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Ella Huyó Con Un Bebé Y Entró En El Rancho… Fue Llamada De Mentirosa… Hasta Que El Viejo Vio El Paño

Don Arturo se levantó de la silla, visiblemente alterado. Comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación, como un león enjaulado.

—Me usaron… usaron mi dolor para cegarme —decía, más para sí mismo que para mí—. Me hicieron firmar acuerdos de no agresión y traspasos de derechos de agua porque yo ya no tenía por qué luchar. Pensé que mi estirpe se había extinguido. Pensé que estaba solo en este mundo maldito.

—No está solo, caballero —dije, levantándome también con Leo en brazos—. Aquí está su nieto. El legítimo heredero de los Vigil. Pero vienen por él. Alejandro Mendoza no va a dejar que este niño viva si sabe que está con usted. Van a venir a buscarlo, y no tardarán mucho. El rastreador de la camioneta vieja del jardinero debe haberles dado nuestra dirección antes de que el motor muriera.

Arturo se detuvo en seco. Su rostro se transformó de la tristeza a una fría y calculadora resolución militar. Se acercó a la ventana que daba al camino de entrada, apartó la cortina pesada y miró hacia la oscuridad de la tormenta.

—Que vengan —dijo con un tono de voz que me heló la sangre, pero esta vez de alivio—. Que vengan a este rancho. Llevo dos años muerto en vida, buscando una razón para volver a pelear. Ahora la tengo. Este lugar ha sido una fortaleza por tres generaciones, y ningún Mendoza va a venir a llevarse lo que es mío bajo mi propio techo.

Pasamos las siguientes dos horas preparándonos. Don Arturo me instaló en una habitación interior de la casa, una especie de oficina que no tenía ventanas al exterior y cuyas paredes eran de piedra maciza de más de treinta centímetros de espesor. Era el lugar más seguro del rancho.

—Quédate aquí con el niño —me instruyó mientras revisaba los cartuchos de su escopeta y sacaba un rifle de cerrojo de un armario empotrado—. Bloquea la puerta por dentro una vez que yo salga. No abras a nadie a menos que escuches mi voz diciendo la palabra código: Lino. ¿Entendido?

Asentí, sintiendo el nudo de miedo regresar a mi garganta.

—Don Arturo… tenga cuidado. Ellos no juegan limpio. No vendrán solos.

—Yo tampoco estoy solo, muchacha —respondió, dedicándome una sonrisa sombría que mostraba una hilera de dientes fuertes—. Conozco cada palmo de esta tierra, cada sombra, cada tabla que cruje. Ellos están acostumbrados a pelear en despachos de abogados y con policías comprados en las esquinas de la ciudad. Aquí afuera, en medio de una tormenta de Texas, las leyes las dicta el que tiene mejor puntería y más razones para sobrevivir.

Salió de la habitación y escuché el sonido del pesado pestillo de hierro cerrarse desde fuera, seguido por mis propios movimientos al asegurar los cerrojos interiores. Me quedé a oscuras, con la única luz de una pequeña lámpara de queroseno que Arturo me había dejado.

Leo se había quedado dormido, ajeno al peligro inminente que se cernía sobre nosotros. Lo recosté en una alfombra de piel sobre el suelo, rodeándolo con almohadones para que estuviera cómodo. Yo me senté a su lado, con la espalda apoyada contra la pared de piedra, sosteniendo el paño de bautizo entre mis manos.

El silencio dentro de la habitación era denso, roto solo por el retumbar lejano de los truenos y el golpeteo incesante de la lluvia contra el tejado metálico de la casa. Cada minuto parecía una eternidad. Miraba el reloj de pulsera que llevaba: las cuatro de la mañana. La noche se negaba a dar paso al amanecer.

De repente, el sonido que tanto temía rompió la monotonía de la tormenta. Fue un ruido lejano, pero inconfundible para alguien que había pasado los últimos meses viviendo con los Mendoza: el crujido de neumáticos de vehículos pesados sobre la grava del camino de entrada.

Habían llegado.

Afuera, la tormenta arreciaba, pero dentro de la casa principal del Rancho Corona, el ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica. Alejandro Mendoza bajó de su lujosa camioneta blindada de tracción total, cubriéndose apenas con el sombrero vaquero de ala ancha. Detrás de él, dos hombres corpulentos, sus guardaespaldas habituales, bajaron armados con pistolas automáticas de grueso calibre.

Alejandro era un hombre de unos cuarenta años, elegante de una manera depredadora, con trajes a medida y una sonrisa falsa que utilizaba para convencer a los jueces y a los políticos. Pero esta noche, su rostro reflejaba pura furia. La huida de Elena con el bebé representaba el colapso potencial de todo su imperio financiero.

—Revisen los alrededores —ordenó Alejandro a sus hombres, señalando la camioneta vieja del jardinero que yacía muerta cerca de la entrada—. Ella está aquí. No pudo haber ido a ningún otro lado con esa chatarra.

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