En el pasto alto, envueltos en la bruma matinal, un grupo de seis caballos de pura raza española pastaban con una elegancia que rozaba lo místico. En el centro, destacaba un semental negro como el carbón, de cuello arqueado y movimientos que parecían flotar sobre la hierba húmeda. Era Faraón. El último gran orgullo de Arturo Vega. El caballo que, según los rumores del sector, valía una auténtica fortuna.
Al verlos acercarse, el semental levantó la cabeza, resopló con fuerza, haciendo que el vapor saliera de sus fosas nasales, y trotó unos metros hacia el vallado. Jimena, por un reflejo de la infancia que creía extinto, se detuvo y extendió la mano. Esperaba que el animal la reconociera, o al menos que mostrara la docilidad que recordaba de los caballos de su padre.
—Los animales no entienden de testamentos ni de leyes, Jimena —comentó Julián, acariciando la crin azabache del semental—. Ellos entienden de quién se levanta a las cinco de la mañana para darles de comer, de quién les limpia los cascos y de quién se queda con ellos durante las noches de cólico. Tu padre sabía que yo respetaba esto. Por eso me los dio.
—¡No te los dio, dices que se los compraste! —replicó ella, frustrada por la escena—. Hay una diferencia muy grande. Si hay dinero de por medio, quiero ver las transferencias. Quiero ver los extractos bancarios. Porque si la cuenta de mi padre está vacía, esto es una estafa como una catedral.
Julián dejó de acariciar al caballo. Su rostro se volvió serio por primera vez, perdiendo toda la burla. Diego un paso hacia el vallado, quedando a escasos centímetros de Jimena, separado solo por la madera húmeda.
—Mira, niñata de ciudad. Tu padre tenía deudas hasta el cuello. Las Cascadas estaba a punto de salir a subasta pública por culpa de unos créditos que pidió para mantener la pureza de la línea de sangre de estos animales. Yo pagué la deuda. Compré las tierras y le aseguré a Arturo que moriría en su cama, viendo a sus caballos desde la ventana, sin la humillación de ver a los hombres del banco embargarle la vida. Ese fue el trato. El dinero fue directo al banco de Santander para cancelar las hipotecas. Si no me crees, llama a tu abogado. Que busque el historial de cargas de la finca.
Jimena se quedó sin palabras. Aquello no aparecía en los pocos documentos preliminares que había revisado. Su padre siempre fue un hombre orgulloso, incapaz de admitir un fracaso económico, y mucho menos ante la hija que se había marchado a la capital para no volver. ¿Era posible que todo aquello fuera verdad? ¿Que este hombre fuera el salvador de la finca y no un ladrón?
No, se negó a aceptarlo tan fácilmente. En los negocios, nadie es un santo. Nadie gasta cientos de miles de euros por pura filantropía hacia un viejo criador de caballos. Julián Cruz quería algo más. Ese tipo de hombres siempre quieren algo más.
—Aunque eso sea verdad… —dijo Jimena, sosteniéndole la mirada—, las escrituras de la casa principal siguen a mi nombre. El usufructo era para mi padre, no para ti. Así que, legalmente, estás invadiendo mi casa. Te doy hasta el final de la semana para recoger tus cosas y largarte de la vivienda. Los caballos pueden quedarse en el pasto por ahora, hasta que mis abogados determinen la validez de tu contrato. Pero tú… tú duermes fuera de esa casa hoy mismo.
Julián soltó una breve sonrisa, una mueca de reconocimiento ante el contraataque de la mujer.
—Tienes garras, te lo reconozco. Pensé que solo tenías bolsos caros. Está bien, juguemos según tus reglas por hoy. Pero te advierto una cosa, Jimena: el campo es duro. Y este fin de semana viene una inspección de la Asociación de Criadores para certificar la idoneidad de las instalaciones para la venta internacional de la camada de Faraón. Si yo no estoy aquí para manejar el cotarro, esa certificación se va a la mierda. Y si se va a la mierda, el valor de los caballos cae un ochenta por ciento. ¿Estás dispuesta a perder tanto dinero solo por orgullo?
