El oscuro secreto de Leo Dan que Raúl Velasco descubrió en vivo
Leo ese es el nombre que importa esta noche. Un domingo cualquiera en los estudios de Televisa, Raúl Velasco le lanzó a ese cantante la única pregunta que había estado esquivando durante tres décadas. Leodán esbozó una sonrisa. Luego esa sonrisa desapareció. Se hundió en un silencio que reveló más que toda una vida de entrevistas.
Porque durante 15 años el galán, cuyas canciones acompañaban a tu madre en la cocina cruzaba el umbral de una casa siniestra en la colonia Roma. Lo que ocurría puertas adentro es de lo más tenebroso que guarda el mundo del espectáculo latinoamericano. Allí, una anciana vestida de negro abría cuerpos humanos con un cuchillo de carnicero, sin anestesia ni quirófano.
Allí se colaba la esposa del presidente de México por la puerta de servicio sin escoltas, escondiéndose de su propio marido. Allí, un científico de la UNAM registraba cada intervención con una cámara oculta. Años más tarde se esfumó sin dejar rastro y nunca nadie lo encontró. ¿Y qué hacía Leodán en medio de todo aquello? Algo que pone la piel de gallina, algo que él mismo confesó en un libro pequeño publicado en 1987 y que después mandó retirar.
Tras aquella publicación, no volvió a abrir la boca sobre el asunto, hasta que 11 días antes de morir, ya consumido por dentro, dejó escapar una confesión que destruye la imagen del ídolo que tu generación adoró. Pasé tres semanas revisando archivos de Televisa, entrevistas inéditas y ese mismo libro que la industria del bolero ordenó sacar de circulación a los se meses de aparecer.
Porque después de escuchar lo que voy a contar, Mary es mi amor. Ya no va a sonar de la misma manera. Antes de entender qué sucedía en aquella sala, hay algo fundamental que necesitas saber sobre Leo Dan. Algo que arrancó mucho antes en un pueblo argentino donde nadie prestaba atención. En una casa de adobe, donde un niño descubrió que sus manos tenían algo extraño que ni él mismo era capaz de comprender.
El 22 de marzo de 1942, en una estación de tren perdida en la provincia de Santiago del Estero, vino al mundo Leopoldo Dante Tévez. El pueblo se llamaba Atamisqui. 200 casas, una iglesia, un almacén. Lo demás era monte y polvo. La gente vivía de la tierra y de la oración. Cuando alguien caía gravemente enfermo, no había médico disponible.
Había curandera, había rezador, había personas del pueblo que conocían hierbas y oraciones transmitidas de madre a hija desde antes de la llegada de los españoles. Si te gusta este contenido, suscríbete para no perderte ninguna historia oculta. La familia Tévez sembraba zapayos, criaba cabras y chanchos. El padre labraba la tierra de sol a sol y volvía a casa con las manos agrietadas.
La madre rezaba el rosario cada noche frente a una imagen de la Virgen del Valle. Leopoldo era el menor de cinco hermanos, el más callado, el que se quedaba en el patio mirando las estrellas mientras los otros jugaban. A los 5 años aprendió a tocar la armónica que había pertenecido al abuelo. A los seis, la guitarra criolla.
A los siete, la familia se trasladó a un caserío todavía más humilde llamado Puerta de los Cerros. La nueva vivienda era una sola habitación con piso de tierra. Las cabras dormían a unos metros de la cama. El agua se sacaba de un algibe a 200 m de distancia. Allí, Leopoldo se escondía detrás del corral y tocaba entre las cabras.
Componía sus primeras canciones para una tía enferma que guardaba cama. Esa tía vivía con la familia desde antes de que Leopoldo naciera. La habían recogido cuando enviudó, siendo muy joven. Dormía en una pieza pequeña al fondo de la casa. Esa pieza es importante porque lo que allí ocurrió es la primera pieza del rompecabezas que va a unir todo lo que vamos a contar esta noche.
La tía se estaba muriendo de algo que el médico del pueblo no supo nombrar. La fiebre le subía por las noches, deliraba, llamaba al marido muerto. La familia ya había aceptado lo inevitable y había comenzado a guardar dinero para el cajón. Una tarde de marzo, Leopoldo, que tendría unos 8 años, entró al cuarto donde ella dormía.
La luz se filtraba por una rendija en la persiana. La tía respiraba con dificultad y tenía la frente brillante de sudor. El niño se acercó a la cama y le apoyó la palma de la mano en la frente. Solo eso. Una palma de niño contra una frente de mujer adulta. sintió algo que después intentó explicar muchas veces y nunca pudo.

Un calor que le subía por el brazo, una sensación que describiría décadas más tarde como un escalofrío al revés, como si la fiebre de la tía pasara a su propio cuerpo, como si algo abandonara a aquella mujer y se instalara en él. Esa misma noche, la tía abrió los ojos por primera vez en una semana.
La fiebre bajó, pidió agua, pidió una sopa. El médico llegó al día siguiente desde el pueblo grande, la examinó, le tomó el pulso, le miró la lengua, le revisó las pupilas y dijo en voz baja que era inexplicable, que él tenía a esa mujer desauciada desde hacía dos semanas y no entendía cómo había mejorado de un día para el otro.
La tía vivió 4 años más. Murió en 1954 de otra cosa, sin volver a sufrir fiebres altas. Lo que pasó aquella tarde en el cuarto del fondo, la madre de Leopoldo lo guardó como un secreto. Le dijo al niño que no contara nada, que la gente del pueblo iba a empezar a hablar, que vendrían a pedirle cosas, que su don, si era un don, era mejor dejarlo descansar.
Leopoldo lo archivó en un rincón de la cabeza y siguió cantando. Pero las manos no olvidan lo que hacen y 30 años después esas mismas manos lo meterían en la sala más oscura de la ciudad de México. A los 16 años formó su primera banda, los troveros. Tocaban en bodas y bautizos por el monte santiagueño y cobraban con comida y con 1 litro de vino para el padre.
A los 18 fundó otra agrupación más moderna llamada Los demonios del ritmo. Le decía a su madre que iba a ser cantante. Ella se reía y le respondía que primero terminara la escuela, que de cantante nadie come. A los 20 agarró sus dos camisas, su guitarra y un boleto de tren. Llegó a Buenos Aires en 1962 con 200 pesos en el bolsillo.
