, dudosas y censurables intenciones lucrativas ni con el deleznable y rastrero objetivo de prolongar el sensacionalismo o alimentar la insaciable gula y curiosidad del público morboso. Su objetivo era, en una demostración palpable de amor incondicional a la figura del músico fallecido, mucho más purificador y didáctico: deseaban reescribir con trazos indelebles y cristalinos la narrativa post mórtem. Su intención superior y final era enseñar compasiva y genuinamente al mundo deshumanizado de la fama, en un conmovedor testimonio, exactamente quién había sido realmente el hombre de carne y hueso antes del maquillaje, del flash, de los billones de descargas de sus canciones y del cegador peso de la opulenta fama. Revelar a un amoroso hijo que se preocupaba genuinamente por sus padres, a un leal y desprendido compañero o amigo íntimo y, sobre cualquier otra catalogación simplista, a un hombre imperfecto y vulnerable que, a pesar de cargar valientemente en silencio a la espalda con los múltiples demonios de su insoportable agotamiento psicológico, nunca dejó de intentar heroicamente encontrar y encender una luz salvadora para seguir valerosamente hacia adelante, empujando con tesón todos y cada uno de los interminables días que el aciago destino le permitió pisar y caminar sobre la faz inalterable de esta tierra.
Uno de los hitos documentales informativos recientes más sobrecogedores, humanamente desarmantes y mediáticamente sísmicos de toda la tragedia retrospectiva se desató cuando los principales telediarios dominicales sacaron a la luz editorial, con la venia y autorización fehaciente de la propia y acongojada familia Montes, un documento que puso la piel de gallina a la nación. Publicaron íntegramente y sin censura alguna una perturbadora carta manuscrita del propio puño y letra del difunto músico; escrita de madrugada meses antes de su misterioso y sorpresivo apagón existencial definitivo. Este doloroso escrito no poseía la más remota intencionalidad mercantil; no era un esbozo de letra destinado a incluirse estratégicamente en las pautas publicitarias de sus proyectos discográficos ni fue jamás escrito pensando o previendo su consumo en la voraz y desalmada maquinaria algorítmica de la atención pública masiva.
Ese viejo papel arrugado representaba un texto desgarrador, sagrado e inmensamente íntimo; se trataba esencialmente de un desahogo espiritual instintivo. En el seno central de esas dolorosas y borrosas líneas redactadas por el pulso lánguido del intérprete, confesaba sin los rígidos y absurdos filtros, cortapisas o tapujos autoimpuestos de su viril y pétrea imagen mediática corporativa de estrella inquebrantable que… en la más solemne y cruda realidad… se encontraba irremediablemente abrumado, agotado y dolorosamente extraviado en un espeso y solitario laberinto interior desprovisto de todo sentido, salida clara o salvación aparente.
Las líneas filtradas eran un testamento de desesperación humana: “No tengo ni la menor, remota e insondable idea de en qué preciso y fatídico momento, a lo largo de este frenético, loco y desquiciado trayecto hacia arriba de mi supuesta y victoriosa gloria personal… abandoné mi propio y primigenio rostro, y dejé, por completo e irremediablemente, de saber quién demonios era al observar la extraña figura que me devuelve impasible la aterradora y dura mirada desde lo más hondo del pulido y brillante espejo del elegante camerino”, relataban las sinceras letras plasmadas en el oscuro tintero. “Percibo constantemente, con un pánico atroz clavado permanentemente en el pecho, que absolutamente toda la realidad en este inmenso e imbatible gigantesco carrusel de mi mundo corporativo está orbitando, moviéndose y girando alrededor de mi centro vital con demasiada y desbocada prisa, incontrolable agresividad y despiadada velocidad asfixiante. Confieso que existen numerosos, infinitos e insufribles y tortuosos días enteros de mi atormentada y sobre saturada vida cotidiana de agenda oficial donde tan solo imploro de rodillas ante la vida poseer el esquivo, insignificante y utópico y soñado poder temporal para… desvanecerme, ocultarme y desaparecer discretamente por una extensa y apacible y serena temporada fuera de los implacables focos cegadores de la popularidad. Suplico la nimiedad y el modesto y pacífico privilegio burgués de poder disfrutar de instantes aislados y vacíos de presión mercantil donde sea factible la proeza, al fin y al cabo, de detener mi propia y taquicárdica e hiperbólica respiración para inhalar puro aire y volver a paladear el bendito y menospreciado regalo cotidiano que constituye la ordinaria maravilla de ser… simplemente un maldito chico anónimo, del montón y dolorosamente y maravillosamente normal”.
Esa trágica y descarnada confesión epistolar tan elemental, tan brutalmente sencilla y asombrosa y deslumbrantemente humana en todo su amplio e impactante espectro lingüístico, pulverizó y fragmentó sin compasión en microscópicas esquirlas el maltrecho y consternado corazón social de varios millones de compungidos televidentes simultáneamente. Principalmente, porque la simple y demoledora lectura de su puño y letra exponía en carne viva, y sin ningún atisbo poético maquillador que distorsionase el cruel golpe, una dolorosísima realidad, aplastante y contundente a nivel psicológico y social, que absolutamente todo el andamiaje del circo mediático, los cínicos tabloides periodísticos de la prensa rosa y la inmensa mayoría de sus extasiados fanáticos, enceguecidos y obnubilados por la idolatría, el morbo devorador o su desinterés emocional, siempre se habían empecinado soberbiamente a eludir, encubrir y no contemplar jamás bajo su cruda gravedad existencial en los tiempos de oro de su clímax y auge vital ininterrumpido.
La devastadora revelación del análisis psiquiátrico de la caligrafía fue indiscutible y taxativa: en el clímax cumbre, triunfalista y hegemónico apogeo en la estratósfera misma de su fama transcontinental, al gran y multimillonario intérprete de éxito global e indomable genio mediático musical, bautizado legal, comercial y popularmente bajo el seudónimo invencible e imborrable en los rankings mundiales de “Omar Montes”… le importaba nula e insuficientemente continuar amasando y acrecentando astronómica y frívolamente las fastuosas riquezas monetarias provenientes de nuevos superventas discográficos en las abultadas cuentas bancarias extranjeras o en atesorar obsesiva e interesadamente más efímeros y volubles cuotas de reluciente, superficial y falso éxito cosmético ante las sedientas cámaras mediáticas devoradoras de audiencia masiva; lo único que realmente anhelaba, imperiosamente imploraba en silencio, añoraba desde la profunda soledad y la más cruda inmensidad claustrofóbica de su atormentada alma rota y enjaulada, era, llanamente y en resumen irrefutable: gozar del supremo, básico y fundamental derecho vital a descansar indefinidamente, hallar paz curativa existencial y hallar clemencia mental infinita dentro y fuera de un frenético e implacable mundo ruidoso del espectáculo comercial.