Jimena tragó saliva. El dinero no le importaba tanto como el hecho de no dejarse pisotear, pero tampoco era estúpida. Sabía perfectamente que un caballo de pura raza sin papeles de exportación valía lo mismo que un caballo de paseo cualquiera.
—Me quedaré a esa inspección —sentenció ella—. Y vigilaré cada uno de tus movimientos. Si eres tan profesional como dices, no tendrás problema en trabajar bajo supervisión.
—Bien —dijo Julián, dándose la vuelta para regresar al establo—. Prepárate entonces. A las dos de la tarde hay que herrar a dos de las potras. Y ya que eres la dueña de la casa, podrías empezar por limpiar el desastre que dejó la tormenta en el porche de entrada. Bienvenida a la vida real, arquitecta.
El despacho de Arturo Vega era un mausoleo flotando en el tiempo. Las paredes estaban cubiertas de fotografías en blanco y negro: Arturo de joven montando a caballo, Arturo recibiendo trofeos, Arturo sonriendo al lado de personas influyentes de la hípica española. En ninguna de las fotos aparecía Jimena. Ni una sola. Tampoco aparecía su madre, que se había marchado mucho antes, cansada de competir contra los animales por la atención de su marido.
Jimena se sentó en el gran sillón de cuero desgastado. El olor a tabaco de pipa seguía impregnado en las cortinas de terciopelo verde. Comenzó a abrir los cajones del escritorio, uno a uno. Buscaba respuestas, buscaba contradicciones, buscaba cualquier cosa que pudiera usar contra Julián Cruz.
En el cajón inferior, medio oculto bajo una pila de revistas hípicas antiguas, encontró un cuaderno de notas de tapas negras. La caligrafía de su padre era inconfundible: angulosa, firme, casi agresiva. Jimena pasó las páginas rápidamente hasta llegar a las anotaciones de los últimos meses.
14 de Noviembre. El dolor en el pecho regresa cada mañana. El médico dice que tengo que parar, pero estos idiotas no entienden que si paro, los caballos se mueren de hambre. El banco ha vuelto a llamar. Amenazan con el embargo ejecutivo para enero. No veré el fruto de la última cubrición de Faraón. No lo permitiré.
3 de Diciembre. Apareció Julián Cruz. El chico de la yeguada del sur. Tiene los ojos de su abuelo y la misma sangre fría para los negocios. Me ha ofrecido una salida. Dice que asume las deudas a cambio de la propiedad de la línea de sangre y los pastos bajos. Es un trato duro, pero es el único que respeta a los animales. Sabe de caballos más que cualquier veterinario titulado. Mi hija… bueno, Jimena no responde. Ayer la llamé tres veces. Supongo que el diseño de interiores en Madrid es más importante que la vida de su padre. Que así sea. Cruz se encargará.
A Jimena se le cerró la garganta. Las lágrimas, que había contenido con tanto empeño desde que recibió la noticia del fallecimiento, amenazaron con desbordarse. Sintió una mezcla asfixiante de culpa y furia. Culpa por haber ignorado aquellas llamadas, asumiendo que eran los típicos reproches de siempre para que volviera al pueblo; y furia porque su padre hubiera preferido confiar en un completo extraño antes que abrirse con ella y contarle la gravedad de la situación.
—¿Buscando pruebas del delito? —la voz de Julián desde la puerta la sobresaltó.
Jimena cerró el cuaderno de golpe y se limpió los ojos con el dorso de la mano con un movimiento rápido, negándose a mostrar debilidad ante él.
—Buscaba la verdad —dijo ella, levantándose del sillón—. ¿Por qué no me dijiste que mi padre te buscó porque estaba desesperado? Me has hecho creer que eras un oportunista que venía a quitarle todo.
