Y lo más importante para entender el valor de mercado de este poder en manos del contralor, la decisión de emitir una glosa y la decisión de no emitirla eran exactamente el mismo poder ejercido en direcciones opuestas. Polit entendió esto desde el comienzo y lo entendió Odebrecht. El encuentro entre la ambición del uno y la necesidad operativa del otro fue lo que activó el esquema.
No fue un momento de debilidad, no fue una tentación repentina frente a una suma de dinero inesperada. Fue una decisión deliberada, metódica, sostenida en el tiempo. La decisión de convertir el cargo de contralor general del Estado en una franquicia privada, de cobrar por cada glosa que se dejaba de emitir, de cotizar la protección institucional como si fuera un servicio más en el mercado.
El propio presidente Correa, que no tenía por qué saber lo que ocurría en las habitaciones privadas de los hoteles de Quito, habló públicamente de Poz con admiración. “Todo el mundo quiere a Carlos”, dijo en algún momento. Y en cierto sentido, era verdad. Carlos Polit era carismático, elocuente, capaz de proyectar la imagen del funcionario incorruptible con una convicción que convencía a todos los que lo rodeaban.
Esa era la fachada. Y la fachada era perfecta precisamente porque Polit la cultivaba con la misma disciplina con la que cultivaba sus cuentas en el exterior. La relación con Odebrecht comenzó como muchas relaciones corruptas comienzan gradualmente con pagos que al principio podían parecer modestísimos frente a la escala de lo que vendría después, pero que rápidamente establecieron un patrón, una expectativa, una dinámica que se volvió cada vez más difícil de interrumpir sin consecuencias para ambas partes. Politekt.
Debrecht sabía demasiado sobre Polit. La relación tenía la característica de todas las alianzas corruptas estables. Era mutuamente destructiva si se rompía y mutuamente beneficiosa si se mantenía. y se mantuvo durante años a través de cambios en los equipos de gobierno, a través de distintas etapas del ciclo de obras, a través de crisis políticas que sacudieron el entorno sin llegar nunca a tocar el núcleo del esquema.
La maquinaria funcionaba y mientras funcionaba, el portafolio de la familia Polit de Florida crecía en silencio, invisible para cualquiera que no supiera exactamente dónde mirar. La corrupción más peligrosa no es la que está escondida en las sombras, es la que vive a plena luz saludando a todos, siendo aplaudida.
La maquinaria perfecta del robo invisible. Lo más perturbador de esta historia no es cuánto robaron, es la elegancia metódica con la que lo hicieron. Porque un sistema así no se improvisa, se diseña, se ajusta, se perfecciona y cuando está terminado parece que no existe. El caso que mejor ilustra el funcionamiento de la maquinaria de Polit es el de la hidroeléctrica San Francisco.
Esta planta de generación eléctrica construida por Odebrecht en Ecuador presentó fallas técnicas de una gravedad extraordinaria poco después de su inauguración. Fallas que paralizaron la producción durante meses, que comprometieron la capacidad energética del país en un momento crítico y que le generaron al Estado ecuatoriano pérdidas que se contaban en decenas de millones de dólares.
La Contraloría General del Estado tenía la obligación legal, constitucional e institucional de emitir glosas millonarias contra Odebredge, de documentar las irregularidades, de exigir responsabilidades, de impedir que la empresa que había entregado una planta defectuosa siguiera obteniendo contratos del Estado. Pero Polit tenía otro cálculo en mente.
Según las pruebas presentadas ante la Corte Federal en Miami, el contralor solicitó un soborno cuantioso a cambio de utilizar su autoridad para eliminar esas sanciones, para enterrar los informes técnicos que documentaban las fallas y para dejar el camino libre para que Odebrecht no solo evitara las consecuencias del caso San Francisco, sino que continuara compitiendo y ganando nuevos contratos en el país.
El dinero que debió haber servido para reparar la infraestructura energética ecuatoriana terminó, en cambio, financiando la vida de la familia Polita, el escenario que José Conceisa Santos describió con una precisión desconcertante ante los fiscales estadounidenses fue el Suiz Hotel de Quito, uno de los hoteles más lujosos de la capital ecuatoriana, específicamente la Suitz, donde Polit se hospedaba o recibía visitas privadas durante sus estancias en la ciudad.