Las primeras dos semanas durmió en una pensión de Constitución. Comía pan con grasa una vez al día. Hizo audiciones en cinco discográficas. Cuatro lo rechazaron. La quinta CBS lo escuchó 2 minutos y le hizo firmar un contrato esa misma tarde. En menos de un año lanzó una canción llamada Celia. Vendió 100,000 copias en dos meses.
La radio la pasaba cada cuarto de hora. Leopoldo Dante Tévez, el chico de Atamiski, se convirtió en Leo Dan. El nombre lo armó con las primeras letras de sus dos nombres de pila. Leo de Leopoldo, Dan de Dante, le pareció elegante, internacional, fácil de recordar. El éxito fue rápido y brutal.
A los 22 años llenaba teatros en Buenos Aires, Montevideo y Asunción. A los 23 tenía programa propio en Canal 9 de Argentina, llamado Bajo el signo de Leo. Las fanáticas le rompían la ropa al salir del estudio. La policía tuvo que escoltarlo en varios shows. Una noche en Rosario, la cola para entrar al teatro tenía siete cuadras y la prensa habló de disturbios.
En 1966 ocurrió algo que él recordaría toda la vida. Estaba filmando una película titulada te extraño, mi amor. La rodaban en la costa atlántica argentina, en plena temporada de verano. En el reparto había una reina de belleza, Miss Mar del Plata, 1966. Una rubia delgada de 22 años llamada Marieta. La vio bajar de la limusina del estudio.
Le ofreció un café. Hablaron 3 horas. 20 días después se casaban en una iglesia pequeña de Buenos Aires con 15 invitados. La canción Mary es mi amor. La compuso esa misma noche en un cuaderno escolar mientras Marieta dormía a su lado. El primer hijo, Nicolás, nació al año siguiente. Después llegaron dos hijas, Mariana y Vanessa.
La familia se mudó primero a Madrid, donde Leo Dan grabó cuatro discos en una compañía española. 4 años más tarde, en 1970, tomó a su esposa y a sus hijos pequeños y se instaló en la ciudad de México. Dijo que era por una gira. se quedó 10 años y allí empezó todo porque había algo ocurriendo en la ciudad de México en aquellos años, algo que la mayoría de la gente en este país recuerda de oídas, como una leyenda urbana que la abuela contaba con miedo.
En la plaza Río de Janeiro, en la colonia Roma, existía una casa. Una casa que los vecinos del barrio llamaban la casa de las brujas por su arquitectura gótica de tres torres puntiagudas. Construida a principios del siglo XX por un arquitecto extranjero, tenía un aspecto que no encajaba con el resto de la avenida.
Pasillos oscuros, vitrales con figuras antiguas, escaleras de madera que crujían. En uno de los departamentos del segundo piso vivía una mujer que iba a cambiar la historia oculta de México. Se llamaba Bárbara Guerrero. Había nacido el 12 de octubre de 1900 en un pueblo de Chihuahua llamado Hidalgo del Parral.
La gente la conocía como Pachita. Su historia antes de la casa de las brujas era la de una mujer humilde que había servido de soldadera durante la Revolución Mexicana. Había seguido al ejército por todo el norte. Había visto morir hombres. Había aprendido a coser heridas con hilo común.
Había dado de comer a los hambrientos en los campamentos. Cuando la revolución terminó, Pachita se mudó a la capital con un marido que la abandonó al poco tiempo. Tuvo cinco hijos, tres murieron pequeños. Para sobrevivir trabajó de la bandera, de costurera, de partera en barrios pobres. y empezó a curar. Primero con hierbas, después con oraciones, después con algo más que ella misma no podía explicar.
Para los años 50, la fama de Pachita corría por las colonias populares de la Ciudad de México, por el rumbo de Tepito y la colonia Doctores. La gente subía a su casa con ofrendas, una gallina, un kilo de tortillas, una vela. Pachita no cobraba, atendía a quien llegara. Sus consultas duraban horas. Tenía el pelo blanco recogido.
Vestía siempre de negro. Atendía sentada en una silla de madera con un altar al fondo del cuarto, donde se alzaba una figura de Cuautemok. El último Tlatoaná Shika, el guerrero al que los españoles torturaron quemándole los pies cuando se negó a entregar el oro de Tenochtitlán. La figura tenía un penacho de plumas, una lanza pequeña y un escudo.
Le ponía flores frescas cada día. Pachita decía que el espíritu de Cuautemocok se le metía en el cuerpo, que ella no operaba a nadie, que era el guerrero muerto hacía cinco siglos, quien entraba en sus manos y hacía el trabajo. Cuando caía en trance, su voz cambiaba. Hablaba grueso, masculino. Pedía un cuchillo.
Le decía a su asistente, con un tono distinto al suyo de mujer mayor que trajera al enfermo. El cuchillo era de monte, un cuchillo de carnicero comprado en el mercado de la merced con cinta aislante negra enrollada en el mango porque la madera estaba rota. Sin esterilizar, sin alcohol, sin guantes. Pachita usaba el mismo cuchillo cada vez.
Lo lavaba después de cada operación con agua de la llave y lo guardaba en un cajón debajo del altar. Pachita acostaba al enfermo en una cama de madera oscura, cubierta con una sábana blanca sin almohada. Le abría el abdomen, la cabeza, el pecho, sin anestesia. La gente que iba juraba que sentía dolor, pero no podía moverse, como si el cuerpo se paralizara mientras la mente permanecía despierta.
Decían que extraía órganos dañados y los reemplazaba por otros que aparecían de la nada en el aire. La habitación se llenaba de un olor metálico a sangre fresca. Una asistente recogía los pedazos de carne en un balde. Cuando terminaba, cerraba la herida pasando dos dedos y luego la palma de la mano sobre el corte.
La cicatriz quedaba a la vista, rosada, fresca, sin puntos, sin venda. Tres días de reposo y a casa. Pachita se sentaba en el patio a fumar un cigarro mientras el siguiente paciente subía la escalera. Eso decían los que iban y los que iban no eran cualquier persona. ¿Cómo fue que el dulce baladista de Mary es mi amor? Terminó sentado en aquella sala oscura junto a una mujer que extraía hígados con un cuchillo de mercado.