Julián se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Su mirada ya no era tan dura; había un rastro de fatiga en su rostro, el cansancio acumulado de quien lleva días cargando con el peso de una finca entera sobre los hombros.
—Te lo dije, Jimena. Te dije que pagué sus deudas. Que tú decidieras creer que yo era el malo de la película es tu problema, no el mío. Tu padre era un hombre orgulloso. No quería dar pena, y menos a ti. Me pidió expresamente que no te llamara hasta que todo estuviera cerrado. Él quería dejarte la casa limpia de polvo y paja, sin deudas. Quería que tu herencia fuera real, no una trampa financiera. Al final, el viejo te quería a su manera, aunque fuera una manera bastante retorcida y estúpida de demostrarlo.
Jimena se quedó en silencio, procesando la información. La perspectiva de la situación estaba cambiando demasiado rápido y no se sentía cómoda en ese nuevo terreno. Estaba acostumbrada a que los problemas tuvieran un plano claro, con líneas definidas, como sus proyectos arquitectónicos. Esto, en cambio, era como el barro del prado: maleable, confuso y profundamente sucio.
—Mañana viene el inspector —dijo Julián, rompiendo el silencio—. Se llama Delgado. Es un burócrata de los que miran hasta el último milímetro del herraje y la documentación sanitaria. Necesito que actúes como si estuviéramos en el mismo bando. Si ve tensión entre la heredera y el gestor de la yeguada, congelará la certificación hasta que se resuelva el litigio sucesorio. Y eso arruinará la venta de los potros a los compradores alemanes.
—¿Y por qué debería importarme esa venta si, según tú, el dinero va para ti? —preguntó ella, desafiante.
—Porque si la venta se cae, yo no podré terminar de pagar el último plazo de la deuda de la finca, el que corresponde a los impuestos de sucesiones que te va a reclamar la Hacienda pública a ti la semana que viene. Si yo no tengo liquidez, tú vas a tener que vender ese piso tan bonito que tienes en Madrid para pagar al fisco. Así que, como ves, estamos en el mismo barco, arquitecta. Nos caigamos bien o no.
Jimena suspiró, derrotada por la aplastante lógica económica de la situación. Miró por la ventana hacia el picadero, donde la lluvia daba una tregua y los caballos descansaban bajo los árboles.
—Está bien —cedió ella—. Mañana seremos los mejores socios del mundo. Pero después de que el inspector se vaya, nos sentaremos con nuestros abogados y pondremos todo esto sobre papel oficial. No pienso dejar mi futuro financiero en manos de un hombre que conocí hace veinticuatro horas.
—Me parece justo —asintió Julián con una inclinación de cabeza—. Ahora, si me disculpas, voy a revisar los boxes. Hay una yegua, Centella, que está preñada y la noto inquieta. No me gusta cómo respira.
El silencio de la noche en el campo nunca es un silencio absoluto. Está lleno de crujidos, del viento rozando las hojas de los castaños, del lamento lejano de algún animal nocturno. Jimena intentaba dormir, pero las palabras del diario de su padre y la mirada fija de Julián Cruz no paraban de dar vueltas en su cabeza.
A las dos y media de la madrugada, un sonido diferente la sacó del letargo. No era el viento. Era el eco metálico de un cubo cayendo al suelo y el relincho nervioso de un caballo. Un relincho agudo, de dolor.
Se puso rápidamente unos pantalones de chándal, una chaqueta de abrigo y bajó las escaleras a toda prisa. Salió de la casa corriendo hacia los establos principales. La luz del pasillo central de las cuadras estaba encendida. Al entrar, el olor a paja limpia se mezclaba con un olor denso, a sudor animal y a desinfectante.
Se dirigió al box del fondo, de donde provenían los ruidos. Allí estaba Julián, arrodillado en el suelo cubierto de paja, con la camisa empapada de sudor a pesar del frío de la noche. A su lado, la yegua Centella, una hermosa hembra de capa torda, estaba tumbada de lado, respirando con dificultad, con los ojos desorbitados por el sufrimiento. El vientre del animal estaba enormemente hinchado.