Forzada irrevocablemente e irremediablemente contra los oscuros e impenetrables rincones del abismo de sus nefastas consecuencias corporativas a meditar reflexivamente debido a toda la colosal y letal envergadura sociológica y a la abrumadora hecatombe cultural generalizada resultante de una pérdida vital y económica con un nivel de dolor emocional colectivo irrepetible, la insaciable, devoradora e ingente maquinaria capitalista del ecosistema entero del emporio comercial mediático se vio frontal, drástica y moralmente confrontada al imperativo insoslayable e inaplazable dictamen social superior de contemplarse crudamente sin distorsiones engañosas frente al gélido cristal deformante de su terrible fisonomía especular, escrutándose pormenorizada y analíticamente a sí misma en sus más cuestionables fundamentos orgánicos de rentabilidad corporativa extrema.
Decenas y miles de altos directivos de la producción, astutos ejecutivos promotores de élite, fríos y pragmáticos managers artísticos e implacables magnates de sellos de distribución masiva y plataformas líderes del sector mediático internacional se enfrentaron a un escrutinio mediático e interno apocalíptico e infame; constatando a regañadientes y frente a cámaras de escrutinio público, tras amargos, álgidos y acalorados y espinosos congresos corporativos a puerta cerrada, la pesada e insoslayable evidencia palpable de que todos aquellos altísimos dirigentes componían individual y sistémicamente los infalibles motores, las tuercas primarias y los eslabones articulados fundamentales de ese gran engranaje de extorsión psicológica y de una inhumana red asfixiante de presión mercantil corporativa brutal que, desde su más abyecto e imperceptible núcleo institucionalizado, aprieta la soga implacablemente con inagotable intensidad. Que exprime brutalmente la productividad biológica y el ingenio y esfuerzo neurálgico del ídolo sin otorgar jamás piedad o sosiego a cambio de sus regalías; que constantemente obliga, alienta e incita agresivamente a mantener un crecimiento meteórico ilimitado vulnerando la privacidad humana en el tortuoso sendero sin plantearse o recabar un cuestionamiento básico sobre los nefastos impactos morales intrínsecos de dichas estrategias expansionistas, y que consume voraz y fríamente, hasta dejar seco el mismísimo espíritu biológico del individuo talentoso y singular detrás del jugoso nombre facturador, prescindiendo absolutamente e interesadamente de valorar éticamente el precio real, el terrible costo psíquico irremisible o las terribles y definitivas secuelas patológicas invisibles perpetradas en contra de las irreemplazables y desprotegidas existencias biológicas humanas implicadas vitalmente y entregadas corporativamente de por vida por y para el enriquecimiento y el disfrute infinito de sus grandes y exclusivas cuentas mercantiles, inversionistas y lucrativas ambiciones de poder financiero innegable a lo largo del tiempo histórico del feroz capitalismo.
Y a pesar de que gran cantidad de conglomerados de entretenimiento, figuras corporativas mediáticas e innumerables entidades y sellos de renombre se precipitaron y se mostraron dispuestos a emitir rápidamente al público doliente frondosos, empáticos, conmovidos y extensos comunicados institucionales y gacetillas póstumas prefabricadas manifestando solemnemente su intenso y pesaroso estupor por la reciente, incalculable y triste eventualidad ocurrida ante la desgracia fulminante e imprevista del deceso inesperado del ídolo de moda en la sociedad desbordada por su partida; paralelamente y frente al evidente dolor prefabricado de aquellos ejecutivos burocratizados surgió impetuosamente y con punzante fiereza y suspicacia iracunda una gran pregunta colectiva profundamente molesta e intensamente incómoda desde el seno de la desconfiada turba crítica virtual que no se silenciaba tras la lluvia de hipócritas e ilusorias condonaciones morales a través de portales y comunicados corporativos apaciguadores. Se preguntaban furibundamente, desde lo más escarpado del desconcierto de las bases y desde la fría perspicacia lógica sociológica de la sociedad analista, sin cortapisas frente a los gigantes monopolios del streaming y la prensa internacional del show business: “¿Cambiaran acaso de manera auténtica, definitiva, realista, profunda y de raíz estas insensibles pautas orgánicas mercenarias de comercialización intensiva ante las presentes reflexiones dramáticas expuestas por la tragedia en vigor, o tan solo asistimos impotentes al cínico y orquestado lavado de cara publicitario de los grandes buitres mediáticos del cartel mercantil?”

Resulta obvio que algunas tímidas repercusiones artísticas transformadoras cobraron tracción inusitada en favor de los indefensos peones mediáticos; puesto que decenas de prestigiosos artistas, vocalistas, comediantes estelares y grandes creadores contemporáneos internacionales e influyentes, inspirados indirecta y poderosamente bajo las sombrías ondas catárticas derivadas de su irreparable colapso vital prematuro, hallaron inesperada, oportuna e indubitablemente en esta encrucijada moral incesante de las repercusiones derivadas del dolor, la valía para aglutinarse y comenzar a denunciar públicamente y verbalizar sus dolencias existenciales a los cuatro vientos, expresándose ahora sin ataduras legales abiertamente ante toda audiencia televisiva y plataformas en línea acerca de sus mismísimas historias pavorosas, opresiones corporativas calladas, batallas y peripecias patológicas sumamente secretas de orden psíquico vividas tras bambalinas. Decenas y dolorosas historias clínicas documentadas por severos episodios persistentes de pánico sistémico, paralizante neurosis de terror y cuadros de severa ansiedad crónica corporativa, profundas fosas negras de depresión post-fama generalizada y demoledoras experiencias narradas del inefable agotamiento laboral extenuante, pavorosamente conocido ante las cámaras, comenzaron entonces y allí su inaudito auge masivo y terapéutico como relatos redentores.
