Portero titular en el mundial del 86, campeón de liga, campeón de copa. Y ese mismo hombre enterró a su hijo de 19 años, dos meses después a su esposa y luego vino la madre y a menos de un mes la hermana, cuatro muertes. Y solo hay una persona que conecta esas cuatro. Lo ocultaron durante 15 años hasta hoy.
Quédate hasta el final porque vas a saber qué pasó con su hijo y con toda su familia, quién se aprovechó de cada uno de esos velorios y a quién terminó pidiéndole perdón Pablo Larios la noche que murió. Pero antes de llegar a esa noche en el hospital de Puebla en enero de 2019, hay algo que tienes que entender, porque lo que destruyó a Pablo Larios no empezó en un velorio, empezó 40 años antes, en un pueblo cañero de Morelos, donde un niño con apellido japonés aprendió a recibir golpes sin quejarse.
Aquí es donde todo cambia. Zacateepec, Morelos. 31 de julio de 1960. En una casa de una sola planta, justo enfrente del estadio Agustín Coruco Díaz, nace Pablo Larios Iguasaki. El padre Pablo Larios Guzmán, español que se había hecho mexicano vendiendo material de construcción. La madre María del Carmen Masaco Iwasaki Harta, japonesa, hija de los inmigrantes asiáticos que en los años 40 habían llegado a la selva de Morelos para abrir restaurantes en un país donde nadie sabía pronunciar sus apellidos.
La familia tenía una casa de materiales, cemento, varilla, tabiques y un negocio que se levantaba a las 5 de la mañana todos los días sin descanso. El pequeño Pablo creció cargando bultos. A los 9 años ya levantaba sacos de 25 kg sobre la espalda. Su padre se lo había ordenado, su madre lo había aceptado. En esa familia no se discutía, en esa familia se trabajaba.

Y el niño aprendió, antes de que aprendiera a leer bien, que la queja no servía para nada, que el cuerpo aguantaba más de lo que uno creía, que el cansancio se escondía debajo del sombrero. En el barrio le decíano, los amigos lo recuerdan con una cosa rara para su edad. Casi nunca lloraba. Cuando se caía corriendo, se levantaba y seguía, cuando chamaco le pegaba en la calle.
se enderezaba sin sacudirse el polvo. Su madre japonesa le había metido en la cabeza una frase que iba a perseguirlo toda la vida. Una frase que vamos a volver a escuchar al final de esta historia. Cuando todo se conecte, guarda esto en tu mente porque va a regresar. Mientras los niños del barrio jugaban con pelotas de plástico, Pablo se metía en el área del coruco Díaz.
Se ponía bajo los tres palos sin guantes, se tiraba al suelo de tierra una vez, otra, otra más, hasta que las rodillas le sangraban. La madre, al verlo llegar con las medias rotas, no le decía nada. Le mojaba un trapo con agua de manzanilla, le limpiaba las heridas y lo mandaba a la mesa a cenar. Esa mujer japonesa, callada, exigente, que nunca subió la voz, fue la que de verdad lo formó.
El padre español estaba ocupado vendiendo cemento. Aparecía en la mesa por la noche, comía rápido, leía el periódico y se iba a dormir. La madre era el centro de todo. La madre lo despertaba. La madre lo veía irse al estadio. La madre lo esperaba a las 9 de la noche sin preguntarle dónde había estado.
Pero hay algo que en Zacatepec todavía recuerdan y que pocos periodistas han contado bien, porque adentro de esa casa había otra persona, una hermana menor, tímida, callada como la madre, con los mismos rasgos asiáticos. Una niña que adoraba a Pablo, que le doblaba las medias todas las mañanas, que rezaba antes de cada partido. Esa hermana, sin que nadie se diera cuenta, se ganó algo más valioso que todos los trofeos que Pablo iba a levantar después.
Se ganó el corazón del muchacho. Y a partir de los 12 años, todo lo que Pablo Larios hizo en su vida lo hizo pensando un poco en ella. Vamos a volver a esa hermana, te lo prometo. Lo que vino después fue una bola de nieve. Pablo debutó como profesional el 4 de enero de 1981, entrando de cambio en un partido de los cañeros de Zacatepec contra el Necaxa.
Tenía 20 años. Era flaco, alto, callado y con una agilidad que asombraba a los entrenadores. En la temporada 81 82 impuso un récord que todavía resuena en el fútbol mexicano. 653 minutos sin recibir gol, siete partidos seguidos con la portería en cero. Un récord para los cañeros que duró años sin ser superado.
Y entonces llegó el momento que cambió todo. 1983. Bora Milutinovic, técnico de la selección Camino al Mundial, lo convocó. Pablo Larios fue el primer y único futbolista en la historia de México, convocado a la selección mayor mientras jugaba en segunda división. Un dato que pocos recuerdan con la precisión que merece, pero que lo dice todo sobre el tamaño del talento de este muchacho de Zacatepec.
Esa noche en el hotel de concentración, después de que Bora le dijo en su español roto, “Tú vas a ser el portero. Yo ya decidí.” Pablo Larios lloró por primera vez en su vida adulta debajo de la sábana para que nadie lo escuchara. Lloró pensando en su madre, lloró pensando en la hermana, lloró pensando en el padre español que vendía cemento y supo que la familia entera, sin saberlo todavía, iba a tener un hijo en un mundial.
1986, Estadio Azteca, Pablo Larios bajo los tres palos y atrás más de 100,000 personas gritando su nombre. Fue el portero al que menos goles le metieron en todo ese mundial. Le tiró Platini desde 18 m. Le tiró Sócrates desde la frontal. Le tiró Brigel desde fuera del área. A todos los tapó.
México llegó a cuartos de final, el famoso quinto partido. Y aunque cayó ante Alemania en penales, salió con la frente en alto. Pablo Larios salió del mundial siendo un mito. Aquí es donde el dinero empezó a llegar de verdad. Pablo Larios firmó con Cruz Azul. Le multiplicaron el sueldo por cinco, le entregaron un coche al contado y empezó algo que iba a ser la marca de toda su vida fuera de la cancha.
Pablo Larios se enamoró de los autos. Llegó a tener 60 autos deportivos en su mejor época. Él mismo lo contó años después. 60 Mustangs, Camaros, Corvets. Tenía un terreno en Zacatepec donde los guardaba todos juntos como un cementerio brillante de motores y de esos 60 no manejaba ni 10. Los demás estaban ahí quietos, cubiertos con lonas, como si los hubiera comprado solo para verlos, como si tener tantos autos fuera la prueba que él mismo necesitaba de que ya no era el niño que cargaba sacos de cemento. Recuerdas estos autos van a
volver y cuando regresen van a doler. En 1987, Pablo conoció a una mujer en una fiesta de fin de año en Puebla. Daniela Rodríguez Carrasco, 22 años, estudiante de la universidad, hija de una familia respetable de la ciudad, una mujer que se enamoró del hombre, no del personaje. Se casaron al año siguiente y tuvieron tres hijos en 6 años.
El primero, Pablo Larios Garza, después Carlos, después la pequeña y aquí aparece el primer caramelo de esta historia porque en 1990, después del nacimiento del primer hijo, Pablo Larios hizo algo que iba a marcar 29 años de su vida. mandó a hacer una pequeña caja de madera, una caja chica del tamaño de una baraja hecha por un carpintero de cuerna vaca y adentro de esa caja empezó a guardar una cosa por cada uno de sus hijos.