—¿Qué pasa? —preguntó Jimena, alarmada, olvidando por completo cualquier hostilidad.
—Se ha adelantado el parto —dijo Julián sin mirarla, manteniendo una mano firme sobre el cuello de la yegua para intentar calmarla—. El potro viene mal posicionado. Está del revés. Si no conseguimos girarlo ya, la madre y el crío van a morir de una parada cardiorrespiratoria por el esfuerzo.
—¿Has llamado al veterinario? —Jimena se arrodilló también en la paja, sin importarle mancharse.
—El veterinario comarcal está en una urgencia en una explotación de vacuno a cincuenta kilómetros. Con esta carretera y la niebla, tardará al menos dos horas. No tenemos dos horas, Jimena. Tenemos veinte minutos, como mucho.
Jimena miró a la yegua. El animal dio una sacudida, un espasmo violento, y soltó un quejido que pareció un grito humano. El dolor del animal era tan real, tan crudo, que a Jimena se le encogió el corazón. Recordó una escena de su infancia, cuando tenía ocho años y vio a su padre hacer lo mismo con otra yegua. Recordó las manos de su padre, cubiertas de fluidos, trabajando con una calma asombrosa en mitad del caos.
—Dime qué tengo que hacer —dijo Jimena, con voz firme, apartándose el pelo de la cara.
Julián la miró por un segundo, sorprendido por su determinación. La burla y el cinismo habían desaparecido por completo de sus ojos; solo quedaba el hombre que amaba a aquellos animales por encima de todo.
—Necesito que te pongas a su cabeza —le indicó Julián deprisa—. Sostén su ronzal con firmeza pero sin tirones. Háblale. Ella te conoce, o al menos conoce el apellido Vega. Necesito que se mantenga lo más quieta posible mientras yo intento meter el brazo para recolocar las patas delanteras del potro. Si pega una espantada o una coz mientras estoy dentro, me romperá el brazo y matará al potro. ¿Puedes hacerlo?
—Puedo hacerlo —afirmó Jimena, colocándose en la posición indicada.
Se sentó en la paja junto a la cabeza de Centella. Pasó sus manos por el hocico húmedo y caliente de la yegua. El animal temblaba incontrolablemente. Jimena se inclinó hacia ella, acercando su rostro al de la bestia, y empezó a hablarle en un susurro constante, rítmico, usando las mismas palabras que recordaba que usaba su padre cuando ella era pequeña.
—Tranquila, chica… tranquila. Vas a estar bien. Estamos aquí. Vamos, Centella, tú puedes, bonita…
Julián, mientras tanto, se untó el brazo derecho con un gel lubricante antiséptico. Con una concentración absoluta, introdujo el brazo en el canal de parto de la yegua. El animal soltó un relincho desgarrador y pegó un latigazo con la cabeza. Jimena se empleó a fondo, usando todo el peso de su cuerpo para mantener la cabeza de la yegua pegada al suelo, sin dejar de acariciarla, sintiendo la tensión extrema de los músculos del animal.
—¡Ya lo tengo! —exclamó Julián, con la voz entrecortada por el esfuerzo físico—. Siento la articulación de la pata delantera izquierda. Está doblada hacia atrás. Voy a intentar traccionar… ¡Ahora, Centella, empuja, joder!
Como si la yegua hubiera entendido la orden, realizó una contracción brutal. Julián tiró con todas sus fuerzas, sincronizándose con el movimiento del animal. Sudor y sangre se mezclaban en sus brazos. Jimena seguía susurrando, con los ojos empañados, sintiendo una conexión con la vida y la muerte que jamás había experimentado entre los planos y las estructuras de hormigón de la ciudad.