Escalofriantes y muy tristes relatos secretos e indignantes que en antaño de total hegemonía discográfica se tapaban, amordazaban y encubrían legalmente bajo severas amenazas punitivas a través de onerosos pactos o draconianos mandatos de hermético ocultamiento institucional; afortunadamente ahora estallaban, detonaban vigorosamente y ascendían irremediablemente hacia el reluciente, inesquivable e irrefutable espectro de la luminosidad en los canales principales con ímpetu ensordecedor. Y de esa forma el talentoso y ausente difunto líder global, en cierta e inaudita y metafórica e inexorable e incalculable proporción heroica, sin quererlo siquiera en lo mínimo intencionalmente buscarlo a través de su deceso irremediable, le había logrado forzar innegablemente la resistente bisagra mediática al mundo corporativo, dejando abierta irrevocablemente la valiosa brecha discursiva y obligando al entorno periodístico y a la casta gerencial mercantil a sostener obligatoriamente una largamente ignorada, acuciante y terapéuticamente salvadora conversación global e inaplazable sobre lo estrictamente vital que debe ser el autocuidado y la prevención.
Pero superando ampliamente con creces abismales todas las efímeras fronteras tangibles relativas a su descomunal repercusión mediática corporativa instantánea, su desgarradora e inasible falta física perenne lograba respirarse nítidamente en lo insignificante y habitual del paso de los días cotidianos del futuro; percibiéndose crudamente a través del inabarcable silencio congelado imperante en cada teatro clausurado, en el gélido abandono abisal de los fastuosos escenarios vaciados prematuramente y en las oscurecidas salas de mezclas discográficas calladas por el incesante silencio repentino, detectándose irremisiblemente el enorme vacío dejado como marca indeleble tras el repentino freno impuesto a causa de todos y cada uno de los monumentales emprendimientos fílmicos truncados que carecían de sentido proseguir, e impregnándose fuertemente dentro del ineludible desconsuelo de percatarse y digerir cruelmente la certeza abrumadora sobre los innumerables diseños, metas y prometedores y geniales planes artísticos visionarios fantásticos estipulados a un futuro utópico y soñado que cruelmente y bajo el capricho impío de la muerte repentina jamás conocerán jamás su manifestación corpórea ni se concretarán realizándose bajo ningún designio milagroso de resurrección de sus formidables habilidades o virtudes líricas truncadas prematuramente tras expirar inexorable y agónicamente bajo sus pesares asfixiantes.
Para aquella descomunal, planetaria, vasta y amorosa e inmensa milicia incondicional conformada orgullosa e implacablemente por sus seguidores acérrimos alrededor de cientos de diversos confines geográficos transnacionales y distantes fronteras culturales de habla hispana, el agudo proceso tortuoso requerido a fin de procesar, aceptar integralmente, expiar sus dudas insoportables e integrar conscientemente el insoportable y crudo duelo originado como secuela inmediata originada por las estrepitosas e incontestables y nefastas últimas informaciones terminales fue, irrefutable y superlativamente, un inescrutable sendero agónico plagado de altibajos interminablemente larguísimo y espinoso e increíblemente enredado y lleno de laberínticas e intrincadas recaídas en tristeza existencial profunda frente al dolor puro, hondo e incomprensible producto del choque con la desoladora y cruda y amarga despedida irrevocable tras presenciar la inmensidad avasalladora originada tras consumarse irremediablemente su trágico cierre vital súbito e inesperado e inconmensurable en esta terrenal llanura material.
Un enorme, destacado e importante núcleo mayoritario correspondiente a aquellos acérrimos fanáticos nostálgicos y entristecidos fieles del culto de sus melodías perennes, dedicaban asiduamente grandes y largas jornadas conmemorativas anuales a recorrer peregrinando solemne y emotivamente todas y cada una de las grandes y más ilustres urbes culturales del mundo artístico donde con antelación el mítico ídolo logró haber actuado heroicamente frente a grandes marejadas de multitudes embelesadas tras su mágico virtuosismo de talento. Por el reverso diametralmente diverso del espectro comportamental, muchos y variados incondicionales adeptos más de tipo melancólico recurrían y aplicaban diariamente y en un ciclo interminable a manera de mantra o catártica automedicación auditiva al acto obsesivo o curativo consistente en reiterar, sintonizar pasionalmente y reproducir continua e incansablemente, sin detenerse un instante ni dar asueto tecnológico alguno a las listas cibernéticas repletas de su gigantesco catálogo póstumo de sonetos como el acto de una ritual, desgarradora y desesperanzadora medida espiritual paliativa consistente y concebida ilusoriamente para aferrar, convocar y lograr así mágicamente atrapar, de alguna diminuta, precaria e irreal suerte supersticiosa, el ánima perdida y salvaguardar para retener incorruptible su cálida evocación mental reteniéndola vigente frente a la inmensidad del olvido amnésico pernicioso incesantemente arrojado por el fluir insoportable del caprichoso cauce borrador inmenso que acarrea el paso de los despiadados e inesquivables minutos a su favor a lo largo y ancho y pesado del paso incesante y destructor propulsado continuamente desde su partida implacable y su irreversible fuga terrenal hasta los oscuros dominios encriptados en el reino de la oscuridad sepulcral final frente a toda nuestra finita, transitoria, vulnerable y pasajera realidad tangible existencial expuesta desoladamente tras su ida incomprensible.
Invariable, predecible y dramáticamente solían coexistir a la vez innumerables, variados, obstinados, doloridos y vulnerados integrantes y dolientes conformantes y pertenecientes originariamente desde el ala o bastión enraizado originariamente desde los sectores que formaban incondicionalmente a las bases centrales masivas de sus hordas idólatras, legiones fervientes y adeptos absolutos devotos que, frente a toda cruda y gélida racionalidad evidente incrustada, simplemente manifestaban de plano la intransigente y negadora contumacia consistente en resistirse rotundamente a ser capaces, o negarse sistemáticamente bajo parálisis de shock rotundo, la rotunda necesidad humana vital y mental consistente de acceder a tolerar resignada, dócil, valiente o cuerdamente la inabarcable y desmesurada realidad irrefutable, cruel, dolorosa, atroz, implacable, demoledora y trágica, sobre de las espeluznantes, luctuosas e impasibles informaciones verificadas conteniendo todos, absolutamente incontrastables, fatídicos y dantescos sucesos veraces y letales atestados y atestiguados tras su inexorable, póstumo, irrevocable y mortuorio último desenlace fatal originado en su vida acontecido impávida e inalterable y terriblemente en aquel fúnebre y pavoroso tramo agónico fatal final que arrebató prematura e irremisiblemente toda brizna incorruptible inmaterial inherente perteneciente inconfundible y únicamente proveniente exclusivamente a lo que componía íntima y orgánicamente en cuerpo completo y de alma entera la propia encarnación física viva y gloriosa dotada de majestuosidad al difunto portador poseedor único del magistral, deslumbrante, incomparable, colosal, enérgico y desmedido ser inabarcable frente a sus capacidades líricas inigualables originarias emanadas sin contención ante los avatares existenciales tristes frente al implacable mundo material sin piedad ni salvación eterna.