El dinero no llegaba en sobresos, llegaba en maletas y con una regularidad que con el tiempo se volvió casi burocrática en su rutina. Llegaba en cajas de champagne de marcas exclusivas con los billetes de alta denominación apilados cuidadosamente bajo el papel de regalo y el embalaje decorativo. Una metáfora tan densa en su simbología que casi parece construida para una película.
El guardián del dinero público recibiendo sus pagos envueltos en el mismo lujo que él mismo se estaba robando del estado. Los pagos no eran eventos extraordinarios, eran rutina. Santos describió ante la corte una cadencia de entregas que llegaba a realizarse hasta tres veces por mes. No eran montos menores ni sumas que pudieran justificarse como gratificaciones ocasionales.
Eran pagos que, acumulados a lo largo de los años de la relación representaron decenas de millones de dólares fluyendo desde las cuentas de Odebrecht hacia los bolsillos del contralor general del Estado y en los libros internos de la división de operaciones estructuradas. Esa historia quedaba registrada bajo un alias que resumía perfectamente todo el esquema Miami, porque eso era lo que el dinero comprado en Quito iba a hacer en el futuro.
Activos, propiedades y renta en el sur de Florida. Bol era extremadamente cuidadoso respecto a no acumular su riqueza dentro de Ecuador. Las fortunas visibles en el entorno doméstico eran vulnerables, podían ser rastreadas, cuestionadas, vinculadas a su cargo. Necesitaba un mecanismo para sacar el efectivo del país, transformarlo en activos legales en una jurisdicción diferente y hacerlo de una manera que no activara las alarmas de ningún sistema de vigilancia financiera.
Para eso tenía a su hijo. John Christopher Polit no era un improvisado. Era un profesional formado en el mundo de las finanzas internacionales con experiencia directa como broker en instituciones de la talla de Mary Lynch, una de las casas de inversión más reconocidas del mundo. Esa experiencia le había dado algo que el dinero por sí solo no podía comprar.
el conocimiento desde adentro del sistema bancario estadounidense. Sabía qué preguntas hacía el Departamento de Cumplimiento. Sabía qué documentos revisaban los auditores. Sabía qué patrones activaban las alertas de las regulaciones antilavado de dinero y sabía con exactamente la misma precisión cómo rodear cada uno de esos mecanismos sin dejar trazas evidentes.
El esquema que John Poul diseñó y administró tenía varias capas superpuestas que juntas creaban una imagen de legitimidad financiera casi impecable. El dinero salía de Ecuador primero hacia cuentas offsar en Panamá y otras jurisdicciones de baja tributación donde el secreto bancario era robusto y las preguntas sobre el origen de los fondos eran mínimas.
Desde esas cuentas, los fondos fluían hacia empresas de responsabilidad limitada registradas en Florida, algunas a nombre de testaferros, otras bajo estructuras corporativas que hacían virtualmente imposible rastrear al beneficiario final con una consulta ordinaria de registros públicos. Dos de esas entidades, Cot Fans LLC y Venture Overseas, funcionaron como los vehículos principales de adquisición de activos inmobiliarios en el condado de Miami De.
Pero la pieza más ingeniosa de todo el esquema, la que los fiscales federales tardaron más tiempo en desmontar completamente, eran los llamados préstamos back to back. El mecanismo era el siguiente. Una empresa controlada por la familia Politíso fiscal como la panameña Italcom le prestaba dinero a una de sus LLC en Florida para la compra de una propiedad específica.
Esto creaba en el papel la apariencia de que el capital para la compra provenía de un financiamiento externo legítimo, de una deuda comercial entre empresas internacionales. Nadie estaba robando. Según esa narrativa, una empresa prestaba dinero a otra. La propiedad se compraba con deuda, la deuda se devolvería con las rentas.
Todo era prolijo, todo tenía documentación, todo tenía una explicación que en una revisión superficial pasaba sin levantar alarmas. La trampa estaba, por supuesto, en que la empresa que prestaba y la empresa que recibía el préstamo eran esencialmente la misma estructura bajo nombres diferentes.
