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Pedro Infante vio humillar a una anciana — lo que hizo esa noche nadie lo olvidó

 Los boletos se habían agotado en 3 horas. Pedro Infante acababa de llegar por la entrada lateral del teatro. Vestía pantalones oscuros y camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos. Traía el cabello húmedo porque se había duchado apenas 20 minutos antes después de ensayar toda la tarde con el mariachi.

 Sus zapatos de cuero brillaban a pesar del polvo de la calle. Cargaba su guitarra en una mano, la misma guitarra que había usado en tantas películas  y una bolsa de lona con ropa en la otra. iba cansado. Era esa clase de cansancio honesto  que deja el trabajo duro. Había cantado la misma canción 15 veces tratando de perfeccionar cada nota, pero sus ojos todavía brillaban.

Brillaban con la anticipación de lo que vendría. Sentía el peso de la noche en los hombros como una responsabilidad dulce. Sabía que esa noche sería especial. Lo sabía por la forma en que el director del teatro le había apretado el hombro esa mañana con los ojos vidriosos de emoción. Lo sabía por la manera en que Jorge Negrete lo había mirado durante los ensayos, con respeto y algo de nerviosismo  competitivo, como dos boxeadores antes de subir al ring.

 Estaba a punto de entrar cuando escuchó la voz era aguda, temblorosa, con ese tono de súplica que solo tienen las voces de quienes ya han sido rechazados muchas veces antes. Pedro se detuvo, iró la cabeza hacia la entrada principal, donde la multitud  seguía haciendo fila. Allí, junto a la puerta de cristal, vio a un guardia de seguridad parado con los brazos cruzados frente a una mujer anciana.

 La mujer sostenía con ambas manos una olla grande de peltre cubierta con un trapo limpio. Llevaba un vestido gastado de flores descoloridas y un reboso café oscuro sobre los hombros. Su cabello gris estaba recogido en un chongo apretado. Debía tener  70 años, tal vez más. El guardia era joven, fornido, con uniforme azul marino, impecable y gorra reluciente.

 Señalaba la olla con desprecio.  Le hablaba a la anciana con palabras que Pedro no alcanzaba a escuchar  completamente, pero conocía muy bien ese tono. Era ese tono que usan algunos hombres cuando creen que su uniforme les da derecho a humillar a otros. La anciana intentaba explicar algo. Moviendo la cabeza, apretando la olla contra su pecho como si fuera lo más valioso del mundo.

 El guardia negaba con la cabeza y hacía gestos bruscos con la mano indicándole que se fuera. Entonces la mujer dio un paso hacia delante insistiendo y el guardia extendió el brazo empujándola levemente hacia atrás. No fue un empujón fuerte, pero fue suficiente. La anciana trastabilló,  la olla se le resbaló de las manos, cayó al suelo con ese ruido terrible que había cortado el murmullo de la fila.

Los pedazos de plato de barro quedaron esparcidos. Del trapo que cubría la olla empezó a salir un olor inconfundible. Enchiladas, enchiladas caseras recién hechas con ese aroma a salsa de chile, guajillo, cebolla y orégano que llenó el aire como un reproche. La anciana se quedó mirando los pedazos del plato en el suelo. Sus labios temblaron.

 No lloró, pero su rostro se arrugó de una manera que era peor que el llanto. Era la expresión de alguien que acaba de perder algo que no puede reemplazarse. El guardia soltó una risa corta y dijo algo que hizo que algunas personas en la fila apartaran la mirada avergonzadas. Otras rieron también, contagiadas por la crueldad que a veces se vuelve colectiva cuando alguien con poder la inicia.

Pedro Infante dejó su guitarra y la bolsa en el suelo. Caminó hacia la entrada principal con pasos lentos pero firmes. La multitud empezó a darse cuenta de que algo estaba pasando. Primero fueron los murmullos, luego las exclamaciones. Es Pedro, Pedro Infante. Miren, es él. El guardia seguía hablando, ajeno a lo que se acercaba por detrás.

 La anciana mantenía la mirada clavada en los pedazos de plato. Pedro llegó hasta donde estaba la mujer, se arrodilló junto a ella sin decir nada. Recogió uno de los pedazos grandes del plato con cuidado, como si fuera algo sagrado. Lo examinó con los dedos. Era un plato de barro pintado a mano con flores azules alrededor del borde, el tipo de plato que las familias humildes guardan para ocasiones especiales, porque fue hecho por algún familiar hace años y no hay dinero para reemplazarlo.

Pedro levantó la vista hacia la anciana. Ella lo reconoció. Sus ojos se abrieron enormes. Abrió la boca para hablar, pero no le salieron palabras. El guardia finalmente volteó. Al ver a Pedro Infante arrodillado en el suelo, su rostro pasó del desdén a la confusión y luego el terror. Señor Infante empezó a decir, “Yo no sabía.

” Pedro lo interrumpió sin levantar la voz. No lo interrumpió con palabras, sino con una mirada. Fue una mirada tan tranquila y tan cargada de decepción, que el guardia cerró la boca de golpe y dio un paso atrás. Pedro se puso de pie sosteniendo el pedazo de plato en una mano. Con la otra ayudó a la anciana a levantarse.

“Señora”, le dijo con esa voz suave que había consolado corazones rotos en 50 películas. “Explíqueme qué pasó aquí.” La mujer tragó saliva, miró el trapo que cubría la olla caída en el suelo. “Yo”, empezó con voz quebrada. “Yo le traje enchiladas.” Pedro inclinó la cabeza esperando  que continuara.

 La mujer respiró hondo y siguió hablando. Explicó  que su esposo había sido músico, un guitarrón del mariachi que tocaba en las plazas de Garibal y los fines de semana y en las cantinas del centro entre semana. Durante años había acompañado a cantantes en palen y fiestas.  Se llamaba Esteban.

 Murió hace 6 meses de una pulmonía. empezó como un simple resfriado, pero en hombres de su edad y condición se vuelve mortal, especialmente cuando no hay dinero para doctores. Antes de morir estaba muy enfermo, apenas podía respirar acostado en el catre de su cuarto de vecindad. Su pecho silvaba como un fuelle roto. En esos últimos días le contó a ella sobre las veces que había tocado junto a otros músicos, músicos que acompañaban a Pedro Infante en presentaciones especiales.

 Le contó que Pedro era diferente, que a Pedro no le importaba comer con la gente del pueblo, que las señoras mayores le llevaban comida a los conciertos, tacos, enchiladas, tamales envueltos  en trapos limpios, y él comía con gusto frente a todos. sin fingir, sin arrogancia, sin esa distancia que otros artistas mantenían, como si el pueblo que los amaba no fuera contagioso, como si estuviera en la mesa de su propia madre.

 Cuando mi esposo murió, continuó la anciana con los ojos húmedos. Me quedé sola, mis hijos están en el norte buscando trabajo. Yo vivo de lavar ropa ajena. Pero cuando supe que usted vendría a cantar aquí a este teatro tan cerca de mi vecindad,  pensé pensé algo. Pensé que tal vez si le traía enchiladas hechas con la receta que mi esposo amaba, usted las comería y sería como si mi esposo todavía estuviera aquí.

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