JOSÉ ÁNGEL “MANTEQUILLA” NÁPOLES : Por esto Lo ABANDONARON No lo CREERAS s
El presidente de México le llamó por teléfono. Le ofreció carros, relojes, dinero en efectivo, lo que pidiera. Y él pidió una sola cosa, ser mexicano. Ese hombre era el mejor welter del mundo, campeón mundial, 15 defensas del título. HBO dijo que era el mejor desde Sugar Ray Robinson y murió en una casa prestada sin un peso.
Su esposa Berta miró a la cámara y dijo que había días que no les alcanzaba para comprar leche. El mismo hombre es el que rechazó el dinero del presidente para pedir ser mexicano y el que murió sin alcance para la leche. ¿Cómo llega un hombre así a ese final? Necesitas escuchar todo porque si te vas antes del final no vas a entender la parte que más duele.
Su nombre era José Ángel Nápoles. Nació el 13 de abril de 1940 en Santiago de Cuba, la misma ciudad que le dio al mundo el son, el bolero y una manera de mover el cuerpo que el mundo entero terminó imitando. Y desde esa misma ciudad salió huyendo a los 19 años porque un hombre llamado Fidel Castro acababa de cambiar las reglas de todo lo que Nápoles conocía, de todo lo que había planeado para su vida.
En los próximos 55 minutos vas a conocer cuatro cosas que nadie te ha contado completas sobre el mantequilla Nápoles. Primera, lo que pidió cuando el presidente de México le llamó por teléfono. Le ofrecieron carros, relojes, dinero en efectivo, lo que el campeón del mundo quisiera. y él pidió algo que ningún boxeador mexicano había pedido jamás en esa situación.
Eso define quién fue este hombre mejor que cualquier campeonato que haya ganado. Segunda, la noche en Francia, el pulgar en el ojo, la pelea contra Carlos Monzón que Julio Cortázar inmortalizó en uno de los cuentos más citados de la literatura latinoamericana del siglo XX. Y el detalle que nadie menciona cuando cuenta esa historia.
Mantequilla nunca supo que ese cuento existía, nunca lo leyó, nunca lo conoció. Tercera, el desprendimiento de retina que nadie le dijo a tiempo, lo que el médico encontró después de su última pelea y que cambia cómo se entienden los últimos años de su carrera. Lo que eso significa para un hombre cuya vida entera dependió de ver bien, de leer los golpes antes de que llegaran, de encontrar los ángulos con precisión de milímetro.
Doy la cuarta, la frase de su esposa Berta. Una sola frase, la más corta de toda esta historia y la más devastadora de todas las que vas a escuchar hoy. Te aviso cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, no vas a entender por qué este hombre merece mucho más de lo que México le dio. Guarda esto, la frase de Berta. Ya llegamos a ella, Santiago de Cuba, el mundo que lo formó. Santiago de Cuba.
- Una ciudad del oriente de la isla, donde el calor no da tregua en ninguna época del año y donde la música sale de las ventanas y de los patios a cualquier hora del día o de la noche. ciudad más caribeña de Cuba, si eso es posible decirse, de una isla que ya es completamente caribeña en todos sus rincones, la que tiene el son más antiguo, el bolero más dramático y una manera de mover el cuerpo que los santiagueros aprenden antes de aprender a caminar y que en otros países la gente pasa años intentando imitar sin del todo
conseguirlo. En ese ambiente nació José Ángel Nápoles y en ese ambiente aprendió algo que después le serviría en el ring más que cualquier golpe que le enseñara cualquier entrenador en cualquier gimnasio. El movimiento de pies, el ritmo y la capacidad de ubicar el cuerpo exactamente donde tiene que estar, una fracción de segundo antes de que el rival sepa que tenía que estar ahí.
La intuición del espacio y del tiempo que en Santiago de Cuba no se enseña, simplemente se absorbe porque está en el aire, en la música, en la manera en que los hombres se mueven por la calle. Los santiagueros bailan antes de caminar. Eso no es una exageración poética. Es la descripción de un ambiente donde el cuerpo aprende desde los primeros años de vida que el movimiento tiene ritmo, que el ritmo tiene belleza y que la belleza del movimiento es algo que vale la pena cultivar.
Y José Ángel Nápoles creció en ese ambiente absorbiendo ese ritmo antes de que nadie le pusiera un par de guantes en las manos y le dijera que eso que había estado haciendo toda la vida tenía aplicación en un cuadrilátero. El boxeo llegó después, pero llegó sobre esa base ya construida, sobre ese cuerpo que ya sabía moverse antes de aprender a pelear.
que ya tenía el sentido del equilibrio y del ritmo que los entrenadores de boxeo pasan años intentando desarrollar en sus alumnos y que Nápoles simplemente ya estaba ahí, formado por la ciudad donde nació, por la música que lo rodeó desde niño, por el ambiente que le enseñó que el cuerpo puede hacer cosas que la mente no termina de calcular.
debutó como profesional el 2 de agosto de 1958. tenía 18 años en La Habana, no en Santiago, en el circuito profesional cubano de esa época, donde el boxeo todavía vivía y respiraba con la misma intensidad que en México o en Estados Unidos, donde los promotores tenían contratos reales y las peleas se anunciaban en los periódicos y la gente pagaba para verlas.
Ocho peleas, una sola derrota. una trayectoria que apuntaba hacia algo más grande. Y entonces llegó enero de 1959. Fidel Castro entró a la Habana. La revolución cubana que el mundo entero registró como un evento político de primera magnitud transformó la vida de José Ángel Nápoles de una manera que no tenía nada que ver con la política y todo que ver con el boxeo.
El nuevo gobierno revolucionario prohibió el boxeo profesional en Cuba, no como una medida secundaria que podía renegociarse después, como una decisión ideológica central es parte de la filosofía que guiaba al nuevo régimen. Los atletas cubanos no podían ser mercancía. El deporte tenía que ser amateur, colectivo, al servicio del estado y de la gloria nacional, y no al servicio de los promotores y las apuestas y el dinero privado que circundaba el boxeo profesional en el mundo capitalista que la revolución rechazaba. Para Nápoles,
que tenía 18 años, ocho peleas profesionales, una sola derrota y toda una carrera por delante. Esa decisión era una sentencia de muerte deportiva. Seguir en Cuba significaba abandonar el boxeo profesional, entrenar para representar al Estado en competencias amater, renunciar al camino que él había elegido y al que le había dado ya sus primeras victorias reales.