Leo Dan nunca explicó con claridad cómo llegó a la casa de las brujas. En distintas entrevistas dio versiones diferentes. Una vez dijo que lo llevó un periodista argentino enfermo, otra vez que un colega cantante, otra vez que un médico amigo de la familia. Lo que sí está documentado, lo que él mismo admitió es que en algún momento de los años 70 comenzó a frecuentar aquella casa.
Iba sin avisar a nadie, se sentaba en un rincón y miraba. Y entonces sucedió lo del domingo. Siempre en domingo era el programa más visto de América Latina. 4 horas en vivo, 32 países, más de 300 millones de espectadores cada fin de semana. El presentador era Raúl Velasco, un hombre nacido en Guanajuato en 1933 que había comenzado como periodista de espectáculos en los años 50.
No era un presentador frívolo. Hacía investigación, leía libros, preparaba cada entrevista durante días y tenía su propia editorial pequeña donde publicaba ensayos sobre temas que le interesaban. Aquella tarde de domingo, Leodán estaba sentado en el sillón de invitados. iba a presentar una canción nueva.
Su esposa, Marieta, lo esperaba en el camerino. Sus hijos miraban el programa desde la casa familiar en Polanco. Todo transcurría como cualquier entrevista normal. Hablaron de la gira que estaba haciendo Leodán, de los discos que estaba grabando, de los hijos, hasta que Raúl Velasco abrió un libro que tenía a su lado. Pastas duras.
Páginas amarillentas. Era un libro de un científico mexicano titulado Pachita, publicado un año antes por una editorial pequeña de la UNAM. Velasco lo había estado leyendo esa semana con marcador en mano subrayando frases. Había llegado a una página específica marcada con un papel. Velasco miró a Leo Dan.
La sonrisa de presentador se le borró del rostro. habló más despacio y dijo lo que nunca debió decirse en televisión nacional. dijo que la curandera Pachita, ya fallecida, realizaba operaciones con un cuchillo sin necesidad de anestesia, que extraía los órganos enfermos del cuerpo de los pacientes y que en el libro que sostenía en las manos, escrito por un investigador serio de la UNAM, se mencionaba un dato muy concreto.
Y entonces llegó la frase que dejó al cantante helado en su asiento. Velasco le dijo que el escultor Víctor Manuel Contreras, un artista reconocido de Cuernavaca, cuyas obras están en museos de medio mundo, le había confirmado personalmente que Leo Dan ayudaba a Pachita en aquellas operaciones, que con sus manos detenía las hemorragias y cerraba las heridas.
El estudio se quedó en silencio. La cámara dos enfocó al cantante. La cámara uno se quedó en Velasco esperando la respuesta. El público en las gradas dejó de aplaudir. Por unos segundos, el único sonido en el set era el zumbido de los focos. Leo Dan no negó. Habría sido lo más fácil reírse, decir que era un disparate, cambiar de tema.
Cualquier otro lo habría hecho. Leo Danno. Lo que dijo palabra por palabra fue lo siguiente. Lo dijo despacio, mirando al piso, como quien confiesa algo que llevaba muchos años guardado. Dijo que él había conocido a Pachita, que lo que vio para él fue un mundo nuevo, una cosa extraordinaria, que él mismo había llevado médicos amigos para que presenciaran lo que ella hacía.
y que Pachita realizaba cosas maravillosas que si las contaba en ese momento, la gente iba a decir que estaba loco. Después se cerró. Raúl Velasco no insistió. Pasaron a la canción. Leo Dan se levantó del sillón, caminó al centro del estudio, agarró el micrófono y cantó. Te he prometido como si nada hubiera pasado.
Pero los ojos no se le secaban. Los productores del programa en la cabina se miraron. Esa parte de la entrevista jamás volvió a emitirse en ninguna repetición posterior. Después de aquel domingo, Leo Dann tomó una decisión que cambiaría su carrera para siempre. Nunca más volvió a hablar del tema en televisión abierta. El video de aquella entrevista existe.
Está enterrado en algún archivo polvoriento de Televisa. Algunos fans lo subieron a internet en versiones recortadas, con mala calidad y audio distorsionado. La toma completa nunca se ha vuelto a emitir. La compañía no la incluye en sus recopilaciones de siempre en domingo. Cuando alguien la solicita por los canales oficiales, le responden que no encuentran el archivo.
Y por una razón muy concreta que veremos más adelante, Marieta Tévez, la esposa de Leo Dan, vio aquella noche como su marido llegó a la casa, se metió al baño y se quedó allí más de una hora. Cuando salió tenía los ojos rojos. No quiso cenar, se acostó temprano y le pidió que lo dejara solo. Marieta no le preguntó qué había pasado.
Sabía. era la única persona en el mundo que tenía la historia completa de lo que Leo Dan había vivido en la casa de las brujas y nunca dijo una palabra de eso a la prensa. Pero antes de eso hay algo que debes saber. Leodan no era el único artista famoso que había estado en aquella sala. Había una lista, una lista larga, una lista que conecta el espectáculo, la ciencia y el poder político de México, de una manera que pocos se atreven a mencionar en voz alta.
El primero de esa lista no era un artista latino, era un músico estadounidense, un genio del jazz llamado Charles Mingus. En junio de 1978, el presidente Jimmy Carter organizó un festival de jazz en el jardín de la Casa Blanca con motivo del aniversario número 25 del Festival de Jazz de Newport. Charles Mingus, el contrabajista más respetado de su generación, llegó al evento en silla de ruedas.
Tenía esclerosis lateral amiotrófica. La enfermedad de Lig. Los médicos del Decy Memorial Slone Catering de Nueva York le habían dado 6 meses de vida. Carter lo abrazó frente a las cámaras del país. Mingus lloró en silencio, sin poder mover los brazos para corresponder el abrazo. En ese mismo evento, el saxofonista Jerry Mulligan se le acercó al final de la noche.
Le dijo que conocía a una mujer en México, una curandera. le contó que una amiga francesa de Mooligan había vuelto a caminar después de un accidente automovilístico gracias a esa mujer. Le pasó una dirección anotada en una servilleta. Plaza Río de Janeiro, colonia Roma, Ciudad de México. Casa de las brujas. Tercer piso, preguntar por Pachita.
