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Ella Rechazó Al Hombre Más Rico Del Pueblo… Y Partió En El Último Tren Hacia El Interior

—¿Vas a subir, muchacha? Es el último que pasa en tres días. La vía del norte está inundada y este va hacia el interior profundo. Allá donde el diablo perdió el poncho.

—Deme un billete, Don Tomás. Hasta donde llegue el dinero —dijo Elena, dejando los billetes húmedos sobre el mostrador de madera.

El viejo miró el dinero, luego miró la cara de Elena, roja por el esfuerzo y salpicada de barro, y finalmente miró hacia el camino de la colina, donde los faros de la camioneta 4×4 de Mateo Alarcón ya empezaban a recortarse contra la oscuridad de la tarde. Don Tomás no era un santo, pero odiaba a los Alarcón desde que el viejo Alarcón le quitó unas tierras a su hermano mediante un pagaré falsificado.

—Sube al último vagón —dijo el viejo, extendiendo un billete de cartón marrón—. Y no te asomes a la ventana hasta que pasemos el puente del río Negro. Anda, vete rápido.

El último vagón y el olor a carbón

Subir los escalones metálicos del tren fue como trepar por la pared de un acantilado. Elena entró al vagón justo cuando las ruedas de hierro empezaron a rechinar contra los raíles con un quejido sordo. El tren se movió con una sacudida violenta que la hizo tambalearse y caer sobre el primer asiento libre. Desde la ventana del vagón, vio cómo la camioneta de Mateo frenaba en seco junto al andén, levantando una nube de agua sucia. Vio la silueta del hombre bajando del vehículo, gesticulando con furia, gritándole a Don Tomás, quien se limitaba a encogerse de hombros con la parsimonia que solo dan los años y la jubilación cercana.

El tren aceleró. El pueblo de San Ignacio comenzó a encogerse, las luces de las casas parecían luciérnagas moribundas en medio de la tormenta. Elena apoyó la frente contra el cristal frío. Una lágrima solitaria, mezcla de adrenalina y desahogo, corrió por su mejilla. Lo había hecho. Había escapado. Pero la euforia duró poco. El frío del vagón comenzó a calarle los huesos y la realidad la golpeó con la fuerza de un puñetazo: no tenía trabajo, no tenía casa, no tenía amigos en el interior del país y apenas le quedaban unas monedas en el bolsillo.

El vagón estaba casi vacío. El transporte hacia el interior en esa época del año no era popular. Nadie iba voluntariamente hacia las zonas áridas, hacia los pueblos mineros olvidados o las llanuras interminables donde el viento soplaba con tanta fuerza que enloquecía a la gente. Solo viajaban los desesperados, los prófugos o los que ya no tenían un lugar en el mundo.

A unos asientos de distancia, un hombre mayor con sombrero de fieltro gastado y las manos nudosas de quien ha trabajado la tierra toda su vida la observaba en silencio. Tenía un termo de café entre las piernas y pelaba una manzana con una navaja pequeña.

—Si corres tanto, o le robaste a alguien o te robaste a ti misma la oportunidad de quedarte —dijo el hombre, sin levantar la vista de la fruta. Su tono no era acusador, era la observación desapegada de un viejo filósofo de camino de tierra.

—No le robé a nadie —respondió Elena defensivamente, cruzando los brazos sobre el pecho—. Al contrario. Salvé lo único que me quedaba.

El viejo soltó una risa seca, como el crujir de hojas secas.

—Entonces te salvaste a ti misma. Eso sale caro, muchacha. La libertad es el artículo más lujoso del mercado. No se compra con dinero, se compra con soledad.

Elena no respondió. Se volvió hacia la ventana, contemplando cómo el paisaje cambiaba. Los verdes viñedos de San Ignacio, ordenados y perfectos como tumbas en un cementerio militar, daban paso a una geografía más ruda, de monte bajo, espinillos y rocas grises que se alzaban bajo el cielo nocturno. El tren se adentraba en el vientre de un país que ella no conocía.

Una parada en la nada

La noche avanzó con el traqueteo constante del tren, un ritmo monótono que terminaba por adormecer los sentidos: tácata-tácata, tácata-tácata. Elena logró dormitar un par de horas, acurrucada en el asiento de skay verde que olía a polvo acumulado de décadas. Tuvo pesadillas. Soñó con Mateo persiguiéndola a caballo, arrojándole billetes que se convertían en serpientes de cascabel al tocar el suelo. Se despertó sobresaltada, con el sudor frío pegándole el pelo a la frente.

El tren estaba frenando. Las luces del vagón, amarillentas y parpadeantes, se apagaron por completo antes de volver a encenderse con un zumbido molesto. Miró hacia fuera. No había una estación, solo un cartel de chapa oxidada iluminado por un único farol mortecino: Kilómetro 412.

—¿Por qué paramos aquí? —le preguntó Elena al revisor que pasaba arrastrando los pies por el pasillo. Era un hombre gordo, con el uniforme desabrochado y cara de llevar despierto desde el siglo pasado.

—Cambio de vías y carga de agua para la caldera de la vieja locomotora, señorita. Quince minutos. Si quiere estirar las piernas, no se aleje. Aquí los perros tienen hambre y la gente también.

Elena bajó del tren solo para respirar aire que no supiera a tabaco rancio y carbón. El aire del interior era distinto. Seco, frío, un aire que te limpiaba los pulmones pero te partía los labios al primer suspiro. Se paró en el andén de tierra apisonada. A pocos metros, un grupo de hombres cargaba sacos de grano en un vagón de carga. Sus rostros estaban curtidos por el clima extremo, hombres sin edad, con la piel del color del cuero viejo.

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