Una vez al año, el día del cumpleaños del niño, una foto, un papel, una medalla del kinder, una nota escrita, cosas pequeñas, sin valor económico, pero con un valor de padre que ningún billete podía comprar. Esa caja iba a viajar con Pablo Larios a todos lados durante casi tres décadas. la iba a esconder, la iba a sacar a escondidas cuando estaba solo.
Y la noche en que murió en el hospital de Puebla, en enero de 2019, esa caja iba a estar arriba del buró abierta con todas las fotos repartidas sobre las sábanas. Vamos a volver a esa caja. Te aseguro que vas a recordar este momento. 1990, Cruz Azul. Pablo Larios había jugado dos finales con la máquina.
y las había perdido las dos. Algo se le rompió esa temporada. Se enojaba con los compañeros, se peleaba con el técnico y entonces apareció el Puebla. El Puebla le ofreció ser titular indiscutible, ser capitán y ser la cara del club. Pablo aceptó y con el Puebla ganó lo que no había ganado en Cruz Azul. La liga del torneo 8990, la Copa de México.
Dos títulos, dos campeonatos en la misma ciudad donde 30 años después iba a morir. Y los autos subieron a 70. Los autos eran su único refugio, su única medicina, su única manera de demostrarse a sí mismo que valía algo afuera del arco. Pero algo más pasó en 1990. Y esto casi nadie lo sabe. Lo que vino después fue peor de lo que cualquiera pudo imaginar.
En el verano de 90, después de ganar el campeonato con el Puebla, le llegó una llamada al hotel donde concentraba con la selección. Era del Napoli. Sí, el Napoli de Maradona. Habían visto los videos del mundial. Querían reforzar la portería. Estaban dispuestos a hacer una oferta firme y querían que Pablo viajara a Italia para una revisión médica.
Pablo no le contó a nadie, ni a Daniela, solo a su madre, en una conversación de 3 minutos por teléfono. La madre japonesa, callada como siempre le respondió cuatro palabras. Ve, hijo, es tiempo. Compró el pasaje, viajó a Nápoles, hizo la revisión médica y los médicos italianos detectaron algo en su rodilla derecha, una lesión vieja que arrastraba desde el mundial.
Dictaminaron que no era apto para un contrato de 3 años a alto nivel. La oferta se cayó esa misma tarde. Pablo Larios volvió a México en silencio. No le contó a la prensa ni a Daniela. ni a sus compañeros. Se guardó la oferta del Napoli en el pecho como un trofeo invisible que nunca pudo levantar. Y durante años, cuando los amigos lo veían triste en una mesa de bar sin saber la razón, era porque pensaba en lo que pudo ser, en Maradona del otro lado del vestidor, en el San Paolo lleno, en lo que el destino le quitó por una rodilla mal cuidada. Pero esto era solo el
principio. Imagina por un momento que eres un hombre de 30 años, tienes tres hijos chicos, ganas más dinero del que tu padre vio en toda su vida vendiendo cemento. Y aún así, todas las noches antes de dormir te quedas mirando el techo pensando que algo te falta, que el dinero no llena los huecos donde antes había hambre.
Eso le pasó a Pablo Larios entre el 90 y el 95. empezó a salir mucho. Las concentraciones se le hacían cortas, los entrenamientos los terminaba con prisa. La vida fuera del fútbol empezó a pesar más que la vida adentro. Y aquí entró un nombre, un nombre que el público mexicano nunca conoció, pero que iba a estar presente en cada uno de los cuatro velorios que destruirían a Pablo Larios entre 2009 y 2016.
Un hombre del entorno cercano, un hombre que por respeto a las víctimas vamos a guardar hasta el final. Guarda esto en tu mente porque va a volver. 1998. Pablo Lario se retiró del fútbol profesional. 38 años, la rodilla destruida y un patrimonio que, según él mismo declaró años después, superaba con creces lo que cualquier futbolista mexicano de su época tenía guardado.
Casas en Zacatepec, Cuernavaca, Puebla, los 60 autos, inversiones en negocios de la familia de Daniela, una jubilación dorada por delante. Lo que nadie sabía es que adentro de la cabeza de Pablo Larios ya había una grieta. Esa grieta tenía un nombre, la cocaína. La primera vez fue en 1992 en una fiesta en Acapulco después de un partido amistoso en una habitación de hotel con dos personas más.
Una de esas personas iba a ser sin que nadie lo supiera en ese momento. La persona que 17 años después estaría parada en cuatro velorios consecutivos. La misma persona del gancho que sigue abierto. La misma persona que el muchacho del río Bravo llevaba escrito en un papel doblado en el bolsillo. Esa noche de Acapulco, en 1992, sin que Pablo lo supiera, su destino quedó firmado.
Aquí es donde todo cambia. El muchacho que iba a morir en el río Bravo el 4 de septiembre de 2009 no era un niño cualquiera, era el hijo mayor de Pablo, el ojo derecho del padre, el primero al que su papá le había hecho cargar un bulto de cemento a los 9 años, repitiendo lo que su propio padre español le había hecho a él en los años 60.
un muchacho de 19 años que se había enterado dos meses antes de cruzar el río de algo que estaba destruyendo a su familia desde adentro. La versión pública dice que Pablo Larios cayó en la cocaína por el dolor de las muertes que vinieron después. Pero la verdad es exactamente lo contrario. Pablo Larios cayó en la cocaína mucho antes y las muertes que vinieron después fueron en parte consecuencia de ese vicio.
El hijo de 19 años se enteró del problema económico real en julio de 2009 y lo que decidió hacer ese muchacho fue en su cabeza adolescente intentar salvar a su padre. Por eso cruzó el Río Bravo. El 4 de septiembre de 2009, a las 2 de la mañana, Pablo Larios Garza, hijo del portero del Mundial 86, llegó a la orilla del Río Bravo en el sector de Granjeno, Texas. Iba con dos amigos.
Tenía la visa vencida. Llevaba puesta una camisa azul oscura, jeans, tenis Nike blancos. Y en el bolsillo interior del pantalón cerrado con cremallera, llevaba un sobre con dinero en efectivo, $3,000 en billetes de 100 y un papel doblado en cuatro con un número de teléfono escrito a mano. El muchacho no cruzaba para ir a un concierto.
El concierto en el Dodge Arena de Hidalgo, Texas, fue la cuartada que él mismo había construido para que su madre no se preocupara. La verdad es que del otro lado del río lo esperaba alguien, alguien con quien había hablado por teléfono cuatro veces en los últimos 10 días. Alguien que le había prometido entregarle más dinero, mucho más.
Si Pablo Larios Garza cruzaba personalmente esa noche y firmaba un papel en McAlen al día siguiente. Ese alguien era un intermediario, un hombre del que el muchacho no sabía el nombre real, solo sabía un apodo y un número de celular. Y el muchacho, ingenuo, valiente, desesperado por ayudar a su padre, creyó que cruzar el río era el último esfuerzo que separaba a su familia de la quiebra total.
El río Bravo esa madrugada llevaba más agua de la cuenta por las lluvias del verano. Los tres muchachos entraron al agua, dos cruzaron, uno no. Pablo Larios Garza se hundió a 4 m de la orilla mexicana. Sus dos amigos no se dieron cuenta hasta que ya estaban del otro lado. Cuando voltearon, Pablo no estaba. Gritaron, lo buscaron.