Tres semanas después, Charles Mingus aterrizó en la ciudad de México en un avión privado pagado por su esposa, Su Mingus. Lo bajaron en ambulancia. Había una unidad médica completa, esperándolo en el aeropuerto Benito Juárez. Lo subieron por la escalera del edificio de la plaza Río de Janeiro en una camilla con dos enfermeras y un médico personal.
Suemingus contaría la escena en un libro publicado años después. Pachita estaba en su silla de madera, vestida de negro como siempre. Cuando Mingus entró al cuarto, ella se levantó con dificultad, caminó hacia él, lo miró durante medio minuto sin decir palabra, luego habló con su voz de mujer cualquiera, no la voz masculina del trance.
Sin tocar al músico, sin examinarlo, dijo lo siguiente, que él tenía un virus vivo en los nervios, que ese virus le estaba comiendo la conexión entre el cerebro y los músculos, que era un virus que no aparecía en los libros de medicina y que iba a morir pronto. Suemingus le preguntó si podía hacer algo. Pachita negó con la cabeza.

le dijo que ya era demasiado tarde, que el cuerpo de Mingus no aguantaría una operación, que lo único posible era prepararlo para el viaje al otro lado. Le dio una bendición sencilla, sin cobrar, sin promesas. Mingus y su esposa se quedaron en Cuernavaca durante los meses siguientes. Ella esperaba un milagro.
Charles Mingus murió el 5 de enero de 1979. tenía 56 años. Suomingus escribiría años después en un libro de memorias titulado Tonight ato: que aquella sesión con Pachita fue lo último que su marido recordó con claridad antes del final, y que después de visitarla, Charles había estado en paz, sin miedo, como si la mujer del cuchillo le hubiera quitado el peso de no saber.
Imingus fue solo el primero. Después llegó Alejandro Jodorovski, el director chileno del Topo y la montaña sagrada, el escritor de psicomagia. Jodorovski tenía un problema en el hígado a finales de los años 70. Había vivido como vivían muchos cineastas de aquella década. Cocaína, alcohol, comida en exceso, noches sin dormir.
El hígado le falló. Los médicos le dijeron que necesitaba un trasplante. Jodorovski no quiso operarse en un hospital. Subió a la casa de las brujas acompañado de un amigo escritor mexicano. Pachita lo recibió, lo acostó, llamó a su asistente y pidió el cuchillo. Lo que pasó después, Jodorovski lo escribiría en su libro La danza de la realidad, publicado en 2001.
padeció el dolor más grande que había sentido en su vida. Dijo que el olor a sangre era brutal, que vio como Pachita le sacaba un pedazo de carne oscura del costado y le insertaba otra masa de carne en el mismo lugar y que la herida cerraba sin puntos ni sutura frente a sus propios ojos. Después no recordaba más.
despertó tres horas después en un cuarto contiguo con un té caliente en la mano. Se fue caminando. El hígado, según Jodorovski, le funciona bien hasta el día de hoy. El director chileno, hoy Nona Genarayo sigue dando entrevistas, sigue publicando libros y sigue diciendo que aquella tarde en la colonia Roma cambió su forma de entender el cuerpo humano.
Después llegó Roberto Carlos, el cantante brasileño que llenaba estadios. Visitó a Pachita varias veces durante los años 70. Tenía un hijo enfermo con problemas neurológicos. La prensa brasileña de la época rastreó algunos viajes del cantante a la Ciudad de México sin explicación oficial. Roberto Carlos nunca dio detalles públicos, pero un periodista mexicano llamado Jacobo Zabludowski, en una entrevista privada que después circuló en reducidos círculos de prensa, confirmó las visitas a la colonia Roma.
Después llegó Ofelia Gilmine, la gran actriz de la época de oro del cine mexicano. Tenía un cáncer de pecho diagnosticado a finales de los 70. Subió tres veces a la casa de las brujas. Cuando volvió a sus médicos en el hospital privado donde se atendía, los doctores no encontraron el tumor. La actriz vivió hasta 2005.
Después llegó Salvador Freedo, el ex jesuíta español dedicado a investigar lo paranormal. Después llegó un investigador estadounidense llamado Stanley Kripner, doctor en psicología por la Universidad del Norte de Texas. Después llegó un antropólogo cubano estadounidense llamado Alberto Villoldo. Todos escribieron sobre Pachita.
Todos describieron lo mismo. Todos dijeron que no podía explicarse con la ciencia que conocían. Y entonces llegó el nombre que cambia todo. Hay un nombre en esa lista que conecta a Leodán con el poder más alto de México. Un nombre que todavía hoy en esta misma generación pocos se atreven a pronunciar. El nombre era Carmen Romano, la esposa del presidente de México.
Pero antes de explicarte cómo Carmen Romano cambia todo, hay otra escena. Una escena que Leo Dan dejó escapar una sola vez en una revista provincial argentina llamada La Capital en el año 2013. Una escena que la mayoría de los periodistas pasaron por alto porque no entendieron lo que estaban escuchando y que cambia para siempre la manera de mirar al cantante.
Ocurrió así muchos años después en un aeropuerto que él creía que era Houston, Texas. Un hombre desconocido lo agarró del brazo. Mexicano de mediana edad, lentes gruesos, con la mirada de alguien que llevaba años esperando ese momento. Le dijo que su hija había estado a punto de morir. Cáncer infantil.
Los médicos del hospital infantil de México ya no daban esperanza. Todo estaba perdido. Hasta una tarde cualquiera, en una sala de espera, cuando Leo pasó cerca de ellos, no había cámaras, no había prensa, no había escenario, solo una niña con fiebre, una madre llorando y el cantante. El hombre juró que Leo Dan se acercó sin que nadie se lo pidiera, le puso la mano en la frente a la niña, no dijo nada y se fue.
Esa misma noche, según aquel padre, la fiebre desapareció. Los estudios comenzaron a cambiar. La niña no murió. Años después se convirtió en ingeniera química. Se casó y tuvo dos hijos. Y aquel hombre en medio del aeropuerto le mostró una fotografía familiar como si estuviera devolviendo una deuda imposible de pagar. Entonces Leo Dan respondió algo que explica todo lo que viene después.