Fue un minuto eterno, un pulso salvaje contra la naturaleza. Y de repente, con un sonido húmedo y un esfuerzo final de la yegua, el potro se deslizó hacia el exterior, cayendo sobre el lecho de paja.
Julián se dejó caer hacia atrás, jadeando, exhausto. La yegua relajó el cuerpo al instante, soltando un largo resoplido de alivio. En la paja, una pequeña criatura de capa oscura, completamente empapada, empezó a sacudirse instintivamente, intentando levantar la cabeza y buscando aire por primera vez.
Jimena se quedó mirando al pequeño potro, con el corazón latiéndole a mil por hora. Sin pensarlo, miró a Julián. Él también la miraba. Tenía la cara manchada de sudor y una sonrisa cansada pero inmensamente limpia, desprovista de toda la soberbia anterior.
—Buen trabajo, arquitecta —dijo Julián, estirando una mano hacia ella—. Tu padre habría estado orgulloso de cómo has aguantado a esa yegua.
Jimena tomó su mano, sintiendo el calor y la aspereza de sus dedos cubiertos de paja y fluidos del parto. En ese preciso instante, entre la paja sucia de un establo asturiano, comprendió que las cosas ya nunca volverían a ser blancas o negras.
A las nueve de la mañana, el café de la cocina sabía diferente. Sabía a tregua. Jimena y Julián se sentaban a la mesa con las ojeras marcadas pero con una calma tensa que sustituía a la hostilidad de la noche anterior. Ambos se habían duchado y cambiado de ropa, pero el aroma del nacimiento todavía flotaba de alguna manera en el ambiente.
—El inspector Delgado llegará en una hora —dijo Julián, dando un sorbo a su taza—. La yegua y el potro están perfectos. El veterinario ha venido hace un rato, mientras dormías, y ha confirmado que no hay secuelas. Eres buena bajo presión, tengo que admitirlo.
—In mi trabajo también hay imprevistos —respondió Jimena, mirando el fondo de su taza—. Cimientos que ceden, presupuestos que se caen… Solo que en la ciudad las cosas no sangran ni te miran a los ojos mientras sufren. Es… diferente.
—Es real —apostilló Julián—. Eso es lo que tu padre intentaba proteger. Esto no es un negocio de especulación, Jimena. Es un estilo de vida.
Antes de que ella pudiera responder con alguna de sus defensas habituales, el sonido de un claxon afuera anunció la llegada del inspector. Ambos se levantaron de inmediato, poniéndose las máscaras profesionales de socios bien avenidos.
El inspector Delgado era un hombre menudo, con un traje gris que parecía quedarle grande y una carpeta rígida colgada del brazo. Su actitud era la de un burócrata rancio, de los que disfrutan encontrando el fallo en el documento para demostrar su parcela de poder.
—Buenos días, señorita Vega, señor Cruz —saludó Delgado con voz monótona—. Lamento la pérdida de don Arturo. Era un gran nombre en el sector. Pero las normativas internacionales son estrictas y la venta a los compradores alemanes depende exclusivamente de mi informe de idoneidad sobre las instalaciones y la pureza genética rastreable de la camada de este año.
—Lo entendemos perfectamente, inspector —dijo Julián, adoptando una actitud sumisa que a Jimena le pareció casi cómica, conociendo su orgullo—. Las instalaciones están listas para la inspección y todos los animales tienen la cartilla sanitaria al día.
Comenzó un recorrido que duró más de dos horas. Delgado revisaba cada esquina: el sistema de ventilación de los establos, el estado de los bebedores automáticos, el almacenamiento del pienso, la limpieza del picadero cubierto. Jimena caminaba al lado de Julián, interviniendo con precisión cuando el inspector hacía preguntas técnicas sobre la estructura de los edificios, aportando sus conocimientos de arquitectura para justificar la excelente conservación de las naves antiguas.
Julián la miraba de reojo, impresionado por cómo se defendía en un terreno que supuestamente despreciaba. Formaban un equipo extrañamente eficiente: él aportaba los datos sobre los caballos y ella sobre la infraestructura.