La corriente se lo había llevado y ahí, en esa madrugada del 4 de septiembre de 2009, en una orilla del río Bravo a 200 m del poblado de Granjeno, Texas, el hijo de 19 años del portero más grande de la historia de México, fue tragado por el agua mientras intentaba salvar a su padre del peor pecado que un hombre puede cometer contra su propia familia.
El cuerpo apareció 4 días después y cuando lo encontraron alguien ya había revisado la ropa. El sobre con los $3,000 no estaba, solo quedó dentro del bolsillo con cremallera, el papel doblado en cuatro, el número de teléfono escrito a mano, un número que Pablo Larios padre reconoció apenas se lo enseñaron en la oficina del forense en Reyosa, una semana después.
Era el número de la persona que 17 años atrás en aquella habitación de hotel en Acapulco le había dado a probar cocaína por primera vez. Era el número de la persona del entorno cercano, cuyo nombre todavía no podemos pronunciar. Era el número de la persona que iban a estar parada en silencio en los siguientes tres velorios que destruirían lo poco que le quedaba a Pablo Larios.
Y esa persona esa misma noche del 4 de septiembre supo lo que había pasado en el río. Recibió la llamada de los dos muchachos sobrevivientes y antes de que la familia se enterara siquiera de que Pablo Larios Garza estaba desaparecido, esta persona ya había tomado una decisión, la decisión de no hablar nunca.
Pero la decisión de no hablar nunca, esa que tomó esa persona la noche del 4 de septiembre, no fue lo peor que le hizo a Pablo Larios. Aquí es donde todo cambia otra vez, porque en los próximos 7 años esta misma persona iban a estar parada en silencio, vestida de oscuro, en cuatro velorios distintos. iba a abrazar a Pablo en cada uno, iba a llorar en cada uno.
Y al final de cada velorio, cuando Pablo estaba más roto que nunca, iba a sacar del bolsillo interior del saco un papel doblado, un papel para firmar, cada vez un papel distinto. Y Pablo, hundido en la cocaína y en el duelo, iba a firmar los cuatro. Lo que vino después fue peor de lo que cualquiera pudo imaginar.
El velorio del hijo Pablo Larios Garza, se hizo en Puebla el 12 de septiembre de 2009, 4 días después de que apareciera el cuerpo a 200 m del río Bravo en el poblado de Granjeno, Texas. El cajón estuvo cerrado. La familia decidió que el muchacho no se viera por dignidad, por el estado del cuerpo después de 4 días en el agua.
Y Pablo Larios padre, sentado en la primera silla, no lloró delante de nadie. La madre japonesa ya estaba muerta para él en ese momento, en el sentido de que ya no era capaz de reconocerlo del todo, así que tampoco estuvo presente. Daniela estaba destruida. Carlos, el segundo hijo, tenía 14 años. La pequeña tenía 10. Y en una esquina del salón, parada con un saco oscuro y una corbata negra, había una persona que abrazó a Pablo durante un minuto largo sin decir una sola palabra.
Esa persona le dio un papel para firmar esa misma noche. El papel que Pablo firmó sin leer era una autorización para vender uno de los terrenos donde estaban guardados los autos. El terreno de Zacatepec, el cementerio brillante de motores. El papel decía que el dinero de la venta se iba a usar para pagar los gastos del funeral, los traslados del cuerpo desde Reyosa, los honorarios del forense, las propinas de las morges, todo lo que un padre destruido no quiere pensar en un velorio.
Pablo firmó porque confiaba. Pablo firmó porque era la primera vez en su vida que tenía que enterrar a un hijo y no sabía cómo se hacía. Pablo firmó porque esta persona durante 17 años había sido alguien de la familia y esa misma semana, sin que nadie de la familia supiera, se vendió no uno sino tres de los terrenos.
Y los 60 autos que estaban guardados ahí, todos juntos, fueron rematados en menos de un mes por un cuarto de su valor real. Mustangs, Camaros, Corvets. Los autos que Pablo había comprado para demostrarse que ya no era el niño que cargaba sacos de cemento. Todos terminaron en manos de coleccionistas que pagaron precios de remate de funeral.
Y la diferencia entre lo que costaban y lo que se cobró sencillamente no llegó a las cuentas de Pablo. Se quedó en otro lado, en un lado que él todavía no había aprendido a mirar. ¿Recuerdas los autos? Aquí está el primer dolor. Pero esto fue solo el primero de los cuatro golpes. Dos meses después del entierro del hijo.
El 14 de noviembre de 2009, Daniela Rodríguez Carrasco amaneció rígida en la cama. 39 años. Madre de tres hijos. La esposa del portero más grande de la historia de México. Un infarto silencioso, sin aviso, sin diagnóstico previo. Los médicos hablaron de un corazón roto en sentido médico, de un corazón roto en sentido literal, del estrés acumulado de los últimos dos meses, de una mujer que se había sostenido durante el velorio del hijo y se había desplomado dormida cuando ya no quedaba nadie a quien sostener. Pablo Larios encontró el
cuerpo de Daniela a las 7:22 de la mañana. Había bajado por un café. Cuando volvió a la habitación, la mujer con la que había estado dormido la noche anterior ya no respiraba. Llamó a una ambulancia, llamó a su suegra, llamó a Carlos y la cuarta llamada que hizo antes de que llegara cualquier autoridad fue al número que 17 años atrás había encendido todo, al número que dos meses atrás había aparecido escrito en un papel en el bolsillo del hijo muerto.
Esa persona llegó a la casa en 40 minutos. Esa persona se hizo cargo de los trámites. Esa persona habló con la funeraria. Esa persona avisó a la prensa y esa persona, esa misma tarde, ya con el cuerpo de Daniela en la capilla, le pasó a Pablo otro papel. Pablo firmó sin leer. El segundo papel transfería la titularidad de la casa principal de Puebla.
La casa donde Daniela había muerto esa madrugada. La casa donde habían criado a los tres hijos, la casa que estaba a nombre de los dos, marido y mujer, y que con la muerte de Daniela pasaba a tener un proceso sucesorio. Esta persona le explicó a Pablo en voz baja en un rincón de la capilla que firmar le ahorraba meses de trámites, abogados, impuestos, que era lo más práctico para los niños, que de esa manera la casa quedaba protegida.
La casa después de esa firma dejó de ser de Pablo Larios. quedó a nombre de una sociedad, una sociedad cuyos dueños no eran ni Pablo ni los hijos, una sociedad que esta persona controlaba con dos socios más, ninguno de los cuales tenía relación con la familia Larios Rodríguez, pero lo peor todavía no había llegado. Aquí entra el segundo caramelo.
Porque mientras todo esto pasaba en la primera planta de la casa, en la segunda planta había algo que esta persona no sabía, algo que Pablo guardaba en el cajón cerrado con llave del buró del lado de su cama, algo que Daniela había dejado escrito sin que nadie se lo pidiera. Dos semanas antes de morir, Daniela había escrito una carta.
La carta no estaba firmada. La carta no tenía sobre. La carta era apenas una página y media escrita a mano con letra apretada, donde Daniela le contaba a Pablo algo que ella había descubierto en los últimos días de vida, algo sobre las cuentas bancarias, algo sobre nombres que aparecían y desaparecían en los movimientos de la familia, algo sobre una persona que ella empezaba a sospechar sin atreverse a decirlo en voz alta.
