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LA MESERA LE ADVIRTIÓ ANTES DE FIRMAR EL CONTRATO EN INGLÉS..TODO EL RESTAURANTE QUEDÓ ASOMBRADO POR

Señor, ese hombre no está traduciendo, lo está engañando. La mesera le advirtió al campesino antes de firmar. En un lugar donde todos hablaban inglés, el campesino confiaba en su mejor amigo para que tradujera un contrato que iba a ampliar su negocio a nuevos horizontes, pero en realidad estaba a punto de perderlo todo. Comenzamos.

El sonido de las botas de cuero contra el mármol italiano del restaurante. La cima era un insulto a la elegancia del lugar. Cada paso de Gerardo dejaba una marca de tierra seca en aquel suelo que brillaba como un espejo bajo las lámparas de cristal de Murano. Gerardo caminaba encogido con el sombrero de ala ancha apretado contra el pecho, sintiendo que el aire acondicionado, cargado con el aroma de orquídeas frescas y perfumes franceses, le robaba el aliento.

Sus manos, curtidas por el sol implacable de la frontera y marcadas por las cicatrices de décadas de arrear ganado, se veían oscuras y toscas frente a la pulcritud de los manteles de lino blanco que vestían las mesas. Felipe lo guiaba con una mano puesta en su espalda, un gesto que para Gerardo era de amistad, pero que para quien lo viera con atención era el movimiento de un pastor dirigiendo a una re hacia el matadero.

Felipe vestía un traje de seda gris elegante. Su reloj, zapatos lustrados, todo en su apariencia era impecable, lo que le daba aires de autoridad. No te pongas nervioso, Gerardo”, le dijo Felipe en un susurro cargado de camaradería. “Hoy es el día en que dejas de ser un humilde ranchero para convertirte en un hombre de negocios.

Solo confía en mí, que para eso estudié en la ciudad y sé cómo se manejan estos gringos. No puedo evitar ponerme nervioso, Felipe”, respondió Gerardo. “Mira nomás, ¿dónde es la reunión? un restaurante tan lujoso como este. “Jamás en mi vida había visto estado en un lugar así”, decía mientras miraba alrededor.

“Hasta el piso es tan brillante. Creo que si pusieran comida sobre él, tranquilamente alguien podría comer ahí.” Felipe soltó una pequeña carcajada. “¿Y no te gustaría remodelar tu casa para vivir así? También con este trato empezarás a ganar dinero pronto y podrás tener todo lo que quieras. No tendrás nada que envidiar nunca más.

No es que sienta envidia, simplemente es algo nuevo. Lo corrigió Gerardo. Y Herardo miraba alrededor con asombro. Claro, todo era hermoso, pero extraño para él. Un hombre que estaba más familiarizado con el polvo, la hierba y el viento en su rostro, se sentía como salpicadura en un diamante. De haber sabido que esto sería así, habría venido con mi mejor ropa.

Hasta ahora solo he negociado con otros ganaderos y agricultores. A ninguno nos interesaba lucir bien, pero aquí siento que todo el personal y clientes me están mirando como a un por Diosero. ¿Por qué no me dijiste que qué? Ahora yo tengo la culpa. Lo interrumpió Felipe. Este lugar es famoso. Te dije el nombre del restaurante y creí que ya sabías cómo era.

Gerardo bajó la cabeza avergonzado, sintiéndose un ignorante por no saber lo que se supone que todos saben y por haber culpado a su amigo por no decirle. Pero Felipe sabía perfectamente que Gerardo no tenía manera de saberlo. Su plan desde el principio fue ser el único luciendo bien y todo estaba saliendo como esperaba. Vamos, hombre, no te pongas así.

Eres la estrella de esta reunión. Nadie se atreverá a menospreciarte, aunque vengas cubierto de lodo. Ten confianza en ti mismo. Tienes razón. No importa si parezco un  raro aquí. Esto es por mi familia y debo enfrentar lo que sea”, dijo Gerardo volviendo a erguirse. Esa es la actitud. Yo traduciré todo lo que digan. Con los años que pasé estudiando en el extranjero, hablo inglés como un nativo.

Todo saldrá bien, respondió Felipe dándole palmaditas en la espalda a Gerardo para animarlo. Gerardo amaba su tierra. El rancho Los Cedros era su vida, el legado de su abuelo y el futuro de sus hijos. Pero las deudas y la visión de expandir su producción lo habían llevado a aceptar la ayuda de Felipe, su mejor amigo, que se fue de joven al extranjero, y regresó hablando de inversiones y dólares.

Llegaron a la mesa principal, situada en el rincón más exclusivo del salón. Allí esperaban dos hombres de aspecto imponente, el señor Harrison y su socio, el señor Miller, junto con sus asistentes Anet y Esteban. Ambos se pusieron de pie con la rigidez propia de quienes están acostumbrados a que el tiempo se mida en lingotes de oro.

Felipe cambió su expresión al instante. Su rostro se iluminó con una servidumbre encantadora mientras comenzaba a hablar en un inglés fluido y rápido. Gerardo se quedó allí de pie, sintiéndose como una pieza de exhibición antigua y polvorienta en medio de una galería de arte moderno. “Señores, es un honor”, dijo Felipe en inglés mientras le hacía una seña a Gerardo para que se sentara.

Aquí tienen al campesino de quien les hablé. Disculpen su aspecto y su olor. Es difícil quitarle el aroma establo a alguien que ha pasado toda su vida entre las bestias. Decirle que se vista para la ocasión es ofenderlo. No entiende que hay un tiempo y lugar para todo. Me disculpo de su parte. Elr. Harrison miró a Gerardo con una mezcla de curiosidad e incomodidad por las palabras de Felipe, que prácticamente había insultado a su propio amigo.

“No es necesario hablar de esa manera. Él puede venir como guste, respondió Harrison. Es usted muy amable. Gracias por su compresión”, dijo Felipe con una sonrisa. Gerardo, al notar la mirada de Harrison, intentó sonreír y extendió su mano callosa. Felipe soltó una carcajada breve y le dijo a Gerardo en español, “Diles hola a Gerardo.

Les acabo de decir que eres el mejor ganadero de la zona y que estás muy orgulloso de tus tierras.” Gerardo apretó las manos de los extranjeros con firmeza, con esa honestidad de quien da la palabra antes que la firma. El Sr. Miller se quedó mirando al Gerardo, no parecía el tipo de hombre del que Felipe les había contado.

En ese momento también dieron un paso al frente los asistentes. Anette, notando que Gerardo aún estaba sofocado por el calor después de haberse esforzado por llegar allí, habló primero. Es un placer conocerlo, señor. Los camareros vendrán en un momento. ¿Puede tomar asiento por aquí? dijo señalando el asiento justo al frente de Harrison y Miller, que aún se encontraban de pie.

El clima afuera está muy caliente. ¿Le gustaría que le pida un vaso de agua antes de que traigan la carta? Dijo Anette con amabilidad, preocupada de que el aire acondicionado pudiera hacerle daño si seguía sudando y la reunión iba a ser larga. Pero Gerardo no respondió. Todos en ese lugar hablaban inglés. Él no había entendido nada de las palabras de Anette.

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