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TRECE MINUTOS BASTARON PARA QUE Javier Solís CAMBIARA LA DECISIÓN DE José Alfredo Jiménez

“¿Hoy?”, preguntó Javier mientras se quitaba la chaqueta. Sí, hoy dice que lleva esperando este concierto desde hace dos meses. Javier conocía a José Alfredo desde 1954. 10 años exactos. Se habían encontrado por primera vez en un cabaret de mala muerte en la colonia Guerrero, cuando ninguno de los dos tenía contratos importantes.

Cuando cantaban por propinas y comida, habían compartido botella, madrugadas interminables, confesiones que solo el alcohol y la oscuridad permitían. Javier había visto a José Alfredo componer ella, en una servilleta manchada de salsa. Mientras lloraba por una mujer que lo había dejado tres días antes, José Alfredo había estado en el bautizo de la primera hija de Javier.

Había sido padrino de confirmación. Algo en el tono de voz de su esposa, una intuición inexplicable, hizo que Javier tomara las llaves de su automóvil y manejara los 22 minutos que separaban su casa del Teatro Blanquita. No sabía exactamente por qué iba, solo sabía que debía ir. Cuando llegó a la entrada de artistas, el guardia de seguridad, un hombre llamado Esteban Morales, que llevaba 17 años trabajando en el teatro, lo reconoció inmediatamente.

“Dom Javier, ¿viene a cantar?” “No, Esteban, vine a ver a un amigo.” “¿Dónde está José Alfredo?” El rostro de Esteban cambió. Miró hacia los lados como asegurándose de que nadie más escuchara. “Está en el camerino tres, don Javier. Pero hay un problema. Lleva encerrado casi una hora. No quiere salir.

El empresario está que se lo lleva el demonio. Dicen que va a cancelar. Javier no preguntó más. Caminó por el pasillo estrecho que olía a humedad y tabaco viejo. Las paredes estaban pintadas de un verde pálido descascarado. Bombillas desnudas colgaban cada 3 met. escuchó la voz de Baldonado antes de verlo, un hombre regordete que gesticulaba violentamente frente a la puerta cerrada del camerino.

“Si no sale en 5 minutos, juro que, Ernesto,”, interrumpió Javier con voz tranquila pero firme. “Déjame hablar con él.” Maldonado se giró sorprendido. Su rostro mostraba una mezcla de alivio y desesperación. “Javier, ¿qué haces aquí? ¿Puedes hacerlo entrar en razón? Esto es un desastre. Tengo 2000 personas. Lo sé.

Dame unos minutos. Solo Maldonado dudó. Miró su reloj de pulso. Un omega con correa de piel café. Las 10:56. 10 minutos. Si en 10 minutos no sale, llamo a la policía y cancelamos todo. Javier asintió. Esperó a que Maldonado se alejara por el pasillo, arrastrando los pies con frustración. Entonces, con la suavidad de quien conoce el peso del silencio, tocó la puerta tres veces, no con urgencia, con el ritmo de alguien que llama a un amigo.

José Alfredo, soy Javier. Silencio. Sé que estás ahí. Sé que me escuchas. Voy a entrar. Si no quieres que entre, dímelo ahora. Esperó 15 segundos. No hubo respuesta. Giró la manija. La puerta no estaba cerrada con llave. Se abrió con un chirrido leve de bisagras que necesitaban aceite. El camerino medía aproximadamente 3 m por 4.

Una pared tenía un espejo con el marco dorado descascarado, rodeado de focos que proyectaban una luz amarillenta. Había una percha metálica con tres camisas colgadas, un lavabo pequeño en la esquina con un grifo que goteaba con regularidad, una silla plegable adicional recargada contra la pared y esa mesa tambaleante donde la botella de presidente esperaba junto a la copa intacta.

José Alfredo no levantó la mirada cuando Javier entró. Siguió con la vista fija en aquel brandy que se negaba a beber como si el líquido contuviera todas las respuestas que no quería enfrentar. Javier cerró la puerta detrás de sí, no dijo nada inmediatamente tomó la silla plegable, la abrió con un clic metálico y se sentó a un metro de distancia de su amigo.

Cruzó las manos sobre sus rodillas. Esperó. El silencio se extendió durante 43 segundos. Solo se escuchaba el goteo del grifo. Plock, plock, ploc. un metrónomo involuntario marcando el paso de un tiempo que parecía haberse detenido. “No voy a salir”, dijo finalmente José Alfredo. Su voz sonaba ronca, agotada.

No era la voz del hombre que había grabado el rey con esa potencia que hacía vibrar las bocinas. Era la voz de alguien que había llegado a un límite invisible. “No te estoy pidiendo que saluras”, respondió Javier. “Solo vine a sentarme contigo.” José Alfredo finalmente levantó la mirada. Sus ojos, inyectados de rojo, no por el alcohol, sino por la falta de sueño y el peso de decisiones acumuladas, se encontraron con los de Javier.

Había en ellos una mezcla de agradecimiento y desafío. ¿Te mandó, Maldonado? Nadie me mandó. Ni siquiera sabía que ibas a tocar hoy hasta hace una hora. Vine porque, no sé, algo me dijo que debía estar aquí. José Alfredo soltó una risa breve, amarga. Pues llegaste para nada. Esto se acabó. Ya no tengo nada que darle a esta gente, nada que darle a los empresarios que solo ven pesos, nada que darle a los músicos que me traicionan.

Ya no. Javier observó a su amigo. Vio más allá de las palabras. Vio el cansancio de 10 años de gira sin descanso. Vio el astío de composiciones exigidas como si fueran productos de fábrica. Vio la herida abierta de sentirse usado. ¿Qué pasó?, preguntó simplemente. Y entonces José Alfredo comenzó a hablar, no con la intención de convencer o justificar, simplemente porque necesitaba que alguien escuchara, alguien que entendiera.

Le contó sobre Rubén Fuentes Gaitán, el violinista que lo había acompañado durante 6 años. ¿Cómo había descubierto que Rubén había firmado un contrato con CBS Colombia para grabar arreglos de camino de Guanajuato antes de que José Alfredo tuviera oportunidad de estrenarla oficialmente en México, le contó sobre la reunión que tuvo tres días antes con ejecutivos de R a Víctor, donde le exigieron que modificara la letra de que se me acabe la vida, porque consideraban que la frase ojalá que te vaya bonito, era demasiado pasiva para las tendencias

del mercado. Me dijeron que necesitaban algo más comercial”, dijo José Alfredo con una risa quebrada. Más comercial. ¿Qué quieren? Que escriba Jingles para Jabón. Le contó sobre el agotamiento físico, las presentaciones en Monterrey el martes, Puebla el miércoles, Veracruz el jueves, Ciudad de México el viernes.

Cuatro ciudades en 4 días. dormir en autobuses, comer cuando había tiempo, beber para olvidar que el cuerpo pedía descanso que nadie le concedía, pero sobre todo le contó sobre la conversación que había tenido esa tarde con Maldonado. El empresario le había informado que los músicos que lo acompañarían esa noche habían sido actualizados sin consultarle.

Tres de los músicos originales que conocían sus tiempos, sus respiraciones, sus silencios, habían sido reemplazados por músicos más jóvenes, más baratos, que apenas conocían sus canciones. Me dijo que era por cuestiones de presupuesto, explicó José Alfredo, como si mi música fuera un producto que se puede ajustar según cuánto quieran gastar, como si cualquier mariachi pudiera tocar lo que yo escribí con el corazón en la mano.

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