Abandonar el único sueño que tenía. ¿Qué hace un hombre de 19 años cuando el gobierno de su propio país le cierra el único camino que conoce? cuando la decisión de quedarse equivale a abandonar para siempre el único proyecto que tiene, cuando el país donde nació, el país al que pertenece, le dice que lo que él quiere hacer con su vida no es compatible con lo que el Estado ha decidido que la gente debe hacer con la suya, José Ángel Nápoles tomó la única decisión que para él tenía sentido.
que fue, no con un discurso político, no con resentimiento declarado. Se fue porque el boxeo era más grande que cualquier frontera, que cualquier gobierno, que cualquier ideología. Y el país al que llegó terminaría siendo el único que él reconocería como suyo para el resto de su vida. Llegada a México, el exilio que se convirtió en patria México.
- Un cubano de 21 años que llega con el historial de 21 peleas. Una sola derrota. Si el sueño intacto de seguir boxeando en un país donde el boxeo profesional todavía vivía y donde los promotores todavía pagaban y donde un buen boxeador podía todavía construir una carrera con futuro real. Los primeros años no fueron fáciles, nunca lo son para quien llega de afuera sin el nombre establecido ni las conexiones que abren puertas en el mundo del deporte.
Nápoles se puso bajo la dirección de Cuuko Conde y Kid Rapidez, entrenadores mexicanos. Con experiencia, con criterio, sí que vieron en ese cubano de movimientos suaves y de pies ligeros, algo que no habían visto antes en sus años de trabajo en el boxeo, porque el mantequilla cuando se movía en el ring no se movía como los boxeadores mexicanos que ellos habían entrenado durante años.
Hay que explicar esto con cuidado porque importa para entender todo lo que viene después. Los boxeadores de la escuela mexicana de esa época peleaban hacia adelante. Fajadores, ¿no? Hombres dispuestos a recibir tres golpes para poder dar dos. Convencidos de que la presión constante y el corazón para aguantar el castigo terminarían doblegando al rival.
una filosofía de boxeo que producía peleas extraordinariamente espectaculares para el público, campeones de corazón enorme que la afición amaba y un precio físico muy alto para los cuerpos que la practicaban durante años. Nápoles peleaba diferente, se movía diferente, pensaba el ring de una manera diferente, se movía como si el cuadrilátero fuera una pista de baile y él supiera exactamente qué canción sonaba en cada momento.
Los rivales que lanzaban golpes encontraban el aire donde había estado Nápoles medio segundo antes. La cabeza que querían golpear no estaba donde esperaban que estuviera. El cuerpo que querían atacar ya había cambiado de ángulo, de posición, de altura. Noy con una naturalidad que hacía que pareciera que el rival era el que se movía mal y no que Nápoles era el que se movía extraordinariamente bien.
Y cuando él golpeaba, golpeaba desde posiciones que el rival no había calculado en su defensa, desde ángulos que la guardia estándar no cubría porque no estaba diseñada para cubrir golpes que llegaban desde ahí, con una precisión que no era la de la potencia bruta, sino la de la geometría exacta.
En la geometría de un hombre que había aprendido desde niño en Santiago de Cuba que el cuerpo puede estar exactamente donde uno decide que esté. El mejor welter de la historia mexicana, dijo décadas después el comentarista Alfonso Morales y luego añadió algo que pesa más que el superlativo. Nadie como él era el rey del balance. El rey del balance.
Esa frase dice en cuatro palabras lo que un tratado técnico sobre boxeo tardaría páginas en explicar. No, el balance es lo que permite que todo lo demás funcione. El que te da la posición para golpear, el que te permite esquivar sin caer en un ángulo donde quedes expuesto. El que hace que cada movimiento sea eficiente, que no sobre nada, que no falte nada, que el cuerpo esté siempre en el lugar exacto que necesita para hacer lo siguiente.
El apodo que le puso la prensa mexicana reflejaba exactamente eso, mantequilla por la suavidad del movimiento, por el deslizamiento sin resistencia o por la manera en que se desplazaba en el ring, como si no hubiera fricción entre sus pies y la lona, como si los golpes del rival le pasaran al lado con la misma facilidad, con que la mantequilla pasa sobre el pan caliente sin encontrar resistencia.
Era cubano, pero peleaba con el sombrero charro en la entrada al ring porque quería que nadie que lo viera tuviera duda de qué país representaba. Un cubano exiliado que llegó sin nada, que pasó 10 años construyendo una carrera en tierra ajena y que adoptó el sombrero charro como símbolo de lo que había elegido ser.
Estaba construyendo en esos años algo que el mundo del boxeo iba a tener que mirar con atención, pero primero tenía que esperar. 10 años desde que llegó a México hasta que alguien le dio la oportunidad que merecía. Y lo que pasó cuando finalmente llegó esa oportunidad es algo que ninguno de los que estaban ahí olvidó después. El campeonato, El Forum de Inglewood de 1969.
18 de abril de 1969. El Forum de Inglewood, Los Ángeles, California. El mismo escenario donde meses después el Púa Solivares ganaría su primer campeonato mundial. El mismo recinto lleno hasta el último rincón de mexicanos que habían cruzado la frontera o que vivían en California y que esa noche vinieron a ver a uno de los suyos pelear por el título del mundo.
Nápoles tenía 28 años, pues había esperado 10 años para que alguien le diera una oportunidad de campeonato mundial. 10 años de peleas en el circuito mexicano, de victorias que se acumulaban, de derrotas que se podían contar con los dedos de una mano, esperando que algún campeón del mundo tuviera la disposición o la necesidad de poner el título en juego contra ese cubano de movimientos suaves que peleaba con el sombrero charro.
El campeón que finalmente aceptó se llamaba Curtis Coks, norteamericano, ex campeón mundial de peso welter de la Asociación Mundial de Boxeo y del Consejo Mundial de Boxeo al mismo tiempo. un hombre que había demostrado ser un buen campeón, que tenía experiencia, que había derrotado a rivales serios y que esa noche, con todo el respeto que le corresponde, subestimó al cubano que llegaba con el sombrero charro y el balance de baile que nadie en su preparación había sabido replicar.
