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The pregnant widow went to live in a mysterious house, but what she found on the doorstep…

Una viuda embarazada, expulsada de la ciudad, se fue a vivir a una casa misteriosa, pero lo que encontró en el umbral lo cambió todo. Sofía lo perdió todo en un instante. Su esposo murió de forma repentina y el pueblo entero la acusó de su muerte. Expulsada de la ciudad con su vientre crecido y sin un peso en la bolsa, encontró por casualidad una casa extraña en las montañas de Chiapas, enterrada en la tierra como de cuento de hadas.

Era el único lugar que tenía. Pero cuando llegó, descubrió un sobre clavado en el umbral con su nombre, escrito por la mano de su esposo muerto. Dentro había una carta, documentos misteriosos y una llave oxidada. Lo que su esposo le reveló en esas palabras cambiaría todo, porque esa casa escondía secretos bajo la tierra, secretos que algunos hombres matarían por poseer y secretos que nunca debieron ser despertados.

Sofía tendría que elegir entre huir otra vez o defender lo único que le quedaba, sin saber que bajo sus pies dormía algo tan antiguo y peligroso que podría destruir todo lo que amaba. Cuéntanos aquí abajo en los comentarios de qué ciudad nos escuchas. Dale clic al botón de like y vamos con la historia. El ataúd bajaba lentamente hacia la tierra mientras Sofía apretaba con fuerza el rosario entre los dedos.

El sol de mediodía caía sobre el cementerio de Mérida con una crueldad que parecía personal. Gastón, su esposo, el hombre que le había prometido una vida tranquila y honesta, en esa caja de madera. Una fiebre fulminante se lo había llevado en 7 días. Las palabras del sacerdote se perdían en el viento. Sofía miraba fijamente el hoyo oscuro, sintiendo como el mundo se desmoronaba bajo sus pies.

Llevaba 6 meses de embarazo. No tenía familia en esa ciudad. Había llegado a Mérida desde el sur siendo casi una niña y Gastón había sido todo su mundo. Del otro lado del ataúd, la familia Fuentes la observaba. Su suegro, don Benigno Fuentes, era un hombre de hacienda, duro y acostumbrado a que las cosas se hicieran a su manera.

A su lado, doña Consuelo, la madre de Gastón, mantenía el rostro rígido como piedra y entre ellos la cuñada Pilar, que lanzaba miradas cargadas de algo que iba mucho más allá del duelo. Cuando la ceremonia terminó y los asistentes comenzaron a dispersarse, don Benigno se acercó a Sofía con pasos medidos.

Mañana en la hacienda a las 10 hablar. No fue una invitación, fue una orden. Esa noche Sofía no pudo dormir. Algo en los ojos de su suegro le había helado la sangre. No era compasión lo que había visto ahí. Era cálculo. A las 10 de la mañana siguiente llegó a la hacienda Fuentes. Era una propiedad colonial imponente con paredes color ocre y un patio de naranjos.

En la sala principal, don Benigno y doña Consuelo esperaban sentados. Pilar estaba de pie junto a la ventana con los brazos cruzados. Había también un hombre que Sofía no conocía de traje oscuro y maletín sobre las rodillas. Siéntate, ordenó don benigno señalando una silla solitaria frente a ellos. Gracias por venir”, comenzó doña Consuelo, aunque su tono no contenía ningún agradecimiento.

El licenciado Herrera le explicará la situación. El hombre del traje abrió su maletín. “Señora Sofía, lamento su pérdida. Sin embargo, debo informarle que la casa donde usted reside y los bienes de su esposo son propiedad de la familia Fuentes.” El señor Gastón dependía de un subsidio familiar que con su fallecimiento termina.

Tiene 30 días para desalojar. Sofía sintió que el piso se movía bajo sus pies. Pero vivo ahí. Es mi hogar. Nunca lo fue, interrumpió Pilar con frialdad. Todo era de mi hermano y mi hermano ya no está. Don Benigno se inclinó hacia adelante. Hay además cuestiones que debemos aclarar. Gastón era un hombre sano, siempre fue fuerte y de repente, en 7 días muerto.

Tú eras la única que estaba con él. ¿Qué está insinuando? Que mi hijo murió bajo circunstancias muy convenientes para ti, dijo doña Consuelo con voz temblando de rabia. Llegaste a esta familia sin nada, sin nombre, sin linaje, y ahora mi hijo está muerto, y tú querrías quedarte con lo que es nuestro.

Las palabras cayeron sobre Sofía como hierro candente. Yo amaba a Gastón, jamás le haría daño. No queremos tus explicaciones, cortó don Benigno. Queremos que te vayas de esta ciudad. Si cooperas, no presentaremos cargos ante las autoridades. Si te resistes, haremos que investiguen la muerte de mi hijo a fondo. ¿Me explico? El licenciado Herrera sacó más papeles.

Firme aquí, señora. renuncia a cualquier reclamación sobre los bienes de Gastón Fuentes y se compromete a abandonar Mérida en un plazo no mayor a 30 días. Sofía miró los documentos durante un largo silencio. Con mano temblorosa tomó la pluma y firmó. No tenía fuerzas para pelear. No tenía dinero para un abogado.

No tenía a nadie. Salió de la hacienda y en la calle los vecinos la miraron de una manera distinta. El rumor ya corría. Una mujer que barría su banqueta sacudió la cabeza al verla pasar. Un grupo que conversaba en una esquina enmudeció y luego cuchicheó. Sofía alcanzó a escuchar fragmentos. Esa es la que se casó con el Fuentes.

Dicen que ella lo mató por dinero. Pobre familia. Qué vergüenza. Sofía apretó el paso sin volver la vista atrás. Los días que siguieron fueron un infierno. Empacó sus pocas pertenencias mientras buscaba desesperadamente un lugar a donde ir. Las pocas personas que llamaba amigas se alejaron en cuanto corrió el rumor.

Los teléfonos no contestaban, las puertas se cerraban. La ciudad, que una vez le pareció acogedora, se había vuelto una prisión de miradas acusadoras y murmullos venenosos. Una tarde, revisando los últimos papeles de Gastón, Sofía encontró en el fondo de una caja vieja un sobre amarillento. Dentro había una llave oxidada y un papel doblado con la letra de su esposo.

Decía solamente, “San Cristóbal de las Casas, Chiapas, camino a las cañadas. Si algún día todo falla, ve ahí, es tuyo.” Sofía no entendía qué había en Chiapas. Gastón nunca le había mencionado tierras fuera de Mérida, pero no tenía otra opción. Con el poco dinero que le quedaba, compró un lugar en una carreta de carga que partía al sur dos días después. El viaje duró 16 días.

Sofía iba entre bultos de mercancía, con el vientre cada vez más pesado y los riñones ardiendo de tanto traqueteo. El paisaje fue cambiando despacio. Las tierras planas del norte se volvieron valles, luego montañas cubiertas de neblina, luego los caminos de tierra roja de Chiapas bordeados de seivas enormes.

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