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El coche clásico

El coche clásico

El olor a gasolina rancia y a cuero viejo es algo que se te queda grabado en el hipotálamo.

Es un olor denso.

Un olor que cuenta historias de domingos por la mañana, de trapos de microfibra manchados de cera y de emisoras de radio sintonizadas en programas de deportes de los años noventa.

Ese era el olor del garaje de mi padre.

Y ahora, ese olor estaba a punto de ser secuestrado.

La puerta metálica del garaje estaba medio levantada, dejando entrar un haz de luz cruda, esa luz implacable del mediodía madrileño que no perdona ni una sola arruga, ni una sola mota de polvo.

Y allí estaba él.

Mi hermano Carlos.

Sentado en el asiento del conductor del Mercedes-Benz W123 de nuestro padre.

El coche estaba impoluto.

Una carrocería de un verde oliva metálico que mi padre pulía hasta dejarse las articulaciones, con esos cromados que brillaban como espejos y un motor que sonaba como un reloj suizo gigantesco.

Carlos tenía las manos apoyadas en el volante de pasta negra.

Esa postura suya, tan típica, tan asquerosamente paternalista, con los hombros relajados y la mandíbula apretada, creyéndose el dueño y señor del universo por el simple hecho de haber nacido tres años antes que yo.

El motor estaba arrancado.

El ronroneo de los seis cilindros llenaba el pequeño espacio de hormigón, haciendo vibrar las estanterías llenas de botes de pintura secos y herramientas oxidadas.

Di un paso al frente, cruzando la línea de luz que separaba la calle del interior del garaje.

Me planté justo delante del capó, a escasos centímetros de la estrella plateada de Mercedes.

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