El dinero de los sobornos pagados en el Suiz Hotel de Quito no desaparecía. viajaba por un circuito cuidadosamente diseñado para lavarlo de su origen ilícito y hacerlo reaparecer en Florida como deuda legítima, como inversión inmobiliaria, como renta mensual generada por propiedades adquiridas con financiamiento empresarial, el ciclo del lavado de activos en su expresión más sofisticada, dinero sucio que entra, renta limpia que sale y en el medio una arquitectura corporativa que hace el trabajo de la transformación sin dejar
huellas visibles a simple vista. El crimen más perfecto no es el que nadie descubre, es el que convence a todos, incluido a quien lo comete, de que en realidad no es un crimen, que es solo un negocio con pasos adicionales. Cuando el sistema perfecto empieza a crujir, cada sistema tiene un punto de quiebre y el de los politó a agrietarse de una manera que ninguno de ellos pudo haber anticipado.
No fue un error propio, fue el colapso de un aliado al otro lado del océano y ese colapso era absolutamente inevitable. En diciembre de 2016, Odebrecht firmó un acuerdo de culpabilidad con el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, que sacudió los cimientos políticos de América Latina con la fuerza de un terremoto institucional, la constructora brasileña admitió ante los tribunales federales estadounidenses haber pagado más de 788 millones dó en sobornos a funcionarios de 12 países durante más de una década. La división
de operaciones estructuradas, el departamento secreto que administraba los pagos corruptos, quedó expuesta en su totalidad ante la justicia. Los nombres en clave empezaron a aparecer en documentos públicos. Las cifras empezaron a circular en los informes judiciales. Las rutas del dinero empezaron a ser trazadas por fiscales e investigadores en múltiples jurisdicciones simultáneamente.
Y entre todos esos nombres, en todos esos registros, vinculado a Ecuador, con una consistencia que no dejaba margen para la ambigüedad, seguía apareciendo el mismo alias Miami, junto a montos, fechas y descripciones de transacciones que apuntaban con una precisión inquietante hacia un único beneficiario posible.
Carlos Politó esta información y tomó una decisión. En 2017 abandonó el cargo de contralor general antes de que terminara su mandato, construyendo alrededor de esa salida una narrativa de persecución política que tenía la estructura de todas las narrativas defensivas bien diseñadas. Contenía suficientes elementos de verdad para ser plausible, pero apuntaba deliberadamente la atención hacia afuera para evitar que apuntara hacia adentro.
alegó que había sido víctima de represalias políticas por haber emitido informes que incomodaban al gobierno correísta. Se presentó como un hombre de principios que pagaba el costo de su propia integridad. Muchos ecuatorianos le creyeron. La narrativa del funcionario justo perseguido por el poder político era una narrativa que resonaba en el contexto de ese momento histórico particular.
Lo que Polit claramente subestimó fue que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos no era el gobierno de Ecuador, no estaba dividido en facciones del correísmo o el anticorreísmo. No tenía deudas políticas que saldar con ninguna de las partes. No necesitaba construir consensos legislativos ni moverse dentro de los equilibrios de la política doméstica.
tenía archivos, tenía los registros de Odebrecht, tenía el alias Miami y los montos que aparecían vinculados a ese alias en la contabilidad paralela de la constructora y tenía, sobre todo, algo que Politicipó correctamente, la determinación institucional de construir un caso que pudiera sostenerse con total solidez ante un jurado de ciudadanos estadounidenses que no sabían nada de la política eu, o R.1.
José Conceisán Santos fue el pivote sobre el que giró todo el caso. El exresentante de Odebrecht en Ecuador tomó una decisión que cambiaría irrevocablemente el destino de los polit. se convirtió en testigo colaborador de la Fiscalía Federal, negociando inmunidad parcial a cambio de su testimonio completo, detallado y verificable sobre todas las operaciones de Odebrecht en Ecuador.
Lo que Santos sabía no era vago ni general, era específico, cronológico y extraordinariamente preciso. Escribía reuniones individuales, citaba fechas exactas, enumeraba montos específicos por entrega, describía la disposición física de las habitaciones donde los pagos se realizaban, el tipo de recipientes en los que llegaba el efectivo, las palabras que se intercambiaban durante los encuentros.
