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Joven Sin Familia Fue A Cuidar El Rancho Abandonado… Hasta Que Encontró Una Cuna Escondida…

Cazadores en la noche

Apagué la linterna de inmediato. La oscuridad me envolvió como un manto pesado. Me pegué a la pared del armario, conteniendo la respiración, escuchando con cada fibra de mi ser.

Abajo, los pasos eran lentos, deliberados. No era el andar errático de un animal ni el paso descuidado de un vagabundo. Eran botas pesadas, tácticas, que sabían exactamente dónde pisar para minimizar el ruido de las maderas viejas. Escuché un murmullo de voces bajas, en un tono rudo y monocorde.

—Te dije que el muchacho rompió la puerta —dijo una voz grave, con un marcado acento norteño—. El abogado dijo que era un huérfano dócil, que solo quería los trescientos dólares. Nos equivocamos de tipo.

—Da igual —respondió otra voz, más fina, pero mucho más fría—. Si encontró los papeles o el diario, no puede salir de aquí. El patrón fue muy claro: este rancho se vende limpio el próximo mes, o nosotros terminamos en una fosa común junto con los recuerdos de los Villareal. Búscalo. Si se resiste, haz lo que tengas que hacer y limpia el lugar.

Se me heló la sangre. El abogado me había tendido una trampa. No me contrataron para cuidar el rancho; me contrataron como un espantapájaros desechable, alguien sin familia a quien nadie extrañaría si desaparecía, para mantener alejados a los curiosos hasta que la propiedad cambiara de manos y los secretos del pasado quedaran enterrados bajo el concreto de algún nuevo proyecto inmobiliario.

Los pasos comenzaron a subir la escalera de caracol. El crujido de los peldaños era como una cuenta regresiva para mi ejecución.

No tenía armas, salvo el cuchillo de monte que llevaba en el cinturón. Enfrentar a dos tipos armados que sabían lo que hacían era un suicidio directo. Miré el hueco detrás de la cuna de hierro. La trampilla abierta que conducía a las entrañas de la casa era mi única opción.

Sin pensarlo dos veces, me deslicé con cuidado por la abertura del panel falso. El espacio era extremadamente angosto; mis hombros rozaban los listones de madera a ambos lados. El olor a humedad y a nido de ratas era insoportable. Bajé los pies hasta tocar los peldaños de la trampilla abierta y descendí hacia la negrura absoluta.

Justo cuando cerraba la trampilla de madera sobre mi cabeza con la mayor delicadeza posible, escuché la puerta de la habitación de arriba abrirse de par en par.

—Aquí está la cuna —dijo el de la voz fría—. Alguien movió el panel. La linterna del muchacho dejó marcas en el polvo reciente del suelo. No está lejos. Revisa el armario.

Un haz de luz potente se filtró por las rendijas de la trampilla, pasando a escasos centímetros de mis ojos. Me quedé inmóvil como una estatua, sin atreverme a inhalar el polvo que flotaba en el aire. Sabía que si estornudaba o si la madera crujía lo más mínimo, dispararían a través del suelo sin dudarlo.

—No hay nadie aquí —gruñó el primer hombre—. Hay un hueco atrás, pero es demasiado chico para un tipo de su tamaño. Debe haberse escondido en las otras habitaciones o saltado por la ventana. Vamos.

Los pasos se alejaron de la habitación, pero sabía que no tenía mucho tiempo. Tarde o temprano revisarían toda la casa y se darían cuenta de que mi camioneta seguía estacionada afuera, lo que significaba que yo seguía en el perímetro.

Encendí mi linterna en su modo más bajo, cubriendo la lente con mi mano para que solo emitiera un hilo de luz rojiza entre mis dedos. Lo que vi a mi alrededor me dejó sin aliento.

No estaba en un sótano común. Estaba en un túnel. Las paredes eran de tierra compactada, reforzadas con vigas de madera vieja que amenazaban con colapsar. Este era el verdadero secreto del rancho “Los Tres Soles”. Un túnel de contrabando que probablemente conectaba la casa principal con alguno de los pozos secos o corrales en el límite de la propiedad, una ruta de escape perfecta para los años en que la frontera era un colador sin muros de metal.

Caminé por el túnel, encorvado debido a la baja altura del techo. El suelo estaba sembrado de restos del pasado: linternas oxidadas, latas de conserva con etiquetas de los ochenta y ropa vieja. Pero lo que me llamó la atención fueron las huellas en el suelo arcilloso.

Había huellas de botas recientes, probablemente de los hombres que estaban arriba o de visitas anteriores. Pero debajo de ellas, casi borradas por el tiempo pero preservadas por la falta de viento, había huellas pequeñas. Huellas de zapatos de niño. Y junto a ellas, las huellas de unos pies descalzos de adulto, pero con una zancada irregular, como si la persona arrastrara una pierna.

Seguí las huellas durante lo que parecieron kilómetros, aunque probablemente fueron solo unos doscientos metros. El aire se volvía cada vez más fresco, indicando que me acercaba a una salida.

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