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El Secreto que la Familia de Pedro Infante Nunca Quiso que Supieras

 Esa noche no durmió, se levantó dos veces a buscar agua. La cocina estaba fría y oscura. El sonido de sus propios pasos sobre el piso de los za parecía demasiado fuerte para la hora. Se sentó en el borde de la cama. Fumó sin ganas, mirando el techo que no podía ver. El humo subía lento en la penumbra. Un hombre llegó a su memoria.

 Llegó suave. Como llega todo lo que duele de verdad. Una actriz joven, casi una niña, cuando la conoció. Habían trabajado juntos en una película. Casi 10 años atrás, Pedro la recordó bien. Recordó su risa en los descansos del rodaje. Esa risa que intentaba sonar despreocupada, pero que escondía algo. Recordó la última vez que la vio, el gesto de ella al despedirse, algo en esa despedida que  parecía definitivo, algo que Pedro no quiso entender, porque entenderlo hubiera significado hacerse responsable. Y en ese momento no estaba

listo. Ahora, en esa habitación oscura, con el sobre doblado en su camisa, Pedro  entendía todo y el entendimiento le caía encima como una losa que no se puede mover con las manos. Los días que siguieron fueron extraños. Pedro siguió trabajando, siguió grabando canciones que México cantaría por décadas.

 siguió sonriendo para las fotografías con esa sonrisa que el pueblo  había aprendido a querer desde lejos, pero por dentro cargaba algo que no podía dejar en ningún lado. Pensaba en el niño durante los desayunos. Pensaba en él mientras esperaba la señal para rodar. Pensaba en él en los silencios entre canción y canción, cuando el estudio quedaba quieto y solo quedaba el zumbido eléctrico de los equipos.

 un niño de 9 años en Monterrey que preguntaba por su padre. Un niño dado en adopción sin saber el nombre de ese padre. Un niño con sus ojos y que no sabía que su padre existía. O este, al menos eso se había dicho Pedro a sí mismo durante años para poder dormir. Ahora ya no podía decírselo más. mandó alguien de confianza.

 Un hombre discreto que conocía desde los tiempos de Sinaloa, un hombre que sabía guardar secretos porque había guardado los suyos toda la vida. Le dio la dirección del matasyellos, le dio dinero, le dijo que fuera Monterrey, que buscara al niño, que no dijera para quién trabajaba, que mirara y regresara con lo que encontrara.

 El hombre partió sin preguntas, regresó 4 días después. Traía una fotografía. Solo una pequeña y en blanco y negro.  Pedro la tomó con los dedos que le temblaban ligeramente. Abrió el sobre en su camerino a solas con la puerta cerrada. El cuarto olía brillantina y acuero del traje de charro que colgaba en el perchero.

 La fotografía mostraba un niño parado frente a una escuela, uniforme del colegio, mochila en la espalda, mirando algo fuera del cuadro, con una expresión de concentración que Pedro reconoció de inmediato. era la misma que él tenía en las fotografías de su infancia en Guamuchil, los mismos ojos almendrados, la misma mandíbula fuerte, la misma forma de pararse con el peso hacia delante, como si siempre estuviera a punto de moverse.

 Pedro sostuvo la fotografía con las dos manos durante mucho tiempo. Las luces del camerino zumbaban sobre su cabeza. Desde el pasillo llegaban voces del equipo de producción. Alguien se reía, alguien daba una orden. Pedro no escuchaba nada de eso, solo veía esa carita, la suya propia, repetida en otro cuerpo, en otra vida, en otra ciudad donde nadie sabía el nombre de su padre.

 No lloró, pero algo en su cara cambió de una manera que no cambiaría de regreso. El hombre de confianza le contó también lo que había visto. El niño Roberto era querido en la familia que lo había recibido en adopción, que tenía ropa limpia y libros, que su  madre adoptiva lo llevaba de la mano a la escuela, que sonreía, que jugaba en la calle con otros niños del barrio, que no parecía un niño triste, al menos no por fuera.

Esa parte no alivió a Pedro. lo golpeó de otra manera. Supo que Roberto había crecido sin él, que había encontrado amor sin él y que eso era consecuencia directa de sus propias decisiones. De aquella vez que eligió el silencio sobre la responsabilidad, de aquella vez que eligió su comodidad sobre el deber.

 Esos errores no se borran, se cargan y Pedro los cargó desde ese día con un peso que ningún éxito, ningún aplauso, ninguna ovación del pueblo mexicano pudo aliviarle ni un gramo. Las semanas pasaron, Pedro hablaba menos. Sus músicos lo notaban, pero no preguntaban. Los músicos saben que hay cosas que se caminan solas.

 Solo una noche después de un ensayo que se fue tarde, Pedro se quedó solo en el estudio. Los demás ya habían guardado sus instrumentos, tomó su guitarra, tocó suavemente, sin cantar, solo los acordes de Amorcito Corazón, esa canción que más lo había acercado a la gente del pueblo, la gente de nosotros, los pobres, los humildes, que no tenían nada más que amor y orgullo, la tocó para él solo o este quizás para ese niño.

 Roberto de la fotografía que nunca la iba a escuchar tocar. El técnico que apagaba las luces del fondo lo vio así, con la cabeza inclinada sobre la guitarra. Después contó muchos años después que Pedro esa noche tenía cara de hombre que carga algo que no puede soltar y no puede seguir cargando, que parecía estar hablando con alguien que no estaba en el cuarto.

 Esa noche, mientras tocaba esa melodía que México conocía de memoria, algo se había sentado dentro de él, una certeza, una dirección. No podía deshacer lo que había hecho. No podía devolverle a Roberto los 9 años que había crecido sin padre. Pero podía hacer algo. Lo único que tenía disponible desde donde estaba y lo haría, aunque nadie lo supiera.

 Febrero llegó y con él, una decisión. Pedro fue a ver a su abogado, un hombre serio que había manejado sus contratos desde los primeros años. Llegó sin avisar un martes por la mañana con el sombrero en la mano, con la sobraro en la mano, con la fotografía de Roberto en el bolsillo del pecho.

 El despacho estaba en la colonia Roma, un edificio de cantera gris, escaleras de mármol desgastado por décadas de pisadas, olor a papel viejo y a tinta,  estantes con libros jurídicos, una ventana que daba a la calle donde los camiones pasaban haciendo vibrar los cristales. Pedro se sentó frente al escritorio ancho de madera oscura.

 Durante un momento solo miró sus propias manos apoyadas sobre las rodillas, las manos de un carpintero que se había vuelto cantor, las manos que habían construido muebles en Sinaloa antes de que México las convirtiera en símbolo. Luego habló en voz baja. Le dijo que necesitaba modificar su testamento. Quería dejar mención a un niño en Monterrey.

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