Era el testimonio de alguien que había estado presente de manera activa en cada paso del esquema. alguien que no estaba reconstruyendo el pasado a partir de documentos, sino narrándolo desde la memoria directa de un participante. Mientras Santos construía su testimonio con los fiscales, los investigadores del Departamento de Justicia comenzaron a trazar la ruta del dinero en Florida y lo que encontraron, propiedad por propiedad, empresa por empresa, transacción por transacción, superó en su dimensión incluso las estimaciones
iniciales del caso. El portafolio inmobiliario de Los Polit en el condado de Miami David no era el de un ahorrista cauteloso que había diversificado sus inversiones durante años de trabajo honesto en el sector financiero. Era el de alguien que había convertido una ciudad entera en su bóveda personal, adquiriendo activos de alto valor con una velocidad y un volumen que no tenían ninguna explicación legítima posible.
El activo más revelador de todo el portafolio era un edificio de oficinas ubicado en 1900 Coral Way en el corazón de Miami, adquirido en 2016 por decenas de millones de dólares. La Fiscalía Federal pudo probar que una parte sustancial de ese monto provenía directamente de los sobornos pagados por Odebrecht, lavados a través del supuesto préstamo de la empresa panameña Italcom.
El edificio generaba rentas legales que los politicar sus ingresos en Estados Unidos, completando el ciclo que todo esquema de lavado de activos busca cerrar. Dinero sucio que entra al sistema como capital de inversión, activos que generan renta limpia que justifica la riqueza visible y una narrativa de empresario exitoso que hace innecesaria cualquier pregunta incómoda sobre el origen inicial de los fondos.
También estaba la residencia en Cocoplum, uno de los vecindarios más exclusivos y vigilados del condado de Miami Date, donde John Polit había invertido más de millón de dólares en renovaciones financiadas directamente con fondos ilícitos y varios departamentos en Torres de lujo que completaban un cuadro patrimonial de una magnitud que no podía ser ignorada indefinidamente.
Carlos Polit había sido funcionario público durante toda su carrera profesional. Su salario oficial, como el de cualquier funcionario del Estado ecuatoriano, nunca había sido de una magnitud que justificara ese nivel de acumulación de activos en el exterior. La discrepancia entre sus ingresos declarados y su patrimonio real en Florida era la primera y más poderosa de todas las pruebas en su contra.
En algún punto, durante los años que precedieron al juicio, Olit empezó a sentir que la red se estaba cerrando. No de manera abstracta. Las pruebas que la fiscalía presentaría ante la Corte incluirían grabaciones de audio donde el excontralor expresaba su inquietud por la existencia de posibles colaboradores con las autoridades, de personas de su entorno que podían estar hablando, mensajes de WhatsApp donde coordinaba conversaciones con personas cercanas sobre cómo manejar ciertos aspectos de su situación.
El cazador que durante 10 años había tenido el poder de perseguir o proteger a otros, estaba empezando a sentir el peso de ser él quien era perseguido. Los imperios no caen de golpe. Primero aparece una grieta tan pequeña que casi la ignorás. Después aparece otra y cuando querés tapar la segunda, ya es la tercera la que lo derrumba todo.
El día en que Miami le pasó la cuenta. Hay algo profundamente irónico en lo que estás a punto de escuchar. El hombre que usó a Miami como escondite personal durante años encontró en Miami exactamente lo que había huído de Ecuador. No hay distancia que alcance para escapar de lo que construiste.
Abril de 2024. La corte del distrito sur de Florida, Miami. El juicio de Carlos Ramón Politoni comenzó formalmente ante un jurado de 12 ciudadanos estadounidenses que, como ya se ha dicho, sabían poco o nada de Ecuador, de la Contraloría General del Estado, de las glosas o del correísmo. Lo que sí sabían era leer evidencia.
Y lo que la Fiscalía Federal les presentó durante tres semanas fue una cadena de pruebas que conectaba con precisión matemática cada centavo gastado en Florida con una irregularidad específica en Quito, cada propiedad adquirida con una glosa que nunca se emitió, cada remodelación pagada con un contrato que se otorgó donde no debió.
Cada renta cobrada con el dinero que debió haber protegido el patrimonio del Estado ecuatoriano. La defensa de Politos de recursos ni de experiencia. Sus abogados eran profesionales de alto perfil con una trayectoria demostrada en los pasillos de la justicia federal estadounidense. Entre sus clientes anteriores se contaban celebridades internacionales, incluyendo figuras del mundo del entretenimiento como Justin Bieber, lo que daba una medida del nivel de los letrados que la familia Polit había podido costear para esta batalla.