Pablo Larios encontró esa carta tres días después del entierro de Daniela y al leerla por primera vez en años sintió una cosa rara en el pecho, una sospecha, una grieta de duda, una luz que se encendía en una habitación que él mismo había mantenido a oscuras a propósito. Vamos a volver a esa carta, te lo prometo.
Pero esa sospecha no le duró mucho, porque entre el infarto de Daniela y los siguientes meses, Pablo Larios entró en una espiral de cocaína que dejó a todo lo anterior en un cuento de niños. Si antes consumía los fines de semana, ahora consumía todos los días. Si antes era un gramo, ahora eran tres. Si antes lo hacía en privado, ahora lo hacía delante de quien estuviera en la casa.
Y la espiral fue tan rápida, tan brutal. que en menos de 6 meses la cara de Pablo Larios empezó a cambiar. Una bacteria entró por su nariz. Una bacteria que vive en la cocaína de mala calidad, esa que se corta con cualquier polvo blanco y se vende barato en las calles. Esa bacteria se comió el cartílago de la nariz desde adentro. Y para mediados de 2010, el portero más grande de la historia de México tenía un agujero en el centro de la cara.
No un agujero pequeño, un agujero que se veía a 3 m de distancia, un agujero que él intentaba tapar con una mano cada vez que salía de la casa, un agujero que iba a necesitar siete operaciones reconstructivas a lo largo de los años siguientes. Y mientras él se desfiguraba, la persona del entorno cercano seguía moviendo papeles.
¿Sabes cuánto patrimonio había acumulado Pablo Larios al momento de retirarse del fútbol en 1998? Casi millones de dólares en valor real, inmuebles, autos, inversiones, cuentas bancarias. Una marca personal que valía sola más de medio millón, 5 millones de dólares. Una fortuna en aquellos años. Una fortuna que cualquier persona inteligente podría haber estirado el resto de su vida sin volver a trabajar un día.
¿Cuánto le quedaba a Pablo Larios en enero de 2016, justo antes del tercer velorio, menos de $200,000? En 7 años, entre el infarto de Daniela y el siguiente entierro, Pablo Larios había perdido más del 95% de su patrimonio y la cocaína, por mucho que la cocaína sea cara, no podía explicar esa cifra. Hay un gasto, hay un vicio. Pero no hay un vicio que se coma $4,800,000 en 7 años a un solo hombre.
El dinero se había ido. El dinero se había ido a través de firmas. El dinero se había ido a través de velorios. Aquí es donde todo cambia otra vez, porque el tercer golpe llegó en3. La madre, María del Carmen Masaco Iguasaki Jarta, 82 años, falleció en Zacatepec. Llevaba 6 meses internada en una casa de reposo.
Una neumonía la apagó en 4 días. Pablo Larios viajó desde Puebla a la velación. Llegó con la nariz operada, con anteojos oscuros. aunque era de noche, con la barba sin afeitar de tres semanas. Y en la primera silla de la primera fila, ya esperándolo, estaba esa persona del entorno cercano. Esa persona se levantó, esa persona abrazó a Pablo, esa persona lo dejó llorar contra el saco oscuro durante 10 minutos.
Y esa persona, antes de que terminara la noche, sacó del bolsillo interior un papel. Pablo firmó sin leer el tercer papel. vendía la casa de Zacatepec, la casa enfrente del estadio Coruco Díaz, la casa donde había nacido, la casa donde su madre japonesa le había cosido las medias rotas durante toda la infancia, la casa donde en el cuarto del fondo todavía estaba la pequeña caja de madera que un carpintero de Cuernavaca había hecho en 1990 y donde Pablo había guardado durante 19 años las fotos y los recuerdos de sus tres hijos. ¿Recuerdas
la caja de madera? Aquí entra el segundo dolor. Esa misma persona del saco oscuro, una semana después del entierro de la madre, fue a Zacatepec a vaciar la casa antes de la entrega al nuevo dueño. Esa persona encontró la caja en el cuarto del fondo, la abrió, vio las fotos, vio los papelitos, vio una mecha de pelo del primer hijo, esa que se le había cortado a los se meses y que la madre japonesa había guardado en sobres pequeños.
vio una calificación del kinder de Carlos. Vio una pulsera tejida de la hija menor y esa persona, en lugar de guardar la caja para devolvérsela a Pablo, hizo algo terrible. La metió en una bolsa de basura, la sacó al patio, la dejó en la calle junto a las bolsas de la cocina, donde el camión municipal pasaba los lunes a las 6 de la mañana.
La caja desapareció el lunes a las 6 de la mañana. Y con la caja desaparecieron sin que Pablo lo supiera, las únicas fotos de la infancia de su hijo Pablo Larios Garza, que existían en papel, las únicas, porque Daniela no era de guardar álbum y los celulares de esa época no tenían las nubes que hoy todos usamos. Esas fotos solo existían adentro de esa caja y esa caja ahora estaba en un basurero municipal de Zacatepec, Morelos.
Pablo Lario se enteró tres meses después y lloró por primera vez delante de un extraño. En una banqueta de la calzada Ignacio Zaragoza a las 11:30 de la noche frente a un puesto de tacos al pastor sentado en un banco de plástico, le contó a un señor que vendía tacos lo de la caja. El señor del puesto no era nadie, era un comerciante de la ciudad de Puebla, pero le ofreció a Pablo un vaso de agua, un plato de taco sin cobrarle y le dijo una frase que iba a quedar en la memoria de Pablo hasta el día de su muerte.
Maestro, hay cosas que un padre no puede recuperar, pero usted todavía tiene dos hijos vivos. Vaya a abrazarlos. Esa noche, en la banqueta de la calzada Zaragoza, Pablo Larios decidió internarse en una clínica de rehabilitación. Decidió dejar la cocaína, decidió volver a ser padre y a los pocos días, en enero de 2014, ingresó por primera vez a un centro de adicciones en Cuernavaca.
Pero el cuarto golpe estaba en camino. Aquí es donde aparece el segundo gran momento de revelación. Porque mientras Pablo Larios intentaba salir de la droga en una habitación con paredes blancas en Cuernavaca, alguien a tres horas de ahí en Zacatepec estaba haciendo algo que iba a destruir el último pedazo de familia que le quedaba.
su hermana menor, la niña tímida de los ojos asiáticos, la que doblaba sus medias todas las mañanas, la que rezaba antes de cada partido, la que se había quedado después de la muerte de la madre, viviendo en una casa pequeña en la salida de Zacatepec, sola, sin hijos, sin marido, dedicada a cuidar la memoria de la familia.
Esa hermana en marzo de 2015 recibió una visita en su casa. La visita era la persona del entorno cercano, la misma persona del saco oscuro, la misma persona del río bravo, la misma persona que había estado en los tres velorios anteriores. Y esa persona, esa tarde de marzo, fue a la casa de la hermana de Pablo Larios con una propuesta, una propuesta económica.
La propuesta consistía en lo siguiente. La hermana iba a firmar un documento donde renunciaba a una herencia familiar pendiente, una herencia que venía del lado japonés, un fideicomiso pequeño que los abuelos yaki habían dejado para los dos nietos, Pablo y ella, y que después de la muerte de la madre debía repartirse.