Todo estriba, radical, inexorable, filosófica y sociológicamente contemplado de raíz y con frialdad de análisis ontológico puro sobre las premisas en las que nos sostenemos lógicamente frente a la caída de un pilar indiscutible, en que… irremediable e inevitablemente, y tal como sucede universalmente cada vez que un bastión gigantesco se derrumba inexplicablemente… cuando un astro superlativo e incuestionable o un ser majestuoso, colosal y referencial de enorme talla al que inconscientemente hemos idealizado y aclamado erigiéndolo a una estatura heroica inexpugnable e indestructible hasta la divinidad y que, social, popular y unánimemente nos resulta y nos aparece o aparenta frente al común del criterio o nos convence con total solidez mental de ser bajo todo análisis puramente y completamente de carácter blindado, todopoderoso, irrompible, inalterable e “invencible”… se apaga y simplemente desaparece sin explicación justa o rastros racionales dejados y se borra de manera drástica o es esfumado sin piedad o aniquilado sin más frente a todo nuestro entendimiento existencial básico de la aparente protección mundial a sus élites por parte de oscuros dominios de tragedia insalvables para toda raza biológica inmersa irremediablemente frente a esta triste, caótica y hostil existencia impasible donde deambulan por inercia los miles y disímiles y fugaces e insignificantes e inservibles componentes, de repente se quiebra de forma tan frágil. Porque cuando algo tan “perfecto” cae y se rompe, absolutamente toda esperanza ajena a su alrededor, sin importar la inmensidad de nuestros lazos o cuán ínfimo y remoto resulte de distancia emocional poseamos sobre del evento póstumo lejano sucedido; se corroe inevitablemente tornándose frente a la desnuda vista, de modo rotundo, espeluznante, aterrador, abismal, sombrío y extremadamente pesimista y tétrico y fúnebre al constatar crudamente y admitir dolorosamente que de golpe se vuelve, en un tris, colosalmente, pavorosamente y horriblemente un millón de veces inestimablemente y universalmente mucho más tenue, mucho más frágil y trágicamente quebrado para siempre ante la cruel evidencia de nuestra precaria vida fugaz.
Con el fluir incesante de las aguas del tiempo curativo e implacable del reloj global transcurrido serenamente bajo su paso firme sin detención, el lacerante e inmenso punzón del inicial tormento, el sufrimiento amargo masivo incontrolable en los cimientos culturales originado a raíz de lo lúgubre, sorpresivo y apocalíptico desvanecimiento repentino de la gloria terrenal a consecuencia ineludible y fáctica atribuible a la extinción irremplazable, penosa e inconmensurable y luctuosa caída mortal referida, comenzó inconfundible e inexorable y orgánicamente un incipiente y paulatino sendero biológico de readaptación o proceso orgánico curativo natural y evolutivo por medio del cual mutar o someterse a una transformación mental psicológica aliviadora frente a la hecatombe global de la muerte y su marca irrenunciable e irremisible sufrida de luto sobre la herida psíquica punzante expuesta sin piedad ni asilo. No se extinguiría ilusoriamente la carga pesarosa ni se diluiría sin dejar trazos, ciertamente, no se ausentó jamás eliminándose del radar existencial afectivo para diluirse o anular su contundencia en los mementos dolidos reavivados esporádicamente para desvanecer su cicatriz perenne al paso indolente y transitorio de los calendarios amnésicos o el consuelo fútil y volátil brindado engañosamente bajo remedios de evasión o placebos y autoengaños; pero esencialmente cambió su cualidad densa purificándose sublimemente y se transfiguró pacíficamente asumiendo dócil, admirable y notablemente en un símbolo vivo y enérgico, de ser tan solo dolor bruto originario, transmutó milagrosamente en noble memoria resplandeciente e inconmensurable y pacífica que nutre los rincones reflexivos a ser asimilado e incorporado para servir gloriosamente y en lo fundamental a enaltecer su propia lección magistral e imperecedera que sirviese abnegada, utilitaria, desinteresadamente, purificadora y pedagógicamente para su eterno y magno beneficio hacia el futuro en un monumento de infinita y crucial e inestimable y valiosa advertencia sanitaria global preventiva referida a los frágiles componentes estresados a nuestra era descorazonadora sobre lo urgente imperante a la conservación biológica e individual sobre la mente agobiada en el límite fatal de toda extinción y ruina irremediable que amenaza cernirse implacable y destructiva para cobrar más mártires insalvados sobre estas crueles ruinas sombrías insidiosas que nos ahogan desatendidas perennemente.
La oscura, brillante, colosal, apabullante y desmedida y trágica historia documentada de Omar Montes no conoció, en resumidas y sentenciadoras cuentas finales, su irremediable finalización argumental, clausura histórica global y finiquito conclusivo o terminación definitiva oficial con el amargo ocaso expirado cruel e impíamente en los tétricos y deprimentes registros acontecidos durante su lúgubre último, mortuorio y agonizante fatídico suspiro trágico que marcara inexorablemente y para siempre las lúgubres 24 horas del calendario del amargo cierre final transcurrido aquel tétrico último doloroso postrero pálido día amargo fúnebre expirado trágicamente entre las tinieblas y sombras solitarias de su postrer colapso mortal.