Conocían los mecanismos del sistema judicial federal. Sabían cómo construir una narrativa de duda razonable. Sabían cómo atacar la credibilidad de los testigos. Cómo resaltar las contradicciones en el testimonio de los colaboradores. Cómo sembrar en el jurado la incertidumbre que si germina puede ser suficiente para un veredicto de no culpabilidad.
La estrategia que eligieron fue doble. Primero, intentar desviar la responsabilidad hacia otras figuras del caso. En los registros de Odebrecht aparecían las iniciales que la fiscalía asociaba con Polit y la defensa argumentó que esas iniciales podían corresponder a otro funcionario ecuatoriano de la misma época, específicamente Carlos Pareja Cordero.
una estrategia que tenía una lógica defensiva comprensible, pero que chocaba con un problema fundamental. La cantidad y la especificidad de las pruebas que apuntaban concretamente a Carlos Politan de una solidez que el simple señalamiento hacia otro nombre no podía debilitar. Segundo, la defensa atacó con intensidad la credibilidad de José Conseisán Santos, destacando que era un testigo colaborador que había negociado beneficios judiciales a cambio de su testimonio y que, por lo tanto, tenía un interés directo en construir el

relato que la fiscalía necesitaba escuchar. Fue insuficiente. La fiscalía tenía algo que la defensa no podía hacer desaparecer. Las propias palabras de Carlos Polit, las grabaciones de audio donde expresaba su preocupación por los posibles colaboradores, los chats de WhatsApp donde se discutía en términos velados, pero reconocibles para cualquiera que entendiera el contexto, la coordinación de ciertos aspectos logísticos del esquema y por encima de todo la cadena financiera, una cadena que los investigadores habían trazado
con la meticulosidad de quienes saben que su trabajo va a ser sometido al escrutinio de un tribunal y que cada eslabón tiene que estar documentado, verificado y sostenible. El rastro del dinero no mentía desde los libros de Odebrecht, pasando por las cuentas en Panamá y las islas vírgenes, llegando a Chifan’s LLC y Venture Overseas en Florida, aterrizando finalmente en el edificio de Coral Way, en la mansión de Cocoplum, en los departamentos de lujo en Torres de Miami. Cada paso de ese recorrido estaba
documentado con extractos bancarios, escrituras de propiedad, registros corporativos, transferencias electrónicas. La narrativa de la defensa necesitaba que el jurado encontrara una explicación alternativa para todo ese flujo financiero y no había ninguna que pudiera sostenerse frente a las pruebas.
El 23 de abril de 2024, después de deliberaciones que resultaron ser relativamente breves en proporción a la complejidad del caso, el jurado regresó a la sala. 12 ciudadanos que representaban a nadie en particular, que no tenían nada que ganar ni perder con su veredicto, que no conocían al acusado ni guardaban ninguna relación con la política ecuatoriana.
12 personas que simplemente escucharon los hechos y los midieron contra la ley federal de los Estados Unidos. El veredicto fue unánime, culpable en seis cargos penales federales, incluyendo conspiración para cometer lavado de dinero y la realización de transacciones monetarias con bienes procedentes de actividades ilícitas.
No hubo división, no hubo votos disidentes que sugirieran ambigüedad en la lectura de las pruebas. La unanimidad era en sí misma un mensaje. No había margen para ninguna interpretación alternativa de lo que había ocurrido. Los hechos eran los hechos y los hechos eran condenatorios. La imagen que siguió al veredicto quedó registrada en la memoria de todos los presentes en la sala.
Carlos Politoni, el hombre que durante una década fue el guardián supremo de la integridad pública en Ecuador, tuvo que entregarse a los alguaciles federales de la corte. Se quitó la chaqueta, se quitó el cinturón, se quitó la corbata. Cada uno de esos objetos era un símbolo del estatus y la respetabilidad que había construido durante décadas de carrera pública.
Y uno por uno los fue dejando en manos de los funcionarios que lo iban a conducir a una celda. Era una escena que tenía la simetría brutal de la justicia poética. El hombre que había despojado al estado de sus recursos fue despojado ante los ojos de todos de los símbolos de su propia credibilidad. En octubre de 2024, la jueza Kathlen Williams dictó la sentencia definitiva.