13 rounds. 13 rounds en los que Nápoles fue desmontando la defensa de Cox con la paciencia absoluta de quien sabe que el trabajo bien hecho no tiene atajos y que si uno sigue haciendo lo correcto, el resultado llega solo moviéndose, encontrando los ángulos que la defensa de Cokría, golpeando desde donde el campeón no esperaba que llegaran los golpes, haciendo que cada round fuera más claro que el anterior sobre quién controlaba esa pelea y hacia dónde iba a terminar.
En el decimotercer asalto, Cartis Cokes no pudo levantarse para continuar. Knockout técnico. José Ángel Mantequilla. Nápoles era campeón mundial de peso welter, simultáneamente reconocido por la Asociación Mundial de Boxeo y por el Consejo Mundial de Boxeo. El campeonato completo, sin asterisco, sin discusión.
El fórum de Inglewood, lleno de mexicanos, respondió con ese ruido que sale del cuerpo antes de que el cerebro lo autorice. Ese ruido que no se puede fabricar ni ordenar y que simplemente ocurre cuando algo enorme pasa en un lugar donde hay mucha gente que esperaba que pasara. Y entonces pasó algo que nadie en el vestuario esperaba que pasara esa noche.
El presidente de México llamó por teléfono al vestuario del campeón, Gustavo Díaz Orda. El presidente de la República Mexicana llamó para felicitar a Nápoles y para preguntarle qué quería como reconocimiento por su victoria. lo que el campeón pidiera, carros, relojes, dinero, lo que él dijera.
Lo que Nápoles respondió esa noche es la primera revelación que te prometí. Ya llegamos. El regalo al presidente, el presidente de México en persona en el teléfono desde Los Pinos, felicitando al nuevo campeón del mundo y preguntándole qué quería como reconocimiento. Carros, relojes, dinero en efectivo. Lo que el nuevo campeón del mundo pidiera, el presidente de México tenía la posición y la disposición de darlo.
Nápoles escuchó la oferta y respondió con algo que Gustavo Díaz Oordaz no esperaba escuchar de un boxeador que acababa de ganar el campeonato mundial y que tenía toda la razón del mundo para pedir algo material. dijo que lo único que quería era ser mexicano. ciudadanía, no los carros, no el dinero, no los relojes, no ninguno de los bienes materiales que el presidente de la República estaba en posición de ofrecer, la ciudadanía mexicana para poder competir por México en torneos internacionales que para que el país que lo había
recibido cuando Cuba le cerró las puertas, que lo había entrenado y que lo había aplaudido durante 10 años mientras construía una carrera desde cero. Fuera oficialmente, legalmente, irrevocablemente su país, para que el sombrero charro que usaba en sus entradas al ring no fuera solo una metáfora de pertenencia, sino una declaración legal de quién era y a qué país pertenecía.
Gustavo Díaz Ordas firmó la naturalización de José Ángel Nápoles ese mismo año y desde ese día Mantequilla Nápoles peleó como mexicano, no como cubano que boxeaba en México, como mexicano, con toda la carga y todo el orgullo que esa palabra llevaba en el ring. Un hombre que huyó de su país a los 19 años porque una revolución le cerró el único camino que conocía, que pasó 10 años construyendo desde cero en tierra ajena, sin red de protección, que llegó a la cima del boxeo mundial después de esos 10 años de trabajo. Y
cuando el presidente del país, que lo había recibido, le ofreció lo que quisiera, cuando tenía todo el poder de pedir, lo que le hubiera dado seguridad material para el resto de su vida, pidió pertenecer. No el dinero, no los bienes, no la seguridad económica que en ese momento hubiera sido completamente razonable pedir pertenecer.
Eso dice más sobre José Ángel Nápoles que todos sus campeonatos juntos. El cubano que llegó sin nada se había convertido en campeón del mundo y en mexicano por elección propia. Lo que vino después fue una de las carreras más elegantes que el boxeo de esa época produjo en cualquier parte del mundo.
Y también una de las caídas más silenciosas e injustas, la que nadie vio venir del todo hasta que ya era demasiado tarde para hacer algo diferente. La gloria, el reinado, 15 defensas, 6 años. Para entender completamente lo que fue el reinado del mantequilla Nápoles, hay que entender primero qué significa en términos reales defender un título mundial 15 veces. 15.
No es un número decorativo que se menciona para impresionar. Es el número de veces que el campeón tiene que subir al ring contra los mejores contendientes que existen en el mundo en ese momento. y probar frente a los jueces de la prensa y el público que el cinturón que lleva alrededor de la cintura sigue siendo suyo con razón, que no fue un accidente, que no fue una noche de suerte, que es el mejor sistemáticamente contra quien le pongan enfrente.
Entre 1969 y 1975, durante 6 años, José Ángel Mantequilla Nápoles fue el mejor boxeador de peso welter del mundo. No el mejor de México, no el mejor de América Latina, el mejor del mundo. Se en una época donde el peso welter era una de las divisiones más competidas y más profundas del boxeo internacional.
con rivales de primer nivel en Estados Unidos, en Europa, en toda América Latina. Peleó contra los mejores de esa época, contra Emil Griffit, que había sido campeón mundial tres veces en dos categorías diferentes y que era considerado uno de los grandes del deporte, contra Hedgmont Lewis, al que noqueó en nueve asaltos en una pelea que los especialistas recuerdan como una exhibición de control total.
Contra Armando el chivo Muñiz. en una de las peleas más recordadas por la afición mexicana de esa generación, donde el chivo llegó con todo lo que tenía y Nápoles respondió con una clase que hizo que la diferencia pareciera más grande de lo que el récord sugería. Y en medio de todas esas defensas exitosas, hubo un momento que parecía el final y que no lo fue.
Billy Bacus, 1970. Un zurdo norteamericano que nadie hubiera señalado como el hombre que iba a quitarle el título al mantequilla. Una noche en que las cosas no salieron como tenían que salir. En el cuarto asalto, un golpe de vacus abrió una cortada sobre el ojo derecho de Nápoles. Una cortada que el árbitro valoró como suficientemente seria para detener el combate.
El campeón había perdido el título. La noticia llegó a México con el peso de esas noticias que uno no termina de creer la primera vez que las escucha. El mantequilla, el hombre de los movimientos suaves y el sombrero charro, había perdido el campeonato. Cualquier hombre de 50 años o más que haya seguido el boxeo en esa época recuerda ese momento con la claridad.
con que se recuerdan los golpes que duelen. Pero lo que Nápoles hizo después de perder define quién era tanto como lo que hacía mientras ganaba. No se retiró, no buscó excusas, no desapareció, se preparó, entrenó con la seriedad que siempre había entrenado y un año después regresó para la revancha. Vacus volvió a ser el rival y esta vez Nápoles no le dio ninguna oportunidad de que una cortada decidiera el resultado.