Dijo, palabra por palabra que no recordaba nada. No recordaba a la niña. El hospital se le había borrado por completo. No recordaba haber puesto la mano sobre su frente. No recordaba haber hecho absolutamente nada, como si otra persona hubiera estado allí en su lugar. Y esa frase es mucho más peligrosa de lo que parece, porque si Leo Dan decía la verdad, entonces durante años ocurrió algo alrededor de él que ni él mismo podía explicar.
Cuando el periodista de la capital le preguntó cómo explicaba todo aquello, Leo Dan repitió lo que había dicho durante décadas, que él no tenía ningún don, que cuando algo así pasaba era la fe, era Jesucristo curando a través de él, que él era solo un instrumento. Pero el periodista, sentado frente al cantante notó algo.
notó que Leo Dan no estaba diciéndolo para convencerlo a él, lo estaba diciendo para convencerse a sí mismo. Aquellas anécdotas eran muchas. En Argentina lo perseguían enfermos. En México lo señalaban con el dedo en los aeropuertos. En España, durante los años que vivió allí, una mujer de Málaga llegó a publicar una carta abierta diciendo que Leo Dan le había sanado un tumor en el pecho con solo darle un beso en la frente al final de un concierto.
Esa carta circuló en una revista pequeña de la Costa del Sol y después desapareció. Leo Dan no podía con eso. No podía con la pregunta de qué le pasaba a sus manos cuando tocaba a alguien enfermo. Por eso, en 1987 hizo algo que ningún cantante latino de su nivel se había atrevido a hacer. Escribió un libro. El libro se llamó Un pequeño grito de fe.
Lo publicó en una editorial pequeña de Buenos Aires llamada Bonum. Una editorial católica con tradición de imprimir libros religiosos. Tiraje corto, 5,000 ejemplares, sin promoción televisiva, sin entrevistas en radio. La portada era sencilla, una cruz dorada sobre fondo azul. 180 páginas. El libro contaba en primera persona su relación con Pachita, las cosas que vio, las cosas que sintió, la gente que se le acercaba a pedirle que la sanara y su confesión final, que él mismo no entendía qué pasaba con sus manos, pero que tenía miedo de averiguarlo.
En una página específica, la página 112, Leo Dan escribió una frase que pocos críticos notaron, que en aquella casa de México había visto cosas que iban contra todo lo que la Iglesia Católica le había enseñado, pero que también había visto la mano de Dios trabajando de formas que ni los sacerdotes ni los científicos podían explicar.
El libro se agotó en 6 meses. La editorial pidió permiso para reimprimir. Lean, según un testimonio del editor que circuló años después, pidió que no se reimprimiera. Pidió que se retirara de la venta. Dijo que se había arrepentido de algunas frases. La editorial respetó la decisión. Las copias que quedaban se distribuyeron entre conventos católicos de Argentina y se acabaron.
Hoy una copia original cuesta cientos de dólares en el mercado de coleccionistas. Las pocas que sobreviven están en bibliotecas privadas de Argentina y México. Una de ellas, según un dato que aparece en una tesis universitaria, está en la biblioteca personal de la familia López Portillo, en la ciudad de México. Leodan, durante el resto de su vida, casi no volvió a mencionar el libro.
Cuando alguien le preguntaba en una entrevista, cambiaba de tema rápidamente. Decía que era un libro religioso, que solo hablaba de la oración, que no había que darle más importancia. Esa fue la versión oficial durante 37 años. El libro hablaba de mucho más. Mencionaba a una mujer en México con un don sobrenatural.
Mencionaba al espíritu de Cuautemoc. Mencionaba operaciones imposibles donde aparecían órganos de la nada. mencionaba al cantante poniendo las manos sobre los cuerpos para detener hemorragias y mencionaba en una página específica que aquella protección que rodeaba a la curandera provenía desde lo más alto del poder político mexicano.
Y aquí es donde entra Carmen Romano. Carmen Romano era la esposa de José López Portillo, presidente de México entre 1976 y 1982. Una mujer culta, pianista de formación, mecenas del arte. Había estudiado música en el Conservatorio Nacional. Había dado conciertos privados en Bellas Artes. Era amiga personal de Plácido Domingo y de Luciano Pavarotti.
Y según múltiples testimonios documentados después del ***enio, era paciente regular de Pachita. Durante todo aquel mandato presidencial, Carmen Romano subía a la casa de las brujas en una camioneta sin placas oficiales, sin guardaespaldas a la vista, aunque cuatro hombres del Estado Mayor Presidencial vigilaban el edificio desde un auto estacionado en la esquina.
Entraba por la puerta de servicio. Pachita la atendía sin público. Después salía como si nada hubiera pasado. La gente del barrio la veía y se hacía la desentendida. Era el secreto a voces de la colonia Roma en aquellos años. Pero la cosa no terminaba en Carmen Romano. La hermana del presidente López Portillo, una mujer llamada Margarita López Portillo, que era directora de radio, televisión y cinematografía durante el ***enio, fue quien le presentó a Pachita a un científico mexicano de la UNAM en 1977.
un neurofisiólogo joven y brillante, fanático de la cábala judía. El nombre del científico era Jacobo Grimberg. Y Jacobo Grimber es la pieza que conecta todo lo que estás escuchando con algo mucho más oscuro. Margarita López Portillo era una mujer poderosa por derecho propio. Controlaba toda la programación de televisión y cine del Estado mexicano durante el ***enio de su hermano.
Conocía a todos los artistas, a todos los presentadores, a todos los productores. Era según un libro publicado años después por un periodista mexicano. una de las personas más temidas del medio y era una de las pacientes regulares de Pachita. Esta es la conexión que pocos se atreven a hacer. Margarita López Portillo, hermana del presidente, controlaba de facto la producción televisiva del estado.
Televisa producía siempre en domingo. Siempre en domingo era el programa de Raúl Velasco. Cuando Raúl Velasco confrontó a Leo Dan en vivo sobre Pachita, lo hizo después del ***enio López Portillo, cuando Margarita ya no tenía el poder formal sobre los medios, pero la red de protección seguía en pie. La gente que había estado en aquel círculo seguía protegiendo el secreto.