A sus años, Carlos Polit Johnny fue condenado a 10 años de prisión federal, exactamente 120 meses. Seguidos de 3 años de libertad supervisada, la fiscalía había solicitado una pena que rozaba los 20 años. argumentando la magnitud del daño institucional causado y la ausencia de cualquier señal de arrepentimiento genuino, la defensa había pedido una pena de apenas 5 años, citando la edad del acusado, su estado de salud y señalando, entre sus argumentos más particulares, que durante su tiempo en detención
preventiva, Politia del Centro de Detención. La jueza Williams escuchó todos los argumentos con la misma ecuanimidad y le dio 10 años. Además de la privación de libertad, el tribunal ordenó el decomiso de decenas de millones de dólares en activos. el edificio de Corelway, los departamentos en las torres de lujo, el dinero en las cuentas vinculadas al esquema, todo lo que la fiscalía pudo demostrar con certeza que era producto del lavado de activos, quedó confiscado por el gobierno federal de los Estados
Unidos. El imperio construido durante 10 años de corrupción se desmontó en los meses posteriores al veredicto con la misma frialdad con que había sido construido. Propiedad por propiedad, cuenta por cuenta, activo por activo. John Pollit, el arquitecto financiero del esquema, el broker de Mary Lynch, que había convertido los sobornos del suiz hotel de Quito en renta inmobiliaria en Florida, no llegó al juicio.
En noviembre de 2024 se declaró culpable de un cargo de conspiración para cometer lavado de dinero, cerrando un acuerdo con la fiscalía que tomó en cuenta su cooperación con las investigaciones y la restitución voluntaria de los activos que aún quedaban bajo su control. Su sentencia fue de 40 meses de prisión, significativamente menor que la de su padre, gracias a las condiciones de su acuerdo de culpabilidad.
Con fecha de entrega establecida para el 7 de enero de 2026, el último capítulo activo del caso cerraba también sobre el hijo. El dinero siempre deja rastros y la distancia que crees que te protege es exactamente la misma distancia que permite que otra jurisdicción te alcance sin que lo veas venir.
lo que queda cuando el dinero de todo se va. Ahora que sabes toda la historia, hay una pregunta que quizás no esperabas hacerte. No es quién robó, es cuántos más siguen ahí afuera haciendo exactamente lo mismo y todavía convenciendo a todos de que los cuidan. Los juicios terminan, las sentencias se dictan, los activos se confiscan y en algún punto el sistema judicial cierra el expediente y avanza hacia el siguiente caso.
Pero el caso Polit dejó huellas que ninguna sentencia puede borrar por completo, porque lo que se perdió no fue solamente el dinero que los fiscales pudieron trazar y probar. Lo que se perdió fue algo más difuso, más profundo y en muchos sentidos más costoso. En Ecuador las consecuencias del juicio de Miami no se limitaron al plano simbólico.
Las pruebas presentadas durante el proceso proporcionaron material fresco que ha permitido reabrir y fortalecer investigaciones contra otras figuras prominentes del periodo correísta. El nombre del exvicepresidente Jorge Glas ha continuado apareciendo en los contextos relacionados con la red de corrupción de Odebrecht.
El exsecretario de la administración, Alexis Mera, también ha enfrentado implicaciones derivadas de las investigaciones cruzadas que el caso de Miami alimentó con nueva evidencia. Los hilos que tiraron los fiscales estadounidenses al construir el caso contra Polit. llegaban a otros lugares, a otros nombres, a otros actores del mismo sistema que durante la misma época tomaron decisiones similares con el mismo cálculo de impunidad.
La Procuraduría General del Estado Ecuatoriano ha iniciado procesos de embargo sobre los bienes remanentes de polito, buscando recuperar al menos una fracción de los daños que el Estado sufrió durante la década en que el contralor convirtió su cargo en una franquicia privada.
La cifra exacta del daño total es imposible de calcular con precisión. No se trata solo de los sobornos que Polit recibió y que la fiscalía pudo probar. Se trata de las glosas que nunca se emitieron, de los contratos que se otorgaron a empresas que no deberían haberlos ganado, de las obras que se entregaron con defectos que todos vieron, pero nadie pudo documentar, porque hacerlo hubiera activado sanciones que alguien estaba pagando para evitar.
Hay un daño que los libros de contabilidad no pueden medir, el daño de una institución de control que durante 10 años no controló nada porque quien debía controlar era parte de lo que habría que haber controlado. La lección más incómoda del caso Polit es que no se resuelve con una reforma legal. El problema no fue que Ecuador careciera de controles sobre el uso de los recursos públicos.
