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MI HIJA ME ADVIERTE SOBRE EL TÉ DE MI ESPOSA, PERO LA VERDAD ME DEJA HELADO

Mientras ella salía de la cocina para atender otros asuntos, él se quedó allí perdido en sus pensamientos. Minutos después, Sofía, su hija de 7 años, apareció en la cocina. Sofía, siendo una niña pequeña, siempre había sido observadora y sensible. La relación con Mariana nunca había sido cercana y Javier había notado que en las últimas semanas se había vuelto más callada, como si algo la estuviera preocupando.

“Papá, ¿puedo hablar contigo?”, preguntó ella con un tono de voz serio y suave. Javier levantó la vista y notó la preocupación en sus ojos. Sofía, tan joven e inocente, rara vez se expresaba así y ver esa seriedad en su rostro lo hizo darse cuenta de que algo importante la inquietaba. “Claro, Sofi, ¿qué pasa?”, respondió él mientras apartaba los papeles para prestarle toda su atención.

 Sofía miró la taza de té que estaba frente a él y frunció el ceño. “Papá, quiero que tengas cuidado con lo que tomas”, dijo en voz baja. “Creo que algo está mal con Mariana. Javier sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las palabras de Sofía lo dejaron helado. Se inclinó un poco más hacia ella tratando de entender.

 ¿Qué estás diciendo, Sofi? Preguntó sintiendo que su corazón latía más rápido. Explícame, por favor. Ella dudó por un momento, como si estuviera luchando con sus pensamientos, y finalmente dijo, “He visto cosas, papá.” Mariana le pone algo al té cuando tú no estás mirando. No sé qué es, pero lo hace cada mañana.

 Y cuando se da cuenta de que la estoy mirando, se pone nerviosa. Javier se quedó en silencio, procesando lo que su hija le estaba diciendo. La incredulidad y el miedo comenzaron a mezclarse en su mente. ¿Podría Mariana estar ocultando algo? ¿Estaría Sofía inventando cosas porque no se llevaba bien con su madrasta? ¿O había algo real detrás de sus palabras? Sofía, eso, eso no puede ser cierto”, dijo tratando de sonar firme, aunque sentía una duda creciente.

 “Mariana nos quiere a los dos. No haría nada para dañarnos.” “Lo sé, papá, pero algo no está bien”, insistió ella con los ojos llenos de preocupación. “No estoy diciendo que lo haga por maldad, pero tienes que tener cuidado. Solo quería que lo supieras.” Javier sintió una punzada en el pecho. Por un lado, quería creer que Sofía estaba equivocada, que todo era un malentendido, pero por otro lado no podía ignorar la seriedad con la que Sofía le hablaba.

 La forma en que miraba la taza de té, con esos ojos llenos de miedo, le decía que ella creía cada palabra que decía. “Está bien, Sofi. Voy a estar atento, te lo prometo,” respondió finalmente tratando de calmarla. Sofía asintió, pero su expresión no cambió. Ella sabía que algo estaba mal y ver que su padre no le creía del todo solo aumentó su preocupación.

Esa mañana Javier fue a su oficina, pero las palabras de Sofía seguían retumbando en su mente. Mientras miraba el té que había dejado en la cocina, sin tocar, sintió una sensación de incertidumbre. ¿Qué tal si su hija tenía razón y si algo más estaba ocurriendo en su casa, algo que él no había visto? Decidió no mencionar nada a Mariana por el momento.

Quería observar en silencio, ver si había algo en el comportamiento de su esposa que confirmara o desmintiera las sospechas de Sofía. El miedo a descubrir algo horrible se apoderó de él, pero sabía que no podía quedarse de brazos cruzados. Si hay algo que no está bien, lo descubriré”, se dijo a sí mismo mientras observaba por la ventana de su oficina.

No dejaré que nada ni nadie dañe a mi hija. Pero mientras las horas pasaban, el nudo en su estómago no desaparecía. Javier sabía que una vez que la semilla de la duda había sido plantada, no había vuelta atrás. Los días que siguieron a la advertencia de Sofía fueron un torbellino de emociones para Javier. Cada mañana, mientras se preparaba para ir a trabajar, observaba a Mariana moverse por la cocina, preparando el té como de costumbre.

 Antes, este pequeño ritual le había brindado una sensación de calma y cercanía, pero ahora cada movimiento de Mariana lo llenaba de incertidumbre. Javier decidió no tocar el té. En lugar de eso, lo dejaba sobre la mesa y cuando Mariana no estaba mirando, lo vertía en el fregadero o lo dejaba en la encimera esperando que ella no se diera cuenta.

 El miedo a que las palabras de Sofía fueran ciertas lo mantenía en un estado constante de alerta. ¿Te gustó el té de hoy?, preguntó Mariana un día con una sonrisa mientras lo observaba desde el otro lado de la mesa. Javier se sintió atrapado por su mirada. Cada vez que la veía, trataba de buscar en sus ojos alguna señal de sinceridad o malicia, pero hasta ahora no había encontrado nada.

 Mariana seguía siendo la misma mujer que había conocido hacía 6 años, amorosa y cuidadosa. Sí, estuvo bien, respondió él tratando de sonar convincente. Gracias por hacerlo cada mañana. Mariana sonrió, pero algo en su expresión lo inquietó. Era como si supiera algo que él no una sospecha comenzó a crecer en su mente.

 Y si Mariana estaba consciente de sus dudas y si ella también estaba jugando un juego para que él bajara la guardia. Esa noche, después de cenar, Javier se quedó despierto en la sala observando como Mariana y Sofía interactuaban. La relación entre ambas siempre había sido distante, algo que él atribuía a las dificultades naturales de una niña al aceptar a una nueva figura materna.

Pero esa noche Javier notó algo más. Mariana intentó acercarse a Sofía ofreciéndole un pedazo de pastel, pero Sofía se apartó con una expresión de desconfianza en su rostro. Sus ojos buscaron los de Javier como si le pidieran ayuda, como si intentara comunicarle algo sin decirlo. “Sofi, sé educada.

 Mariana solo quiere que te sientas bien”, le dijo Javier tratando de romper la tensión, pero Sofía negó con la cabeza y se fue al cuarto en silencio. El miedo en sus ojos era real y Javier sintió una punzada de culpa por no saber qué hacer. No sé qué le pasa últimamente”, dijo Mariana suspirando. “He intentado acercarme, pero cada día parece más distante.

Tal vez solo sea una fase”, respondió Javier, aunque en su mente las palabras de Sofía seguían retumbando. “Es una niña, necesita tiempo.” Mariana asintió, pero el ambiente en la casa se había vuelto tenso. Javier sentía que caminaba sobre una cuerda floja, sin saber qué lado era seguro.

 Por un lado, quería creer en su esposa, pero por otro el instinto de proteger a su hija era cada vez más fuerte. Al día siguiente, Javier decidió tomar una acción más concreta. Mientras Mariana salió a hacer algunas compras, él buscó en la cocina. Revisó el armario donde ella guardaba las hierbas y los ingredientes que usaba para preparar el té.

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