El momento crítico llegó al acercarse al box de Centella. El inspector se detuvo al ver al potro recién nacido, que ya se mantenía torpemente sobre sus cuatro patas, buscando la ubre de la madre.
—Vaya —dijo Delgado, ajustándose las gafas—. Esto no estaba en el informe previo. Un nacimiento no registrado en la documentación de exportación puede paralizar todo el proceso. Necesito el certificado de cubrición firmado por don Arturo antes de su fallecimiento. Si la monta se realizó sin el registro oficial de la Asociación, este potro no existe legalmente para el mercado internacional, y la madre queda en cuarentena de certificación.
Jimena sintió un frío helado en el estómago. Miró a Julián. El hombre se había tensado visiblemente. Buscar en los archivos de su padre un papel específico en mitad de aquel caos era buscar una aguja en un pajar.
—El certificado está firmado, inspector —dijo Jimena con una seguridad que no sentía, dando un paso adelante—. Mi padre era un hombre meticuloso. Si me acompaña al despacho, le mostraré el registro original de montas de la pasada primavera.
Entraron en el despacho de Arturo. Jimena se dirigió directamente al escritorio, con el corazón latiéndole con fuerza. Empezó a abrir carpetas, rezando interiormente para encontrar el maldito documento. Delgado esperaba de pie, mirando el reloj con impaciencia. Julián observaba desde la puerta, con la mano apoyada en el pomo, como si estuviera listo para inventar cualquier excusa desesperada.
Tras unos minutos de tensión insoportable, Jimena encontró una carpeta azul marino rotulada con las palabras: “Cubriciones Faraón – Año Anterior”. Al abrirla, la primera hoja era el certificado oficial, con el sello de la Asociación de Criadores y la firma inconfundible, enérgica y temblorosa de Arturo Vega, fechada exactamente once meses atrás.
—Aquí lo tiene, inspector —dijo Jimena, entregándole el papel con una sonrisa profesional impecable—. Todo en perfecto orden legal.
Delgado revisó el documento con lupa, verificando los códigos de barras y las firmas. Finalmente, soltó un suspiro de resignación, cerró su carpeta y firmó el acta de aprobación.
—Está bien. Las instalaciones cumplen con creces los estándares europeos y la documentación genética de la camada es impecable. Emitiré la certificación favorable esta misma tarde. La venta a los alemanes puede proceder cuando ustedes lo deseen. Mis condolencias nuevamente, señorita Vega. Tiene usted una yeguada magnífica.
Cuando el coche del inspector desapareció por el camino de salida, Jimena se dejó caer en una de las sillas del porche, exhalando todo el aire que había contenido. Julián se situó frente a ella, mirándola con una mezcla de respeto y algo más que Jimena no supo definir.
—Nos has salvado el cuello, Jimena —dijo él con sinceridad—. Si no encuentras ese papel, todo el trabajo de los últimos meses se habría ido al traste.
—No te confundas, Cruz —respondió ella, aunque la dureza en su voz ya era solo una fachada—. Lo he hecho por la memoria de mi padre. Él no merecía que su última gran camada se malvendiera por culpa de un descuido burocrático. Además, ahora que la venta está asegurada, ya no hay excusas. Mañana vendrán los abogados y cerraremos el trato de la venta de los caballos. Tú te quedas con los animales y con los pastos bajos, tal como acordaste con él. Yo me quedo con la casa y los pastos altos para venderlos por mi cuenta. Es lo más limpio para los dos.
Julián no respondió de inmediato. Miró hacia el prado donde Faraón volvía a trotar bajo el sol poniente, con esa elegancia salvaje que definía a Las Cascadas.
—Es lo que acordamos, sí —dijo finalmente, con una voz que sonaba extrañamente apagada—. Lo que tu padre quería. Mañana cerramos todo.
