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Pedro Infante Vio Una Subasta En Jalisco En 1952 — Y Nadie Supo Su Nombre Hasta 1980

 El hombre que había puesto los 12,000 pesaba Rodrigo Ibarra. Venía de Guadalajara, traje de lino color crema, sombrero de copa ancha que no era charro sino de ciudad y la expresión de alguien que ha comprado  muchas cosas en su vida y ninguna le ha costado demasiado trabajo. Detrás de él, su asistente sostenía una carpeta de cuero marrón con papeles listos para ser firmados.

Rodrigo Ibarra no miraba a Consuelo Vargas, no la había mirado en todo el tiempo que llevaba la subasta. Para él, ella no era una mujer en el lugar donde había vivido toda su vida. Era un obstáculo que estaba a punto de desaparecer. Había algo más en su cara. Sin embargo, algo que no era solo arrogancia, era la tensión de alguien que necesita que esto termine rápido, que tiene razones para no querer preguntas.

 Nadie en la plaza  lo notó. Nadie estaba mirando a Rodrigo Ibarra en ese momento. Había también el olor del café que salía de la fonda de Doña Remedios al otro lado de la calle. El aire tenía peso, ese peso específico de octubre en Jalisco, cuando el calor del verano ya se fue, pero el frío de diciembre todavía no llega.

 La mañana suspendida en algo tibio y quieto que parece frágil. Las palomas en el campanario no se movían. El viento había parado desde hacía una hora, como si la mañana entera estuviera conteniendo la respiración. Don Aurelio levantó más el martillo y fue en ese momento cuando Esperanza Vargas se soltó del brazo de su madre y dio tres pasos al frente.

Tenía el cabello recogido con un listón verde que había sido de su madre cuando era joven. Llevaba un vestido de percal azul, lavado tantas veces que el color ya no era azul, sino algo entre el azul y el cielo de madrugada. Sus zapatos eran los únicos que tenía. caminó hasta pararse frente a don Aurelio con la misma decisión con que debía caminar todos los días hacia la escuela o hacia el pozo.

 Porque era evidente que Esperanza Vargas era de esas personas para quienes caminar hacia algo difícil no es una elección, sino una manera de ser. Dijo que su padre había muerto en esa tierra, que su abuelo había peleado en la revolución para que esa tierra fuera de gente como ellos y no de gente como Rodrigo y Barra.

 dijo que la deuda existía porque su madre había pagado la enfermedad de su padre con el único dinero que tenían, que pagar la enfermedad de un hombre honesto no era una vergüenza, sino una obligación. Lo dijo con la voz que tiembla, pero no se rompe. La voz de alguien que sabe que sus palabras no van a cambiar el resultado, pero las dice de todas formas, porque hay cosas que tienen que ser dichas en voz alta, aunque nadie las escuche.

 La plaza entera escuchó cada palabra. Rodrigo Ibarra por primera vez en toda la mañana miró a esperanza y luego se volvió hacia su asistente y dijo algo en voz baja. Los dos hombres se rieron. Fue una risa breve, casi inaudible. Pero en el silencio de esa plaza, en ese aire quieto y tibio de octubre, se escuchó como si fuera lo único que había sonado en todo el día.

 En la fonda de Doña Remedios, al otro lado de la calle, un hombre dejó de mover la cuchara. tenía delante una taza de café negro y un plato de huevos a medio terminar. Había entrado 40 minutos antes.  Llegó en una motocicleta que levantó una nube de polvo cuando frenó frente a la puerta.

 Venía de Guadalajara, donde llevaba tres semanas rodando escenas de interior para una película que todo el equipo ya llamaba simplemente La segunda parte, porque la primera había hecho llorar a tanta gente que el estudio quería más. Esa mañana no había rodaje. El director había dicho que descansaran y él, que no sabía estar quieto cuando no estaba trabajando, había tomado la moto y se había puesto a rodar sin dirección fija, siguiendo las curvas de la carretera secundaria que sube hacia el norte de Jalisco, hasta que el hambre lo llevó al único lugar abierto en San

Cristóbal de la Barranca. A esa hora había pedido café y huevos. se había sentado junto a la ventana porque la ventana daba a la plaza y en la plaza estaba pasando algo que no entendía del todo todavía, pero que reconocía de inmediato. Era la situación en que alguien que no tiene nada está a punto de perder también eso.

 El hombre sentado frente a él puso una mano sobre su brazo. era su amigo de muchos años, el amigo con quien reía hasta que le dolían los costados, el amigo con quien había compartido camerinos y comidas y largas noches hablando sobre qué significaba ser de donde eran y llegar a donde habían llegado. Lo había seguido en su propio coche esa mañana, como hacía a veces cuando ninguno de los dos quería estar solo.

 Pero tampoco quería hablar de nada, le dijo que no se metiera. Le dijo que eso era un asunto legal con papeles firmados y un banco detrás y que no había nada que hacer. le dijo que entendía lo que estaba sintiendo, pero que a veces el mundo funciona de maneras que uno no puede parar con las manos. El hombre de la fonda miró a su amigo, luego miró por la ventana Esperanza, que seguía de pie frente a don Aurelio con la voz todavía vibrando en el aire de la plaza.

Luego miró a la mujer junto a la higuera, que no había movido un músculo desde que su hija dio esos tres pasos. Luego miró su café  y luego se levantó. Su amigo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, el hombre ya estaba caminando hacia la puerta. Salió de la fonda. El sol de octubre le cayó en la cara como una mano abierta, tibio y directo.

 Cruzó la calle, entró a la plaza. Los hombres reunidos lo vieron llegar y no dijeron nada todavía porque a 20 m de distancia, con el sombrero de vaquero y la camisa sin planchar, podía ser cualquier hombre de rancho que pasaba por el pueblo. Fue cuando llegó cerca, cuando se vio el tamaño de la figura y la manera en que caminaba, que los murmullos empezaron primero uno, luego tres, luego se  extendieron por el borde de la plaza, como el fuego se extiende por el zacate seco en agosto.

 Pero él no fue hacia la multitud, fue hacia don Aurelio. le preguntó cuánto era la deuda total. Don Aurelio todavía sostenía el martillo en el aire como si lo hubieran pausado en medio de una fotografía. Le dijo la cifra con una voz que sonó extraña, incluso para sus propios oídos, como si las  palabras salieran solas sin que él las hubiera ordenado. 15,400es.

El hombre asintió una vez, luego se volvió y caminó de regreso hacia donde había dejado la moto estacionada frente a la fonda. La plaza entera lo vio caminar. Rodrigo Ibarra habló, dijo que la subasta ya estaba en curso, que había una oferta legítima sobre la mesa, que los procedimientos legales no se interrumpían porque alguien decidiera aparecer en un pueblo.

 Lo dijo con la voz de alguien acostumbrado a que las reglas le funcionaran a su favor.  Pero mientras hablaba, sus ojos siguieron la figura que caminaba hacia la motocicleta. Y algo cambió en su cara. No era miedo exactamente, era el principio del reconocimiento, la  comprensión de que la mañana no iba a terminar como él había planeado que terminara.

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