El problema fue que el hombre a cargo de esos controles los estaba vendiendo. Ningún sistema de auditoría puede funcionar cuando su guardián es parte del esquema que debería estar persiguiendo. Es una paradoja que ningún cambio normativo resuelve por sí solo, porque el cambio normativo depende de que las personas encargadas de aplicarlo tengan la integridad que el cargo exige y esa integridad no se legisla.
Se elige o no se elige en el silencio de cada decisión individual. Lo que el caso Polit sí demostró con una claridad que trasciende el contexto ecuatoriano es que la geografía de la impunidad se ha reducido de manera drástica en el siglo XXI. Durante generaciones, el patrón del funcionario corrupto latinoamericano que acumulaba activos en el exterior y se jubilaba en la comodidad de esa riqueza, fue casi un estándar implícito del ciclo político de la región.
Miami, en particular fue durante décadas un destino seguro para esa riqueza, un lugar donde el dinero llegaba, se lavaba, se convertía en propiedades y rentas y dormía tranquilo bajo la protección de un sistema financiero que no preguntaba demasiado sobre la historia de los fondos. Eso cambió.
Las leyes antilavado de dinero de los Estados Unidos no distinguen nacionalidades ni cargos previos. Si el dinero pasa por el sistema financiero estadounidense, si los activos están en suelo estadounidense, la jurisdicción está establecida y el Departamento de Justicia, cuando decide construir un caso, lo construye con la meticulosidad que exige pararse ante un jurado de 12 ciudadanos que solo leen evidencia.
Esa combinación, ley robusta, más voluntad de aplicarla más capacidad técnica para trazar el dinero en cualquier dirección es la razón por la que Miami dejó de ser un refugio para convertirse en el escenario de la derrota de Carlos Polit. Lo que queda cuando un imperio así se derrumba no es solo el escombro visible de los activos confiscados, es el eco de las preguntas que nadie puede responder completamente.
¿Cuántos expedientes de la Contraloría nunca abrirán una glosa que debió existir? ¿Cuántos contratos firmados durante esa década tenían cláusulas que alguien cobró por no objetar? ¿Cuántas plantas eléctricas? ¿Cuántos puentes? ¿Cuántas obras de infraestructura llevan dentro de sus estructuras el peso de decisiones tomadas, no sobre la base de criterios técnicos, sino sobre la base de cuánto se había pagado para que esas decisiones fueran en cierta dirección? El edificio de Coral Way fue confiscado.
La mansión de Coco Plum fue confiscada. Las cuentas bancarias fueron vaciadas, pero las glosas que Polit hizo desaparecer no se pueden confiscar. Los contratos que Odebrecht obtuvo gracias a su protección no se pueden anular retroactivamente en su totalidad. El daño institucional causado a la Contraloría como organismo de control no se repara con una sentencia federal en Miami, por justa que esa sentencia sea.
Carlos Polit Fayoni cumple hoy su condena en una prisión federal en los Estados Unidos. El hombre que fue aplaudido públicamente, que construyó una imagen de guardián incorruptible durante 10 años, que se fue de Ecuador presentándose como víctima. Terminó siendo sentenciado en un tribunal extranjero por ciudadanos que no conocían su nombre.
La justicia que no llegó desde Quito llegó desde Miami con 10 años de prisión federal, el decomiso de decenas de millones de dólares en activos y la constancia pública de que el alias Miami era la dirección exacta del dinero que robó. Y en algún lugar, en este mismo momento, alguien que cree que su estructura es más sofisticada, que sus nombres en clave son más herméticos, que su red de protección es más robusta, está mirando este caso y convenciéndose de que él es diferente, que a él no lo van a alcanzar, que el circuito que diseñó
no tiene los errores que tenía el circuito de los polit, que esta vez sí funciona, que esta vez sí es perfecto. Eso también lo creyó Carlos Politicción con que construyó las cajas de champag del Suiz Hotel, el edificio de Coral Way y el coro de la iglesia en el centro de detención de Miami. El problema no fue que el guardián cayó.
El problema es que durante 10 años, mientras todos aplaudían al guardián, el dinero de todos los ecuatorianos ya estaba desapareciendo. No.