El día acordado amaneció con un cielo azul invernal, limpio y frío. El despacho de la casa principal volvió a llenarse de gente, pero esta vez eran profesionales vestidos de traje oscuro: el abogado de Jimena, llegado expresamente desde Madrid, y el asesor legal de Julián. Sobre la gran mesa de roble se extendían los contratos definitivos de segregación de la propiedad y la transmisión de los derechos de explotación ganadera.
El proceso fue largo y tedioso. Se leyeron cláusulas de servidumbre de paso, derechos de agua, inventario de maquinaria y el valor nominal de cada uno de los ejemplares de pura raza. Según el documento, Julián Cruz asumía la totalidad de la deuda pendiente con las entidades bancarias y abonaba a Jimena una compensación final estipulada por la renuncia a los derechos sobre la marca de la yeguada Vega. A cambio, Jimena se quedaba con la titularidad exclusiva de la casa señorial, los jardines históricos y una franja de pastos altos que limitaba con el monte comunal.
—Todo está conforme a derecho, Jimena —le susurró su abogado al oído—. El contrato de asunción de deuda es impecable y la cantidad que recibes cubre con creces el impuesto de sucesiones y te deja un remanente neto importante. Es un trato excelente para ti, considerando la situación financiera real en la que tu padre dejó la explotación.
Jimena miró el bolígrafo que tenía entre los dedos. Julián ya había firmado su parte. Estaba sentado al otro lado de la mesa, con la mirada fija en la ventana, aparentemente indiferente, como si el resultado de aquella reunión fuera un simple trámite más de su jornada laboral. Sin embargo, Jimena notó que tamborileaba levemente con los dedos sobre su rodilla, un signo imperceptible de tensión que solo alguien que lo hubiera observado de cerca durante los últimos días podría notar.
—¿Señorita Vega? —insistió su abogado, ofreciéndole el papel—. Solo falta su firma para concluir el acto.
Jimena respiró hondo. Miró la firma de su padre en el diario que guardaba en su bolso, recordó la noche en el establo con Centella, el olor a paja, el esfuerzo compartido y el respeto profundo que había empezado a sentir por ese entorno que antes tanto despreciaba. Sabía que firmar ese documento significaba el fin definitivo de su relación con la historia de su familia. A partir de ese momento, ella sería solo una propietaria de tierras ausente, y Julián sería el verdadero alma de Las Cascadas.
Firmó. Tres trazos rápidos, decididos, que sellaron el destino de la yeguada.
Los abogados recogieron los papeles, se dieron la mano con la cordialidad habitual de los profesionales del derecho y se marcharon, dejando a Jimena y a Julián solos en el despacho que una vez perteneció a Arturo Vega.
—Bueno —dijo Julián, levantándose y metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros—. Ya eres oficialmente una terrateniente con liquidez, y yo soy oficialmente un hombre con muchas deudas y muchos caballos que cuidar. Supongo que prepararás tus maletas para volver a Madrid esta misma tarde.
Jimena se levantó también, caminando hacia la ventana. Desde allí se veía el camión de transporte internacional que había llegado para recoger a los primeros potros vendidos a los compradores alemanes. Los operarios trabajaban bajo la supervisión de uno de los peones viejos de la finca.
—Mi tren no sale hasta mañana por la mañana —dijo ella sin girarse—. Me gustaría quedarme a ver cómo se marchan los potros. Al fin y al cabo, ayudé a que las cosas salieran bien con el inspector.
Julián sonrió levemente, acercándose a ella y colocándose a su lado, contemplando la misma escena.
—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, Jimena. La casa es tuya. Yo trasladaré mis cosas de la habitación de invitados a la cabaña del guarda que está junto a los establos bajos esta misma tarde. Así tendrás toda la privacidad que necesitas.
—No es necesario que te vayas hoy —dijo ella, con un tono de voz que sorprendió a ambos por su suavidad—. La casa es grande. Y… bueno, después de lo de la otra noche, creo que hemos demostrado que podemos compartir el mismo techo sin intentar matarnos.
