Posted in

Vendida muy joven al barón temido — y su secreto cambió el destino de todos

Mi padrastro, Silas Ward, sostenía una bolsa de monedas.

No era una bolsa grande, pero sonaba pesada cada vez que la agitaba, y aquel sonido me pareció más cruel que cualquier insulto.

—Elena —dijo sin mirarme—, mañana al amanecer irás a Blackthorne Hall.

Mi garganta se cerró.

Blackthorne Hall.

Hasta los hombres borrachos bajaban la voz al decir ese nombre. La mansión del acantilado. La casa de piedra negra donde, según decían, las ventanas no reflejaban la luz del sol. Allí vivía el barón Adrian Blackthorne, un hombre al que nadie invitaba, nadie contradecía y nadie miraba demasiado tiempo a la cara.

Decían que había matado a su primera prometida.

Decían que su propio padre había muerto en un incendio provocado por él.

Decían que los sirvientes que entraban en aquella casa salían envejecidos o no salían jamás.

Y ahora yo, con diecinueve años, dos vestidos gastados y una caja de madera con recuerdos de mi madre verdadera, iba a ser entregada a él como pago por una deuda.

—No —susurré.

Silas levantó la vista por fin. Sus ojos eran fríos, pequeños, sin culpa.

—Ya está firmado.

Mi madre tembló, pero no dijo nada.

Yo quise odiarla en ese momento. Dios sabe que quise. Pero había visto demasiadas veces sus muñecas amoratadas, sus silencios después de las discusiones, su manera de esconder pan duro para que yo comiera. La vida a veces no rompe a las personas de una vez. Las va doblando, despacio, hasta que un día ya no se reconocen.

—¿Firmado qué? —pregunté.

Silas sonrió apenas.

—El barón necesita esposa. Yo necesitaba saldar mi deuda. Todos ganamos.

Read More