Por eso la grabación completa nunca volvió a salir al aire. Por eso el libro de Leo Dan se agotó y nunca se reeditó. Por eso, ningún periodista mexicano de los grandes medios publicó nunca un reportaje serio sobre Pachita durante los años 70 y 80. Y por eso Jacobo Grinberg, el único que documentó todo con rigor científico, terminó como terminó, porque a Jacobo Grinberg en 1994 lo desaparecieron literalmente y nunca se volvió a saber de él.
Antes de llegar a la desaparición, debes entender quién era este hombre, porque la magnitud de lo que ocurrió solo se comprende al conocer el peso que tenía. Jacobo Greenberg Silverbound nació en la ciudad de México el 12 de diciembre de 1946, hijo de inmigrantes judíos europeos que habían huído del holocausto.
Su madre murió de un tumor cerebral cuando él tenía 12 años. La operaron en un hospital de la capital. El tumor era maligno. La cirugía no salió bien. Esa muerte lo marcó. Decidió, según contaría décadas después, dedicar su vida a entender cómo funciona la mente humana, cómo es posible que un cerebro de kilo y medio pueda generar pensamientos, sueños y dolor.
Estudió psicología en la UNAM. hizo el doctorado en Nueva York en el Brain Research Institute tras ganar una beca competitiva. Estudió cábala con rabinos en Safed Israel durante un año. Aprendió budismo Zen. Aprendió meditación tibetana. Volvió a México con una idea fija. Aplicar el método científico con instrumentos de medición a las prácticas espirituales que la cultura occidental había desechado. Fundó dos cosas.
Primero, el Instituto Nacional para el Estudio de la Conciencia dentro de la Universidad Autónoma. Después, Elboratorio de psicofisiología en la UNAM. Publicó más de 50 libros sobre temas que ningún otro científico mexicano se atrevía a tocar. Telepatía, telequinesis, visión remota, estados alterados de conciencia.
Llevó la neurofisiología mexicana al mapa internacional. Sus artículos aparecieron en revistas como Physics Essay y el International Journal of Neuroscience. En 1977, la hermana del presidente le presentó a Pachita. Greenberg, que era científico hasta los huesos, fue a verla con la intención de desenmascararla.
Llevó instrumentos, cámaras de 16 mm y testigos. Estuvo más de un año documentando cada operación. Filmó decenas de cirugías, tomó fotografías, recogió muestras de los órganos extraídos y las llevó al laboratorio. Al final escribió un libro académico titulado Pachita, publicado en 1984 por la editorial IMPEC, donde llegó a una conclusión que puso a la comunidad científica mexicana en su contra, que Pachita era real, que las operaciones eran reales, que las muestras de tejido analizadas en el laboratorio correspondían a tejido humano vivo y que
había una explicación científica para lo que ocurría. la llamó teoría sintérgica. Una teoría que sostenía que la realidad no es lo que parece, que el cerebro humano interactúa con un campo de energía universal al que llamó la latis y que ese campo, bien manipulado por una mente entrenada, permite materializar y desmaterializar materia, permite curar lo incurable.
La comunidad científica de México lo destrozó. La UNAM le retiró parte del financiamiento. Sus colegas lo evitaban en los pasillos del campus. Lo llamaron charlatán. Lo borraron de algunas publicaciones académicas, pero Greenberg siguió. Solicitó becas en el extranjero. Empezó a viajar a Estados Unidos sin avisar a sus superiores en la UNAM.
Hacía trayectos cortos. Una semana fuera, volvía sin decir dónde había estado y en algún momento, según los archivos desclasificados de la CIA en 2017, comenzó a colaborar con una agencia que pocos conocen. Lo que vino después es difícil de creer, pero está documentado en papeles oficiales del gobierno de Estados Unidos. El proyecto se llamaba Stargate.
Era un programa secreto de la CIA y el Departamento de Defensa que había comenzado en los años 50 bajo el nombre de MK Ultra y que en los años 80 había cambiado de nombre. Estudiaban telepatía, estudiaban visión remota, la capacidad de percibir lugares y eventos a distancia con la mente. Querían entrenar a soldados para leer documentos cerrados a kilómetros de distancia.
Querían usar lo paranormal para la Guerra Fría, espiar a los soviéticos sin satélites, descubrir lo que los soviéticos también estaban investigando, porque el KGB tenía un programa paralelo. Greenberg viajaba a Bulder, Colorado, sin avisar a nadie en México, sin registrarse oficialmente con el sello de la UNAM. Colaboraba con una universidad local que tenía contratos secretos con el Pentágono.
Llevaba sus investigaciones sobre la teoría sintérgica, los archivos de Pachita, cintas de audio donde la curandera entraba en trance, muestras de tejido y llevaba algo más, una hipótesis que de confirmarse podía cambiar el curso de la Guerra Fría. La hipótesis de que dos cerebros entrenados pueden comunicarse a distancia sin importar los kilómetros que los separen.
Greenberg lo llamó el potencial transferido. En sus experimentos, dos meditadores se sentaban en habitaciones aisladas eléctricamente a varios metros de distancia. Uno recibía un estímulo visual. El otro, conectado a un electroencefalograma, mostraba una respuesta cerebral idéntica.
sin que hubiera comunicación física posible. Los datos los publicó en 1994 en la revista Physics Eso apareció en septiembre de aquel año. Tres meses después, Jacobo Grinberg desapareció. El 8 de diciembre de 1994, 4 días antes de cumplir 48 años, salió de su casa de la Ciudad de México por la mañana. Llevaba una mochila pequeña.
Le dijo a la asistente que iba a la universidad. Nunca llegó. Su familia tenía preparada una fiesta sorpresa para el 12 de diciembre con todos sus hermanos, sus colegas de la UNAM, sus alumnos y su hija pequeña Estusia. Greenberg nunca llegó, nadie lo vio nunca más. Su esposa Teresa Mendoza también desapareció poco después.
Algunos amigos contaron a la prensa que Greenberg le tenía miedo a Teresa en los últimos meses, que ella vaciaba la cuenta bancaria cuando él no estaba, que sacó los manuscritos del científico de la casa de la Ciudad de México y de la casa de Amatlán en Morelos una semana antes de la desaparición. Esos manuscritos nunca aparecieron.