Su legado moral continúa vigente, palpitando en cada una de las imprescindibles conversaciones nacionales sobre el respeto a la salud mental, en la valiente determinación de cada nuevo artista que hoy tiene el coraje y la osadía de decidir parar el show a tiempo cancelando contratos para preservar la sanidad neurobiológica antes de enloquecer, en cada familiar compasivo, y primordialmente se revitaliza encarnando gloriosamente en absolutamente cada individuo anónimo valiente que, después de horrorizarse y conocer en profundidad la devastadora, oscura e incomprendida historia oculta sobre los martirios y las pesadas, lúgubres y crudas desgracias biológicas, patológicas, médicas, presiones asfixiantes y agonías silentes acaecidas fáctica, cruda y desoladamente durante las espantosas postrimerías terminales infernales desatadas de modo dantesco sobre el fin vital originadas detrás de la figura desvanecida estrepitosamente, se atreve sin miedo o pudor corporativo paralizador a detenerse, rebelarse gallardamente a solas o frente a superiores mercantiles exigentes o seres queridos con coraje, alzando pacífica pero firmemente su voz frente a los estigmas alienantes impuestos o ante la aplastante represión del tabú clínico vigente y pronunciar con el corazón en la mano desde su extrema vulnerabilidad existencial: “Yo no soy una máquina productora de bienestar falso en base a esfuerzo extenuante sin fin que esconde todo bajo mentiras perversas, la dura y cruel y frágil y nítida verdad incuestionable es que en la actualidad yo… rotundamente no estoy bien en mis plenas facultades anímicas”.
Ese, indiscutible e innegablemente, quizás sea en la justa perspectiva y análisis de balance final frente al juicio moral sobre su corta e impactante trayectoria terrenal y sobre la báscula frente al eterno jurado implacable histórico global dictado tras expirar vitalmente y que la deidad o cosmos contemple de su estela sin igual… su verdadero, insobornable, heroico y genuino y eterno legado trascendental victorioso frente al caos descorazonador de la existencia. No son, bajo esta gran lente reveladora compasiva, los fulgurantes e ingentes trofeos vacuos representados por un mar brillante de distinciones fonográficas platino, de oro relucientes, medallas efímeras inútiles para la mente del ídolo, tampoco radica la gloriosa herencia vital en su inexpugnable e incuestionable fama masiva esparcida inconmensurablemente entre multitudes ajenas, continentes divididos, medios estelares vacuos, portadas espectaculares o billones irracionales desmesurados de aplausos fugaces y volátiles devorados trágica, ciega y devoradoramente en el olvido oscuro de las memorias pasajeras efímeras amnésicas… sino que se concreta férreamente e indudablemente radica todo su triunfo y todo valor redentor sobre lo impactante perenne en lo silencioso, preventivo e invisible y salvador incalculable del enorme y preventivo y heroico y protector contundente y poderoso e invaluable impacto terapéutico que finalmente logró incrustar magistral y heroicamente logrando grabar como estigma a perpetuidad y a costa de dar la existencia mortal perdiendo todo tras esto al entregar y donar su propio ocaso final como lección en el disco duro o mentes y almas sensibles para curar o asistir compasiva o educativamente logrando evitar más caos y catástrofes en todas y absolutamente en cada una de todas las personas conscientes de su final doloroso, que a pesar del precio espantoso y del letal y doloroso escarmiento padecido asimilado con pesaroso estremecimiento moral insoportable frente al altar de un destino funesto… al final dramático e in extremis… aprendieron dolorosamente la lección magna de salud psíquica compasiva frente al dolor ajeno incalculable de la ceguera capitalista pero a costa funesta de ser asimiladas para todos nosotros… a un precio y tributo horriblemente asimilado irremisiblemente de un altísimo precio sangriento… demasiado tarde.
La ineludible y colosal importancia, capital urgencia e imperioso dictado moral humano inherente sobre el trascendental mandato existencial, imperante exigencia moral inesquivable frente a la cruel e insufrible tragedia consiste insoslayable e indispensablemente… en no conformarnos nunca jamás en nuestro caminar arrogante al interactuar con nuestra prójima o cercano vecino adolorido del mundo material hostil mediante limitarnos frívola e inútilmente en nuestro actuar social limitándonos y fallando compasivamente a solo emplear nuestros rudimentarios receptores auditivos mecánicos para tan solo y vagamente limitarnos de la peor, vil e inútil de las acciones frívolas y huecas consistentes lúgubre y desoladamente y egocéntricamente limitándonos en tan solo ignorar bajo arrogancia soberbia mediante únicamente y egoístamente “oír” superficialmente desde los oídos indolentes frente al ruido imperante ajeno; si no de despertar compasivos e iluminar a forzarnos en detener todo, abrazar de lleno la vulnerabilidad y emplearnos compasivos asimilando imperiosamente obligados la ineludible responsabilidad de comprender inesquivable y forzosamente y obligatoriamente bajo urgencia humana primordial como deber moral y pilar existencial solidario de nuestra supervivencia de civilización consistiendo esto radical e inexcusable y crucial y poderosamente imperante e ineludiblemente en lograr profundamente y genuina, pura, dedicada, auténtica, bondadosa y desinteresada y compasivamente… escuchar.