Si la hermana firmaba la renuncia, todo el fideicomiso pasaba a Pablo. Y como Pablo le debía dinero a esta persona, el dinero del fideicomiso pasaba directamente a esta persona. La hermana, a cambio de firmar la renuncia, recibiría una cantidad chica en efectivo esa misma tarde. La hermana lo escuchó hablar 30 minutos, no dijo una palabra.
Cuando esta persona terminó de explicar, la hermana se levantó de la silla, fue a la cocina, agarró el teléfono fijo de la pared y marcó un número. Marcó el número del centro de adicciones donde su hermano Pablo Larios estaba ingresado. pidió hablar con él. Lo pusieron al teléfono y la hermana, en voz baja, sin que el visitante alcanzara a escuchar lo que decía, le contó a Pablo todo lo que la persona del entorno cercano le acababa de proponer.
Esa fue la primera vez en 6 años en que Pablo Larios escuchó una verdad sobre lo que estaba pasando con su patrimonio. Pablo, del otro lado del teléfono, en la pohabitación blanca de Cuernavaca, sintió que el piso se le abría. Empezó a atar cabos, las firmas en los velorios, los autos vendidos al cuarto de su precio, la casa de Puebla a nombre de una sociedad, la casa de Zacatepec en manos de un comprador desconocido, la caja de madera tirada al basurero municipal y ahora esto, un fideicomiso de la familia Iwasaki que estaba a punto
de cambiar de manos sin que él se enterara. Pablo le dijo a su hermana cuatro palabras por teléfono. Hermana, no firmes nada. La hermana colgó, volvió a la sala, miró a la persona del saco oscuro y le dijo con la misma voz suave de toda la vida, una sola frase, “Hoy no voy a firmar. vuelva la semana que viene.
La persona del entorno cercano se levantó de la silla, sonrió, le dio la mano y se fue. Tres días después, el 12 de marzo de 2015, la hermana menor de Pablo Larios Iwasaki amaneció muerta en su cama de Zacatepec, 51 años, sin antecedentes médicos, sin haber estado enferma. El médico del pueblo certificó un paro cardiorrespiratorio sin causa aparente.
La familia no pidió autopsia porque la familia ya no tenía fuerzas para preguntar nada más y porque la familia en ese momento eran solo dos personas, Pablo Larios y su hermano Francisco, el que trabajaba en Yautepec entrenando jóvenes. La hermana se enterró el 14 de marzo de 2015. Cuarto velorio. Cuarto entierro.
Cuarto Larios bajo tierra en 5 años y medio. Y en la primera fila, vestida de saco oscuro, parada con las manos cruzadas adelante, esperando a Pablo Larios cuando entrara a la capilla, estaba la misma persona. Esa persona se acercó a Pablo. Esa persona lo abrazó. Esa persona le susurró al oído durante 6 segundos una frase que solo escucharon ellos dos.
Y esta vez Pablo Larios no firmó nada porque esa tarde del 14 de marzo de 2015 en la capilla de Zacatepec, mientras lloraban a la hermana menor, Pablo entendió por fin quién era esa persona. Entendió por qué había estado en todos los velorios. entendió por qué siempre llevaba un papel en el bolsillo interior del saco y entendió por qué desde Acapulco en 1992 esa persona había aparecido cada vez que en la vida de Pablo Larios había un golpe que lo dejaba indefenso.
Esa persona era de la familia política. Era el hermano mayor de Daniela Rodríguez Carrasco, el cuñado de Pablo Larios, un hombre que Pablo había conocido la misma noche en que conoció a Daniela en aquella fiesta de fin de año en Puebla en 1987. Un cuñado que durante 28 años se había ganado la confianza de Pablo, que había sido padrino de bautizo de Pablo Larios Garza, que había firmado como testigo en escrituras, que había llorado en cada velorio y que en cada llanto público había estado en realidad, calculando
cuánto patrimonio quedaba para el siguiente movimiento. La frase que el cuñado le susurró a Pablo al oído esa tarde fueron 10 palabras. 10 palabras que Pablo iba a repetir casi 4 años después en una cama de hospital en Puebla noche antes de morir. Tu hermana se murió porque dijo que no. Como tú.
Pablo Larios no contestó esa tarde, tampoco le pegó ni le gritó. solo lo miró fijo durante un minuto entero, con la nariz operada, con los ojos llorosos por su hermana muerta. Y después de ese minuto, sin decir una palabra, se dio la vuelta y salió de la capilla. Esa noche, en su habitación del hotel, Pablo hizo una llamada. Llamó a un abogado de la Ciudad de México, un abogado al que nunca había contratado porque siempre había confiado en el cuñado para todo lo legal.
Y esa noche, después del entierro de la hermana, Pablo le pidió tres cosas. Que investigara todas las firmas que él había hecho en los últimos 6 años, que averiguara a nombre de quién estaba cada una de las propiedades y que buscara todos los movimientos de capital que tuvieran como firmante a su cuñado. El abogado aceptó.
le advirtió que ese tipo de investigación podía llevar entre 6 y 9 meses. Pablo firmó el contrato, pagó el anticipo con lo que le quedaba en la cuenta y volvió a Puebla con una pregunta atragantada que iba a perseguirlo hasta el último minuto de su vida. ¿Hasta dónde llegaba esto? Porque lo que el abogado iban a encontrar en los siguientes 9 meses era algo mucho más antiguo que la cocaína, algo que venía desde antes, incluso de la muerte del hijo en el río Bravo, algo que tenía que ver con una persona que el cuñado conocía, una persona que había estado
presente en la vida de los larios desde 1989. Una persona que iba a destruir el último mito que Pablo Larios todavía tenía intacto, el mito de Daniela. El mito de la esposa del corazón roto que se había muerto de tristeza por la pérdida del hijo. Quédate hasta el final. Porque lo que el abogado iba a descubrir sobre Daniela Rodríguez Carrasco no es lo que el público mexicano cree.
Y cuando sepas la verdad, vas a entender por qué Pablo Larios en su última noche en el hospital de Puebla no le pidió perdón ni a su hijo muerto ni a su madre japonesa. Le pidió perdón a otra persona, a alguien que el público mexicano jamás supo que existió. Para entender quién era esa persona, hay que volver a una fecha concreta. 17 de octubre de 1989.
Hospital privado de Puebla. Sala de maternidad. Daniela Rodríguez Carrasco, 24 años, recién casada con Pablo Larios, da a luz a una niña. Una niña que pesó 2,g 200 g. Una niña que nació con el cordón umbilical enredado en el cuello. Una niña que vivió 4 horas y 42 minutos. Esa niña no aparece en ninguna biografía oficial de Pablo Larios.
Esa niña no aparece en los obituarios. Esa niña no aparece en la lista pública de los hijos del portero del Mundial 86. Porque Pablo y Daniela tomaron una decisión esa misma noche, cuando todavía estaban devastados en la cama del hospital, de no contarle nunca a nadie que la niña había existido, ni a sus padres, ni a los amigos, ni a la prensa.
La niña se enterró tres días después en un panteón privado en las afueras de Puebla con una placa pequeña que decía solo dos palabras y la fecha. Y el nombre se guardó en el silencio que Pablo Larios había aprendido a guardar desde la infancia en Zacatepec. El nombre era Iroco, como una hermana de la abuela Iwasaki, la primera nieta del lado japonés.
