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Una joven embarazada fue refugiada en una gruta por una anciana, y así comenzó una venganza familiar

La lluvia caía como castigo sobre las colinas de Zacatecas aquella noche [música] de octubre de 1847. El viento ahullaba entre los mesquites [música] retorcidos, doblándolos como si quisiera arrancarlos de raíz. Los relámpagos iluminaban por [música] instantes el paisaje desolado, rocas afiladas, senderos de tierra convertidos en ríos de [música] lodo y la silueta tambaleante de una mujer que avanzaba con desesperación.

Catalina Mendoza [música] tenía 23 años, pero aquella noche parecía haber envejecido décadas. Su vientre abultado de [música] 8 meses la obligaba a caminar encorbada, protegiéndose con un [música] reboso empapado que ya no servía de nada. Sus guaraches se hundían [música] en el barro con cada paso. Las contracciones habían comenzado así a una hora, leves, pero persistentes, como advertencias de que el tiempo se agotaba. No ahora suplicaba en silencio.

Todavía no. Llevaba tres días caminando desde el pueblo de Sombrerete, tres días sin más alimento que [música] algunos tunas silvestres y agua de los arroyos. Tres días huyendo de una familia que la había expulsado como a un perro zarnoso. El frío le calaba los huesos, [música] el hambre le nublaba la vista, el miedo le apretaba el pecho más que cualquier contracción.

Tropezó con una raíz oculta [música] y cayó de rodillas en el lodo. El golpe le arrancó un gemido. Se quedó allí, arrodillada bajo la tormenta, sintiendo como el agua helada le escurría [música] por la espalda. Por un momento pensó en no levantarse. ¿Para qué? No tenía destino, no tenía familia, no tenía nada, solo el bebé que pateaba dentro de ella, [música] recordándole que no estaba completamente sola.

 Con un esfuerzo sobrehumano [música] se incorporó. Fue entonces cuando lo vio, un resplandor tenue entre las rocas, apenas visible entre la cortina de [música] lluvia. Parecía una luz de vela o de lamparina parpadeando [música] como una estrella caída. Catalina parpadeó creyendo que era una alucinación, pero la luz seguía allí.

 Caminó hacia ella como quien camina hacia un espejismo [música] en el desierto, sin esperanza real, pero sin otra opción. subió por un sendero empinado, [música] resbalando varias veces, aferrándose a las rocas con las manos ensangrentadas, [música] y entonces encontró la entrada de la gruta.

 Era una abertura natural en la roca, apenas lo suficientemente ancha para que pasara una persona. De su interior emanaba aquel resplandor [música] cálido, anaranjado, prometedor. Catalina se detuvo en el umbral jadeando. Una figura emergió de las sombras. Era una anciana de rostro arrugado, [música] como la corteza de un mezquite viejo, con ojos negros que [música] brillaban como obsidiana bajo la luz de la lamparina que sostenía.

 Su cabello [música] blanco estaba recogido en una trenza larga que le caía sobre el hombro. Vestía ropas [música] oscuras, gastadas pero limpias. La anciana observó a Catalina de arriba a abajo. Miró su [música] vientre abultado. Miró sus ojos hundidos por el hambre. Miró sus manos temblorosas. No hizo ninguna pregunta, simplemente dijo, “Entra.

” Y se hizo a [música] un lado. Catalina cruzó el umbral y sintió inmediatamente el calor del interior. Un fuego pequeño [música] ardía en un rincón, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de roca. Había [música] petates en el suelo, ollas de barro, hierbas colgando del techo. La anciana cerró la entrada con una manta gruesa [música] y señaló un rincón donde había mantas secas.

Quítate eso mojado, vas a enfermar. Catalina obedeció [música] como una niña. Estaba demasiado exhausta para preguntar, demasiado agradecida para desconfiar. Mientras se cambiaba, sintió los ojos de la anciana sobre ella. No era una mirada hostil, [música] pero tampoco era casual. Había algo en aquellos ojos negros, algo que Catalina no podía descifrar.

 Una sensación extraña la invadió como si la anciana ya la conociera, como si la hubiera estado [música] esperando. “¿Cómo te llamas?”, preguntó la anciana. “¡Catalina, Catalina Mendoza.” La anciana no reaccionó al nombre, pero Catalina habría jurado ver un [música] destello en sus ojos, apenas un parpadeo, antes de que la expresión volviera a ser [música] impasible.

“Yo soy soledad”, dijo la anciana. Duerme, mañana hablaremos. Catalina se envolvió en las mantas secas [música] y se acostó el petate. El calor del fuego la envolvió como un [música] abrazo. Las contracciones se habían calmado. El bebé se había [música] quedado quieto. Cerró los ojos. No sabía si estaba segura.

 No sabía quién era aquella mujer ni por qué [música] vivía sola en una gruta en medio de las colinas. No sabía qué pasaría mañana, pero por primera vez en tres días durmió. Si esta historia [música] te está atrapando, te invito a quedarte hasta el final. Lo que Catalina no sabía aquella noche [música] cambiaría para siempre la historia de dos familias.

 Comenta qué crees que oculta la anciana y sigue leyendo, porque la [música] verdad que está por revelarse es más oscura de lo que imaginas. Catalina despertó con el aroma de la tole caliente. Por un instante no recordó dónde [música] estaba. Abrió los ojos y vio el techo de roca, las sombras [música] del fuego, las hierbas colgando.

 Entonces la memoria [música] regresó como un golpe. La huida, la tormenta, la gruta, la anciana. Se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo [música] protestar. Soledad estaba sentada junto al fuego removiendo una olla pequeña. Sin volverse dijo, “Siéntate, tienes que comer.” Catalina obedeció. La anciana le sirvió un cuenco de atole espeso, humeante, con un poco de piloncillo.

 El primer sorbo le supo a Gloria. Comió en silencio, sintiendo como el calor [música] le devolvía la vida al cuerpo. Soledad la observaba sin [música] disimulo. “¿De cuántos meses estás? Ocho, tal vez un poco más. Y el padre Catalina bajó la mirada [música] hacia el cuenco. Muerto. La palabra cayó entre ellas como una piedra en un pozo.

Soledad no expresó [música] condolencias ni sorpresa. Simplemente asintió como si hubiera esperado esa respuesta. ¿Cómo murió? Catalina cerró los ojos. No quería recordar, pero las imágenes vinieron de todos modos, nítidas [música] y dolorosas. Como el día en que ocurrió un accidente en la mina, dijo con voz apagada.

 Hace 4 meses un derrumbe. Vicente Arteaga [música] había sido minero en las minas de plata de Zacatecas como su padre antes que él, como su abuelo antes que su padre. Era un hombre bueno, trabajador, de manos callosas y sonrisa fácil. Se habían casado hacía 2 años cuando Catalina [música] tenía 21 años y él 25. No tenían mucho, pero eran felices.

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