Al precipicio crudo o innegable y póstumo arribo del punto culminante fatídico existencial abocado incomprensiblemente en este trágico deceso doloroso pavoroso, fue indiscutible y tristemente letal, pavoroso, agónico, demoledor, abrumador, oscuro, irremediable, cruel, y tremendamente inesquivable y espantosamente trágico, horriblemente lúgubre, abismalmente desconcertante, desgarradoramente demoledor y estrepitosamente triste y macabro para la extinción letal prematura del difunto mártir desolado y quebrado ante su carga implacable en el calvario insuperable en silenciosa desazón en lo hondo de su abismal agonía fatal; pero afortunadamente nuestra lectura comunitaria colectiva o asimilación reflexiva educativa extraída vital y preventiva y la sagrada y majestuosa reveladora y dolorosa valiosa profunda e invaluable y perenne lección curativa originada ante nosotros como sobrevivientes empáticos atónitos frente al duelo originado tras tan doloroso relato finalizado impíamente y clausurado impasivamente, no posee intrínsecamente ni debe acarrear para su asimilación colectiva existencial futura incondicional, tajante e imperativamente ostentar ni poseer el insalvable peso irremisible fatal condicionado insoslayablemente bajo mandato divino la inexcusable trágica naturaleza fatal por la cual estar o devenir en un suceso enteramente trágico estéril o un suplicio doloroso vano que carezca de sentido trascendental pedagógico para todos los que restamos aquí en la contienda, debido innegable y afortunadamente a que bajo el amparo de la providencia del libre albedrío preventivo curativo a nivel de las bases comunitarias de solidaridad empática curativa en lo inmanente, porque la asimilación curativa de cada sutil e imperceptible señal enigmática encubierta y cada silenciosa, dolorosa e incomprensible seña física y emocional omitida negligente o trágica e inoportunamente soslayada por ceguera y que pasó irremisible y trágicamente desapercibida u omitida crasa o inútilmente errando funestamente en interpretarse con presteza durante los momentos y lapsos enigmáticos en los cuales fueron cruda y trágicamente silenciadas, pasadas por alto y letal e incomprensiblemente ignoradas, esconden ahora, desde las crueles y purificadoras luces que otorga retrospectivamente analizar bajo la lupa forense sobre la muerte fatal inevitable de este astro decaído incomprensiblemente con pesar irreparable ante nuestros impotentes lamentos y desesperantes ayes inútiles a solas ante la lápida del tiempo y tumba silente fría que arropa lo inevitable ante su implacable descanso perenne tras batallar herido y fiero frente su abismo oscuro en soledad inescrutable y terror abrumador frente su declive, puede mutar pacífica e infinitamente convertirse compasivamente a nuestro entero gran e ilustrativo y valiosísimo y redentor salvador asilo en una magna, providencial y valiosísima brillante, luminosa y grandiosa inestimable oportunidad providencial sagrada en incondicional herramienta protectora divina de rescate curativo indispensable existencial a ser empleada ineludible y firmemente compasiva a toda prueba y fuerza moral de auxilio en honor al difunto, a innegable imperativo ético urgente sobre ser asimilada curativa para emplear firmeza e incondicional y forzosa convicción sobre modificar y redirigir nuestras trayectorias al fin imperioso e ineludiblemente indispensable inestimablemente propicio imperativo humanitario fundamental consistente esencial y trascendentalmente lograr transmutar vitalmente, evolucionar psíquica, compasiva, curativa y reorientarnos bajo pilar fundamental a… cambiar.
Cada sepulcral y ominoso y tortuoso y gélido prolongado silencio mortal o pesado mutismo abismal incomprensible puede innegable e invariablemente asimilando bajo la revelación de este duelo, puede valiente, gloriosa, rebelde, redentora e ineludible, sanadora y forzosa, sanadora y triunfalmente… romperse en pedazos de coraje liberador. Cada pavorosa, letal, desgarradora y oscura e ineludible crónica triste u horripilante trama funesta oculta a simple vista en este caótico mar mediático, en lugar de clausurarse funestamente con lápidas prematuras como colofones letales, posee la potestad, potestad humana indisoluble y soberanía clínica de virar hacia otra estrella y reescribir e inevitablemente encausar, reestructurar su curso e innegable y maravillosamente enrutar, rearmar su sino impío y poseer pacífica e infinitamente una bendita ruta milagrosa hacia virar inquebrantable curativa y milagrosa de poseer una bifurcación victoriosa para reconducir valiente y salvar incesantemente y poseer para sí, bajo nuestro asilo humano mutuo curativo protector fraterno incondicional, resueltamente y redentora curativa en base a poseer definitivamente un inigualable, próspero, curativo, salvador, radiante, brillante, majestuoso, vivificador, luminoso, liberador, sanador y sanamente, redentoramente un… rumbo distinto.
Omar Montes, la invencible y rutilante superestrella hiperactiva que enloqueció las masas masivas embelesadas globalmente durante innumerables giras fastuosas taquilleras desmesuradas de su imparable e imperial clímax mediático arrollador e imparable durante su dominio transcontinental incontestable en ruidosos foros apoteósicos y en la apoteósica hegemónica y cegadora supremacía imbatible frente al emporio absoluto musical dominador inescrutable inalcanzable, ya no ostenta corpórea, material, terrenal, vital, indubitable, presencial e ineludiblemente su pálpito vital tangible en el presente plano material asimilable, sencillamente, trágica, desconsoladora e incuestionable de admitir, ha sucumbido agónicamente pereciendo tras exhalar exangüe consumido fatal e irremediablemente, trágicamente exánime, sin salvación y silenciada toda su alma física biológica mortal por la expiración trágica final inevitable incondicional y dolorosamente extinta a manos impasibles impías letales por el rigor asfixiante irremediable letal tras ceder a las sombras impasibles y letales definitivas e infranqueables impasibles de las negruras impenetrables gélidas de la tumba lúgubre eterna en un sepulcro desprovisto de ruidos de falsos aplausos hipócritas superficiales vacuos silenciados; el difunto astro que no poseía piedad para parar ante el letal sistema corporativo comercial asfixiante abrumador hostil cruel sin concesiones póstumas… sencillamente, dolorosa e irremediablemente, ya no se halla respirando su genio físico ni vibrando vivo entre sus adoloridos dolientes vivos y devastados admiradores leales dejados al amparo desolador del mundo terrenal que él abandonara desasistido ante la opresión silenciosa en soledad abrumadora y extinta sin salvador oportuno a las puertas gélidas del final inexorable que cegó sus pálidos tristes y desesperados cansados extintos dolidos y exhaustos y lánguidos postreros y desamparados tristes doloridos desprovistos mortuorios ojerosos pesados e incomprensibles agónicos pálidos cerrados ojos mortales póstumos definitivos que bajaron un telón para jamás ser alzados.
Pero su inextinguible y perenne clamor mudo convertido e inmortalizado épica y magistral e imborrable e inquebrantable e inmarcesible en un milagroso y poderoso eco atronador invisible sanador redentor y preventivo; reverbera incontenible, retumbando incesante y pervivirá invicto eternamente latiendo a modo de campanada monumental existencial vibrante, sanadora e incesante que… sobrecogedora y redentoramente, majestuosa e invicta… permanece.
