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IMPACTANTE:Le pregunté a mi pastor por qué rechazamos a María su respuesta me hizo volverme católico –

Indignación por lo que mi padre describía como blasfemia católica y orgullo de pertenecer a una Iglesia que conocía la verdad. Dice la palabra en Primera de Timoteo, capítulo 2, versículo 5, “Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios [música] y los hombres, Jesucristo hombre.” ¿Lo escucharon? Un solo mediador. No María, no Pedro, no ningún santo muerto, solo Jesús.

 Su voz había subido de volumen y varios hermanos comenzaron a decir amén alzando las manos. Los católicos le rezan a María. Prosiguió mi padre. golpeando suavemente el atril con el puño. Le piden favores como si ella tuviera poder propio. Eso es idolatría. Le cantan, le construyen templos más grandes que los que dedican a Cristo. La llaman reina del cielo, término que en Jeremías se usa para describir dioses [música] falsos.

 Es un culto pagano infiltrado en [música] el cristianismo. Yo asentía mentalmente a cada declaración. Todo tenía perfecto sentido para mí. María era solo una mujer, una sierva obediente, sí, pero humana y pecadora como todos. Darle cualquier tipo de veneración especial [música] era desviar la gloria que solo le pertenecía a Dios.

 Mi padre terminó aquel sermón con una advertencia. Hermanos, si alguno de ustedes tiene familiares católicos, ámenlos, pero no se dejen engañar por sus tradiciones. La salvación está en Cristo solamente. No en María, no en el rosario, no en las misas. Cualquier otra cosa es añadir a la palabra de Dios y eso es pecado. Esas palabras quedaron grabadas en mi corazón como si fueran versículos bíblicos y durante los siguientes 17 años de mi vida las repetí, las defendí y las proclamé con la misma convicción que mi padre. Cuando cumplí 16 años, mi padre

me permitió comenzar a predicar en las reuniones juveniles. Era mi sueño hecho realidad. Me preparaba con disciplina casi obsesiva, estudiando cada pasaje, memorizando las respuestas a las [música] objeciones católicas más comunes, perfeccionando mi retórica para ser tan convincente como mi padre. En nuestras reuniones a menudo hacíamos simulacros de debates teológicos.

 Los jóvenes más preparados tomaban el papel de católicos y yo tenía que refutar sus argumentos. Sebastián, me decía [música] Josué, uno de mis mejores amigos, fingiendo ser un devoto mariano. María es la madre de Dios. [música] ¿No merece honor especial por eso? Yo respondía de inmediato con la precisión de un cirujano.

 María fue madre de Jesús en su naturaleza humana, [música] no de su naturaleza divina. Dios no tiene madre. Dios es eterno. Honrarla está bien, pero no venerarla. ni pedirle nada. Eso solo le corresponde a [música] Dios. Todos aplaudían. Yo me sentía invencible, armado con la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. Pero [música] había una grieta en mi armadura, aunque yo no lo sabía entonces.

 Una grieta pequeña, casi imperceptible, pero real. [música] Y esa grieta tenía un nombre, el silencio. Cuando tenía 24 [música] años me integré al equipo de liderazgo juvenil a nivel regional. Viajábamos por diferentes iglesias de Querétaro y estados cercanos, organizando conferencias, retiros y campañas de evangelización.

 Yo era conocido como el joven que sabía responder cualquier pregunta doctrinal, el apologista nato que podía defender el protestantismo contra cualquier ataque católico o de cualquier otra denominación. Hasta que llegó octubre del año pasado, un retiro de liderazgo juvenil en Tequisquiapán, un pueblo hermoso de calles empedradas y clima agradable.

éramos unos 50 jóvenes de diversas iglesias y los líderes mayores nos acompañaban para enseñarnos y guiarnos. Entre ellos estaba el pastor Armando [música] Medina, un hombre al que yo admiraba casi tanto como a mi padre. El pastor Armando tenía más de 40 años de ministerio. Había plantado iglesias, había evangelizado en zonas rurales difíciles.

 Había formado a decenas de pastores jóvenes. Su cabello completamente blanco y sus manos curtidas por los años eran [música] testimonio de una vida dedicada al servicio de Dios. Cuando predicaba, todos guardábamos silencio [música] porque sus palabras tenían el peso de la experiencia y la unción evidente del Espíritu Santo.

 Ese sábado por la tarde, después del culto principal nos dieron tiempo libre antes de la cena. Algunos muchachos jugaban fútbol en un terreno cercano, otros descansaban en sus cuartos. Yo decidí buscar al pastor Armando porque llevaba días con una pregunta que me inquietaba y que no me atrevía a hacer en [música] público. Lo encontré sentado solo en un banco de madera bajo un árbol de mezquite leyendo su Biblia [música] con esa concentración que lo caracterizaba.

 Pastor Armando, lo saludé acercándome con respeto. Tiene un momento. Él levantó la vista y me sonrió con esa calidez que siempre irradiaba. Claro, Sebastián, siéntate, hijo. ¿Qué te preocupa? Me senté a su lado sintiendo de repente un nerviosismo que no esperaba. Las palabras me costaban más de lo que pensé.

 Finalmente respiré hondo y me lancé. Pastor, quiero hacerle una pregunta. que llevo tiempo pensando. Usted sabe que yo me estoy preparando para el ministerio pastoral y me he dedicado mucho a estudiar las diferencias entre nosotros y los católicos. Él asintió cerrando su Biblia y dándome toda su atención. La pregunta es esta. Continué mirándolo a los ojos.

¿Por qué rechazamos a María? O mejor dicho, ¿por qué casi no hablamos de ella en nuestros cultos? Los católicos, yo sé, exageran muchísimo, la ponen [música] casi al nivel de Dios, eso está mal, pero nosotros prácticamente la ignoramos. En toda mi vida, pastor, no recuerdo un solo sermón dedicado a María, que no fuera para criticar a los católicos.

 ¿No es eso también un extremo? La pregunta quedó suspendida en el aire como una nube densa. Yo esperaba una respuesta rápida, clara, [música] contundente, como todas las que había escuchado en mi vida. Esperaba que el pastor Armando me dijera algo como, “Sebastián, no la ignoramos, simplemente la ponemos en su lugar correcto como una sierva más de Dios.

” O quizás hablar mucho [música] de María es peligroso porque puede llevar a la idolatría. Por eso preferimos enfocarnos [música] solo en Cristo. Pero el pastor Armando no dijo nada de eso. Se quedó callado. Un silencio que se extendió durante 10 segundos, 20, 30. Yo podía oír el canto de los pájaros, las risas [música] lejanas de los muchachos jugando, el viento moviendo las hojas del mesquite.

Pero del pastor Armando nada. Me miraba, pero era una mirada extraña, como si estuviera buscando dentro de sí mismo una respuesta que no encontraba. [música] Finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, suspiró hondo y cuando habló su voz [música] era distinta. No tenía la seguridad de siempre, sino algo que nunca antes había escuchado en él.

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