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CESAR VILLALUZ : ASÍ DE TRISTE ES COMO VIVE AHORA

Disciplina, adaptabilidad, hambre real. César se quedó desde el primer día, no solo por la velocidad, por la inteligencia táctica, por la concentración que en un niño de 10 años era poco común. Los entrenadores lo veían y entre ellos se decían algo. Sin alarmar al niño, sin crear presión. Este chavo tiene algo diferente.

Los siguientes 5 años fueron de formación. Escuela en la mañana, entrenamiento en la tarde, partidos de categorías menores los fines de semana. Subiendo escalón por escalón, sin estancarse en ninguna categoría, lo suficiente como para dudar. César también creció como persona. Aprendió lo que significa pertenecer a algo más grande.

El vestuario, la responsabilidad colectiva, la diferencia entre jugar para ti y jugar para el equipo. Eso lo aprendió en la noria, no en los libros. Y entonces llegó el 2004. César tenía 15 años. La selección mexicana sub-17 armaba el equipo para el Mundial de Perú. Los ojeadores fueron a la noria, vieron a César, lo convocaron.

En ese proceso conoció a los compañeros con los que haría historia. Carlos Vela, el delantero del América con instinto goleador que asustaba. Giovanni Dos Santos con una técnica depurada que lo hacía parecer mayor. Héctor Moreno, defensa central con lectura excepcional del juego. Efraín Juárez, volante de gran motor.

Una generación que en ese momento era solo un grupo de adolescentes que no sabía todavía lo que estaba a punto de lograr. El entrenador era José Luis Chepo de la Torre. Tranquilo, estratega que no necesitaba gritar para que le hicieran caso. Con César entendió desde el principio, no necesitaba decirle cómo correr, necesitaba decirle cuándo y hacia dónde.

2005, Perú, Copa Mundial sub-17 de la FIFA. México llegó sin ser favorito. Brasil lo era. Holanda era peligrosa, pero México traía algo que ningún análisis supo medir. Hambre colectiva de ganar, no solo de competir. César Villaluz jugó cinco partidos. anotó tres goles, el primero contra Nueva Zelanda, el segundo contra Turquía y el tercero, el que nadie olvidó en semifinales contra Holanda.

Un desborde por la derecha, un recorte hacia adentro, un disparo al primer palo antes de que el portero reaccionara. México pasa a la final y el 2 de octubre de 2005 frente a Brasil gana 2 a0. El primer campeonato mundial de la FIFA que ganaba México en categoría mayor. Histórico, irrepetible. César Villaluz, 16 años, colonia Guerrero, Cruz Azul Cantera, levantando el trofeo dorado en Lima.

Porfirio, su padre, llorando frente al televisor en la ciudad de México. En ese momento el mundo entero parecía posible. La frase que se repitió ese año en todos los medios fue la misma. Esta generación va a salvar al fútbol mexicano. Vela, Giovanni, Moreno, Villaluz. Los cuatro iban a dominar la Liga MX y luego a dar el salto a Europa.

El ciclo natural, el paso lógico y aquí viene lo primero que nadie te cuenta completo. Esa generación fue tratada de formas radicalmente diferentes por sus clubes de origen. Carlos Vela era del América. El América tenía estructura internacional, contactos en Europa, experiencia en negociar transferencias al extranjero.

Vela fue vendido al Arsenal por una cifra importante. Giovanni Dos Santos también tenía a su favor una representación sólida y a un padre exfutbolista que conocía el mundo del fútbol profesional por dentro. Fue al Barcelona. Héctor Moreno llegó a la Real Sociedad. Defensa central, físico imponente, el perfil que el fútbol europeo de esa época demandaba.

César Villaluz tenía a Cruz Azul tomando las decisiones por él. E Cruz Azul era un club grande en México, pero no tenía la misma capacidad de proyección internacional que el América. No tenía los mismos contactos con agentes europeos, no tenía el mismo aparato de marketing para vender a sus jugadores al exterior.

Y César a los 16 17 años no tenía el agente que le hubiera abierto esas puertas. Esa diferencia que en el papel parece menor lo fue todo. No es que César no tuviera talento para Europa, lo tenía. La velocidad que mostró en el mundial era exactamente el tipo de perfil que los equipos de la Premier League y la Bundesliga buscaban en esa época, pero el talento solo llega a Europa si hay alguien que lo lleva.

Y en esa ecuación, César estaba solo. Debutó en el primer equipo de Cruz Azul en 2006, 17 años. El sueño hecho realidad. Su primer gol en la Liga MX fue un mes después del debut contra el Toluca en el estadio Nemesio Díz. Un remate de primera a pase de costado, limpio, definitivo, el estadio donde dos años después viviría la peor noche de su vida.

Pero en ese momento, con 17 años y el primer gol encima, solo existía el presente. Durante dos años, César Villaluz fue el jugador más emocionante de Cruz Azul. Los domingos en la noria, cuando agarraba el balón en la media cancha y arrancaba hacia la portería rival, 90,000 personas se preparaban para algo. No sabían qué, pero algo iba a pasar.

tiene todo para ser el mejor del país, decían. La próxima gran estrella del fútbol mexicano. Escribían. Parecía que todos iban a tener razón. El golpe 14 de diciembre de 2008, estadio Nemesio Díz, Toluca, Estado de México. Frío de diciembre en el altiplano. 80,000 personas que no lo sienten porque lo que pasa en ese campo no da tiempo para sentir frío.

Final de la Apertura 2008. Vuelta. Cruz Azul contra Toluca. Cruz Azul había perdido la ida 2 a0. Necesitaba remontar y lo estaba haciendo. El marcador al minuto 70 era 2 a 1 para Cruz Azul en la vuelta, sumando ambos partidos. Cruz Azul 2, Toluca 2. Todo abierto, todo posible. César Villaluz era el motor de todo, desbordando por la derecha, creando situaciones que Toluca no podía controlar.

Minuto 73, un centro desde la izquierda. César detecta el espacio en el segundo palo, hace el movimiento, levanta los ojos para calcular la trayectoria del balón y ahí llegó José Manuel Cruzalta. Esta es la primera revelación que te prometí. Lo que realmente pasó esa noche. Cruzalta no fue al balón. El balón estaba en el aire, en trayectoria hacia el área.

Cruz alta fue al hombre. fue a César con el codo derecho levantado, extendido hacia afuera a la altura de la cabeza. El codo de cruz alta impactó en el cráneo parietal de César, la parte lateral del cráneo, una de las zonas más vulnerables de la cabeza humana, porque el hueso es más delgado ahí y porque el impacto en esa zona puede afectar directamente los lóbulos temporales del cerebro, que controlan, entre otras cosas, la memoria, la orientación y la capacidad de procesar información en tiempo real.

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