Lo mandó a la lona en el octavo asalto. Recuperó el título de manera contundente. El mantequilla había demostrado algo que va más allá de ganar campeonatos, que podía perder, levantarse y volver a ser el más grande. En esos años de reinado, México lo aplaudía en la Arena México, en el Forum de Inglewood, en cualquier escenario donde peleara.
El hombre que había pedido ser mexicano era tratado como mexicano en todo lo que importaba. Los aficionados que lo habían visto llegar cubano sin nada lo habían adoptado como propio. El sombrero charro en la entrada al ring ya no era solo un gesto, era la declaración de identidad de un hombre que eligió pertenecer y que el país respondió con cariño.
Por un tiempo. Ya llegamos al momento en que ese cariño encontró sus límites. Para que Juan entienda completamente por qué el mantequilla Nápoles era tan extraordinariamente difícil de golpear, hay que explicar algo del boxeo, que los números de victorias y derrotas no capturan. Hay boxeadores que ganan porque pegan más fuerte que sus rivales.
La potencia natural que aparece en algunos hombres y que en el momento en que conecta limpio en el lugar correcto, termina la discusión sin importar lo que el rival haga. Hay boxeadores que ganan porque aguantan más. Los fajadores, los que tienen el quijada y el corazón para absorber el castigo que un rival superior les da y seguir adelante hasta que la resistencia del otro se rompe antes que la propia.
La escuela mexicana por excelencia. Y hay una categoría pequeñísima que aparece una vez por generación de boxeadores, si es que aparece, de hombres que ganan de una manera completamente diferente, haciendo que pegar en ellos sea casi imposible de que el rival llegue al final de 12 rounds, habiendo lanzado cientos de golpes y conectado una fracción de los que intentó, porque el hombre que tenía enfrente simplemente nunca nunca estaba donde los golpes esperaban encontrarlo.
Nápoles pertenecía a esa tercera categoría. Su defensa no era la defensa de quien cruza los brazos, baja la cabeza y espera que el rival se canse de golpear. No era la defensa de quien se mueve, de manera que el rival nunca termina de calcular con exactitud dónde está el blanco al que apunta. La cabeza que un segundo antes estaba en una posición ya está en otra cuando el golpe llega.
El cuerpo que la guardia del rival estaba configurada para atacar ya cambió de ángulo con una naturalidad que hacía que todo pareciera fácil desde afuera, aunque por dentro fuera el resultado de miles de horas de trabajo. El bolo punch de un golpe que prácticamente desapareció del boxeo moderno, pero que en esa época formaba parte del repertorio de muy pocos boxeadores en el mundo.
Y de esos pocos, ninguno lo ejecutaba con la naturalidad de Nápoles. un golpe circular que llega describiendo un arco desde abajo y desde el costado al mismo tiempo, desde un ángulo que la defensa estándar no cubre porque no está diseñada para cubrirlo porque nadie que enfrenta a un buen boxeador espera que el golpe llegue desde ahí.
Hernápoles lo usaba como si fuera el golpe más normal del mundo, como si fuera lo que cualquiera haría en esa posición. No lo era. Era el rey del balance, dijo Alfonso Morales. Y esa frase, en cuatro palabras encapsula exactamente lo que Nápoles tenía que los demás no podían replicar, aunque quisieran. El balance es lo que permite que todo lo demás funcione en el boxeo.
es lo que da la posición para golpear con potencia sin sobreextender el cuerpo, lo que permite esquivar sin caer en un ángulo donde el rival puede aprovecharte, lo que hace que cada movimiento sea eficiente, que cuando uno golpea, golpea desde la posición correcta, que cuando uno esquiva, la esquiva lleva directamente a la siguiente posición de ataque.
Que nada sobre, que nada falte. IHBO, que en esa época era la cadena de televisión más importante del boxeo internacional, la que transmitía los combates más grandes y que tenía acceso a los mejores analistas del deporte. Hizo la comparación que en el mundo del boxeo no se hace a la ligera. El mejor welter desde Sugar Ray Robinson.
Sugar Rey Robinson, el hombre que la mayoría de los especialistas consideran cuando hablan en serio y sin compromisos con ninguna bandera ni ninguna época. El mejor boxeador de todos los tiempos en cualquier división. Cuando alguien dice que alguien es el mejor welter desde Robinson, está diciendo algo que pesa, como pocas frases pesan en la historia del deporte.
ESPN. lo ubicó en el puesto 32 de los 50 mejores boxeadores de la historia entera del deporte. La revista The Ring, la publicación especializada más respetada del mundo del boxeo, lo incluyó entre los 100 mejores de todos los tiempos. El salón internacional de la fama del boxeo en Canastota, Nueva York, lo exaltó en 1990 junto a los nombres más grandes que el deporte ha producido en cualquier época y en cualquier país.
Es considerado entre los mejores 20 boxeadores de todos los tiempos por los que saben. Y hay un detalle que coloca a Nápoles en una categoría completamente diferente de los demás. campeones de su época. El escritor argentino Julio Cortázar, uno de los más grandes narradores del siglo XX en cualquier idioma, asistió a una de sus peleas y escribió un cuento sobre lo que vio esa noche.
Ese detalle es la segunda revelación que te prometí. Ya llegamos. Cortázar y la noche en Francia. Esta es la segunda revelación. La noche en Francia, El Pulgar en el Ojo y Julio Cortázar. 9 de febrero de 1974. Putó Francia. José Ángel Nápoles acepta un reto que en retrospectiva ningún analista serio puede defender como una buena decisión estratégica.
Subir de la división welter a la división de peso mediano para pelear contra Carlos Monson por los campeonatos mundiales de esa categoría. Carlos Monsón, argentino, es uno de los boxeadores más dominantes de esa época en cualquier división. Un hombre con una envergadura y un físico que eran naturales en el peso mediano y que representaban una ventaja real y significativa sobre alguien que naturalmente peleaba 13 o 14 libras por debajo.
