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Embarazada y Expulsa, El Patrón Le Pagó Con Un Caballo Cansado — Pero Lo Que Halló Lo Cambió Todo

 La observó un segundo con esa indiferencia total que solo tienen los seres que han dejado de esperar cualquier cosa de los humanos. Y volvió a bajar la cabeza hacia un mechón de pasto seco que ni siquiera se molestó en masticar. Nadie creía que ella se quedaría. Ella misma no estaba segura. Pero a veces la vida no nos da a elegir.

 Nos da apenas un punto de partida. Y es lo que uno hace con aquello, lo que define quién es. En el campo latinoamericano de otros tiempos, relatos como este resonaban entre ríos y caminos de tierra. Se contaban en las noches de fogón y se llevaban en la memoria como se llevan las cicatrices, sin orgullo y sin vergüenza, simplemente porque están ahí y porque alguien tiene que recordarlas.

Si esta historia ya tocó algo en ti, deja tu like ahora y quédate hasta el final, porque lo que esta mujer construyó con sus manos y con su terquedad se va a quedar contigo por mucho tiempo. Esteban murió un martes de abril, aplastado por un tronco que se soltó de la carreta en la bajada del cerro, camino a la hacienda de don Anselmo Requena, el hombre que era dueño de todo lo que se veía desde la loma hasta donde empezaba el río.

 Esteban tenía 27 años, manos enormes y callosas y una manera de reírse que le cerraba los ojos completamente, como si la alegría le ocupara toda la cara. Remedio supo que estaba embarazada exactamente 11 días después del entierro, cuando el vómito la despertó al amanecer, y el cuerpo le confirmó lo que el destino le estaba cobrando y regalando al mismo tiempo.

 Se quedó arrodillada junto a la palangana, con una mano en el vientre y la otra aferrada al borde de la cama que todavía olía a él, y entendió que a partir de ese momento estaba completamente sola. Su padre Eulalio era un hombre pequeño de espíritu, no de cuerpo. Un campesino que había aprendido a agachar la cabeza ante cualquiera que tuviera más tierra o más voz que él.

 Y cuando Remedios le pidió que la dejara volver a la casa donde había crecido, él miró hacia la cocina donde su segunda esposa Gertrudis pelaba papas con esa expresión suya de piedra pulida, y dijo con la voz de quien repite algo que le han dictado desde adentro, que no había espacio, que los tiempos estaban difíciles, que ella debía buscar a Comodo donde pudiera.

 Gertrudis no levantó la vista de las papas, no hacía falta. La suegra de remedios, doña Cástula, vivía en un pueblo a tres jornadas de distancia y mandó decir con un sobrino que lo sentía mucho, que rezaría por el alma de su hijo, pero que ella ya estaba vieja y enferma y no podía hacerse cargo de nadie más. Así fue como Remedios terminó trabajando en la cocina de la hacienda de don Anselmo Requena, lavando ollas, barriendo patios, sirviendo la mesa de un hombre que comía con la boca abierta y que la miraba pasar como se mira a un mueble

que estorba, pero que todavía no se ha decidido dónde tirar. Trabajó 4 meses recibir un solo peso, 4 meses cocinando, limpiando, soportando los gritos de doña Perpetua, la cocinera y las órdenes contradictorias del patrón, que un día quería el caldo con más sal y al siguiente la insultaba por haberle arruinado el estómago.

 Cuando el vientre empezó a notarse demasiado, don Anselmo la llamó al despacho, un cuarto oscuro que olía a tabaco y a cuero viejo, y le dijo con esa calma de quien disfruta cada sílaba de la sentencia que una mujer en ese estado no servía para el trabajo que le estorbaba, que era un riesgo y una vergüenza, y que debía irse antes del domingo.

 Remedios le pidió lo que le debía, los 4 meses de jornal que le había prometido. Don Anselmo se reclinó en la silla, se quitó el sombrero, sonrió con esa sonrisa suya que no le llegaba a los ojos y le habló sin mirarla como si le hablara a la pared de atrás. Le dijo que no había dinero, pero que era un hombre justo y que en pago le daba dos cosas la parcela abandonada que estaba en el extremo norte de sus tierras, un pedazo de monte inservible que nadie quería desde hacía más de 15 años.

 y el caballo viejo que estaba amarrado en el corral del fondo, un animal que ya nadie montaba, que comía más de lo que valía y que los peones querían sacrificar desde hacía tiempo porque ni para carga servía. Le extendió un papel con la firma torcida y le dijo que ahí tenía, que se considerara bien pagada. Y cuando Remedios tomó el papel con las manos temblando, don Anselmo soltó una risa corta, seca, como el chasquido de una rama, y agregó que esperaba que el caballo no se le muriera antes de llegar, porque sería lo único de valor

que tendría en la vida. El viaje hasta la parcela duró casi un día entero. Remedios caminó por el sendero de tierra con la maleta en una mano y la rienda del caballo en la otra, tirando de un animal que se detenía cada 100 m, como si cada paso le costara una negociación interna consigo mismo. El sol de noviembre caía vertical sin piedad y el polvo del camino se levantaba con cada pisada y se le pegaba a la piel sudada, a los labios agrietados, al vestido que ya no tenía color definido.

 Pensó en Esteban tres veces durante el camino. Una cuando cruzó el arroyo donde solían sentarse los domingos. Otra cuando vio un pájaro carpintero golpeando un poste igual que el que había matado a su marido. Y la tercera cuando el caballo se detuvo definitivamente junto a un seibo enorme y se negó a dar un paso más, como si el animal hubiera decidido por ambos que ese era el límite de lo tolerable.

Remedio se sentó junto a él a la sombra del seivo, y se quedó mirando el horizonte sin pensar en nada durante un rato que pudo ser media hora o una eternidad. Llegó a la parcela cuando el sol ya se ponía y la luz se volvía esa cosa dorada y horizontal que en el campo parece pintar el mundo de un color que no existe en ninguna otra parte.

 La casa estaba peor de lo que imaginaba. La puerta no cerraba. El piso de tierra estaba lleno de rastros de animales que habían entrado y salido a su antojo durante años. Y en un rincón había una montura vieja, reseca, con el cuero agrietado y cubierta de una capa de polvo tan gruesa que parecía terciopelo gris.

 El caballo, al que decidió llamar lucero por una mancha blanca apenas visible en la frente, se quedó afuera, inmóvil junto al poste del corral, mirando hacia ningún lado con esa expresión suya de cansancio cósmico, como un filósofo viejo que ya ha pensado todos los pensamientos posibles y ha decidido que ninguno vale la pena. Remedios entró a la casa, puso la maleta en el suelo, se sentó en el único rincón que parecía limpio y por primera vez en semanas se permitió llorar, no con ruido, sino con ese llanto silencioso que solo conocen las personas que han

aprendido a no molestar a nadie con su dolor. Los primeros días fueron una guerra callada contra cada centímetro de ese lugar. Remedios arrancó la hierba que crecía dentro de la casa con las manos desnudas hasta que le sangraron los nudillos. Tao los agujeros del techo con barro mezclado con paja que encontró detrás del corral.

 Limpió el piso con agua que cargaba desde el arroyo en una olla abollada que encontró enterrada en el patio, haciendo el trayecto tres, cuatro, cinco veces al día con el vientre que le pesaba más a cada semana. El caballo la observaba desde su puesto junto al poste con una mezcla de curiosidad y desaprobación, como si no entendiera por qué esa mujer se empeñaba en arreglar algo que claramente ya había sido derrotado por el tiempo.

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