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El aval traicionero

El aval traicionero

El papel del burofax pesa más que un bloque de hormigón armado.

Es solo un folio blanco, doblado en tres partes.

Tiene el membrete de un banco muy conocido.

Ese banco cuyo logo es azul y que se gasta millones en anuncios sobre “estar a tu lado”.

Pero este folio no está a mi lado.

Este folio es una puta guillotina a punto de caer sobre el cuello de mi madre.

Son las cinco de la tarde de un martes que, hasta hace diez minutos, era completamente normal.

El olor a cocido madrileño todavía flota en el pasillo del piso de mi madre en el barrio de Vallecas.

Ese olor a garbanzos, a chorizo y a cariño incondicional.

Mi madre está en el salón, viendo la telenovela turca de turno, completamente ajena al misil nuclear que acaba de aterrizar en su buzón.

El cartero me lo ha entregado a mí en el portal, justo cuando yo volvía del trabajo.

Lo he abierto en el ascensor porque venía a nombre de mi madre, pero con el sello de “Ejecución Hipotecaria”.

Y ahora estoy de pie, en medio del pasillo.

Incapaz de dar un paso más.

Sintiendo cómo la sangre se me retira de las extremidades y se concentra en el estómago, formando un nudo duro, doloroso y frío.

Leo la cifra.

Ciento ochenta mil euros.

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