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 La cerradura cambiada

 La cerradura cambiada

El sol de agosto en la costa de Alicante no perdona.

Es un calor denso.

Un calor que te aplasta contra el asfalto, que hace vibrar el aire sobre la carretera y que te saca el sudor por cada poro de la piel.

Llevaba cuatro horas conduciendo desde Madrid.

Cuatro horas soñando con el olor a salitre, con el crujido de la puerta de madera de la casa de la playa de nuestros padres.

Esa casa.

El único refugio que me quedaba en el mundo.

Aparqué mi viejo utilitario debajo del pino enorme que da sombra a la entrada.

Apagué el motor.

El canto ensordecedor de las cigarras me dio la bienvenida, exactamente igual que hace veinte años, cuando papá y mamá todavía vivían y los veranos eran infinitos.

Saqué mi maleta del maletero.

Caminé hacia la verja de hierro forjado pintada de blanco.

Metí la llave en la cerradura.

No giraba.

La saqué.

Soplé la ranura, pensando que quizás tenía arena.

Volví a meterla.

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