Posted in

Hombre afirma ser Pedro Infante vivo en 1983 — Lo que pasó después dividió a México para siempre

 Pasó frente a la casa donde creció. Ahora era tienda de electrodomésticos. Pasó frente al panteón jardín. No entró. No podía. La tumba de su padre era santuario nacional. Siempre había flores frescas.  Siempre había viejas llorando. Siempre había alguien cantando amorcito corazón con voz quebrada.

 Su padre llevaba 26 años muerto. O este creía todo el mundo. O este eso quería creer Pedro. Pero había noches en que se despertaba sudando. Soñaba con el accidente, el avión en llamas, el cuerpo quemado. Tan quemado que solo lo identificaron por brazalete de oro y placa de metal en la frente, placa que le pusieron después del primer accidente en 1949.

Pedro se preguntaba lo mismo que miles de mexicanos. Y si el cuerpo no era de su padre y si alguien más piloteaba ese avión y si Pedro Infante había escapado. Había teorías. Siempre había teorías que tenía deudas con narcotraficantes, que se acostó con esposa de  político poderoso, que quería empezar de nuevo, que estaba cansado de ser ídolo,  que necesitaba libertad.

 Todas sonaban locas, todas sonaban posibles. A las 7 de la noche, Pedro Junior llegó al estudio de Televisa en Chapultepec. El edificio brillaba con luces como Catedral Moderna. Guardias de seguridad lo reconocieron de inmediato. Siempre lo reconocían. tenía cara de su padre, mismos ojos, misma mandíbula, mismo peso de la tristeza que no se puede ocultar.

Don Pedro, pase, por favor. El señor Montiel lo espera. Lo llevaron por pasillos largos, olor a maquillaje espeso, olor a café quemado desde la madrugada, olor a sudor nervioso de gente que esperaba su turno frente a cámara. El aire acondicionado zumbaba constantemente.  Carteles en las paredes anunciaban programas, telenovelas, concursos. noticieros.

 Todo diseñado para mantener a México pegado a la pantalla.  Montiel estaba en cabina de control. Monitores mostraban diferentes ángulos del estudio. El set estaba listo. Dos sillas, mesa pequeña, fondo negro, iluminación dramática, todo calculado para crear tensión, para hacer que la gente no cambiara de canal.

 Pedro fue aquel que iba a salir al aire, el hombre que decía ser mi padre. Montiel señaló monitor. Ahí estaba, sentado en camerino, vestido con traje oscuro, cabello peinado hacia atrás, bigote fino. Pedro Junior se acercó a la pantalla. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en las cienes. El hombre en el monitor tenía unos 60 años, rostro  marcado por el tiempo, arrugas profundas, pero los ojos los ojos eran inquietantemente familiares.

Se mueve como él, susurró Pedro. Montiel asintió. canta como él también. Escuche, presionó botón. Audio del camerino llegó a los altavoces. El hombre estaba tarareando. Era 100 años. La voz salió ronca, gastada, pero tenía ese tono, esa forma de sostener las notas, esa tristeza particular que hacía llorar a las abuelas.

 Pedro Junior sintió mareo, tuvo que sentarse. Montiel le ofreció agua, la rechazó. Tenía boca seca, sabor amargo como café viejo. Como miedo, quiero  verlo en persona antes del programa. Montiel dudó. No sé si sea buena idea. El abogado dice que podría afectar su demanda. Sí, no me importa la demanda, quiero verlo.

 Los llevaron por otro pasillo, más estrecho, más oscuro, olor a tabaco y desesperación, llegaron a puerta con estrella dorada. Camerino 3. Montiel tocó. Adelante. La voz atravesó la madera. Pedro sintió escalofrío. Entraron. El hombre estaba de espaldas. Miraba espejo ajustando corbata. Cuando se volteó, el tiempo se detuvo. Los dos hombres se miraron.

 Ni uno ni otro habló. El silencio era tan denso que parecía sólido. Antonio Pedro fue el primero en moverse. Extendió la mano. Mucho gusto, soy Antonio Pedro, pero creo que usted ya sabe quién soy realmente. Pedro Junior no tomó la mano, lo estudió rostro por rostro, línea por línea.

 La nariz era similar, los pómulos también. La barbilla tenía cicatriz exactamente donde debía estar, pero algo no cuadraba. Los ojos estaban cerca, pero no eran exactos. El color era más claro, las pestañas más cortas. Y había algo más, una dureza, una calculación. Su padre tenía ojos cansados, pero amables. Estos ojos eran diferentes. Mi padre murió en 1957.

Pedro dijo cada palabra como martillazo. Tengo certificado de defunción. Tengo fotografías del funeral. Tengo tumba que visito cada año. Antonio sonrió. Fue sonrisa triste y eso es lo que te hicieron creer. Pero yo estoy aquí vivo. ¿Por qué? Si fueras mi padre, ¿por qué desapareciste? ¿Por qué nos dejaste creer que estabas muerto? ¿Por qué nos dejaste sufrir? La voz de Pedro se quebró en la última palabra.

 Antonio dio paso al frente.  Porque no tuve opción. Porque había gente poderosa. Porque si no fingía mi muerte me habrían matado de verdad. Porque a veces el precio de la fama es tu propia vida. Era discurso preparado. Pedro lo supo de inmediato. Cada palabra medida, cada pausa calculada. Esto era performance. Si eres mi padre. Pedro respiró hondo.

Dime algo que solo él sabría, algo que nunca se hizo público. Antonio cerró los ojos como si buscara en memoria profunda.  Tu madre, María Luisa, me llevaba café todas las mañanas, siempre con dos cucharadas de azúcar. Nunca tres, nunca una, siempre dos. y siempre me besaba en la frente antes de que saliera a grabar.

 Pedro sintió puñalada en el pecho. Eso era cierto. Su madre se lo había contado mil veces, pero también estaba en su libro Pedro Infante en la intimidad conmigo, publicado en 1961. Cualquiera pudo leerlo y eso está en el libro de mi madre. Prueba otra cosa. Antonio abrió los ojos. La última vez que te vi tenías 3 años.

 Jugabas con avioncito de madera que yo te había tallado. Te dije que algún día volaríamos juntos, que te enseñaría a tocar las nubes. Pedro tragó saliva. Eso no estaba en ningún libro. Eso no lo sabía nadie, excepto  él y su padre muerto, o este el hombre que decía ser su padre vivo. Montiel interrumpió, señores, en 10 minutos salimos al aire.

Antonio se volteó hacia espejo, se retocó cabello. Pedro lo observó. La forma en que movía las manos, la forma en que inclinaba cabeza era desconcertantemente familiar, pero algo seguía mal. ¿Qué pasó con la placa? La de metal en tu frente. Antonio lo miró a través del espejo. Todavía la tengo. ¿Quieres verla? Se dio vuelta, se acercó, inclinó cabeza, apartó cabello de la frente.

Read More