Discos con datos de los experimentos, tesis completas escritas a mano, cuadernos de campo de los trabajos con Pachita, todo se esfumó. El caso lo investigó un agente llamado Clemente Padilla en mayo de 1995. La conclusión oficial fue que no había conclusión. Cero pistas, cero cuerpo, cero explicación. La policía mexicana cerró el expediente.
Pasaron 20 años. En 2017, la CIA desclasificó parte de los documentos del proyecto Stargate y allí apareció el nombre de Jacobo Grenberg, un artículo suyo titulado en inglés documentando los viajes a Bullder, documentando la colaboración, documentando que el científico mexicano había estado dentro del programa secreto durante años.
El año pasado, en 2024 salió un documental dirigido por el catalán Ida Cuellar titulado El secreto del Dr. Grimberg. La hija del científico Estusia dio entrevistas y confesó que en 2016, cuando la familia lo declaró legalmente muerto y pudo acceder a su cuenta bancaria, descubrió algo escalofriante. Alguien había estado retirando dinero de esa cuenta meses antes.
alguien con la firma de Jacobo Grenber 22 años después de su desaparición. La única persona legalmente autorizada para sacar dinero de esa cuenta era el propio Jacobo, que estaba desaparecido desde 1994. O alguien tenía acceso a su firma o Jacobo Grinberg estaba vivo en algún lugar.
Y aquí es donde la historia se cruza con Leo Dan otra vez, porque el científico que documentó las operaciones de Pachita, el hombre que tenía las pruebas escritas, los videos, los testimonios firmados, las grabaciones de audio, ese hombre se esfumó. Sus manuscritos se esfumaron, sus discos duros se esfumaron. Solo quedaron los libros publicados, censurados por la propia comunidad científica mexicana.
Y solo quedaba un testigo vivo, un testigo que había estado en aquella sala, un testigo que había puesto las manos sobre los cuerpos, un testigo que había escrito un libro pequeño casi olvidado, que en sus páginas guardaba la verdad de lo que ocurrió en la plaza Río de Janeiro durante 15 años. Ese testigo era Leo Dan y Leo Dan cayó.
Cayó durante 30 años. Cayó cada vez que un periodista le preguntaba. Cayó en cada gira, cayó en cada disco, cayó en cada entrevista de televisión. solo dejaba escapar pequeños fragmentos, pequeñas anécdotas, como la de la niña en el aeropuerto, como la frase de la entrevista en la capital, pero nunca contó la historia completa.
Y aquí viene algo que duele decir, algo que él mismo confesó antes de morir, algo que cambia la forma en que tu generación recuerda al cantante de Mary es mi amor. El curandero no se pudo curar a sí mismo. El 22 de diciembre de 2024, faltaban 10 días para que el año terminara. Le Danan dio una entrevista por video con la presentadora española Alejandra Rubio.
Ya estaba en su casa de Miami. Ya había suspendido los últimos shows de su gira, el adiós de una leyenda. Ya pesaba menos de lo que había pesado en 50 años. Tenía la piel amarillenta, le costaba respirar. Hablaba pausado, con la voz baja, como si cada palabra le costara aire. La entrevista debía ser corta, una promoción rutinaria del cierre de su gira de despedida.
La presentadora le preguntó cómo se sentía y Leo Dan, sin que nadie se lo pidiera, soltó algo terrible. Dijo que se acababa de hacer una paracíntesis. La paracentesis, para quien no la conoce, es un procedimiento médico que se le practica a personas con cirrosis hepática avanzada. Cuando el hígado deja de funcionar bien, el líquido se acumula en el abdomen y lo hincha como un globo.
Los médicos insertan una aguja gruesa por la pared del estómago y van extrayendo ese líquido. A veces sacan 2 L, a veces cinco. Y hay que repetirlo cada pocas semanas porque el líquido vuelve a acumularse. Leodán dijo sin filtros que le sacaban líquido del estómago cuando se acumulaba, que su hígado a veces dejaba de responder.
La presentadora se quedó muda sin saber qué preguntar. Leodan siguió hablando despacio con el pudor de un hombre viejo que sabe que se está acabando. Dijo que había estado dos meses internado en un hospital. No dijo cuál ni en qué ciudad. dijo que estaba anémico. Dijo que le tuvieron que hacer muchas cosas para recuperarlo.
Y entonces llegó la frase que quedó grabada en cada periódico hispano del día siguiente. Dijo que su hígado no respondía bien por tanto alcohol que él le había dado al cuerpo en su juventud. Leodán, el dulce baladista, había sido alcohólico durante años. Lo escondió toda la vida. lo confesó 11 días antes de morir.
Las personas que estuvieron cerca de él en los años 70 y 80 confirmaron después que Leo Dan tomaba whisky desde el desayuno, que llevaba siempre un termo con licor en sus giras, que en su pueblo natal de Atamiski, los amigos de la juventud recordaban como el cantante volvía cada cierto tiempo y se encerraba a beber con ellos varios días seguidos.
que Marieta llamaba a sus amigas para pedirles que lo cuidaran y que en alguna ocasión durante una grabación en Madrid lo tuvieron que internar en una clínica privada para desintoxicarlo antes de seguir grabando. El alcohol era la única manera de apagar lo que sentía en las manos. Lo único que silenciaba la corriente que él decía sentir cuando alguien enfermo se le acercaba.
El cura de su parroquia en Buenos Aires, un hombre que lo confesó durante 40 años, le había dicho una vez en privado, según un testimonio recogido por un biógrafo argentino, que el Alcú All era el escudo de Leo Dan contra algo que él no quería aceptar. El cuerpo de Leodan se destruyó por dentro. Cirrosis, diabetes, hipertensión, anemia.
Los médicos en Miami hacían lo que podían. La paracentesis le salvaba la vida cada pocos meses, pero la situación empeoraba. El primero de enero de 2025, a primera hora de la mañana, su familia publicó un comunicado en redes sociales. La noticia recorrió el mundo en menos de una hora.
Lean había muerto en Miami a los 82 años. La familia no dio una causa de muerte oficial. Solo escribieron que había vuelto a la luz pura del Padre Celestial. Y citaron una frase del Evangelio de Juan, capítulo 11, versículo 25. La frase que Jesús le dice a Marta antes de resucitar a Lázaro. Yo soy la resurrección y la vida.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá. El día anterior, el 31 de diciembre, Leodán había publicado su último mensaje en redes sociales. Un video corto de fin de año, un mensaje de gratitud a sus seguidores. La frase decía: “Muchas gracias por acompañarme en el 2024. Muchas bendiciones para todos.” lo subió de noche.
