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Ella Volvió Para Vender Los Caballos De Su Padre Fallecido… Pero Ya Había Alguien En El Pasto

En el pasto alto, envueltos en la bruma matinal, un grupo de seis caballos de pura raza española pastaban con una elegancia que rozaba lo místico. En el centro, destacaba un semental negro como el carbón, de cuello arqueado y movimientos que parecían flotar sobre la hierba húmeda. Era Faraón. El último gran orgullo de Arturo Vega. El caballo que, según los rumores del sector, valía una auténtica fortuna.

Al verlos acercarse, el semental levantó la cabeza, resopló con fuerza, haciendo que el vapor saliera de sus fosas nasales, y trotó unos metros hacia el vallado. Jimena, por un reflejo de la infancia que creía extinto, se detuvo y extendió la mano. Esperaba que el animal la reconociera, o al menos que mostrara la docilidad que recordaba de los caballos de su padre.

Pero Faraón la ignoró por completo. El animal pasó de largo y buscó con el hocico el hombro de Julián Cruz. El hombre, sin dejar de mirar a Jimena con esa sonrisita insufrible, sacó un terrón de azúcar del bolsillo de su chaqueta y se lo ofreció en la palma de la mano abierta. El caballo lo tomó con una suavidad pasmosa, resoplando contra el cuello de Julián como si fuera su mejor amigo.

—Los animales no entienden de testamentos ni de leyes, Jimena —comentó Julián, acariciando la crin azabache del semental—. Ellos entienden de quién se levanta a las cinco de la mañana para darles de comer, de quién les limpia los cascos y de quién se queda con ellos durante las noches de cólico. Tu padre sabía que yo respetaba esto. Por eso me los dio.

—¡No te los dio, dices que se los compraste! —replicó ella, frustrada por la escena—. Hay una diferencia muy grande. Si hay dinero de por medio, quiero ver las transferencias. Quiero ver los extractos bancarios. Porque si la cuenta de mi padre está vacía, esto es una estafa como una catedral.

Julián dejó de acariciar al caballo. Su rostro se volvió serio por primera vez, perdiendo toda la burla. Diego un paso hacia el vallado, quedando a escasos centímetros de Jimena, separado solo por la madera húmeda.

—Mira, niñata de ciudad. Tu padre tenía deudas hasta el cuello. Las Cascadas estaba a punto de salir a subasta pública por culpa de unos créditos que pidió para mantener la pureza de la línea de sangre de estos animales. Yo pagué la deuda. Compré las tierras y le aseguré a Arturo que moriría en su cama, viendo a sus caballos desde la ventana, sin la humillación de ver a los hombres del banco embargarle la vida. Ese fue el trato. El dinero fue directo al banco de Santander para cancelar las hipotecas. Si no me crees, llama a tu abogado. Que busque el historial de cargas de la finca.

Jimena se quedó sin palabras. Aquello no aparecía en los pocos documentos preliminares que había revisado. Su padre siempre fue un hombre orgulloso, incapaz de admitir un fracaso económico, y mucho menos ante la hija que se había marchado a la capital para no volver. ¿Era posible que todo aquello fuera verdad? ¿Que este hombre fuera el salvador de la finca y no un ladrón?

No, se negó a aceptarlo tan fácilmente. En los negocios, nadie es un santo. Nadie gasta cientos de miles de euros por pura filantropía hacia un viejo criador de caballos. Julián Cruz quería algo más. Ese tipo de hombres siempre quieren algo más.

—Aunque eso sea verdad… —dijo Jimena, sosteniéndole la mirada—, las escrituras de la casa principal siguen a mi nombre. El usufructo era para mi padre, no para ti. Así que, legalmente, estás invadiendo mi casa. Te doy hasta el final de la semana para recoger tus cosas y largarte de la vivienda. Los caballos pueden quedarse en el pasto por ahora, hasta que mis abogados determinen la validez de tu contrato. Pero tú… tú duermes fuera de esa casa hoy mismo.

Julián soltó una breve sonrisa, una mueca de reconocimiento ante el contraataque de la mujer.

—Tienes garras, te lo reconozco. Pensé que solo tenías bolsos caros. Está bien, juguemos según tus reglas por hoy. Pero te advierto una cosa, Jimena: el campo es duro. Y este fin de semana viene una inspección de la Asociación de Criadores para certificar la idoneidad de las instalaciones para la venta internacional de la camada de Faraón. Si yo no estoy aquí para manejar el cotarro, esa certificación se va a la mierda. Y si se va a la mierda, el valor de los caballos cae un ochenta por ciento. ¿Estás dispuesta a perder tanto dinero solo por orgullo?

Jimena tragó saliva. El dinero no le importaba tanto como el hecho de no dejarse pisotear, pero tampoco era estúpida. Sabía perfectamente que un caballo de pura raza sin papeles de exportación valía lo mismo que un caballo de paseo cualquiera.

—Me quedaré a esa inspección —sentenció ella—. Y vigilaré cada uno de tus movimientos. Si eres tan profesional como dices, no tendrás problema en trabajar bajo supervisión.

—Bien —dijo Julián, dándose la vuelta para regresar al establo—. Prepárate entonces. A las dos de la tarde hay que herrar a dos de las potras. Y ya que eres la dueña de la casa, podrías empezar por limpiar el desastre que dejó la tormenta en el porche de entrada. Bienvenida a la vida real, arquitecta.

El despacho de Arturo Vega era un mausoleo flotando en el tiempo. Las paredes estaban cubiertas de fotografías en blanco y negro: Arturo de joven montando a caballo, Arturo recibiendo trofeos, Arturo sonriendo al lado de personas influyentes de la hípica española. En ninguna de las fotos aparecía Jimena. Ni una sola. Tampoco aparecía su madre, que se había marchado mucho antes, cansada de competir contra los animales por la atención de su marido.

Jimena se sentó en el gran sillón de cuero desgastado. El olor a tabaco de pipa seguía impregnado en las cortinas de terciopelo verde. Comenzó a abrir los cajones del escritorio, uno a uno. Buscaba respuestas, buscaba contradicciones, buscaba cualquier cosa que pudiera usar contra Julián Cruz.

En el cajón inferior, medio oculto bajo una pila de revistas hípicas antiguas, encontró un cuaderno de notas de tapas negras. La caligrafía de su padre era inconfundible: angulosa, firme, casi agresiva. Jimena pasó las páginas rápidamente hasta llegar a las anotaciones de los últimos meses.

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