La diferencia de peso entre un welter y un mediano no es cosmética. Son músculos diferentes, brazos diferentes, fuerza diferente. Y la pregunta que nadie respondió bien antes de esa pelea es esta: ¿Por qué Nápoles aceptó ese combate en esas condiciones? La respuesta tiene que ver con el dinero, con la visibilidad, con el hecho de que una pelea por el campeonato de peso mediano en Europa garantizaba una bolsa y una audiencia que ninguna defensa welter en México podía igualar en ese momento. Y tiene que ver con la
confianza que en el boxeo a veces raya en la soberbia. Es de un hombre que había ganado tanto que empezaba a creer que podía ganar en cualquier condición. Uno de los organizadores de esa pelea era Lan Delon, el actor francés. El hecho de que una estrella de cine de esa magnitud estuviera involucrada en la organización dice algo sobre el mundo glamoroso y de excesos que rodeaba al boxeo en Europa en esa época.
Un mundo completamente diferente al de los gimnasios de Abondo Jito o de los barrios de Santiago de Cuba, donde se formaban los campeones. Y en las gradas de ese combate emputó entre el público europeo que había ido a ver a Monsón defender su título, estaba Julio Cortázar, el escritor argentino, el autor de Rayuela, uno de los libros más importantes de la literatura latinoamericana del siglo XX.
El hombre de los cuentos perfectos, de las frases que uno no termina de olvidar aunque quiera. Un amante confeso del boxeo que había ido esa noche a ver a su compatriota Monsón defender los campeonatos. Y lo que Cortasar vio en esa pelea lo convirtió en cuento. El sexto asalto. Monsón y Nápoles en el cuerpo a cuerpo, donde la diferencia de tamaño era más evidente y donde el cubano mexicano no podía usar su ventaja de movimiento con la misma libertad que tenía en campo abierto.
Y en ese cuerpo a cuerpo, según la versión de Nápoles, que nunca fue desmentida de manera concluyente por ninguna prueba objetiva, el argentino introdujo el pulgar de su guante izquierdo en el ojo del cubano mexicano. El dolor llegó inmediatamente. La visión se nubló. Nápoles, cuya carrera entera había dependido de ver bien para moverse bien, de leer los golpes del rival antes de que llegaran, de encontrar los ángulos con la precisión de milímetro que distingue al campeón del contendiente.
De repente no podía ver con claridad desde uno de sus ojos, en la mitad de una pelea de campeonato mundial. Su esquina tomó la decisión. no lo dejó salir para el séptimo asalto. Nápoles perdió, perdió el intento por el campeonato de peso mediano y denunció públicamente lo del pulgar con la claridad de quién sabe lo que sintió y no tiene razón para inventarse una explicación alternativa.
El árbitro lo desmintió. No hubo sanción para Monsón. La versión oficial fue que la derrota fue limpia. Pero la historia no terminó ahí. Julio Cortázar es que había visto todo desde las gradas con los ojos de un escritor que sabe que lo que está mirando tiene algo que vale la pena preservar en palabras. Volvió a su departamento en París esa misma noche y escribió un cuento.
Lo tituló La noche de mantequilla. Es uno de los cuentos más estudiados de su obra. Una pieza de literatura que los universitarios latinoamericanos siguen analizando décadas después. Es que captura algo sobre el boxeo y sobre la derrota y sobre lo que significa ser el mejor y enfrentar una noche en que el mejor no alcanza, que ningún artículo deportivo había logrado capturar con esa precisión.
El cuento existe, se sigue leyendo, se sigue enseñando en universidades de toda América Latina. Y José Ángel Nápoles, según todo lo que se sabe con certeza sobre su vida después del ring, nunca supo que ese cuento existía, nunca lo leyó. Eh, nunca le llegó a alguien a decirle que uno de los más grandes escritores latinoamericanos del siglo XX había inmortalizado una de sus noches en la literatura.
Su nombre vive en las bibliotecas del mundo entero en la obra de Julio Cortázar y él nunca lo supo. ¿Cómo se llama eso? Es injusticia. Es ironía del destino. Un hombre cuya derrota fue tan significativa que un genio de la literatura la convirtió en arte. Un hombre cuyo nombre está en las librerías de todo el mundo hispanohablante y que nunca leyó la página que llevaba su nombre.
Esa distancia entre lo que Nápoles fue para la cultura y lo que la cultura fue para Nápoles resume algo que esta historia va a terminar de decir en el último acto. El final del reinado, la Plaza México. Después de la derrota con Monsón en Francia, Nápoles volvió a su división y siguió siendo campeón.
Welter defendió, siguió ganando. Demostró que una noche mala en una categoría que no era la suya no borraba lo que había construido. Hasta el 6 de diciembre de 1975, la plaza de toros México, la misma ciudad de México que lo había adoptado. El escenario más grande del boxeo nacional, lleno hasta el último rincón de gente que había ido a ver a su campeón defender el título.
El rival era John Hatch, Stracy, inglés, un hombre al que nadie hubiera señalado como favorito para quitarle el título al mantequilla en su propia ciudad. Stracy lo noqueó. se llevó el título. En la plaza de Toros, México, vero frente a toda esa gente que había llegado a aplaudir, el reinado terminó. Y cuando los médicos revisaron a Nápoles después de esa derrota, encontraron algo que es la tercera revelación que te prometí.
El campeón había caído por última vez. El hombre que había pedido ser mexicano en lugar de pedir carros y dinero, había perdido su último campeonato en suelo mexicano. Y lo que los médicos encontraron después de esa noche hace que la derrota sea mucho más complicada y más oscura de lo que el marcador simple sugiere.
La caída, el desprendimiento de retina. Esta es la tercera revelación. Lo que los médicos encontraron después de la última pelea, cuando Nápoles fue examinado exhaustivamente después de la derrota ante Tracy en la plaza de Toros México. El diagnóstico que llegó fue uno que nadie en su equipo quería recibir. Desprendimiento de retina.
Para entender lo que eso significa en un boxeador, hay que entender primero qué es un desprendimiento de retina. Y por qué no es comparable con una fractura, ni con una cortada, ni con ninguna de las lesiones visibles que el boxeo produce con regularidad. La retina es la capa de tejido sensible a la luz que recubre la parte posterior del ojo.
Es lo que hace posible ver. Cuando se desprende parcial o totalmente, la visión se deteriora de maneras que pueden ir desde manchas y destellos hasta la pérdida parcial o total de la visión en ese ojo. y en un boxeador, el daño acumulado por años de golpes en la zona de la cabeza, por las conclusiones que el boxeo produce de manera rutinaria puede contribuir a ese desprendimiento de manera que no siempre se manifiesta, de manera visible hasta que el daño ya está hecho.