Y en el núcleo central redentor de ese retumbante, estentóreo y monumental eco existencial de dolor sanado sublimado como voz silente y clamor de auxilio en nombre de incontables silenciosos torturados en jaulas de cristal mediáticas doradas opresivas e inhumanas mortíferas silentes dolorosas asfixiantes aplastantes letales, retumba y late incorruptible, soberana y nítida y perpetuamente palpitando perennemente como alarma incandescente inestimable sobre la vida y en favor fundamental al auxilio a la vida vulnerable e indefensa frágil, existe y refulge vigorosa y late incesante e irrefutable, majestuosa, indiscutible e invaluablemente contundente en inagotable fulgor como guía a las sombras humanas ignorantes indolentes negligentes pasivas ciegas inútiles egoístas destructivas y trágicamente erróneas en su andar cotidiano vacío y vacuo indiferente al llanto fraterno ignorado bajo la pátina de farsa cosmética opresiva exigente moderna; existe nítidamente vibrante y late inquebrantable y colosal e irrefutable, sanadora heroica y majestuosamente contundente viva, incuestionable, radiante, sanadora, providencial e inesquivable, imperativa, gloriosa, inmensa, luminosa, preventiva, compasiva e indiscutible, en salvadora en irrefutable mayúscula en este abismo… hay, milagrosamente grabada y palpitante redentoramente en letras de fuego indeleble… una gigantesca, indiscutible, abrumadora, atronadora, incontestable e irrebatible majestuosa imperiosa indiscutible, salvadora e imperiosa y sanadora y trascendental advertencia soberana absoluta preventiva mayúscula en forma de proclama heroica monumental incontestable e… innegable y milagrosamente resplandeciente clarísima, abrumadoramente visible a los ciegos, salvífica indiscutible sanadora imperiosa… imposible por parte de absolutamente nadie cuerdo, moral, compasivo, empático, sensato o ser humano mínimamente digno de llamarse así en asilo fraternal protector curativo sano de vida y asilo en comunidad de hermandad compasiva a nivel general o social individual bajo un asilo sano bondadoso empático puro benevolente asilar vivo vital protector asilo… imposible e imperdonablemente e ineludiblemente bajo ningún insano capricho frívolo o crueldad insana de… ignorar.
La inestable, implacable, vulnerable, impredecible y colosal y milagrosa, precaria y sublime y trágica, transitoria, inescrutable y majestuosa llama fugaz efímera de aliento en la terrenal e insondable pavorosa, maravillosa e insólita travesía terrenal biológica incierta de toda existencia material corporal y psíquica efímera en la inabarcable e impasible hostilidad en el abismo insondable del cosmos infinito frente al frío abismal implacable donde habitamos por efímero incalculable relámpago inmenso insondable impredecible de paso finito e impío de paso temporal e irreversible sobre nosotros de este mundo incesante; ciertamente, trágica e incuestionable e irremediablemente caprichosa dictatorial implacable hostil letal, dolorosa, insidiosa e impíamente arbitraria en su guadaña mortal y pavorosamente tajante sobre la duración de su llama en cada soplo vital en nosotros inmersos bajo incertidumbre hostil fatal incomprensible y caótica e inexorable en este mundo perecedero sin salvación terrenal posible frente la tumba gélida y letal segura e impasible para toda carne, dolorosa y pavorosamente incondicional, caprichosa fatal letal cruel e inflexible mortalmente frente nuestro vano control efímero asfixiante asustado aterrorizado desesperado impío abismo gélido silente infinito abismal incesante letal impasible, de manera cruda trágica real incuestionable certera hostil sin piedad ante nuestro miedo fatal aterrado impotente ante la tragedia… la vida, trágica e incondicional, asombrosa y cruel e irremediablemente azarosa, a nosotros no siempre nos extiende compasiva ni bondadosa providencial u otorgará misericordiosamente y dócilmente sin cobrar el suplicio final y nos concederá graciosamente regalándonos compasivamente un benévolo milagroso indulto oportuno ni brindará graciosamente a modo benévolo o complaciente a nosotros sus asustados siervos rehenes precarios transitorios en inestable frágil e indefensa caída mortal inevitable frente al abismo de su incalculable final lúgubre… la vida no siempre en la gran mayoría letal de su inclemente guadaña impasible sin retorno, no siempre regala de milagro inmaculado en el borde lúgubre agónico letal de su filo mortal a cada sufriente en terror o desesperación final o desasosiego fatal, un inaudito salvamento en forma inaudita pavorosa maravillosa misericordiosa piadosa impensable compasiva salvífica o providencial respiro o postergación en clemencia al juicio del asilo temporal o a modo benévolo de brindar la panacea benevolente curativa que revierta la extinción inminente implacable asfixiante letal fatal; no siempre nos da incondicional, sanadora salvadora, compasiva u otorga dócil y afable o piadosamente grata sanación y da benevolencia protectora clemente sanadora dócil y protectoramente… no siempre otorga compasivas segundas oportunidades.
Pero en sublime y sagrado contraparte milagrosa preventiva, luminosa sanadora majestuosa valiente empoderante majestuosa soberana compasiva, viva rebelde milagrosa redentora salvadora e invencible; nosotros los expectantes resilientes y en duelo frente al desolador espejo trágico oscuro incesante letal expuesto y revelado frente al horror impío de la guadaña hostil cruel sin tregua insidiosa lúgubre, en calidad fraterna solidaria valiente empática compasiva unidos en este trance hostil existencial sanador curativo en redentor asilo heroico salvador protector curativo y revolucionario; ¡absolutamente y vigorosa, rotunda, incontestable, firme, valiente, heroica, contundente, triunfante, arrolladora, compasiva y soberana, libre e indiscutible, innegable y providencial y categóricamente! … nosotros sí poseemos, disponemos y retenemos inalienablemente la grandiosa e inviolable salvífica incesante heroica protectora indoblegable luminosa sanadora milagrosa invicta colosal invencible redentora compasiva divina y trascendental… ¡nosotros sí podemos atrevernos con valor heroico fraterno a salvarnos mutuamente y podemos asimilar su caída logrando al fin empáticamente y compasivamente prevenir catástrofes para, compasiva asimilando lo esencial, forzosamente… aprender a tiempo!
Y de esa forma, entre las cenizas y el lamento, entre el humo de los focos apagados y el estruendo gélido de un sepulcro impasible prematuro e inconsolable y mudo, se alza soberana, contundente y redentora la enorme llama imperecedera de este trágico adiós silente pavoroso incomprensible irremediable; cerrando un duro e incuestionable lúgubre lúgubre penoso, doloroso, sombrío capítulo desgarrador incesante fúnebre; dando paso inexorable y definitivo, así, de modo solemne compasivo curativo e irrebatible, concluyendo y clausurando este amargo episodio de consternación mediática universal; es como de este modo sentenciador inesquivable inexorable… así termina.
