Posted in

Padres VENDEN la casa histórica de la abuela en Sevilla a sus espaldas para pagar deudas ocultas y DEJAN a sus hijos sin ningún refugio

Padres VENDEN la casa histórica de la abuela en Sevilla a sus espaldas para pagar deudas ocultas y DEJAN a sus hijos sin ningún refugio

ACTO I: EL CERROJO CAMBIADO

(El sofocante sol de agosto cae a plomo sobre las estrechas calles del Barrio de Santa Cruz, en Sevilla. El aire huele a azahar marchito y a polvo. MATEO (24 años), con una maleta pesada y el rostro empapado en sudor, camina junto a su hermana menor, LUCÍA (19 años). Llevan meses estudiando y trabajando en Madrid, y finalmente han regresado a su refugio: la casa de la Abuela Carmen. Un palacete andaluz del siglo XIX, su único hogar verdadero).

MATEO: (Sonriendo, aliviado, sacando un manojo de llaves antiguas) Te juro, Lucía, que lo único que quiero es tirarme en el patio interior, bajo la sombra del limonero, y dormir tres días seguidos. Madrid me ha dejado seco.

LUCÍA: (Riendo, ajustándose la mochila) Yo solo quiero ver a mamá y a papá. Y abrir el baúl de la abuela. Necesito respirar el olor a naftalina y lavanda de esta casa. Apúrate, ábrela ya.

(Mateo introduce la gran llave de hierro en la cerradura de la pesada puerta de roble. Intenta girarla. No cede. Frunce el ceño, la saca, sopla el interior y vuelve a intentarlo. Nada. Empuja con el hombro).

MATEO: Qué raro. Está atascada. Papá debió dejar la llave puesta por dentro otra vez.

LUCÍA: Toca el timbre. O golpea.

(Mateo golpea la puerta con los nudillos. Pasan diez segundos. Escuchan pasos, pero no son los pasos arrastrados de su padre, ni los tacones ligeros de su madre. Son pasos firmes. De repente, la puerta se abre con un crujido. Pero quien está al otro lado no es su familia. Es un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje a medida, rodeado de cajas de mudanza profesionales y obreros quitando los azulejos centenarios del pasillo).

HOMBRE DESCONOCIDO: (Sorprendido, mirándolos de arriba abajo) ¿Sí? ¿Buscaban a alguien?

LUCÍA: (Confundida, dando un paso atrás) Eh… hola. Creo que se ha equivocado. Esta es nuestra casa. La casa de la familia Vargas. Buscamos a nuestros padres, Carlos y Elena.

HOMBRE DESCONOCIDO: (Suspira, quitándose las gafas con un gesto de impaciencia) Ah. Vosotros debéis ser los hijos. Mira, chico… no quiero problemas. El señor Vargas me aseguró que la entrega de llaves fue pacífica y que ya no quedaba nadie de la familia en la ciudad.

MATEO: (El corazón le da un vuelco. La sangre se le hiela a pesar de los 40 grados de la calle) ¿La entrega de llaves? ¿De qué cojones me está hablando? ¿Quién es usted y qué hace destrozando el mosaico de mi abuela?

HOMBRE DESCONOCIDO: Soy Roberto Marín. Arquitecto del nuevo grupo inversor. Compramos esta propiedad hace tres semanas. La firma ante notario se hizo el martes pasado. Esta casa ahora es un futuro hotel boutique, chaval. Tus padres la vendieron. Con todo adentro.

LUCÍA: (Sintiendo que le falta el aire, su voz tiembla) ¿Vendida? No… no, no, no. Eso es imposible. La abuela nos la dejó a todos. Es patrimonio. No se puede vender. ¡Salga de mi casa!

ROBERTO: (Mostrando un tono de lástima condescendiente) Tus padres tenían un poder notarial completo. Y sinceramente, la vendieron por debajo del precio de mercado. Tenían mucha prisa. Me pidieron que el pago fuera inmediato y en varias cuentas en el extranjero. Lo siento mucho, de verdad, pero tenéis que iros. Si dais un paso más dentro, tendré que llamar a la policía. Es propiedad privada.

(Mateo deja caer su maleta. El sonido resuena como un disparo en la calle vacía. Mira hacia el interior. Ve a un obrero tirar a un contenedor de escombros la mecedora de madera donde su abuela le leía cuentos. Todo por lo que habían trabajado, el único techo que les quedaba en el mundo, había sido vendido en secreto por las dos personas en las que más confiaban).

MATEO: (Con los puños apretados, la mandíbula tensa, sintiendo una ira volcánica subir por su garganta) Lucía… saca el móvil. Llama a papá. Llámalo ahora mismo. Y reza para que conteste, porque si no, juro por Dios que lo voy a buscar debajo de las piedras.

ACTO II: EL ENCUENTRO EN EL RINCÓN DE LAS SOMBRAS

(Dos horas después. Mateo y Lucía, arrastrando sus maletas por las calientes aceras de Sevilla, llegan a una cafetería lúgubre a las afueras de la ciudad, en un barrio industrial. Lucía había logrado rastrear el teléfono de su madre hasta una pensión de mala muerte cercana. Al entrar, ven a sus padres: CARLOS (50, aspecto demacrado, mirada huidiza) y ELENA (48, con los ojos hinchados de llorar, aferrada a un café frío).

(Mateo entra como un huracán. Empuja una silla vacía que cae al suelo con estrépito. El ruido hace que Carlos y Elena den un salto en sus asientos).

Read More