Aquí entra el segundo gran momento del documental, porque Iroko no fue solo una pérdida que Pablo y Daniela se guardaron, fue una pérdida que tuvo testigos. Y entre esos testigos, además del médico que atendió el parto, además de la enfermera de turno, además de los suegros, estaba el hermano de Daniela. El cuñado.
El cuñado fue el que llamó al carpintero para que hiciera el cajón pequeño. El cuñado fue el que pagó la placa del panteón. El cuñado fue el que llevó a Daniela en su propio coche al cementerio el día del entierro, porque Pablo no había podido moverse de la cama del hotel, donde se había encerrado a llorar dos días seguidos.
Y el cuñado fue el primero, el único, que escuchó algo que Daniela le dijo en el coche. Camino al panteón con la voz quebrada por el llanto. Lo que Daniela le dijo al cuñado esa mañana del 20 de octubre de 1989. Fueron 22 palabras. 22 palabras que ella nunca le iba a decir a Pablo. 22 palabras que el cuñado guardó durante 29 años hasta que llegaron sus dos noches finales en el hospital de Puebla.
Si Pablo no fuera el hombre que es, esta niña hubiera vivido. Yo lo sé y él también lo sabe. Esas 22 palabras eran una acusación. ¿Una acusación de qué? Aquí es donde el abogado de la Ciudad de México, el que Pablo había contratado después del entierro de la hermana en marzo de 2015, va a encontrar lo que de verdad estaba enterrado debajo de todo.
Porque la investigación, que se suponía iba a durar 9 meses, terminó durando 2 años. Y al final de esos dos años, el abogado se presentó en la casa que Pablo había rentado en Puebla con una carpeta gris debajo del brazo, una carpeta de 423 folios y le pidió a Pablo 2 horas a solas. Era enero de 2018.
Faltaba un año exacto para la muerte de Pablo Larios. Y antes de que el abogado abriera la primera carpeta, Pablo le entregó algo, una hoja amarillenta doblada por la mitad con la letra apretada de Daniela, la carta que su esposa había escrito dos semanas antes de morir, en 2009. La carta que él había encontrado tres días después del entierro de ella.
La carta que él había guardado durante 9 años en el cajón del buró, sin mostrársela a nadie, sin atreverse a investigarla, porque tenía miedo de lo que iba a encontrar. El abogado leyó la carta en silencio, la leyó dos veces y al final levantó los ojos hacia Pablo y le dijo cinco palabras. Esto es lo que faltaba.
Porque adentro de la carta de Daniela había tres nombres. Tres nombres escritos con la letra apretada de una mujer que sabía que se estaba muriendo de algo que ni los médicos habían diagnosticado todavía. El primer nombre era el del cuñado, el segundo nombre era el de una mujer llamada Beatriz Hernández. El tercer nombre era un número de cuenta bancaria que Daniela había anotado en el margen derecho del papel, sin contexto, sin explicación, solo el número y debajo. Tres palabras.
Aquí está todo. Esa cuenta bancaria fue la que el abogado siguió durante 2 años. Esa cuenta fue la que llevó del cuñado a Beatriz Hernández, de Beatriz a un acta notarial de 1989, del acta a la historia completa de Giroco. Sin la carta de Daniela, el abogado nunca hubiera llegado a Beatriz. Y sin Beatriz, Pablo Larios nunca hubiera tenido a quien pedirle perdón.
La carta ahora sí estaba pagando deudas que nadie sabía que existían. Lo que el abogado puso sobre la mesa esa tarde de enero estaba dividido en dos partes. La primera parte, 260 folios, era el inventario de la traición patrimonial. Documento por documento, firma por firma, transferencia por transferencia. El cuñado había construido sobre la sangre y el dolor de los Larios Rodríguez, una pequeña fortuna que para enero de 2018 rondaba los 3,200,000.

Todo legalmente firmado, todo con testigos, todo a través de sociedades que Pablo había firmado sin leer en los velorios. Esa parte ya la sospechaba, pero la segunda parte del informe, los 163 folios restantes, era otra cosa. Era una historia diferente, una historia que el abogado había encontrado por accidente mientras buscaba movimientos bancarios del cuñado en 1989.
Una historia que conectaba con la niña que vivió 4 horas 42 minutos. Una historia que conectaba con Daniela y una historia que conectaba con un nombre que Pablo Larios no había escuchado pronunciar en 29 años. El abogado le mostró a Pablo un documento, un solo documento, un acta notarial fechada el 15 de octubre de 1989, dos días antes del nacimiento de Iroco.
Firmada por Daniela Rodríguez Carrasco, firmada también por el cuñado como testigo y firmada por una tercera persona, una mujer. Esa mujer se llamaba Beatriz Hernández. era enfermera del hospital privado de Puebla, donde Daniela iba a dar a luz. Y según el acta, dos días antes del parto, Daniela había firmado un acuerdo privado donde le pagaba a Beatriz Hernández la suma de 12,000 pes, una cantidad enorme para 1989.
A cambio de algo que el acta describía con palabras técnicas, pero que en castellano simple significaba lo siguiente. Beatriz Hernández iba a entregar a su recién nacida, a Daniela Rodríguez Carrasco, una recién nacida de Beatriz que iba a pasar a llamarse Iroco Larios Rodríguez. Pablo Larios miró el documento, lo leyó tres veces, levantó los ojos al abogado y le hizo una sola pregunta.
Daniela me iban a entregar una hija que no era nuestra. El abogado respiró hondo, sacó otro folio y le explicó a Pablo despacio lo que había pasado en realidad. Daniela había perdido a Giroco en el séptimo mes del embarazo, una semana antes del parto programado, un aborto natural, sin aviso, sin diagnóstico previo.
Y Daniela, en su pánico de perder a la niña que ya tenía nombre, que ya tenía cuarto preparado, que ya tenía la ropa lavada, había hecho un acuerdo con una enfermera del hospital. La enfermera Beatriz iba a dar a luz en los mismos días. una niña también. Y Daniela había arreglado con la ayuda del cuñado, comprarle a Beatriz a la bebé, pasarle todo el papeleo, hacer creer al hospital, a la familia, a Pablo, que la niña era de Daniela.
El plan se cayó la noche del 17 de octubre porque Beatriz Hernández dio a luz, pero su niña nació también con el cordón en el cuello. Su niña tampoco sobrevivió. Las dos mujeres en habitaciones contiguas del mismo hospital privado esa noche perdieron a sus dos hijas al mismo tiempo. Por eso Giroco no aparece en ninguna biografía oficial de Pablo Larios.
Por eso Daniela jamás se atrevió a contarle nada a su esposo y por eso el cuñado durante 29 años guardó un secreto que tenía un nombre, Beatriz Hernández, y una historia que podía destruir el mito de la esposa perfecta del portero del Mundial 86. Pero aquí está el punto que cambia todo. Beatriz Hernández no era cualquier enfermera.
Beatriz Hernández en 1989 ya conocía a Pablo Larios desde antes, desde 2 años antes. Beatriz Hernández había sido durante un periodo corto en 1987, una relación paralela de Pablo, una mujer con la que Pablo había estado sin que Daniela lo supiera durante 6 meses, cuando Daniela todavía era novia y no esposa.