El ojo, la visión, lo mismo que Nápoles había reclamado cuando denunció que Monsón le había metido el pulgar. en la pelea de Francia. Lo mismo que toda su carrera había sido su herramienta fundamental. Ver bien para moverse bien, leer al rival antes de que el golpe saliera, anticipar el ángulo, encontrar el hueco en la defensa con la precisión de un hombre que sabe exactamente dónde está todo lo que importa.
si el desprendimiento de retina venía desarrollándose antes de la pelea contra Stracy y los médicos que lo examinaron después sugirieron que era posible que el daño fuera anterior, entonces algunas de las decisiones que Nápoles tomó en esa última pelea, algunos de los golpes que no esquivó, que en otros tiempos hubiera esquivado, algunos de los ángulos que no encontró, que antes encontrar aba con naturalidad tendrían una explicación diferente a la del simple declive por la edad.
fue operado. El procedimiento tuvo cierto nivel de éxito. El ojo pudo ser tratado, pero el resultado final para su carrera fue definitivo. El boxeo había terminado para José Ángel Nápoles, no porque él hubiera decidido que era el momento de retirarse, sino porque su cuerpo y específicamente sus ojos ya no podían tolerar más lo que el boxeo requería de ellos.
No hubo conferencia de prensa de retiro, no hubo ceremonia. Nápoles simplemente no volvió a boxear después de esa operación. La carrera que había comenzado el 2 de agosto de 1958 en La Habana terminó sin el tipo de despedida que hubiera correspondido a lo que fue. 24 años de vida profesional, 88 peleas, 81 victorias, 54 por knockout, siete derrotas y un final que llegó no cuando él lo decidió, sino cuando su cuerpo le dijo que ya no había más.
¿Cuántas de esas siete derrotas y cuántas de las peleas que perdió en los últimos años de su carrera? Las perdió con un ojo que ya no veía con la claridad que necesitaba para ser el mantequilla nápoles que el mundo había conocido. Cuántos golpes que no pudo esquivar, cuántos ángulos que no pudo calcular. ¿Cuántas decisiones equivocadas dentro del ring tienen una explicación que los médicos encontraron después de la última pelea? Esa pregunta no tiene una respuesta pública completa, pero la pregunta existe y Juan, que siguió al mantequilla
durante todos esos años merece hacérsela. El silencio después del ring. Cuando el ring se termina para un boxeador, hay dos tipos de silencio que pueden venir después. El primero es el silencio del hombre que supo prepararse para ese momento, que durante los años de gloria construyó algo que siguiera existiendo cuando las peleas se acabaran.
una academia de boxeo, un negocio establecido de una presencia pública sostenida que generara ingresos y visibilidad más allá del ring, algo que lo mantuviera en el mundo al que pertenecía, pero desde una posición que no dependiera de poder subir al ring y ganar. El segundo es el silencio del olvido progresivo, el que llega cuando el dinero se va acabando, cuando las llamadas de los promotores y los periodistas se hacen más escasas cuando el mundo del boxeo pasa al siguiente nombre en la lista y el anterior queda
cada vez más relegado a las páginas de los libros de historia que muy poca gente lee. José Ángel Nápoles vivió el segundo tipo de silencio, no porque no hubiera intentado construir algo en los años posteriores al retiro. Había energía, había nombre, había un rostro reconocible y una historia que todavía valía algo en el mundo del espectáculo mexicano de finales de los 70.
Hizo películas e protagonizó fotonovelas. Su aparición junto a El Santo en la pantalla grande en 1974 había demostrado que había un público dispuesto a ver al mantequilla fuera del ring, que el nombre todavía convocaba gente. Pero ninguna de esas actividades generó la estructura económica que hubiera necesitado para sostener décadas de vida después del retiro.
Y aquí hay algo que es importante decir con claridad, porque es la parte de la historia que los homenajes siempre omiten. José Ángel Nápoles llegó a México a los 21 años huyendo de Cuba, sin red de protección, sin familia establecida en el país, sin las conexiones de clase y de entorno que en México dan la ventaja de haber crecido en el lugar correcto, rodeado de las personas correctas.
construyó todo desde cero con lo que traía, talento, trabajo y el instinto de sobrevivencia que te da crecer en un barrio de Santiago de Cuba, donde nada llega solo. Lo pero nadie le enseñó cómo funciona el dinero en el mundo al que llegó cuando ganó el campeonato mundial. Nadie le explicó que el boxeador que a los 28 años empieza a ganar bolsas de nivel mundial tiene que vivir de ese dinero hasta los 70 y tantos.
Que la carrera dura 15 o 20 años si tiene suerte y el cuerpo aguanta. Que la vida después de la carrera dura cuatro o cinco veces más. El aparato que hoy existe alrededor de los deportistas profesionales que llegan a cierto nivel. El que administra el dinero y protege los derechos y construye el legado institucional y garantiza que lo que se gana en los años buenos alcance para los años que vienen después.
En los años 70 no existía de la manera que existe hoy. No para un boxeador cubano naturalizado mexicano, que había llegado sin nada y que había construido todo por su propio mérito, sin que nadie le hubiera explicado las reglas del juego económico que rodea el éxito deportivo. El Consejo Mundial de Boxeo, la misma organización que había reconocido sus campeonatos mundiales y que lleva el registro oficial de los grandes del boxeo internacional, tuvo que intervenir en los últimos años de su vida para ayudar económicamente a José Ángel
Nápoles. La organización que le había puesto el cinturón en la cintura durante 6 años tuvo que ayudarlo a pagar las cuentas básicas al final. El campeón que en 1969 eligió la ciudadanía mexicana sobre cualquier bien material, necesitaba la ayuda del CMB para subsistir en sus últimos años de vida. Si Juan necesita un número para dimensionar la distancia entre lo que fue y lo que terminó siendo, ese dato es el número.
Ciudad Juárez, la casa prestada. Los últimos años de la vida de José Ángel Nápoles transcurrieron entre Ciudad Juárez, en la frontera norte de México, y la ciudad de México, donde había construido su carrera y donde finalmente murió. No en una casa propia, en una casa prestada, porque el hombre que había sido campeón mundial de boxeo durante 6 años, que había hecho 15 defensas del título, que HB o había llamado el mejor welter desde Sugar Ray Robinson, sí que ESPN había colocado entre los 50 mejores boxeadores de toda la historia del
deporte. No tenía una propiedad a su nombre donde vivir en los últimos años de su vida. Su esposa Berta estuvo con él hasta el final. El matrimonio que había sobrevivido, los años de ring, los viajes, los campamentos de entrenamiento en otras ciudades, las peleas en Los Ángeles y en Francia y en la plaza de Toros México y en todos los escenarios donde el mantequilla había defendido su título.