Julián la miró, buscando en sus ojos alguna doble intención o algún rastro de la altivez urbana con la que había llegado tres días atrás. No encontró nada de eso. Solo vio a una mujer que estaba empezando a hacer las paces con su pasado.
—Está bien —aceptó él—. Me quedaré hasta mañana. Además, creo que hay una botella de vino en la bodega que tu padre guardaba para las grandes ocasiones. Creo que el día de hoy califica como una de ellas.
Cinco años después.
El sol de primavera caía con fuerza sobre el picadero exterior de Las Cascadas. El verde asturiano seguía igual de intenso, insultante y vivo que siempre, pero las instalaciones mostraban un cambio radical. Los vallados de madera vieja habían sido sustituidos por estructuras modernas de madera tratada de alta resistencia, pintadas de un blanco reluciente que contrastaba con el paisaje. La casa principal mantenía su encanto tradicional, pero las ventanas nuevas de gran formato y la sutil reforma de la fachada delataban la mano de un arquitecto profesional con un gusto exquisito por la integración paisajística.
Jimena Vega estaba apoyada en la barandilla del picadero, con una tableta gráfica en las manos y unas botas de cuero de montar auténticas, desgastadas por el uso diario. Ya no vestía los trajes de chaqueta de Madrid ni usaba bolsos de marca que temieran al barro. Llevaba el pelo recogido en una trenza práctica y su piel mostraba el tono bronceado de quien pasa más tiempo al aire libre que bajo las luces de una oficina.
En el centro del picadero, un chiquillo de apenas tres años intentaba mantenerse erguido sobre el lomo de un poni de capa torda, bajo la atenta y protectora mirada de Julián Cruz.
—¡Mira, mamá! ¡Voy solo! —gritó el niño con entusiasmo, saludando con la mano.
—¡Sujeta bien las riendas, Arturo! —respondió Jimena con una sonrisa enorme, sintiendo un calor inmenso en el pecho al escuchar el nombre de su padre pronunciado con tanta alegría en ese mismo lugar.
Julián guió al poni hacia la barandilla con suavidad y tomó al niño en brazos, depositándolo en el suelo para que corriera hacia los perros que jugaban cerca de las cuadras. Luego, se acercó a Jimena y le pasó un brazo por la cintura, besándola en la sien con una familiaridad ganada a base de años de trabajo conjunto, discusiones superadas y un amor que había crecido de la forma más inesperada, entre el barro y la necesidad mutua.
—El proyecto de la nueva nave de cría está aprobado por el ayuntamiento —dijo Jimena, mostrando la pantalla de la tableta con los planos en tres dimensiones—. Empezamos las obras el mes que viene. Lograremos optimizar el espacio sin alterar el flujo térmico natural del valle.
—Eres increíble, arquitecta —dijo Julián, mirándola con el mismo brillo gris en los ojos que el primer día, pero desprovisto por completo de cinismo—. Tu padre se habría vuelto loco si viera lo que has hecho con este sitio. Hemos triplicado la producción de la yeguada y Las Cascadas es ahora un referente de arquitectura sostenible en el norte.
—No lo hice sola, gestor —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Lo hicimos juntos. El viejo Arturo era un bruto y un cabezota, pero tenía razón en una cosa: los animales y esta tierra tienen una forma muy particular de decirte quién eres realmente si te paras a escucharlos.
A unos metros de ellos, en el prado principal, Faraón, ya mayor pero manteniendo intacta su planta majestuosa, levantó la cabeza al notar la brisa marina que llegaba del Cantábrico. Soltó un potente resoplido y trotó hacia el vallado, seguido de cerca por Centella y por el joven semental que había nacido aquella noche de tormenta y partos difíciles.
El ciclo estaba completo. La herencia de los Vega ya no era una carga de deudas y reproches del pasado, sino un futuro vivo, sólido y enraizado con fuerza en la tierra que los vio nacer.