Y Beatriz Hernández había sido, sin que Pablo lo supiera tampoco, una mujer que se había quedado embarazada de él en 1988. Un embarazo que terminó en otro aborto natural ese mismo año. Un embarazo del que Pablo se enteró por boca del cuñado dos años después, en una conversación de banqueta a las 3 de la mañana después de una fiesta.
El cuñado supo todo desde el principio. El cuñado conocía a Beatriz. El cuñado en su trabajo había sido quien presentó a Pablo con Beatriz. Y el cuñado, cuando Daniela perdió a Iroko en el séptimo mes, fue el que sugirió la solución macabra. Comprar a la hija de Beatriz, cerrar dos heridas con un solo bebé.
Aquí es donde aparece la cuarta caja del horror, porque Beatriz Hernández no murió, no se mudó, no desapareció. Beatriz Hernández siguió viviendo en Puebla y en 1991, 2 años después del doble entierro, Beatriz Hernández volvió a quedar embarazada. Esta vez sí llegó al parto, esta vez sí dio a luz a un niño sano, un niño que no era de Pablo Larios, un niño que era de otro hombre, pero un niño que, según los documentos que el abogado había encontrado, durante 27 años recibió mensualmente vía depósito bancario una pensión.
La pensión la depositaba todos los meses, una sociedad cuyo apoderado legal era el cuñado de Pablo Larios. ¿De dónde salía ese dinero? de las cuentas de Pablo, de las cuentas que el cuñado administraba, de las cuentas que Pablo nunca revisó porque siempre había confiado. Durante 27 años sin saberlo, Pablo Larios había estado pagando una pensión mensual a una mujer con la que había tenido una relación paralela en 1987 por un hijo que ni siquiera era suyo, que ya tenía 27 años en 2018 y que vivía a 12 cuadras de la casa donde Pablo
había rentado al final de su vida. Aquí es donde todo se cierra. Porque la persona a la que Pablo Larios le pidió perdón la noche del 31 de enero de 2019 en la cama del hospital de Puebla. No fue ni el hijo muerto en el río bravo, ni la esposa del corazón roto, ni la madre japonesa, ni la hermana menor envenenada en silencio.
Fue Beatriz Hernández, el abogado. Después de mostrarle a Pablo todos los documentos esa tarde de enero de 2018, le pasó un sobre cerrado. Dentro del sobre había una dirección, la dirección de la casa de Beatriz Hernández en Puebla y un teléfono. Pablo Larios se quedó con el sobre en la mano durante un año entero, sin abrirlo, sin marcar, sin tocar a la puerta.
Pero el 24 de enero de 2019, 7 días antes de morir, Pablo Lario se metió a un taxi en Puebla, le dio al taxista la dirección del sobre y tocó la puerta de una casa pintada de blanco en una colonia común. Le abrió Beatriz Hernández, 59 años, el cabello cano, la piel marcada por los años. Lo reconoció apenas lo vio en la puerta.
lo abrazó sin decir una palabra durante un minuto entero y lo invitó a pasar. Lo que pasó esa tarde adentro de la casa de Beatriz Hernández en Puebla el 24 de enero de 2019 no lo escuchó nadie más. Pablo Larios y Beatriz Hernández hablaron durante 4 horas y 21 minutos. Lloraron, se gritaron, se abrazaron. Se contaron lo que cada uno había escondido durante 32 años y al final de las 4 horas, Pablo Larios le pidió perdón.
Le pidió perdón por haberla dejado embarazada en 1988. Le pidió perdón por no haberse hecho responsable. le pidió perdón por la idea horrible de haberle comprado a su hija en 1989, aunque él no había sabido nada en ese momento. Le pidió perdón por haberla dejado sola criando a un niño que no era de él, pero que durante 27 años él, sin saberlo, había estado pagando.
Y le pidió perdón por una cosa más, por una cosa que Beatriz lloró al escucharla y que es la que cierra esta historia. Le pidió perdón por no haber sido el hombre que pudo haber sido, por haber confiado en el cuñado y no en sí mismo, por haberse perdido en la cocaína cuando todavía había tiempo para parar, por no haberles preguntado a sus muertos cuando todavía respiraban, cuáles eran sus dolores reales por haber pensado que el dinero era una manera de querer.
Beatriz lo escuchó y al final, cuando Pablo ya estaba de pie para irse, le dijo seis palabras, las mismas seis palabras que su madre japonesa le había dicho a los 6 años en Zacatepec, cuando se peleaba en la calle. Las palabras que prometimos al principio de esta historia y que ahora regresan completas en un sillón de una colonia común de Puebla, 30 años después.
Pablo, no llores, cierra los ojos. Esa era la frase de la madre, la frase que el niño Wio había escuchado a los 6 años cuando llegaba con las medias rotas y las rodillas raspadas. No llores, cierra los ojos y aguanta. La filosofía completa del estoicismo japonés metida en seis palabras. La frase que durante toda su vida le había explicado a Pablo Larios por qué no podía llorar delante de nadie, por qué tenía que tragarse todo, por qué no podía pedir ayuda.
Beatriz Hernández, sin saber que estaba repitiendo las palabras exactas de la madre, le devolvió a Pablo esa tarde de enero la frase que lo había construido y también lo había destruido. Pablo Larios salió de la casa de Beatriz Hernández a las 8:23 de la noche. Tomó un taxi de regreso. Llegó a su casa rentada y 7 días después, el 31 de enero de 2019, a las 10:30 de la mañana murió en el Hospital General del Norte de Puebla por una parálisis intestinal que le había provocado un paro respiratorio.
Pero antes de morir pasaron tres cosas. La primera, Pablo le pidió a Carlos, su hijo del medio, que le trajera al hospital una bolsa de plástico negra que él tenía escondida en el closet de la casa. Carlos no preguntó, fue. Trajo la bolsa y adentro de la bolsa envuelta en papel periódico viejo, estaba la caja de madera del carpintero de Cuernavaca, la caja que la familia creía perdida, la caja que el cuñado había mandado al basurero en Zacatepec en 2013, cómo había aparecido.
Porque en 2013 un trabajador del basurero municipal de Zacatepec, un hombre llamado Don Jacinto, había rescatado la caja del camión antes de que terminara en el tiradero. Don Jacinto no la había robado. Don Jacinto había reconocido las fotos de Pablo Larios cuando se le cayeron en la calle al manipular la bolsa.
Don Jacinto era hincha de los cañeros de Zacatepec desde 1980 y don Jacinto, sin decirle a nadie, sin esperar reconocimiento, había guardado la caja en su propia casa durante 5 años. Hasta que en 2018, leyendo en el periódico que Pablo Larios había estado en una sesión de fotos en Zacatepec para una entrevista, se atrevió a llevarle la caja en persona al hotel donde se hospedaba.
Don Jacinto entregó la caja sin pedir un peso. Solo le pidió una foto firmada para su nieto. Pablo Larios firmó la foto y le entregó al señor 1000 pesos, lo único que tenía en la billetera ese día. Don Jacinto se fue y la caja regresó a las manos del padre. Esa caja estaba ahora en el hospital de Puebla el 31 de enero de 2019, abierta encima del buró con todas las fotos de los tres hijos repartidas sobre las sábanas blancas.