Y cuando los medios fueron a buscar a Nápoles en esos últimos años, cuando los periodistas llegaron a hacer las entrevistas que se hacen cuando un campeón del pasado está en dificultades, Berta habló frente a una cámara de Univisión. Aquí está la frase que te prometí desde el primer minuto, la frase de Berta, la más corta de toda esta historia y la más devastadora.
Berta miró a la cámara de Univisión y dijo que había días en que no les alcanzaba para comprar leche y no para pagar la renta de una casa propia que no tenían, no para pagar los medicamentos que las enfermedades de esos años requerían, no para comprar ropa o algún bien que no fuera de primera necesidad para comprar leche.
campeón del mundo, el mejor welter desde Sugar Ray Robinson según HBO, el hombre que ESPN puso entre los 50 mejores de toda la historia, el que Julio Cortzar inmortalizó en la literatura latinoamericana, el que rechazó los regalos del presidente de México para pedir ser mexicano, porque amaba a este país más de lo que este país supo amarlo.
Había días en que no había para la leche. Esa frase de Berta tiene que dejar de escucharse suave. tiene que escucharse con todo el peso que tiene, porque lo que describe no es la tragedia privada de un hombre que tomó malas decisiones con su dinero. Es el resultado de un sistema que sabe cómo construir campeones y no sabe cómo proteger a los hombres que fueron campeones cuando el último campeonato quedó atrás.
Reflexión. ¿Qué le falla a un sistema que produce al mejor desde Sugar Ray Robinson y lo deja morir en una casa prestada sin alcance para la leche? ¿Qué le falla a un país que recibe a un hombre exiliado de Cuba que lo adopta como propio cuando gana el campeonato mundial y pelea con el sombrero charro? Not que lo aplaude en la Arena México y en el Forum de Inglewood durante 6 años y que no puede garantizarle a ese hombre un techo propio y lo básico en sus últimos años.
Esa pregunta no tiene una respuesta cómoda, ni para el boxeo mexicano ni para México en general. Y Juan, que vio pelear al mantequilla, tiene el derecho de hacérsela. Los últimos años de la vida de Nápoles estuvieron marcados por varias condiciones de salud que llegaron juntas y que se fueron agravando con el tiempo.
Diabetes, una enfermedad que requiere manejo constante y acceso a medicamentos y a atención médica regular, ninguna de las cuales es gratuita y todas las cuales resultan más difíciles de sostener cuando el dinero escasea. fisema pulmonar, el deterioro del tejido pulmonar que afecta la capacidad de respirar y que progresa de manera que no se puede revertir, solo manejar.
Y lo que los registros de esa época describen como principios de Alzheimer o demencia senil, el deterioro cognitivo que en los boxeadores tiene con frecuencia una relación directa con los golpes recibidos a lo largo de décadas de carrera profesional. El daño acumulado en el cerebro que los años de ring producen de maneras que no siempre son visibles en el momento, pero que el tiempo hace inevitablemente evidentes.
El boxeador, cuya vida entera, dependió de calcular con precisión absoluta en fracciones de segundo. Antes de leer situaciones complejas, mientras el cuerpo se movía y respondía a estímulos múltiples simultáneos, de mantener el balance y la posición y el control en las circunstancias más exigentes que un deporte puede crear, enfrentando al final una condición que ataca exactamente esa capacidad de procesar y de recordar y de mantener la coherencia del pensamiento.
El 16 de agosto de 2019, en su casa en la Ciudad de México, José Ángel Mantequilla Nápoles murió. Tenía 79 años. 79 años. con las enfermedades que los años y el ring habían dejado en una casa que no era la suya, con su esposa Berta y una pregunta que su historia plantea con una claridad que resulta incómoda de mirar directamente.
El último acto tiene esa pregunta y tiene la única respuesta honesta que existe, el contraste que nadie quiere ver. 18 de abril de 1969. El Forum de Inglewood, Los Ángeles, California. Un hombre de 28 años con el sombrero charro en la mano. Miles de mexicanos de pie en las gradas. El presidente de la República llamando por teléfono para ofrecerle lo que pidiera y él pidiendo ser mexicano.
- Una casa prestada en la ciudad de México. Diabetes, enfiscema pulmonar, demencia senil. su esposa diciéndole a una cámara que había días en que no les alcanzaba para comprar leche, los del Consejo Mundial de Boxeo ayudando a pagar las cuentas porque el sistema que debía haberlo protegido nunca existió de la manera que hubiera necesitado.
50 años entre esas dos imágenes. Y en esos 50 años, dos campeonatos mundiales, 15 defensas del título, 81 victorias, 54 knockouts, el salón de la fama internacional del boxeo en Canastota, un cuento de Julio Cortázar que se sigue enseñando en universidades latinoamericanas. Una película con el santo, de el olvido gradual e inexorable que el boxeo mexicano tiene reservado para sus campeones cuando el último campanazo suena y el siguiente nombre ya está esperando en la lista.
El Consejo Mundial de Boxeo, que tuvo que ayudar económicamente al Mantequilla en sus últimos años es la misma organización que hoy mueve cientos de millones de dólares en derechos de televisión, en contratos de promoción, en cinturones de diamantes que se entregan en ceremonias transmitidas por todo el mundo.
distancia entre lo que el boxeo genera y lo que devuelve a los hombres que lo construyeron durante las décadas donde nadie pagaba lo que paga hoy. Es exactamente la misma distancia que hay entre el Forum de Inglewood en 1969 y la casa prestada en 2019. 50 años. La misma historia, el mismo final que nadie quiere ver de frente. ¿Qué le pasó realmente? En la respuesta simple que la mayoría de los análisis ofrecen cuando se habla de la caída económica de los exboxeadores es siempre la misma.
Los excesos, el mal manejo del dinero, la falta de previsión para la vida después del ring. Es verdad, en parte no sería honesto negarlo. Pero la respuesta más completa, la que incluye el contexto que la narrativa simple siempre omite, dice algo más. José Ángel Nápoles llegó a México huyendo de Cuba a los 21 años.
