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EL CONDE MORIBUNDO FUE A ESPERAR SU FIN EN SU ANTIGUA MANSIÓN…PERO UNA EMPLEADA CAMBIÓ SU DESTINO

La muerte tiene un sonido peculiar en las mansiones antiguas. No llega con trompetas ni tambores de guerra, sino con el rose casi imperceptible de cortinas pesadas contra ventanas selladas, con el crujido de maderas que gimen bajo el peso de los siglos, con el eco de pasos solitarios en corredores donde nadie debería caminar.

Edward Whmore conocía bien ese sonido. Lo había escuchado toda su vida en Wickham Hall. Primero cuando su madre exhaló su último suspiro entre sábanas de seda, después cuando su padre se desplomó junto a la chimenea del salón principal. Y ahora, en el otoño de 1887, ese mismo susurro mortuorio lo perseguía a él.

El viaje desde Londres había sido un infierno. Cada sacudida del carruaje era una puñalada en sus pulmones enfermos. Cada bocanada de aire una batalla perdida contra la tuberculosis que lo devoraba desde dentro. Los médicos de Harley Street habían sido claros. 6 meses quizá menos. “Vaya a casa, mi lord”, le había dicho el Dr. Hastings con esa mezcla de compasión y resignación que caracteriza a quienes han visto demasiada muerte.

“Busque paz, ponga sus asuntos en orden. Paz.” La palabra le parecía una burla cruel. ¿Qué paz podía encontrar un hombre de 34 años que había desperdiciado su vida en salones londinenses, en apuestas sin sentido, en relaciones vacías que no dejaron más huella que facturas de sastre y notas de agradecimiento escritas con letra femenina y perfumadas? Había heredado un condado, una fortuna considerable y el apellido más antiguo de Yorkshire.

Pero, ¿qué valor tenía todo eso cuando ni siquiera podía subir una escalera sin que sus pulmones ardieran como carbones? Encendidos, Wickham Hall recibió con la indiferencia de quien ya ha presenciado demasiadas muertes. La mansión georgiana se alzaba entre la niebla como un barco fantasma varado en un mar de brezo y hierba alta.

Las ventanas, muchas de ellas cerradas con postigos, parecían ojos ciegos. El jardín otrora orgullo de su madre era ahora un laberinto de rosales salvajes y estatuas cubiertas de musgo. Eduward bajó del carruaje tambaleándose, rechazando con un gesto brusco la mano que el cochero le ofrecía. Aún le quedaba orgullo, aunque poco más.

La señora Pemberton, la gobernanta que había servido a la familia desde tiempos de su abuelo, lo esperaba en el umbral. Su rostro era una máscara de compostura profesional, pero Edward vio la verdad en sus ojos. Lo veía como un muerto que caminaba. “Bienvenido a casa, mi lord”, dijo ella. Y esas palabras sonaron como el cierre definitivo de un ataúd.

Antes de continuar con esta historia de amor, redención y segundas oportunidades, me encantaría saber desde qué país nos acompañas. Escribe en los comentarios tu ubicación. Me fascina saber hasta dónde llegan nuestras historias y conectar con almas que como tú creen en el poder transformador del amor.

Tu comentario me inspira a seguir creando. Los primeros días en Wickam Hall transcurrieron en una bruma de láudano y desesperación. Eduward había elegido la habitación de la Torre Este, la misma donde había dormido de niño cuando el mundo aún parecía lleno de posibilidades infinitas. Ahora, encerrado entre esas cuatro paredes tapizadas de Damasco verde oscuro que olía a humedad y tiempo, contemplaba el techo mientras sus pulmones producían ese silvido húmedo que los médicos llamaban estertor y que él llamaba la cuenta atrás hacia

el infierno. La señora Pemberton había contratado a una enfermera de York, una mujer severa llamada señorita Blackwood, toda almidón y eficiencia, que entraba tres veces al día para administrarle medicamentos que no servían de nada, cambiar las sábanas empapadas en sudor nocturno y mirarlo con esa mezcla de lástima y repugnancia que los sanos reservan para los moribundos.

Edward la despidió al tercer día. No necesito que nadie me vea pudrirme”, le espetó con la poca voz que le quedaba después de un ataque de tos que dejó manchas de sangre en su pañuelo de lino irlandés. “Mi lord debe tener a alguien que intentó protestar. La señora Pemberton. Déjeme en paz”, fue su respuesta y después más suave, casi suplicante, “Por favor.

” La gobernanta se retiró con los labios apretados en una línea delgada de desaprobación, pero obedeció. Durante tr días, Edward estuvo completamente solo, excepto por el mayordomo que dejaba bandejas de comida intactas frente a su puerta, y el ama de llaves que cambiaba la ropa de cama cuando él dormía, moviéndose con la discreción de un fantasma.

En esa soledad absoluta, Edward comenzó a hacer inventario de su vida, no de sus posesiones materiales. Esas ya estaban meticulosamente catalogadas por su abogado en Londres, sino de algo mucho más doloroso, sus arrepentimientos. Cada noche, en la oscuridad rota apenas por el brillo mortescino de una vela, repasaba mentalmente cada decisión errónea, cada oportunidad desperdiciada, cada corazón que había roto con su indiferencia aristocrática.

Recordaba a Charlotte Ashford, la hija del varón de Debonsir, que lo había amado con devoción canina durante dos temporadas sociales completas. Ella había abordado pañuelos con sus iniciales. Había aprendido sus poemas favoritos de Byron. Había rechazado a tres pretendientes esperando que él le propusiera matrimonio. Edward había jugado con esa devoción como un niño cruel.

Juega con un insecto, manteniéndola cerca lo suficiente para disfrutar de su adoración, pero nunca lo bastante para comprometerla. Al final, Charlotte se había casado con un comerciante de té de Manchester, un hombre bondadoso y aburrido que la valoraba. Edward había asistido a la boda con una cortesana en cada brazo y champán en su copa de plata.

Ahora esa memoria le quemaba peor que la fiebre. Recordaba a su hermano menor, Thomas, que había muerto en la India sirviendo como oficial del ejército británico. Thomas había venido a despedirse antes de embarcar con sus ojos azules brillantes de entusiasmo juvenil y sueños de gloria imperial. “Ven conmigo, Edward”, le había suplicado.

“Tengamos una aventura juntos como cuando éramos niños.” Pero Edward había estado demasiado ocupado con sus apuestas en el club Wites, demasiado enredado en su última conquista amorosa, demasiado importante como para desperdiciar tiempo en sentimentalismos fraternales. Thomas había muerto de fiebre tifoidea 6 meses después, solo en un hospital militar de Calcuta, rodeado de extraños.

Eduward nunca lo perdonó, no a los médicos, no al ejército, sino a sí mismo. Recordaba incontables noches de bailes, óperas, cenas en casas de otros nobles, conversaciones vacías sobre política, cotilleos crueles sobre reputaciones ajenas, risas falsas y brindis hipócritas. Había gastado una fortuna en trajes de Savil Row que usaba una sola vez, en caballos de carreras que nunca ganaban, en regalos extravagantes para mujeres cuyos nombres apenas recordaba ahora.

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