A la mañana siguiente había muerto. Y aquí ocurrió algo que pocos periódicos se atrevieron a contar. Marieta Tévez, su esposa desde hacía 58 años, no dio una sola entrevista. Tres hijos, 100 giras juntos, una vida entera al lado del cantante. Marieta sabía todo. Sabía del libro de 1987. Sabía de la casa de las brujas. Sabía de Pachita, sabía de las manos de Leodán y de las hemorragias.
Marieta era la única persona viva que tenía la historia completa, pero era una mujer educada en otra época, una época en que la esposa de un cantante no hablaba en público sin permiso del marido y el marido ya no podía dárselo. Los hijos también callaron. Nicolás, Mariana, Vanessa. Las únicas declaraciones de la familia se limitaron a hablar de la fe del Padre, de su devoción a la Virgen del Valle del Pueblo Natal, de su gratitud con los fans.
Nadie mencionó el libro retirado. Nadie mencionó la colonia Roma. Nadie mencionó el cuchillo de monte, ni a la mujer vestida de negro que lo había marcado para siempre. El silencio fue la herencia que Leo Dan les dejó a los suyos. El último testigo de la casa de las brujas se fue sin abrir la boca. Y aquí es donde tienes que detenerte, porque en la historia que acabo de contarte no termina con la muerte de Leo Dan, termina con una pregunta que nadie ha respondido.
¿Por qué? ¿Por qué un hombre que había sentido en sus manos algo que él mismo no podía entender? Un hombre que había escrito un libro completo sobre la fe y la sanación. Un hombre que conocía a los protagonistas, los nombres, las fechas, las direcciones. Prefirió morir antes que contar la verdad. La respuesta tiene tres capas y cada una es más oscura que la anterior.
La primera capa es la más obvia. Le Danía miedo a perder su carrera. La industria del bolero romántico no podía permitirse un cantante asociado con curanderos, espíritus aztecas y operaciones sin anestesia. Habría sido el final. Sus discos no se habrían vendido. Su público de mujeres maduras lo habría abandonado.
Por eso, cuando Raúl Velasco lo confrontó en vivo, él dijo solo lo justo. Después se cerró para siempre. La segunda capa es más profunda. Leodan estaba protegido, pero también estaba vigilado. El círculo que protegía a Pachita, el mismo círculo donde estaba la esposa del presidente de México, no quería testigos hablando.
Cuando Jacobo Grinberg empezó a publicar libros con detalles concretos, lo desaparecieron. Cuando los manuscritos amenazaban con salir a la luz, los robaron. Leo vio lo que le pasó a Grimber. Vio lo que ocurrió con el científico al que Pachita le había abierto las puertas y entendió la lección. La tercera capa, la que pocos se atreven a mencionar, es la más oscura.
Leo Dan tenía miedo de su propio don y tenía razón en tenerlo. Porque si lo que Víctor Manuel Contreras le contó a Raúl Velasco era cierto, si Leo Dan realmente detenía hemorragias y cerraba heridas con sus manos. Entonces, el cantante que tu generación recuerda como el galán de Te he prometido tenía una capacidad que él mismo no podía controlar, una capacidad que aparecía sola sin que él se diera cuenta.
Una capacidad que él relacionaba con su fe en Jesucristo, pero que también podía relacionarse con algo mucho más antiguo, algo que Pachita le había enseñado a despertar y que nadie le había enseñado a apagar. Por eso escribió el libro y lo escondió. Por eso pidió perdón en la última entrevista. Por eso confesó el alcohol, porque el cuerpo de Leo Dan se destruyó por dentro durante 50 años.
El cuerpo de un hombre que cargaba algo que no quería cargar. El alcohol fue la forma de apagar lo que sentía en las manos y eso lo mató. El 29 de septiembre de 1979, 8 meses después de la muerte de Charles Mingus, Pachita murió de causas naturales en la Ciudad de México. Tenía 79 años. Sus pacientes famosos no fueron al funeral, solo unos cuantos vecinos y una hija discreta que vivía en provincia.
El 8 de diciembre de 1994, Jacobo Grenberg desapareció sin dejar rastro. La investigación se cerró sin conclusiones. El Estado mexicano nunca dio una respuesta oficial. El 21 de marzo de 2006, Raúl Velasco murió de un ataque al corazón. La grabación completa de siempre en Domingo, donde confrontó a Leo Dan está enterrada en algún archivo de Televisa.
Solo circulan fragmentos de mala calidad por internet. El primero de enero de 2025, Leo Dan murió en Miami a los 82 años, después de 58 años de matrimonio con Marieta Tévez, después de tres hijos, después de 2000 canciones compuestas, después de 40 millones de discos vendidos y después de medio siglo cargando un secreto que no pudo soltar.
El último testigo se fue. Las canciones de Leo Dan van a seguir sonando en las radios de provincia, en las cocinas, en los velorios, en las tardes lentas. Pero ahora, cada vez que escuches esa voz vas a saber lo que el cantante guardaba detrás. Lo que aprendió en una sala oscura de la plaza Río de Janeiro.
Lo que se llevó al silencio el primer día del año pasado. Hay otra historia que tu generación necesita conocer esta misma noche. Otra historia de un ídolo mexicano que cargó un secreto demasiado pesado durante toda su vida. Pero esta es peor, mucho peor, porque empezó cuando él tenía apenas 13 años. en una iglesia con un sacerdote en Ciudad Juárez.
El niño se llamaba Alberto Aguilera Baladez. Aquella noche, un hombre al que todos respetaban, le hizo lo más terrible que se le puede hacer a un menor de edad. El mundo después lo amaría como Juan Gabriel, el divo de Juárez, el hombre que escribió, “Querida, amor eterno y hasta que te conocí.” Pero el divo nunca pudo contar lo que aquel sacerdote le hizo a los 13 años.
La historia completa la tienes en pantalla ahora mismo. Dale click antes de apagar la televisión porque después de Leo Dan, Juan Gabriel es la siguiente verdad que tu generación se merece saber. M.