Sin red de protección familiar en el país, sin las conexiones de entorno que en México dan la ventaja de haber crecido en el lugar correcto con las personas correctas alrededor desde la infancia, sin el capital social que facilita la vida después del éxito y que en los países latinoamericanos, donde las conexiones importan tanto como el talento, puede ser la diferencia entre salir adelante o no.
construyó todo absolutamente desde cero. La carrera, la ciudadanía, el nombre, el reconocimiento con lo que traía de Santiago de Cuba y con lo que encontró en México. talento natural extraordinario, la capacidad de trabajo que nadie le había regalado y el instinto de un hombre que había aprendido desde niño que si no lo hacías tú, nadie lo iba a hacer por ti.
Pero nadie le enseñó cómo funciona el dinero que genera ser campeón del mundo en el largo plazo. Nadie le explicó que el boxeador que a los 28 años empieza a ganar bolsas de nivel internacional tiene que administrar ese dinero para que alcance no solo para los años de carrera, sino para las décadas de vida que vienen después, cuando el ring ya no es una opción.
Y sin el aparato de protección que hoy existe alrededor de los deportistas que llegan a ese nivel, sin el asesor financiero, sin el abogado que revisa los contratos, sin el agente que filtra las propuestas y protege los derechos, Nápoles navegó solo en aguas que nadie le había enseñado a navegar, como lo hicieron el Púa Sol Olivares y el maromero Páez y tantos otros campeones mexicanos de esa época, como lo siguen haciendo algunos de los campeones de hoy, que llegan a la cima sin que nadie les explique las reglas
del mundo al que acaban de entrar. No es una excusa para lo que pasó, es el contexto que cambia cómo se juzga la historia. Pidió ser mexicano cuando pudo haber pedido dinero. Eligió pertenecer sobre asegurar. Y México lo adoptó con el entusiasmo genuino con que adopta a sus campeones mientras son campeones. Lo que México no pudo o no supo no quiso hacer fue acompañarlo cuando el último campeonato quedó atrás y la vida siguió sin el ring.
Esa es la parte de la historia que nadie incluye en los discursos de homenaje cuando hablan de la grandeza del boxeo mexicano. Y es la parte que Juan merece escuchar completa. Hay algo que la historia del mantequilla Nápoles pone sobre la mesa que resulta incómodo de mirar directamente sin apartar los ojos. No es únicamente la historia de un hombre que perdió lo que ganó por sus propias decisiones.
¿O no es solo eso, reducirla a eso es la manera más cómoda de contarla, porque absoluga toda la responsabilidad sobre el individuo? Es también y quizás principalmente la historia de un sistema que sabe exactamente cómo producir campeones. y que no ha aprendido todavía cómo cuidar a los hombres que fueron campeones.
¿Qué celebra cuando un hombre exiliado de Cuba llega a pelear con el sombrero charro y gana el campeonato mundial? que aplaudía cuando ese hombre usaba el sombrero charro en la entrada al ring para declarar a qué país pertenecía, que llenaba la Arena México y el fórum de Inglewood para verlo defender el título 15 veces.
Ch que tenía al presidente de la República llamando por teléfono para felicitarlo, que lo festejaba mientras ganaba, que lo olvidaba cuando ya no podía ganar. José Ángel Mantequilla Nápoles fue el mejor peso welter del mundo durante 6 años consecutivos. Fue elegido por ESPN entre los 50 mejores boxeadores de toda la historia del deporte en cualquier época.
Fue inmortalizado en la literatura latinoamericana por uno de los escritores más grandes del siglo XX. le fue reconocido por la cadena de televisión más importante del boxeo como el mejor de su división, desde el hombre que muchos consideran el mejor boxeador de todos los tiempos y murió en una casa prestada con su esposa diciendo que había días en que no alcanzaba para la leche.
“Lo único que quiero es ser mexicano.” Lo dijo cuando tenía todo el poder de pedir lo que quisiera. Te lo dijo cuando el presidente de la República esperaba del otro lado del teléfono con carros y relojes y dinero listos para quien los pidiera. Lo dijo porque lo sentía de verdad y porque para él no había ninguna duda de cuál era la respuesta correcta.
Y México le dio lo que pidió. La ciudadanía, el sombrero charro, los aplausos en la Arena México y en el Forum de Inglewood, el reconocimiento de su grandeza mientras fue el mejor. Lo que México no pudo darle fue lo otro. Lo que no tiene nombre elegante en los discursos de homenaje, pero que en la vida real se llama Cuando es tarde y no hay nadie mirando y la cámara se apagó hace rato.
Dignidad en la vejez. Ese fue el precio que José Ángel Mantequilla Nápoles pagó por haber elegido pertenecer a un país que no supo cómo cuidar, a los que eligieron pertenecer. El boxeo mexicano tiene una historia que el mundo conoce y que llena de orgullo a quien la cuenta. Nápoles, el Púas Olivares, Chávez, Barrera, Morales, Canelo.
hombres que el mundo entero reconoce, que llenaron arenas en México y en el extranjero, que pusieron el nombre del país en los titulares de los periódicos deportivos más importantes del planeta y tiene una historia paralela que nadie incluye en los homenajes y que corre al lado de la primera con la misma coherencia y la misma constancia, la de los que terminaron en casas prestadas.
Los que terminaron vendiendo sus cinturones en mercados, los que terminaron predicando en tiendas de donas a cambio de que les dejaran limpiar el piso. Esa historia paralela no desmerece la gloria. No hace que los campeonatos sean menos reales ni que las victorias sean menos extraordinarias, pero pide con una urgencia que Juan, que vio estas peleas, entiende mejor que nadie.
Que la gloria no sea lo único que se recuerde. Que lo que vino después también cuente. El mejor welter desde Sugar Ray Robinson, según HBO. Entre los 50 mejores de toda la historia, según ESPN. Inmortalizado por Julio Cortázar en la literatura latinoamericana, naturalizado mexicano por elección propia cuando pudo haber elegido el dinero.
Y una casa prestada al final, día sin alcance para la leche. Si esta historia te movió algo, si ahora ves al mantequilla diferente a como lo veías cuando empezaste este video, ayúdame con un like y una suscripción para que la próxima vez que alguien nombre a los grandes del boxeo mexicano, pues el nombre de José Ángel Mantequilla Nápoles, no quede fuera de esa conversación que le pertenece.
La gloria que no se protege se olvida y este hombre merece ser recordado exactamente como lo que fue.