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Un Viudo Encontró a Una Mujer Embarazada Durmiendo en el Establo… y Samuel Hizo Algo Inesperado

Sin pensarlo dos veces, pasé mis brazos por debajo de su espalda y de sus piernas. Esperaba que protestara, que gritara, pero estaba tan débil que simplemente dejó caer su cabeza mojada contra mi pecho. Pesaba ridículamente poco, salvo por el peso concentrado de su vientre.

Cargarla a través del patio bajo la lluvia torrencial fue una odisea. El barro intentaba tragarse mis botas con cada paso, el viento nos empujaba de lado y las gotas de agua fría se sentían como perdigones en la cara. Lucas caminaba a nuestro lado, alerta, mirando hacia la oscuridad del camino como si también presintiera el peligro que la chica tanto temía.

Cuando por fin crucé el umbral de mi casa y cerré la puerta de roble con el pie, el silencio y el calor de la chimenea nos recibieron como un bálsamo. Dejé a la chica con cuidado sobre el viejo sofá de cuero, el favorito de Clara. Durante tres años, nadie se había sentado allí. Ver a esa desconocida empapada, manchando el cuero gastado con agua y sangre, me produjo un pinchazo extraño en el estómago. No era rabia; era la sensación de que una burbuja de cristal se acababa de romper para siempre.

Una sala de parto improvisada

—Voy a traer mantas limpias y agua caliente. No te muevas —le dije, aunque era obvio que no iba a ir a ningún lado.

Fui al baño, saqué todas las toallas que tenía, sábanas limpias que guardaba en el baúl del pasillo y corrí a la cocina a poner dos ollas grandes al fuego. Mis manos temblaban mientras encendía el gas. “Vamos, Samuel, concéntrate”, me repetía a mí mismo. “Has visto esto antes. Es el mismo proceso, solo que más delicado”. Pero la verdad es que estaba cagado de miedo. Una cosa es lidiar con la naturaleza animal y otra muy distinta tener el destino de una madre y su hijo en tus manos nudosas de agricultor.

Regresé a la sala. La chica se había quitado la manta sucia y trataba de respirar como Dios le daba a entender, con los ojos fijos en el techo de vigas de madera.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté mientras colocaba sábanas limpias debajo de ella para aislarla del frío del cuero.

—Elena —susurró, mirándome con desconfianza, pero también con una rendición absoluta. No tenía otra opción más que confiar en el viejo ermitaño—. Me llamo Elena.

—Bien, Elena. Mi nombre es Samuel, como ya te dije. Estamos aislados. El teléfono no funciona y la carretera está cortada por los árboles que tiró el viento. No hay ambulancia que pueda llegar aquí hasta mañana por la mañana. Así que… vamos a tener que hacer esto nosotros dos. ¿Me entiendes?

Ella asintió, las lágrimas resbalando por sus mejillas sucias de hollín y sudor.

—Tengo miedo, Samuel. El bebé no se ha movido mucho en las últimas horas… Tengo miedo de que esté… que esté muerto por mi culpa.

—No digas estupideces —le espeté con firmeza, usando ese tono rudo que a veces se necesita para sacar a alguien del shock—. Tu hijo está vivo porque tú sigues de pie. Ahora necesito que te quites los pantalones empapados. Voy a traerte una camisa mía limpia y vamos a revisar qué tan rápido va esto.

A ver, seamos honestos. Para un hombre que lleva años solo, la intimidad de una mujer desconocida en una situación tan vulnerable es algo que impone un respeto tremendo. No había espacio para la vergüenza ni para el pudor absurdo; era una cuestión de supervivencia pura y dura. Elena lo entendió. Con un esfuerzo supremo, se quitó la ropa mojada mientras yo miraba hacia el fuego de la chimenea para darle un mínimo de dignidad. Cuando me di la vuelta, la cubrí con una sábana seca.

Me arrodillé junto a ella. Al examinar la situación, me di cuenta de que las contracciones eran seguidas, apenas separadas por un minuto de calma. Elena estaba en la fase de transición. El bebé quería salir ya.

—Elena, vas a tener que pujar en la próxima contracción. El cuello del útero está completamente dilatado. Veo el pelo del bebé.

Ella negó con la cabeza, tapándose la cara con las manos.

—No puedo, estoy cansada… No he comido en dos días… No tengo fuerzas, Samuel.

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