Pero en mayúscula rebeldía contra todo lo efímero de los ídolos caídos en desgracia a solas en el abismo del burnout mortal hostil comercial devorador despiadado y fúnebre amargo lúgubre y lúgubre tétrico y atroz abismal silencioso y trágico agónico doloroso macabro fin sin auxilio y sin clemencia oportuna; esta lección no finalizará relegada fútil e inservible y lánguidamente consumida estérilmente para ser depositada y arrinconada u olvidada estúpida negligentemente disipada frívola efímera egoísta desidiosa y atrozmente vana y desechada inútil a las arenas movedizas sin valor e insensibles basureros inútiles amnésicos mediáticos y vacuos de un mundo capital insaciable desalmado. Esta narración magistral colosal sanadora no se desvanece y no será marginada consumiéndose y no se apagará y no culmina siendo fútil insignificante superflua irrelevante en este plano como, para desprecio fúnebre impío, siendo clasificada u olvidada y amontonada erróneamente clasificada u honrada pírrica y vanamente archivada polvorienta inútilmente bajo la forma vacua fútil estéril superflua e indigna y simple manera lánguida vacía… no como un efímero, lánguido, vago, superficial, fútil y vano, inútil, estéril, insignificante e indigno e ignominioso e insignificante olvido pasivo e insensible como simple e inútil y vago… no como un simple relato de dolor impotente u ordinaria efímera anécdota y efímera superficial triste y ordinaria nota periodística de… relato de pérdida.
Su sangre, su voz apagada, su pálido rostro agónico en silencio clamando asilo mudo frente al letal, hostil cruel y despiadado espejo en solitario antes del coma sin remedio al final mortal inesquivable, su tortuoso mutismo, su sudor, su insomnio opresor letal infernal pavoroso tétrico, su pánico escénico y de soledad de agenda asfixiante aniquiladora tétrica destructiva infernal voraz e insufrible; todo aquel espeluznante vía crucis terminal tétrico funesto incomprensible y atroz… no fueron para alimentar la miseria amarillista mercantil y vacía de las redes amnésicas y devoradoras en la indolencia social moderna fútil anestesiada indolente impasible pasiva y trágicamente alienada o cruelmente egoísta ciega sorda sin asilo impasible; sino que su martirio se levanta majestuoso victorioso empoderador y trascendental eterno, erigido incólume brillante y magno gigantesco soberano milagroso salvífico incondicional asilo existencial supremo de luz, instituido forzosamente y para el porvenir eterno innegable curativo salvador asilo compasivo en nuestra mente comunitaria global asimilado perennemente, grabado gloriosamente para todo el tiempo en que un alma transite o viva bajo la luz cruel del escenario mercantil comercial opresor y a solas sufriendo bajo terror fúnebre depresión soledad extrema; se graba triunfal y magno eterno colosal, imperativo valiente ineludible y mayúsculo redentor en… sino como un heroico, colosal y magistral doloroso curativo inmenso grandioso majestuoso indiscutible vivo inagotable asombroso preventivo esencial trascendental y divino y milagroso asombroso soberano… recordatorio inmenso urgente de lo que en el supremo valor intrínseco humano biológico fraternal espiritual sano salvador compasivo curativo esencial existencial humanitario de auxilio desinteresado y puro asilo… de lo que genuina esencial compasiva vital verdadera, invaluable fundamental y absolutamente en lo esencial… lo que realmente importa.
Y lo que de veras importa ante el precipicio frío implacable mortal inescrutable y lúgubre oscuro letal, ante la guadaña fría despiadada del lúgubre estrés crónico asfixiante asesino abismal letal mudo y tétrico abrumador y ante la fría guadaña oscura del abismo inescrutable silente; es sagrada e indiscutible y milagrosa, esencial prioritaria valiente fundamental soberana vital absoluta majestuosa heroica prioritaria y radical e impostergable y mayúsculamente… lo esencial en la vida, ante la muerte, en este breve latido frágil inmensamente fugaz, es priorizar heroicamente el indoblegable pacto fraterno humano empático asilo amoroso compasivo fraternal bondadoso preventivo y protector consistente soberanamente, a cada segundo sin demora u opresión mercantil fútil vana absurda de ídolos de barro falsos; en el acto milagroso salvador redentor mayúsculo compasivo esencial e inestimable supremo heroico preventivo asilo curativo bondadoso amoroso compasivo de… escuchar incondicional, observar empática solidariamente asimilando… cuidar genuina y protectora y bondadosa compasivamente en asilo, salvaguardar y asilar incondicional y bondadosa fraternamente y resueltamente y esencial e ineludible y, mayúscula imperativa, radical, sanadora valiente heroica contundente y gloriosamente asimilando esto inesquivablemente… detenerse a frenar la rueda letal absurda comercial consumista infernal vacía superficial vana para… detenerse.
Frenar en seco todo. Abrazar la vida misma antes que el éxito de oropel vano absurdo y falaz mortífero silente. Frenar todo a tiempo con coraje sanador protector compasivo empático vital… detenerse, para asilar la mente agobiada a solas silenciada letal incomprensiblemente; frenar a tiempo curativo salvador asilo heroico incondicional valiente… detenerse a proteger, a escuchar el alma y aliviar las crueles dolorosas lúgubres pesadas desgarradoras y macabras sombras de la mente frágil asustada solitaria extenuada o extinta de asilo. Detenerse incesante preventivamente… antes de que la pavorosa letal funesta, la despiadada cruel hostil irreversible macabra tétrica fúnebre letal e impasible insondable mansa silente eterna, gélida sombría tétrica pavorosa oscura letal abismal gélida, impasible tumba oscura devoradora silenciosa e indoblegable letal tétrica letal tumba inescrutable inexpugnable e implacable irremediable oscura tumba helada cruel y trágica muerte sin retorno póstumo impío atroz irremediable impasible fúnebre cierre fatal tétrico inesquivable… antes de que la oscuridad absoluta y el silencio incesante e inevitable y triste impasible fúnebre abismal irremediable macabro silencio del cementerio… nos reclame a todos trágica, irreparable incondicional, tétrica atroz cruel insidiosa desoladora, gélida hostil despiadada e implacablemente tras la última pesada respiración sin aliento póstumo trágico letal e incomprensible atroz letal silente incesante letal fúnebre macabro letal impío sin remisión atroz fúnebre… antes de que sea irremediablemente… demasiado tarde.