La foto de Pablo Larios Garza de un año, la foto de Carlos en el kinder, la pulsera tejida de la pequeña, la mecha de pelo guardada en sobres. Pero adentro de la caja, debajo de las fotos, había algo que ni la familia ni el cuñado conocían. Algo que Pablo había metido ahí en la madrugada del 25 de enero, apenas regresó de la casa de Beatriz Hernández.
Algo que Carlos descubrió esa última mañana cuando ya estaba claro que su padre se iba a morir y le preguntó en voz baja qué era. Era una hoja de papel doblada en cuatro, una hoja arrancada de la libreta del hospital. Una semana antes, en la sala de espera donde Pablo había aguardado a que lo revisaran por los dolores de panza, que después iban a resultar parálisis intestinal.
Una hoja donde Pablo con letra temblorosa había escrito una lista, una lista corta, 11 nombres, los nombres de las 11 personas a las que él antes de morir quería pedirles perdón. Carlos leyó los 11 nombres. Estaba el suyo, estaba el de la hermana menor, estaba el de Daniela, estaba el de Pablo Larios Garza, estaba el de la madre japonesa, estaba el del padre español, estaba el de la hermana muerta en marzo del 15, estaba el de don Jacinto, el del basurero, estaba el de Beatriz Hernández, estaba el del propio Pablo
Larios, padre de sí mismo, escrito al final con un asterisco al lado. Y arriba del todo, primero en la lista, encerrado en un círculo, estaba un nombre que Carlos no esperaba ver. Iroco. Carlos miró a su padre. Pablo, en la cama con el respirador asintió con los ojos y Carlos entendió. Entendió que su padre hasta el último minuto había guardado el dolor de una hermana mayor que él jamás supo que existió.
Una hermana que había vivido 4 horas y 42 minutos. Una hermana cuyo nombre estaba encerrado en un círculo en una lista hecha por un hombre que se estaba muriendo. Carlos no dijo nada, le agarró la mano a su padre y se quedó ahí 40 minutos en silencio hasta que su padre cerró los ojos por primera vez sin abrirlos.
La segunda cosa que pasó antes de que Pablo Larios muriera fue lo siguiente. El abogado de la Ciudad de México, el que había investigado al cuñado, había presentado la denuncia formal en diciembre de 2018. La denuncia ya tenía juez asignado. El cuñado ya había sido notificado y aunque Pablo no iba a vivir para ver el final del proceso, el dinero que había robado iba a regresar.
en parte a Carlos y a la hija menor. Lo que el cuñado no supo hasta el día del entierro de Pablo es que esa denuncia tenía un anexo, un anexo de 15 folios firmado por Beatriz Hernández dos días después de su conversación con Pablo del 24 de enero. Un anexo donde Beatriz declaraba, bajo protesta de decir verdad, todo lo que había vivido con el cuñado durante 30 años, las pensiones falsas, las amenazas, la firma del acta del 15 de octubre de 1989, la verdad sobre la noche de Iroco y el origen del dinero que durante 27 años
había salido de las cuentas de Pablo sin que Pablo lo supiera. El cuñado fue detenido el 4 de febrero de 2019, 4 días después del entierro de Pablo Larios, en una operación silenciosa de la Fiscalía de Puebla. Hoy, mientras tú escuchas esta historia, ese hombre sigue procesado. La tercera cosa que pasó fue la más importante.
Pablo Larios, con la voz cortada por el respirador, en presencia de Carlos, de la hija menor y de su hermano Francisco, dijo cuatro palabras. Cuatro palabras finales. Cuatro palabras que el público mexicano nunca había escuchado de boca del portero más grande de la historia de México. Las cuatro palabras fueron las siguientes: “Perdón, lloré, cerré los ojos.
” Tres frases pegadas, sin coma, sin pausa, perdón. Lloré, cerré los ojos. La filosofía completa de su madre japonesa, ahora invertida. Ahora cumplida en el orden correcto, pedir perdón primero, llorar después y solo al final, cerrar los ojos. Pablo Larios respiró tres veces más después de esas palabras y se fue. A las 10:32 de la mañana del 31 de enero de 2019, el portero al que menos goles le habían metido en todo el mundial del 86.
El ídolo de Jorge Campos, el que pudo jugar con Maradona en el Napoli, el padre del muchacho que se ahogó en el Río Bravo, el esposo de la mujer que tenía una niña que vivió 4 horas, el hijo de la madre japonesa que cosía medias a la luz de una lámpara, el hermano de la mujer que dijo no tres días antes de morir.
El cuñado del hombre que firmó papeles durante 28 años en los velorios de su propia familia, cerró los ojos por última vez con una caja de madera abierta en el buró y todas las fotos de sus tres hijos repartidas sobre las sábanas. La caja se quedó ahí. Carlos la cerró media hora después, se la llevó a su casa y hoy esa caja está en una repisa en un departamento de Puebla, esperando que algún nieto algún día pregunte por su abuelo.
Aquí termina la historia de Pablo Lario y Wasaki, el portero de la selva, el mexicano de sangre japonesa, el muchacho de Zacatepec, que cargaba sacos de cemento a los 9 años. Pero no termina su lección porque Pablo Larios no murió de cocaína. Lo que lo mató fue otra cosa, más vieja, más profunda, más mexicana.
Lo que lo mató no estaba en la bolsita blanca que le agujereó la nariz, no estaba en el intestino que le paralizó el cuerpo. Pablo Larios murió de algo que mata más hombres en México de lo que la gente quiere admitir. Murió de silencio. Murió del silencio que su madre japonesa le había enseñado a los 6 años. Murió del silencio con el que Daniela le había escondido la verdad sobre Giro durante 20 años.
Murió del silencio del cuñado durante 29 años. Murió del silencio de Beatriz Hernández durante tres décadas. Murió del silencio del propio Pablo Larios, que durante 30 años se tragó preguntas que pudieron haberlo salvado. El silencio fue el peor enemigo de Pablo Larios, más que la cocaína, más que el cuñado, más que los velorios.
Y aquí está la lección que ningún homenaje deportivo te va a dar, que ningún recap de México 86 te va a explicar y que el público que está viendo esto esta noche en su sala de estar después de un día de trabajo, necesita escuchar con claridad. Lo que mata a los hombres en silencio es la idea de que pedir ayuda los hace menos hombres.
La idea heredada del padre que no estuvo, del abuelo que mandaba, de la madre estricta que decía, “Cierra los ojos y aguanta.” La idea de que un hombre se traga todo lo que duele y se lo lleva intacto al cajón. Pablo Larios atajó tiros de Platini, de Sócrates, de Brigel, de los mejores nueve del mundo, pero no pudo atajar la única pelota que de verdad importaba, la pelota que se llama pedir ayuda en voz alta antes de que sea demasiado tarde.
Y esta historia te hizo pensar en alguien, en un padre que se traga todo, en un hermano que ya no contesta el teléfono, en un amigo que se está hundiendo en silencio, en ti mismo. Si te estás reconociendo en algo de lo que acabas de escuchar, no esperes. Habla con él, habla con ella, habla contigo hoy, no mañana, porque mañana en alguna habitación del país hay un hombre que está cerrando los ojos por última vez, sin haber dicho la palabra que lo hubiera salvado. Esa palabra es perdón.
Esa palabra es ayúdame. Esa palabra es no puedo solo. Y se dice antes, no después. Suscríbete si quieres que sigamos contando historias que nadie se atreve a contar.